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La elección de Perú

La última década probablemente ha sido la mejor en la historia peruana en cuanto a crecimiento económico y progreso social. Como lo he descrito antes, Perú se ha convertido en una democracia de mercado cada vez más exitosa. El crecimiento promedió el 5,5 por ciento anual desde 2001 y la pobreza se redujo del 54 al 30 por ciento durante el mismo período. Aún así, los peruanos eligieron este domingo al izquierdista Ollanta Humala como presidente, en una elección reñida, contenciosa y polarizante.

Humala le ganó por poco a Keiko Fujimori, la hija del ex presidente Alberto Fujimori, quien ahora está cumpliendo una condena de 25 años de cárcel por actos de corrupción y abusos de derechos humanos realizados durante los 10 años que estuvo en el poder (1990-2000), período en el que también la guerrilla de Sendero Luminoso fue derrotada y se liberalizó la economía peruana. A Keiko Fujimori se le hizo muy difícil condenar las violaciones cometidas durante el gobierno de su padre. Humala es un nacionalista que fue miembro de las fuerzas armadas y lideró de un golpe de Estado. Durante años ha defendido políticas populistas anti-mercado como las practicadas por Hugo Chávez en Venezuela o Evo Morales en Bolivia.

Aunque la elección era entre dos candidatos con credenciales democráticas cuestionables, sería un error interpretar este resultado como un rechazo a las reformas liberales que se hicieron en el Perú. Los dos candidatos llegaron a la segunda vuelta porque otros candidatos presidenciales, en gran medida partidarios del capitalismo democrático, se dividieron entre sí casi la mitad del voto popular en la primera vuelta de las elecciones. El voto inicial de Humala aún así fue alto (32 por ciento), pero es dudoso que hubiera podido ser elegido presidente si se hubiese tenido que enfrentar a un demócrata de mercado.

Comparado con otros países latinoamericanos, no debería sorprendernos el respaldo de los peruanos a una sociedad liberal. El país se apartó del resto de la región al introducir las que probablemente fueron las reformas de mercado más profundas de principios de los noventa, manteniéndolas en pie, profundizando algunas de ellas luego del regreso a la democracia durante esta última década y evitando grandes errores de políticas públicas que condujeron a crisis económicas en otros países. El resultado ha sido una transformación de grandes segmentos de la economía y de la sociedad. Las exportaciones no tradicionales y las industrias han florecido; los salarios han aumentado; el crecimiento económico se ha esparcido a lo largo de la costa y gran parte del interior —región que tradicionalmente no había recibido los beneficios del progreso económico; han surgido exitosas empresas multinacionales peruanas de raíces humildes; y la reducción de la pobreza ha resultado en que aparezca una clase media y, a la vez, se reduzca la brecha entre ricos y pobres.

De acuerdo al periodista y antropólogo peruano Jaime de Althaus, “Lo que estamos viendo, en esencia, es el nacimiento del individuo como sujeto libre y autónomo y su incorporación al diálogo del mercado nacional”. Los valores burgueses se están esparciendo.

Por eso es que a tantos peruanos les pareció desafortunada y agonizante la segunda vuelta electoral. Frente a ese dilema, el Premio Nóbel de Literatura y conocido liberal clásico Mario Vargas Llosa exhortó a sus compatriotas a votar por Humala en la elección del domingo bajo la idea de que él era el mal menor. Mi amigo y colega Álvaro Vargas Llosa (el conocido hijo de Mario) luego, con entusiasmo, hizo campaña por Humala, argumentando constantemente y de manera articulada y firme que Humala ya no sostenía sus ideas radicales anteriores. De tal forma, Álvaro convenció al menos a una pequeña parte del electorado de que Humala representaba a la izquierda moderna de América Latina y que estaba comprometido con las libertades civiles, la estabilidad económica y la democracia al estilo del ex presidente de Brasil, Lula da Silva. Probablemente es justo decir que Álvaro hizo la diferencia durante las últimas semanas de esta elección, entregándole la victoria a Humala.

Para muchos de nosotros, no obstante, es muy difícil de comprar el argumento de que Humala es ahora un Lula y no un Chávez. ¿Por qué deberíamos creer en las nuevas credenciales democráticas de un político que lideró un golpe de Estado fracasado en 2000, alabó otro golpe de estado fallido que su hermano realizó en 2005 y se alió con Hugo Chávez en las elecciones anteriores (incluso hay indicios creíbles de que recibió fondos del régimen venezolano en ese momento)? Después de todo, el plan de gobierno de Humala presentado en diciembre de 2010 proponía la nacionalización de industrias estratégicas, la renegociación de los tratados de libre comercio, la modificación de la constitución, la revisión de la legitimidad de la asignación de las frecuencias de radio y televisión, la garantía de que la prensa esté “al servicio de la democracia”, y además culpaba al “neoliberalismo” de la pobreza peruana y proponía una expansión general del Estado en la sociedad. Humala luego cambiaría varias veces su plan de gobierno de manera significativa y afirmaría ser más moderado (Rara vez le creo a los políticos estadounidenses cuando hacen aseveraciones mucho más creíbles).

Si en cambio usted creyese que existiera alguna probabilidad de que Humala estuviese simplemente siguiendo la misma estrategia de engaño que hemos visto en otras partes de América Latina, donde los populistas elegidos luego procedieron a destruir la democracia y violar los derechos, entonces era completamente racional oponerse a Humala. Espero que Álvaro tenga razón en su valoración. Por ahora, la incertidumbre acerca del futuro de Perú seguirá ahí. Los que somos escépticos respecto a Humala debemos ahora hacer todo lo posible para que el nuevo gobierno rinda cuentas y se aleje del chavismo. Esa creo que es la intención de los liberales que respaldan a Humala.

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