Lecciones de la devaluación brasileña

Por Ian Vásquez

Uno pensaría que los políticos habrían aprendido algo del colapso de las economías de Tailandia, Corea, Indonesia y Rusia. El fracaso del rescate de Brasil por parte del Fondo Monetario Internacional ofrece a los gobiernos alrededor del mundo otra oportunidad de aprender.

La caída del real brasileño debiera enterrar de una vez por todas la idea que el FMI puede impedir las crisis financieras rescatando a los países antes de que explote la conmoción. Tal idea fue totalmente desacreditada a raíz de la devaluación del rublo, pocas semanas después de que el FMI aprobara un paquete de 22.600 millones de dólares de ayuda a Rusia, pero no impidió que el FMI le concediera 41.500 millones de dólares al gobierno brasileño, bajo esa misma teoría. Es más, el año pasado el presidente Clinton insistió que el FMI institucionalizara esa política, aunque Clinton no aclaró cómo el FMI determinaría la manera en que los países calificarían para recibir asistencia ni porqué ese tipo de acción preventiva no había funcionado ni en Rusia ni en Indonesia.

Otra lección es que el tipo de cambio ajustable, especialmente en países que están liberalizando sus economías, es una receta segura para el desastre. Eso quedó claro luego de la última crisis del peso mexicano, cuando México trató de mantener tanto un cambio ajustable como una política monetaria expansiva. Y también con la crisis asiática, cuando la acumulación de malas inversiones y de deudas gubernamentales se convirtieron en un problema demasiado grande para ser ignorado.

Cuando un gobierno manipula tanto la tasa de cambio como el circulante monetario, esas medidas pueden chocar. Aumentar los intereses para defender el cambio puede provocar una recesión que aumenta la sobrevaluación de la moneda. Si el gobierno se niega a reducir sus gastos bajo tales condiciones o si tiene muchas deudas, como fue el caso de Brasil, el déficit fiscal tiende a aumentar y a debilitar la tasa de cambio.

Sólo un mecanismo cambiario consistente con el libre mercado puede evitar que los países caigan en esa trampa. Esos mecanismos incluyen la tasa de cambio flotante, donde el mercado la determina y también un tipo de cambio fijo bajo una caja de conversión, donde el gobierno abdica la autoridad del banco central. Pero intentos de saltar de un cambio ajustable a otro en tiempos de crisis significa que el gobierno está subsidiando las fugas de capital, como sucedió en Brasil.

La tercera lección son los países que no han sufrido de "contagio financiero". Las crisis han ocurrido donde se han instrumentado políticas equivocadas. En Brasil, el cambio ajustable, los altos intereses, la emisión de deuda a corto plazo denominada en dólares y la falta de urgencia en introducir reformas crearon un ambiente que impidió el crecimiento autosostenido. Otras naciones cayeron ante contradicciones internas similares. Una de las consecuencias en Brasil fue el aumento del déficit a 8% del PIB. Dos terceras partes de ese déficit se debe al sistema de Seguro Social en quiebra, el cual los políticos no muestran interés en reformar.

No sorprende que tanto los inversionistas locales como los extranjeros sacaran sus reales del Brasil. La excepción fueron aquellos que pueden ser generosos con el dinero de otros. Como por ejemplo Enrique Iglesias, presidente de Banco Interamericano de Desarrollo, quien dijo que los mercados se estaban comportando irracionalmente y que estaba "muy sorprendido que los mercados no apreciaran el inmenso esfuerzo del Brasil en emprender las reformas". Comentarios como ese ilustran lo lento que aprenden en Washington y porqué el FMI no es la única agencia que sufre problemas de credibilidad.

La cuarta lección es que en Brasil y otras partes, el dinero del FMI ha servido de morfina financiera al sistema político, permitiendo se pospongan las reformas necesarias. El FMI es incapaz de comprar voluntad política y su espléndida generosidad se convierte en un regalo para los especuladores, a costa de los ciudadanos brasileños que tendrán que pagar los platos rotos.

A fin de cuentas será el mercado quien resuelva los problemas de deudas causados por políticas erradas. Pero sería menos doloroso y menos costoso si el FMI se apartara, permitiendo que prestamistas y acreedores negociaran directamente. Las naciones se verían así obligadas a instrumentar reformas a cambio de futuros créditos y los prestamistas tendrían que absorber algunas pérdidas. Eso fue exactamente lo que pasó a fines de los años 80 cuando el Citibank se vio obligado a hacer reservas por los riesgos asumidos en el Tercer Mundo. Otros bancos hicieron lo mismo y, de repente, los gobiernos latinoamericanos mostraron interés en reformas económicas. Si el FMI no hubiera intervenido, el problema de la década perdida se hubiese resuelto mucho antes.

Por consiguiente, la más importante lección brasileña es que la recuperación sucederá sólo cuando los políticos en Brasilia confronten la realidad económica e instrumenten los cambios, proceso que ocurriría mucho más rápidamente sin la "ayuda" del FMI.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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