Katrina: Sacrificios que deberían ser compartidos

Steven Slivinski señala que mientras que muchas familias estadounidenses se sacrifican por otras, los políticos continúan expandiendo gastos en sus programas predilectos.

Por Steven Slivinski

Luego de la devastación causada por el huracán Katrina, millones de estadounidenses hicieron lo que siempre hacen cuando se encuentran frente a dolorosas historias de vidas destruídas: donaron a varias entidades privadas de caridad en números sin precedentes. Como informó recientemente el Chronicle of Philanthropy, hasta el momento, los estadounidenses han donado voluntariamente al menos $400 millones a los esfuerzos de recuperación del huracán. Si se incluyen empresas y otras donaciones, en total se han donado $740 millones. Puede que el sacrificio sea pequeño para quienes donan. Pero es un sacrificio de todas formas.

Vale contrastarlo con la respuesta financiera del gobierno federal. El Congreso se precipitó en aprobar una ley de emergencia de $10.5 mil millones de dólares. El 8 de septiembre, el Congreso agregó $51.8 mil millones. Los gastos totales dedicados a la recuperación del huracán podrían llegar a $150 mil millones.

Sin embargo, ninguna parte de dicho gasto será compensado con reducciones del presupuesto en otras áreas. El Associated Press informó que Joshua Bolten, director de la Oficina de Administración y Presupuesto de la Casa Blanca, ya ha descartado como algo “no realista en la práctica” la reducción del gasto para compensar los fondos asignados a esta situación de emergencia.

Tal vez esta actitud no sea sorprendente. Ni la Casa Blanca ni el Congreso parecen haber encontrado ahorros compensatorios durante los últimos años para financiar la ocupación de Irak, una operación que ha sido financiada en gran parte por leyes de “emergencia” aún cuando muchos de los costos fueron anticipados. El mensaje a los contribuyentes es claro: Mientras muchas familias de EE.UU. se sacrifican por otras, es mucho pedir que los políticos suspendan algunos de sus programas predilectos para afrontar los gastos con los cuales están comprometiendo al país.

Las únicas voces que reclaman un corte, al igual que en otras batallas similares por gastos, son los senadores Tom Coburn (republicano, Oklahoma) y John McCain (republicano, Arizona), quienes han sugerido reducciones en múltiples áreas para hacer frente a los gastos de recuperación por el huracán. Coburn observó lo que muchos estadounidenses ya saben: “La caridad requiere sacrificio”.

El presidente ya ha propuesto una pequeña reducción en su presupuesto para el 2006. Esto podría compensar en parte los gastos de recuperación. Debido al vencimiento de ciertos programas, la propuesta del presupuesto para el 2006 de la Casa Blanca presenta en total un ahorro de $8.8 mil millones. Otras reducciones ahorrarían otros $6.5 mil millones. Por lo tanto, un total de más de $15 mil millones podría ahorrarse, simplemente al aprobar el presupuesto que propone la Casa Blanca. Aún mejor, hacer esas reducciones retroactivas al actual año fiscal ahorraría dinero inmediatamente, y duplicaría los ahorros. Lamentablemente, la administración de Bush parece haberse rendido ante esta lucha hace meses.

¿Tal vez podrían encontrarse maneras de ahorrar en la ley del gasto fiscal general 2005, que contenía más de $23 mil millones en proyectos de intereses políticos? Si se suman las reducciones propuestas por la Casa Blanca para el 2006, y se hacen retroactivas al 2005, instantáneamente se ahorrarían $53 mil millones. Y eso es sin considerar los $24 mil millones en proyectos de intereses políticos de siete años incluídos en la reciente ley de autopistas.

Encontrar reducciones del presupuesto para compensar los gastos de emergencias no es imposible ni inaudito. Las leyes de recuperación para el terremoto de San Francisco en 1994 y la explosión de la Ciudad de Oklahoma fueron compensadas con reducciones en el gasto.

No hay razón por la cual los fondos destinados a la recuperación de desastres naturales no deberían competir con los gastos en otras áreas del gobierno. Si gastar este dinero es realmente más necesario que otros programas no tan esenciales del presupuesto, entonces esos programas menos importantes deberían ser suprimidos para hacerle lugar al gasto para la recuperación.

El Congreso no parece estar preocupado de cómo va hacer el gobierno federal (o, por ende, los contribuyentes) para pagar por ésto. Aún así éste es el momento para resolverlo. La beneficencia requiere de un sacrificio, aún de políticos con altos presupuestos que utilizan el dinero de otras personas para propósitos de caridad.

Traducido por Marina Kienast para Cato Institute.