El coqueteo ruso de Hugo Chávez

Mary Anastasia O'Grady que en su desesperación frente a la posibilidad de perder entre 3 y 6 estados importantes en las elecciones de noviembre, Chávez "ha sacado al monstruo del Tío Sam a pasear, llamó a los rusos y ha mandado a casa a los embajadores de Washington".

Por Mary Anastasia O'Grady

Mientras dos bombarderos rusos Tu-160 aterrizaban en Venezuela la semana pasada para una misión de entrenamiento, el presidente Hugo Chávez apareció en televisión para celebrar. Era la primera vez desde la Guerra Fría que aviones militares enviados desde Moscú tocaban tierra en el hemisferio occidental. "Se acabó la hegemonía yanqui", declaró Chávez.

Lo que el venezolano no mencionó fue el hecho de que, según un funcionario del Departamento de Estado, "la fuerza aérea de EE.UU. localizó a las aeronaves rusas al oeste de Noruega y las escoltó hasta Venezuela".

El que los cazas estadounidenses pudieran juguetear con los rusos enviados a mostrar solidaridad con Venezuela no es nada sorprendente. Vladimir Putin ha estado tratando de reconstruir su ejército, pero aún no es un reto para el poder estadounidense. Tampoco es creíble que Rusia espere retar seriamente a EE.UU. en el Caribe con la flotilla que dice que enviará el próximo mes para adelantar ejercicios conjuntos con Venezuela.

Sin embargo, 17 años después de lo que creíamos que era el fin de la Guerra Fría, Rusia está evocando recuerdos de la crisis de los misiles en Cuba de 1962 al jugar juegos de guerra con otro pretendiente a hombre fuerte latinoamericano. Es la forma de Putin de "sacarle la lengua" a George W. Bush por su propuesta de defensa con misiles en Europa y su resistencia a los recientes esfuerzos de Rusia por restaurar su antiguo imperio a la fuerza.

Chávez está feliz de ser usado de esta forma. Él cree que está recibiendo algo a cambio. Su Revolución Bolivariana, un esfuerzo diseñado para imponer el comunismo a lo largo de Latinoamérica, está en problemas y su popularidad se ha ido desvaneciendo, así como sus opciones para restaurar la confianza en su liderazgo. Sin embargo, aún está la práctica infalible de atacar a los yanquis. Siguiendo el ejemplo de Fidel Castro, Chávez parece creer que si el demonio extranjero es pintado como una amenaza inminente a la soberanía, el país cerrará filas entorno a él. Esta idea, compartida por el presidente boliviano Evo Morales, explica no sólo el turismo militar ruso en el Caribe sino también la expulsión de los embajadores de EE.UU. de Caracas y La Paz la semana pasada.

Chávez tiene problemas en casa, y en el resto de la región la resistencia a su Revolución Bolivariana está avanzando. La semana pasada alcanzó su punto de ebullición en Bolivia, en donde Morales, con el respaldo de Chávez, busca consolidar su poder a través de una reescritura de la constitución al estilo venezolano.

Los gobernadores y la población local de cuatro de los nueve departamentos de Bolivia han dicho que no aceptarán la ratificación de la nueva constitución por referendo popular. También han expresado un deseo de mayor autonomía de La Paz. Pero el 28 de agosto, Morales firmó un decreto que puso el referendo en marcha de todos modos.

Ese acto fue la chispa que causó el incendio, y en semanas recientes huelgas y bloqueos de carreteras diseñados para paralizar el país han causado violencia callejera. La semana pasada, ocho personas murieron en enfrentamientos civiles en la provincia de Pando.

Es verdad que Bolivia está viviendo una batalla entre regiones por el control de los recursos del país. Pero también estamos presenciando una pugna a muerte contra la ideología comunista que Morales —un admirador de Fidel Castro— quiere imponer. Ha admitido que Castro le asesoró sobre cómo usar la apariencia de democracia para alcanzar sus metas. Pero no ha sido entrenado sobre cómo encarar la resistencia. Su posición dura ha unificado y dado munición a sus críticos. Ahora ya no puede negociar con los gobernadores sin parecer débil.

Frustrado por estas derrotas, Morales decidió culpar a los yanquis. El 11 de septiembre, expulsó al embajador estadounidense Philip Goldberg, argumentando que EE.UU. estaba apoyando a los gobernadores disidentes. No se ofreció ninguna prueba. Chávez siguió hizo lo mismo el mismo día, expulsando al embajador estadounidense Patrick Duddy de Caracas en solidaridad con Morales y amenazando con interrumpir el suministro de petróleo si EE.UU. ataca Venezuela.

Claramente, el objetivo de ambos presidentes era arengar a sus bases, pero es dudoso que haya causado buena impresión en alguien más. Bolivia sigue siendo una pesadilla para Chávez, y no sólo porque una derrota de Morales perjudicaría sus propias aspiraciones imperiales. Un mayor problema es que la oposición a nivel local en Bolivia está conformada de líderes populares democráticamente elegidos que son vistos por sus electores como defensores del pueblo.

En Venezuela, la oposición a Chávez han sido relativamente débil. Pero podría aprender de los disidentes bolivianos cómo movilizar una oposición seria al chavismo.

Este es el panorama con el que se enfrenta Chávez antes de las elecciones gubernamentales del 23 de noviembre en 23 estados y el distrito de Caracas. Con la economía en jirones, la inflación cerca de 30% y la oposición empezando a unificarse, el mesías de Venezuela está sintiendo mucha presión. No es imposible, asumiendo que haya elecciones justas (algo que está lejos de estar garantizado), que los candidatos de la oposición ganen al menos tres estados importantes y tal vez hasta seis. Para un hombre con ambiciones dictatoriales, esto es inaceptable. Por eso, ha sacado al monstruo del Tío Sam a pasear, llamó a los rusos y ha mandado a casa a los embajadores de Washington.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 15 de septiembre de 2008.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
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