La supremacía es la debilidad de EE.UU.

Por Christopher Layne

Los principales combates de la guerra en Irak acabaron en abril, pero la ruptura trasatlántica entre Estados Unidos y la "Vieja" Europa desencadenada por el conflicto no ha sanado. Esto se debe a que la hegemonía estadounidense continúa siendo la causa de la división.

La lucha por la supremacía ha sido una constante en las relaciones estadounidenses-europeas desde que Estados Unidos emergió como una gran potencia a finales del siglo XIX. Durante el siglo XX, Estados Unidos luchó dos grandes guerras en Europa para detener a una Alemania hegemónica que amenazaba el patio trasero norteamericano. Después de la Segunda Guerra Mundial, las ambiciones estratégicas de Estados Unidos—basadas principalmente en el interés económico, no en la ideología de la Guerra Fría—lo llevó a establecer su propia hegemonía sobre Europa Occidental.

Existe una broma bastante conocida de que la OTAN fue creada para mantener a los rusos afuera, a los alemanes abajo y a los estadounidenses adentro. Es más correcto decir que el compromiso norteamericano con la alianza atlántica consiste en mantenerse por encima—y mantener divididos a los europeos.

Los tomadores de decisiones norteamericanos de la posguerra no olvidaron por qué Estados Unidos fue a la guerra en 1917 y 1941. Cuando ayudaron a reconstruir Europa Occidental después de 1945—y promovieron la integración económica y política—los estadounidenses también reconocieron el riesgo de crear el equivalente geopolítico del monstruo de Frankestein. La última cosa que Washington deseaba era la de promover la aparición de un nuevo polo de poder independiente que podría convertirse en un rival potencial de Estados Unidos. Como Dean Acheson, entonces secretario de Estado norteamericano, dijo, los estadounidenses querían impedir que Europa Occidental "se convirtiera en (una) tercera fuerza o fuerza opositora".

El apoyo estadounidense a la integración europea siempre ha sido condicionado a que ésta tome lugar dentro del marco de una comunidad atlántica dominada por los norteamericanos. A pesar de la retórica, Estados Unidos nunca ha querido una Europa Occidental de igual poderío porque tal Europa podría ejercer su autonomía de maneras que colisionen con los intereses de Washington.

No es de sorprender entonces que Estados Unidos haya tratado de obstaculizar los intentos de la Unión Europea tendientes a la unidad política y la autosuficiencia estratégica. Washington está tratando de descarrilar los planes de la UE de crear, a través de la Política de Seguridad y Defensa Europea, capacidades militares fuera del patrocinio de la OTAN. Ha promovido la expansión de la alianza atlántica y de la Unión Europea con la esperanza de que los nuevos miembros de Europa Central y del Este contendrán las aspiraciones franco-germanas de contrarrestar el poderío estadounidense. Aún más general, la administración Bush está envuelta en un juego de divide y vencerás para minar el sentido de propósito común de la Unión Europea.

Los europeos occidentales han intentado periódicamente hacer algo sobre la supremacía estadounidense, principalmente bajo el liderazgo de Charles de Gaulle. Éste desarrolló una fuerza nuclear francesa independiente y buscó construir un polo de poder europeo occidental basado en un eje franco-germano. Washington reconoció el reto gaullista y contraatacó fuertemente. El presidente John F. Kennedy expresó elocuentemente las preocupaciones de Estados Unidos: "Si los franceses y otras potencias europeas adquieren capacidad nuclear estarán en una posición enteramente independiente y nosotros nos podríamos encontrar en la periferia viendo hacia adentro".

Estados Unidos fracasó en bloquear el programa nuclear francés, pero al intervenir en la política de Alemania Occidental—para alentar la posición de los Demócrata Cristianos atlanticistas—Washington se aseguró que el tratado franco-alemán de 1963 no burlaría la alianza atlántica que preservaba la hegemonía estadounidense sobre Europa. Cuarenta años después, Washington, París y Berlín continúan luchando las mismas batallas.

Para muchos tomadores de decisiones y analistas europeos, la lección crucial de la guerra en Irak es que hasta que Europa pueda respaldar sus puntos de vista en asuntos internacionales con capacidades militares reales, ésta será ignorada por Washington. Un contrapeso europeo emergente debe descansar sobre el eje franco-germano. De hecho, mientras la guerra en Irak acababa, Francia y Alemania (junto con Bélgica y Luxemburgo) se reunieron-a desazón de Estados Unidos-para establecer las bases de una fuerza militar independiente de la Unión Europea. De acuerdo al presidente francés, Jacques Chirac, el propósito explícito de esta iniciativa es el de crear un polo de poder europeo que sirva de contrapeso a Estados Unidos en un sistema internacional multipolar.

La historia muestra que, tarde o temprano, los hegemones pierden su hegemonía—ya sea debido al creciente poder de otros países, o debido a la sobre-extensión imperial. Pero la administración Bush pareciera creer que la hegemonía estadounidense es un hecho que no puede ser desafiado en la vida internacional. Sí puede ser, ya que las otras naciones están destinadas a concluir que Estados Unidos es demasiado poderoso y que debe ser resistido.

Si eso sucede, el presidente George W. Bush no será recordado por liberar Bagdad, sino por galvanizar la oposición internacional al poderío estadounidense. La autoproclamada "victoria" sobre Irak del presidente Bush bien pudo haber hecho añicos los pilares del marco de seguridad internacional que Estados Unidos estableció después de 1945; desencadenado un amargo divorcio trasatlántico; dado el empujón decisivo a la unidad política europea; y marcado el principio del fin de la era de preponderancia global estadounidense.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.