La deflación no es el problema

Por Gerald P. O'Driscoll Jr.

Una situación graciosa sucedió en el camino a la deflación. Durante semanas los mercados financieros han anticipado un recorte de 50 puntos base en las tasas de interés. Poco después de la última reunión de la Federal Reserve, Robert Parry, presidente del Federal Reserve Bank de San Francisco, insinuó fuertemente un futuro recorte.

Curiosamente, Parry fue el único disidente en la reciente reunión, lo cual indica una preferencia por un recorte de 50 puntos base. El verdadero resultado, un recorte de 25 puntos base, debe levantar algunas dudas sobre el escenario deflacionario.

El cuento de la deflación nunca tuvo mucho sentido. La economía estadounidense no ha experimentado una inflación de cero, mucho menos una verdadera deflación en los precios. Un índice de precios para los gastos de consumo personal muestra una tasa de inflación del 2.4% en los últimos 12 meses. Un diferente indicador inflacionario, el índice de precios al consumidor, estuvo fijo en mayo, pero debido únicamente a una prolongada caída en los precios de la energía ese mes. Desde entonces los precios del petróleo crudo han aumentado y el precio de la gasolina en las bombas estadounidenses está subiendo nuevamente. En resumen, la tendencia en los precios no es deflacionaria.

Además, hasta la liquidación de acciones de hace unas semanas, la bolsa estadounidense estaba disparándose a niveles no vistos en mucho tiempo.

Desde marzo, los mercados financieros estadounidenses han estado esperando una recuperación económica, no deflación.

¿Por qué, entonces, Alan Greenspan y sus colegas continúan insinuando el espectro de la deflación? No hay duda alguna de que la experiencia japonesa ha pesado sobre las mentes de los tomadores de decisiones norteamericanos por algún tiempo.

El año pasado, un asesor económico del presidente George Bush me dijo que él temía un problema al estilo japonés en Estados Unidos. Los precios de los activos financieros estaban cayendo, la economía era débil, y los estímulos monetarios no estaban siendo efectivos. El recorte de impuestos que la administración Bush había asegurado era muy pequeño y estaba disperso a lo largo de 10 años.

Tanto Greenspan como la administración Bush temían una repetición del choque de 1929, en el cual la caída en los precios de los activos aumentó las cargas de las deudas y cerró la actividad económica. Las recientes disputas comerciales les recuerdan a los tomadores de decisiones del colapso en el sistema comercial global ocurrido en los treinta, el cual hizo más profunda la depresión mundial. El riesgo puede ser pequeño, pero es ahora visto como palpable.

En realidad, existen grandes diferencias entre las economías estadounidense y japonesa. Japón no solo tenía un sistema bancario frágil sino que todo su sistema financiero, incluyendo el importante sector de seguros, había mostrado fallas sistémicas. Las fallas en el sector financiero japonés exacerbaron el bache. En contraste, los sistemas bancarios y financieros estadounidenses nunca han estado más sólidos.

Pero las similitudes están ahí. Mucho antes de que cayeran los precios de bienes y servicios en Japón, los precios de los activos financieros estaban disminuyendo. Conforme el valor de los activos caía, el peso de las deudas aumentaba. La deuda está fijada en términos nominales. Cuando los precios de los activos que aseguran o sostienen la deuda disminuyen, el deudor debe luchar para cancelar sus obligaciones.

Si vende activos para cumplir las demandas del acreedor, contribuye a una mayor caída en los precios de estos mismos activos, y eso empeora el problema.

El sistema financiero japonés lidió con el problema extendiendo las obligaciones. Eso creó el gigantesco sobresaliente de malas deudas en el sistema, y únicamente pospuso el día del juicio final. En todo caso, ésta no es una estrategia disponible para las instituciones financieras estadounidenses. Desde la crisis de los ahorros y préstamos en los ochenta o las dificultades bancarias de los noventa, los reguladores norteamericanos han visto con malos ojos las tonteras financieras al estilo japonés.

En su declaración de hace unas semanas, la Fed repitió su preocupación de que la deflación "muy probablemente predominará en el futuro cercano". Sin embargo, al reducir su objetivo de tasa por tan solo un cuarto de punto, la Fed indicó cierta incertidumbre sobre su propia predicción.

Sin embargo, para evitar la posibilidad de la deflación, el banco central quiere reinflar la economía de la misma forma en que lo hizo en las postrimerías de la recesión a comienzos de los noventa. El problema era entonces un sistema bancario estadounidense débil. Hoy en día es una economía débil que continúa sufriendo de los excesos de la "burbuja económica" de finales de los noventa.

Tasas de interés bajas y estímulos monetarios están a la orden del día. Las cabezas de los bancos centrales no quieren aparecer en el récord favoreciendo una inflación más alta, pero eso es precisamente lo que la Fed está proponiendo.

Otro factor está en juego: La Fed de Greenspan no puede esperar por mucho tiempo a ver qué pasa. Si fuera a posponer la decisión hasta el próximo año, sería acusada de inclinar la reelección del presidente Bush. La Fed no puede aparecer politizando la política monetaria.

Al final, los mercados financieros podrían negar los efectos beneficiosos para la actividad económica de las políticas monetarias expansionistas de la Fed. Si los mercados de hecho están poniendo atención a la posibilidad de inflación, las tasas de interés a largo plazo aumentarán. Tasas de interés más altas compensan los efectos del estímulo monetario. Quizás eso les dará una pausa a los tomadores de decisiones de la Fed. Por ahora, sin embargo, una inflación más alta aguarda a la economía estadounidense. Que los inversionistas mundiales tomen nota.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.