EE.UU.: Todavía un brillante ejemplo

Por Marie E. Gryphon

Nueva York era la ciudad a la que los estadounidenses les gustaba odiar. Había mucho tráfico, las calles siempre estaban atestadas y los lugareños eran bruscos, por supuesto, pero era más que eso. Nueva York era tan grande, acaudalada y cosmopolita que se podía dar el lujo de pretender ser indiferente a nuestros sentimientos. Parecía que Nueva York no nos necesitaba, y nosotros actuábamos en consecuencia con toda la indiferencia de un amigo desairado.

El año pasado, la distancia a la que nos manteníamos de Nueva York colapsó en una terrible nube de polvo. Por todo el país familias lloraron frente a la televisión mientras las escenas del centro de Manhattan parecían sacadas de un filme de horror. Por un momento en la historia, los residentes de la ciudad perdieron su famosa ironía, y los estadounidenses en todos lugares vimos que ellos de hecho podrían necesitar nuestra ayuda.

Las ciudades del Medio Oeste norteamericano enviaron a la traumatizada ciudad sus relucientes camiones de bomberos con inscripciones a mano que leían las siglas del departamento de bomberos de Nueva York (FDNY). Niños del Sur del país pintaron dibujos y escribieron poemas para los hijos de los muertos y desaparecidos. Los estados cercanos ofrecieron todos los recursos a su disposición, incluyendo personal de emergencia, guardias nacionales, suministros y socorro. Los bomberos de la Costa Oeste alistaron sus maletas e hicieron fila en los congestionados aeropuertos con el fin de viajar a Nueva York y ayudar a buscar a sus camaradas desaparecidos.

En el exterior, la gente respondió de la misma manera. Para el mundo fueron los mismos Estados Unidos los que de repente eran los vulnerables. La superpotencia militar y económica del mundo, la fuente de esa abrumadora marea cultural que influencia cómo el planeta actúa, piensa y sueña, requería de consuelo y tal vez inclusive de defensa; y el mundo respondió.

Tal y como los norteamericanos enviaron ayuda a su ciudad insignia, así la gente del mundo encontró una oportunidad para consolar a la nación más poderosa del planeta. ¿Qué se le puede dar a un país que tiene de todo? Una expresión poco común de amor y admiración sinceros en un momento de angustia.

Gestos diplomáticos formales eran de esperarse, pero la reacción internacional fue mucho más que eso. Ciudades en todos los continentes atestiguaron servicios religiosos en recuerdo de los muertos y desaparecidos, los cuales fueron atendidos por miles de personas que nunca nos habían visitado o siquiera conocido. En Malasia, miles se reunieron en la embajada norteamericana a manifestar sus condolencias en el libro de visitas. Un diario parisino proclamó "Hoy, todos somos estadounidenses." Moscovitas dejaron cientos de arreglos florales en la embajada norteamericana en Rusia, con mensajes tales como "Estamos con Ustedes" y "Permanecerán en nuestros corazones por siempre." El 14 de septiembre, designado el Día de la Oración y Conmemoración, aproximadamente 800 millones de personas en 43 naciones guardaron 3 minutos de silencio.

La respuesta, como la tragedia, no fue enteramente personal. El afecto de tantas personas alrededor del mundo hacia Estados Unidos en su hora más difícil desmiente la visión común de que nuestro país es abrumadoramente detestado allende de nuestras fronteras. Detestado no solo por su fortaleza militar, afirman los cínicos, sino también por su extraordinaria prosperidad, su individualismo, su libertad religiosa y su optimismo hacia el futuro.

Algunos sí celebraron de manera abierta nuestro desastre, y sin duda algunos otros lo hicieron a puertas cerradas. Pero la mayoría de la gente de todas las culturas y continentes respondieron con afecto y dolor, no solo porque una tragedia humana tuvo lugar en Estados Unidos, sino también porque nuestro país todavía permanece como un símbolo de aspiración humana.

Los eventos del 11 de septiembre nos han enseñado una lección importante sobre la naturaleza de la fortaleza, el amor y la vulnerabilidad. Las gentes, las culturas y las instituciones que más admiramos no necesitan usualmente de nuestra compasión. Más bien, muchas veces se les guarda rencor por ser excepcionales, pero eso no significa que no se les tiene cariño por todo lo que las hace grandes. Lo que carecemos es de una oportunidad de servirles de ayuda.

Nosotros que vivimos en otras partes de Estados Unidos probablemente nunca lo decimos, pero admiramos a Nueva York. Nos atrae su energía, poder y brillo. Nos sentimos orgullosos de reclamarla como nuestra. Constituye un punto focal para muchos de nuestros sueños y esperanzas. Estamos contentos de que en una tragedia, pudimos finalmente devolver el favor.

La situación de Estados Unidos en el mundo es similar. Nuestro país le dará la bienvenida a inmigrantes de más de un centenar de países este año, tal y como lo hizo el año anterior y el año antes que ese. El liberalismo económico de los Estados Unidos y su sistema político son copiados alrededor del mundo por líderes que desean para sus pueblos la misma prosperidad y libertad que gozan los norteamericanos. Estados Unidos permanece como la esperanza del mundo, y su mejor ejemplo de oportunidades. Y nuestro país es querido por eso. Esto es algo que tampoco debemos olvidar.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.