Grandes catástrofes exponen los fracasos de los gobiernos grandes

David Boaz considera que la administración de la tragedia del huracán Katrina fue un gran fracaso del gobierno en todos sus niveles: federal, estatal y local.

Por David Boaz

Hay que darles crédito a los defensores de gobiernos grandes. Nunca se avergüenzan de los fracasos del gobierno. Por el contrario, cada error del estado es visto como una razón para darle al gobierno más poder y más dinero.

El huracán Katrina fue un gran fracaso del gobierno en todos sus niveles: federal, estatal y local. Treinta días después del huracán, el Washington Post declaró: “Reinó un constante caos y confusión en la ciudad en cada nivel del gobierno”.

¿Y cuál es la respuesta de la multitud que apoya un gobierno activo? “Se acabó la era del gobierno limitado”. “Es el libertarianismo, más que nada, lo que ha transformado a Nueva Orleans en una inmensa morgue”. “Los estadounidenses que viven a lo largo de la costa del Golfo padecen las consecuencias de dicha hostilidad...hacia el rol del gobierno como una fuerza de bien”.

Consideremos los hechos. El gobierno falló en planificar. Gastó $50 mil millones por año en seguridad nacional, sin prepararse, aparentemente, para un desastre natural completamente pronosticado. El gobierno fue lento en responder al desastre. Impidió que individuos, comercios, y organizaciones de caridad respondieran rápidamente. Y en el nivel más profundo, el gobierno destruyó la riqueza y la confianza en sí mismos de los habitantes de Nueva Orleans, en que no eran capaces de protegerse en momentos de crisis.

¿Y algunas personas concluyen que tenemos un gobierno limitado?

Comenzemos con el fracaso de la planificación. Como escribió Paul Krugman el 2 de septiembre:

Antes del 11 de septiembre, la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés) enumeró las tres catástrofes que tendrían que enfrentar EE.UU.: un ataque terrorista en Nueva York, un gran terremoto en San Francisco, y un huracán en Nueva Orleans. “El huracán” escribió el Houston Chronicle en diciembre de 2002, “ puede ser el más fatal”. Describía una potencial catástrofe muy parecida a lo que está ocurriendo hoy.

La advertencia ya estaba presente. Y luego del 11 de septiembre, el gasto federal en seguridad nacional subió considerablemente, hasta los $50 mil millones en el actual año fiscal. Se creó el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés), incluyendo a FEMA. Se realizaron reuniones, se escribieron memos, se contrataron 190.000 empleados en el DHS, se gastaron miles de millones de dólares. Si el memo de FEMA y el artículo del Houston Chronicle no fueron suficientes, el New Orleans Times-Picayune publicó en 2002 una serie en cinco partes titulada “Llevada por el agua”. Asi que los gobiernos federal, estatal y municipal estaban preparados para Katrina, ¿Verdad?

Incorrecto. Durante la administración de Bush, Luisiana recibió más dinero para proyectos civiles del Cuerpo de Ingenieros de las Fuerzas Armadas que cualquier otro estado, pero no fue destinado al control de las inundaciones o a la construcción de diques. Sorprendentemente, fue gastado en proyectos no relacionados, promovidos por la comisión legislativa de Luisiana.

¿Y qué entonces del gobierno local y del gobierno municipal? Si se va a mantener una ciudad bajo el nivel del mar en un país de huracanes, más vale contar con planes de emergencia. De hecho, planes habían. Pero aparentemente no incluían el fortalecimiento de diques o la evacuación de los habitantes.

Luego de que Katrina destruyera parte de Florida y se alzara contra el Golfo de México, la gobernadora Kathleen Babineaux Blanco se atribuyó a sí misma poderes de emergencia. Por lo tanto, sabía que una catástrofe estaba en camino, pero pareció no importarle. Su Departamento de Seguridad no autorizó a la Cruz Roja ni al Ejército de Salvación a entrar en la ciudad para distribuir agua, comida, medicinas, y otras provisiones de emergencia a aquellas personas que sufrían en el Superdome y el centro de convenciones. De la misma manera, le llevó varios días para firmar un permiso que autorizara a médicos con licencias de otros estados a auxiliar a los enfermos y heridos. Muchos médicos tuvieron que esperar durante días para poder ponerse a trabajar. Mientras que la tormenta azotaba Nueva Orleans con toda su fuerza, el gobierno local efectivamente renunciaba. Noticias de saqueos comenzaron solo horas después del golpe.

FEMA emitió un comunicado breve el 29 de agosto, el mismo día en el que el huracán ya se visualizaba desde el Golfo, titulado, “Se recomienda al personal de emergencia no responder a las áreas de impacto del huracán”. FEMA quería que todo el personal estuviese coordinado y que se presentara cuando era llamado. Y ese fue uno de los pocos planes que cumplieron. Como informó el New York Times el 5 de septiembre:

Cuando Wal-Mart mandó tres camiones llenos de agua, el personal de FEMA los rechazó dijo el [Presidente de la Parroquia Jefferson, Aaron Broussard]. Los trabajadores de la agencia no permitieron que la Guardia Costera entegara 1,000 galones combustible diesel, y el sábado cortaron las líneas de comunicación de emergencia de la parroquia; como resultado, el comisario tuvo que arreglarlas y poner guardias armados para protegerlas de FEMA, según informó el Sr. Broussard.

Esos no fueron los únicos ejemplos. La ciudad rechazó la oferta de Amtrak de evacuar habitantes fuera de la ciudad antes de que llegara la tormenta. El 2 de septiembre, el South Florida Sun-Sentinel informó, “500 pilotos se han ofrecido como voluntarios para rescatar sobrevivientes de Katrina, transportar personal de emergencia y provisiones para embarcaciones. Pero no se les permite entrar en el área”. Cientos de bomberos que respondían al llamado de ayuda fueron retenidos durante varios días en Atlanta por FEMA para recibir capacitación en relaciones comunitarias y acoso sexual.

Incluso el Presidente Bush admitió el 13 de septiembre, que “todos los niveles del gobierno” fallaron en responder adecuadamente al desastre natural más anticipado de la historia. Pero el fracaso del gobierno en este caso es más grave.

¿Quiénes fueron los que más sufrieron por el huracán Katrina? Los habitantes más pobres de Nueva Orleans, muchos de los cuales viven de la seguridad social – la misma gente que el gobierno ha conducido a décadas de dependencia. El estado de bienestar ha enseñado a generaciones de pobres a acudir al gobierno para todo: vivienda, comida, dinero. Les ha atrofiado su sentido de responsabilidad e independencia. Cuando el gobierno falló, se encontraron con pocos recursos con que sostenerse.

Algunos periodistas sugirieron que la desesperación de los pobres de Nueva Orleans debilita la propuesta del Presidente Bush de la “sociedad de propietarios”. De hecho, el evidente sufrimiento de las partes más pobres de la ciudad es un perfecto ejemplo de la falla de la “sociedad de no-propietarios”. La gente ha sido atrapada por la dependencia, sin posesiones financieras ni morales a qué acudir.

Mientrastanto, a pesar de los mejores esfuerzos de FEMA, inmediatamente después del huracán, el sector privado—comercios, iglesias, organizaciones de caridad y particulares—comenzaron a proveer servicios a las víctimas. A 10 días de la catástrofe, organizaciones de caridad lograron reunir $739 millones, mucho más que las donaciones después de los ataques del 11 de septiembre o del tsunami en Asia. Expertos estiman que las donaciones podrían superar los $2.2 mil millones donados luego del 11 de septiembre.

Aún cuando las empresas privadas no tienen ninguna obligación de responder a las emergencias, comenzaron a planificar la respuesta a Katrina antes de que el huracán se acercara. Dos periodistas del Washington Post escribieron que es “inquietante pero ineludible” que se reanude el comercio rápidamente luego de los desastres naturales, que “Wal-Mart y Home Depot son compañías únicas, viajando distancias extraordinarias para mantener a sus clientes abastecidos”. ¿Preferirían que Wal-Mart y Home Depot cerraran sus puertas en honor a las víctimas? Seguramente que fue mejor para los sobrevivientes que estas compañías se prepararan para el desastre y reabrieran sus negocios rápidamente.

El departamento de planificación para emergencias de Wal-Mart había ordenado 10,000 bidones de siete galones de agua para la época de huracanes. Una semana antes de que Katrina azotara Nueva Orleans, Wal-Mart ordenó 40,000 más. El presidente de la parroquia Jefferson expresó que “si el gobierno de los Estados Unidos hubiera respondido como Wal-Mart, no estaríamos en crisis”.

Las empresas farmacéuticas generaron sus propios sistemas de distribución para transportar medicinas y equipos de auxilio hacia áreas destruídas por la tormenta. Diez días después de la tormenta, la industria farmacéutica estadounidense había donado dinero y productos por $42.5 millones.

Iglesias y organizaciones de caridad tanto de la zona como de áreas tan lejanas como Nuevo México y Maryland comenzaron a enviar camiones llenos de comida y vestimenta y a ofrecer alojamiento a evacuados. El Washington Post informó que “gracias a los sigilosos actos de hospitalidad en gran parte invisibles para el gobierno”—y afortunadamente que fue así, en caso de que al gobierno se le ocurriera impedir estos esfuerzos desordenados—“cientos de miles de personas desplazadas por el huracán Katrina parecen estar desapareciendo... en el abrazo de otras familias”.

Y esto no es algo nuevo. Luego del huracán Andrew en 1992, el gobierno armó ciudades de carpas, que finalemente no se utilizaron, debido a que los evacuados fueron alojados por familiares, amigos, miembros de organizaciones religiosas y vecinos.

Frente a otro fracaso del gobierno en planear o responder adecuadamente, sigue habiendo un número sorprendente de gente que quiere transferir más dinero y poder del sector privado al gobierno. Después de catástrofes, los políticos tienen dos o tres respuestas típicas. Visitan el lugar destruido; asignan fondos al problema—el Congreso ya aprobó $62 mil millones en ayuda de emergencia para las zonas azotadas; y generalmente agregan una capa de burocracia a las agencias gubernamentales existentes. Después del 11 de septiembre, el Congreso creó el Departamento de Seguridad Nacional. ¿Será el próximo paso agregarle “y Desastres Naturales”?

Coincidentemente, el Congreso aprobó una segunda ley de emergencia de $51.8 mil millones el mismo día en que la Prensa Asociada publicó un estudio sobre el destino de $5 mil millones de emergencia a pequeños comercios luego del 11 de septiembre. Descubrió que los fondos se destinaron a una emisora de radio country de Dakota del Sur, un negocio de perfumes de las Islas Vírgenes, una tienda de medicamentos de Utah, y más de 100 tiendas Dunkin’ Donuts y Subway—“empresas lejos de haber sido devastadas”. Menos del 11% de dichos préstamos fueron destinados a empresas en Nueva York o Washignton, DC.

Pero no es un accidente que los gobiernos fracasen en sus tareas. Todos los incentivos están mal. Las empresas con fines lucrativos constantemente buscan maneras de innovar, mejorar, bajar costos, y prestar un mejor servicio por menor dinero, para no perder a los clientes ante competidores, o incluso quebrar. Las iglesias y las organizaciones de caridad están motivadas por amor y compromiso, asi como por la necesidad de satisfacer a sus donantes o quedarse sin dinero. Los gobiernos pueden subir los impuestos o emitir más dinero. Si una agencia gubernamental fracasa en su objetivo, generalmente la respuesta es darle más fondos el próximo año, cosa que no parece ser un buen incentivo para operar exitosamente. Los políticos prefieren inaugurar un museo de las mujeres del Viejo Oeste que arreglar baches o diques.

Tanto antes como después del huracán Katrina, las empresas y las organizaciones de caridad respondieron eficientemente. El gobierno fracasó en su más básica tarea de proteger la vida y la propiedad de la gente ante los delincuentes. Cuando los gobiernos masivos e hinchados decepcionan en todos los niveles, la solución no es darles más dinero. En vez, la solución yace en un gobierno limitado en alcance y ambiciones, y concentrado en sus funciones esenciales.

Traducido por Marina Kienast para Cato Institute.