Las inquietantes elecciones americanas

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

El Partido Demócrata ha obtenido la mayoría en el Congreso y también en las elecciones a gobernadores de los estados. La Administración Bush ha sufrido una contundente derrota pero eso no significa ni mucho menos un giro a la izquierda de los votantes norteamericanos. La situación es mucho más compleja. En términos ideológicos, los candidatos demócratas vencedores son en su mayor parte representantes del ala más conservadora de su partido. Ahora bien, ese conservadurismo se centra en cuestiones como la defensa de los valores morales, de la familia o del derecho a la vida. Sin embargo, sus posiciones sobre los temas económicos están teñidas de toda la jerga intervencionista, estatista y proteccionista que dominaba el Partido Demócrata antes de la Era Clinton. Desde esta perspectiva, los republicanos habrían logrado desplazar el consenso social hacia los valores de un neoconservadurismo con una marcada tendencia a la injerencia del Estado en la vida privada y pública de los ciudadanos. Esta es una pésima noticia para los liberales norteamericanos, entiéndase ese término en su sentido clásico.

De entrada, la derrota republicana no anticipa una presidencia demócrata. Ronald Reagan ganó sus dos mandatos sin tener el control del Congreso y Clinton fue reelegido sin problemas en 1996 después de que su partido se hubiese hundido en 1994. Por otra parte, el componente ideológico de los comicios ha sido bajo, por no decir inexistente. El Partido Demócrata no planteó una alternativa programática al Great Old Party sino centró su campaña en la incompetencia y en la corrupción de los republicanos. Sin embargo, la baja intensidad ideológica de las elecciones norteamericana no implica que no se hayan producido modificaciones sustanciales en la filosofía del antiguo partido de Roosevelt, Truman y Clinton. Aunque este factor no ha sido determinante en el resultado electoral, sí puede serlo en el horizonte del medio plazo. Este es un elemento básico que es preciso tener en cuenta si se quiere entender la posible evolución de la política americana.

Con independencia de los efectos inmediatos del cambio político registrado experimentado por los EE.UU. sobre la política exterior, Irak, la guerra al terrorismo etc., lo fundamental es la modificación estructural que se ha producido en el ideario de los demócratas. Éstos siempre fueron partidarios del Gran Gobierno, de considerar el Estado como la solución a todos los problemas pero en materia de libertades civiles sus postulados era muy similares a los de los liberales clásicos. Abogaban por la intervención estatal en la economía y en la esfera social pero se oponían a ella en la esfera privada del individuo. Ahora mantienen su tradicional actitud intervencionista en los asuntos económicos pero la novedad es que incorporan a su ideario el intervencionismo en asuntos morales típico de la derecha religiosa. Este es el factor más inquietante de las recientes elecciones norteamericanas y el que tendrá mayor repercusión en el futuro si se consolida.

El Presidente Clinton llegó al poder en 1992 con una plataforma favorable al libre comercio y con una oferta de reducción de impuestos para las clases medias. En el plano macroeconómico práctico una política de rigor que convirtió los déficit presupuestarios heredados de Bush padre en superávit. En el ámbito social realizó una reforma drástica del sistema de asistencia pública. Clinton modernizó al Partido Demócrata en la misma línea que Blair hizo lo propio con el laborismo. En otras palabras, los demócratas clintonianos ofrecían la versión “progre” de un consenso político asentado alrededor de los principios del liberalismo clásico. Sin duda, esa política fue posible o, mejor, fue forzada por un Congreso con una hegemonía republicana que abanderaba un ideario de corte liberal. En este contexto, el sistema de pesos y contrapesos del modelo constitucional norteamericano funcionó a favor de una reducción del peso del Estado en la economía. El resultado fue la larga fase de expansión protagonizada por EE.UU. desde hace década y media.

Ahora, el panorama es muy diferente. El Congreso está dominado por un Partido Demócrata crítico del libre comercio, contrario a la privatización de la Seguridad Social, hostil a los recortes impositivos, partidario de extender los “beneficios” del Estado del Bienestar y de aumentar la regulación de los mercados o el salario mínimo. Todos esos elementos están en su panfleto A New Direction for America, versión demócrata del Contract With America republicano de los años noventa del siglo pasado. En este escenario, lo peor de la Administración Bush, el descomunal crecimiento del binomio gasto-déficit, será difícil de frenar y lo mejor (los planes de reforma del sistema de pensiones, de salud y del educativo) dormirán el sueño de los justos. Con las dos cámaras en manos del Partido Demócrata, una potencial reducción del desequilibrio de las finanzas públicas mediante el recorte y/o la congelación del gasto federal resulta una hipótesis improbable y la presión para subir los impuestos puede ser muy fuerte. De entrada, los demócratas quieren eliminar las rebajas impositivas introducidas por los republicanos.

Las consecuencias económicas de las recientes elecciones norteamericanas no son nada alentadoras y, si uno piensa, en sus consecuencias sobre la política exterior las perspectivas se ensombrecen todavía más. En estos tiempos de incertidumbre, el liderazgo estadounidense es básico y su debilitamiento inquietante.