Estrategia militar para revivir la bolsa

Por Richard W. Rahn

Si la caída de la Bolsa no se encara, se puede desatar una crisis en el servicio de la deuda tanto de las empresas como de las personas, lo cual causaría una espiral descendiente en la economía.

La buena noticia es que el Congreso y la administración pueden evitar ese desastre. La mala noticia es que el Congreso está empeñado en acciones equivocadas, que hacen que la Bolsa siga cayendo y la administración le sigue el juego. Bajo el nombre de "reformas", el Congreso está añadiendo costosas nuevas regulaciones que reducirán las utilidades de las empresas, haciéndolas también menos competitivas con las del resto del mundo y reduciendo así el valor de mercado de las compañías americanas.

Muchos congresistas, y también algunos periodistas, creen que el problema es que los gerentes y administradores de repente se volvieron codiciosos. La realidad es que la gente siempre lo ha sido, incluyendo tanto a los congresistas como a los periodistas. Pero las presiones adicionales que han sufrido los empresarios provenientes de políticas públicas equivocadas han hecho que aquellos que no contaban con un freno moral actuasen corruptamente. Las leyes y regulaciones actuales junto con la disciplina impuesta por la caída de la Bolsa son suficiente castigo para los que han abusado e incumplido con sus responsabilidades.

El Congreso debiera más bien dedicarse a reparar sus equivocaciones anteriores.

Hace varios años, el Congreso impuso un límite a lo que podía ser deducido de los impuestos de las empresas por concepto de los sueldos de altos ejecutivos. Esto hizo que las altas remuneraciones fuesen reemplazadas por opciones de compra de las acciones de la empresa, lo cual se convirtió en un gran incentivo para aumentar el valor a corto plazo de esas acciones, en vez de concentrarse los ejecutivos en asegurar utilidades a largo plazo. También se han dificultado mucho las ofertas hostiles de compra de las empresas, lo cual siempre sirvió como disciplina para gerentes incompetentes y corruptos.

A las utilidades empresariales se le aplican impuestos muchas veces: el impuesto corporativo, el impuesto individual a los dividendos e impuestos sobre ganancias de capital, los cuales al aumentar el costo del capital reduce las inversiones y, por lo tanto, reduce también la creación de empleos y el crecimiento económico. Esa estructura impositiva también les crea incentivos perversos a la empresa, aumentando la relación de la deuda al capital invertido, lo cual aumenta considerablemente el riesgo.

Además, las empresas con grandes negocios en el extranjero se han estado mudando a otros países para ahorrar en impuestos. Esta situación se debe a que otros países han reducido sus tasas de impuestos corporativos por debajo de las de Estados Unidos.

El remedio es reducir los impuestos corporativos, eliminar el límite de la deducción de salarios y también las restricciones a las ofertas hostiles para la compra de empresas. Pero dada la imperante ignorancia económica y la tendencia de los políticos a ganar puntos con la lucha de clases, es difícil reducir los impuestos corporativos.

Un remedio alterno sería que hasta el 90% de los dividendos pagados sean deducibles del impuesto, como sucede hoy con el pago de intereses. Esto significaría reducir el pago doble de impuestos sobre el mismo ingreso.

Si se instrumentaran estas sugerencias, la Bolsa reaccionaría positivamente, la gente recuperaría sus ahorros y se crearían millones de nuevos puestos de trabajo. Pero hay otra noción constructiva y es que el Congreso podría añadir dos palabras a su ley antifraudes, la cual crea un delito nuevo respecto a "artificios y confabulaciones para defraudar a los accionistas". Que la ley diga, más bien, "para defraudar a los accionistas o contribuyentes", de manera que sea aplicable también a los congresistas y a los ministros.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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