Ganar la paz en Irak a través del libre comercio

Por Daniel T. Griswold

Irak ha sido maldecido por dictadores crueles, pero ha sido bendecido abundantemente por la geografía. Dos grandes ríos riegan una planicie fértil en un clima subtropical. El país posee un puerto y un acceso expedido a los principales mercados. Como depositario de muchos de los sitios arqueológicos más maravillosos del mundo, Irak debería ser una Meca turística. Y, por supuesto, el país se encuentra ubicado sobre la segunda reserva de petróleo más grande del mundo.

Entre sus muchos crímenes, Saddam Hussein dilapidó y ahogó el potencial de riqueza de su país a través de guerras y saqueos oficiales. La política económica de su partido baatista fue un tipo de socialismo malhechor: control gubernamental de los precios y la industria, racionamientos omnipresentes, confiscaciones arbitrarias de la riqueza privada, y poco comercio a parte del de las armas y el petróleo.

El nefasto legado de Saddam ha dejado a Irak como el país más pobre de la región del Golfo Pérsico. Su PIB per cápita es el equivalente a $2.500 anuales, mucho menos que el de Qatar ($21.200), Kuwait ($15.000), Arabia Saudita ($10.600) e incluso Irán ($7.000). Las importaciones de Irak son una fracción de lo que fueron en los ochenta, cuando sus ciudadanos compraban productos agrícolas por un valor cercano a los $1.000 anuales a Estados Unidos.

La victoria estadounidense en el campo de batalla estará en peligro si el pueblo iraquí no puede disfrutar los frutos materiales de su nueva libertad. Para garantizar el éxito de la reconstrucción, Estados Unidos y Gran Bretaña deberían garantizar que el nuevo gobierno iraquí proteja las libertades económicas y políticas de sus habitantes.

Una parte esencial de cualquier plan que pretenda establecer libertad en Irak debería ser un compromiso hacia el libre mercado y las instituciones que lo apoyan, incluyendo un compromiso con el libre comercio. Los iraquíes deben disfrutar un derecho de propiedad seguro, una moneda estable, precios sin regular, un Estado de Derecho y el cumplimiento de contratos, y la libertad de hacer negocios domésticamente y a través del comercio internacional.

La reconstrucción de la Europa post-guerra ofrece un modelo, aunque no de la forma en que la mayoría de la gente piensa. El verdadero impacto en la recuperación del continente fue su giro hacia los mercados y el libre comercio. En Junio de 1948, Ludwig Erhard de Alemania abolió abruptamente los controles de precios y emitió una nueva moneda. Pronto siguieron los recortes de impuestos y aranceles. Como lo señalara un historiador: "El espíritu del país cambió de la noche a la mañana. Lo gris, el hambre, las figuras demacradas vagando por las calles en su búsqueda constante por comida revivieron." Irak necesita un Ludwig Erhard árabe.

Estudio tras estudio ha confirmado que las naciones relativamente abiertas al comercio crecen más rápido y alcanzan ingresos más altos que aquellas que permanecen relativamente cerradas. El modelo para los nuevos líderes de Irak debe ser Irlanda, Chile, los tigres del Este asiático, y otros países que han logrado un crecimiento sostenible a través de la expansión del comercio—no los cada vez más estancados y aislados países del Medio Oriente.

Con el régimen de Saddam en la historia, las sanciones de las Naciones Unidas deben ser levantadas inmediatamente. Si Francia y Rusia insisten en mantener las sanciones con el fin de proteger el control burocrático de la ONU sobre el petróleo de Irak, Estados Unidos debería ignorar las mismas y permitirle unilateralmente a sus ciudadanos comerciar con la gente de Irak. Los mercados norteamericanos deberían ser abiertos a los bienes hechos por los iraquíes, especialmente los textiles sensibles a las importaciones, indumentarias y productos agrícolas. Además de estimular el crecimiento, el comercio con Irak traería alivio humanitario, afianzaría las relaciones entre los dos países, y enviaría una señal positiva de que Irak está abierto a la inversión extranjera.

Mucho se ha escrito sobre la necesidad de reforma política en el mundo árabe, pero éste también necesita desesperadamente reforma económica. El porcentaje del mundo árabe en el comercio global y la inversión extranjera ha venido cayendo en las últimas dos décadas. Aparte del petróleo, los países árabes exportan muy pocas cosas que el resto del mundo están dispuestos a comprar. Con una pocas excepciones, las barreras al comercio y la inversión extranjera permanecen altas. Hay más franquicias de McDonalds en la pequeña Holanda que en todo el mundo árabe.

Una economía iraquí vibrante le daría esperanzas a una nueva generación de árabes de reclamar su verdadero lugar en el mundo del comercio, ciencias e ideas. Una clase media educada y esperanzada crearía a cambio más condiciones para un gobierno limitado y representativo. Pero si un Irak post-Saddam fracasa en prosperar, su gente se frustrará aún más y culpará al libre mercado y a Occidente por sus problemas, creando un terreno fértil para el terrorismo.

La tecnología, el dinamismo, y la apertura de la economía de Estados Unidos contribuyeron a que este país ganara la guerra; si se esparcen a Irak, las mismas fuerzas del mercado nos ayudarán a ganar la paz.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.