Draghi incumple el mandato del euro

Pedro Schwartz explica que "La administración de la droga excitante del dinero para sacar a nuestras economías de la neurastenia postcrisis es un intento de conseguir una vuelta al crecimiento sin plantearse las cuestiones de fondo".

Por Pedro Schwartz

Sorprenderá que yo diga que Draghi y los demás directivos del Banco Central Europeo (BCE) no están haciendo lo que deberían cuando ha sido general el elogio del creciente activismo del banco en busca del relanzamiento de las economías europeas. Todo es felicitarse de que, ante el temor de una deflación a la japonesa, el BCE haya reducido al 0,5% el precio de sus préstamos ordinarios a la banca. También se elogia que haya dejado temporalmente de “esterilizar” o retirar de la circulación el dinero que inyectó anteriormente con sus compras de obligaciones. Por si era poco, todo son parabienes porque se ha comprometido a mantener abierta durante cuatro años una línea de financiación a la banca de nada menos que 400.000 millones de euros condicionados a que los bancos la usen para prestar a pequeñas y medianas empresas (“funding for lending” ha llamado el Banco de Inglaterra a un programa semejante).

Mas para evitar que la banca deposite ese dinero barato en el propio BCE, como ha solido ocurrir hasta ahora, el Consejo ha tomado la medida innovadora de cobrar un 0,15% sobre los depósitos que se entreguen a su custodia en vez de remunerarlos. “¡Por fin se decide el BCE a poner en práctica una política monetaria más parecida a la del Banco de Inglaterra y la Reserva Federal!”, dicen quienes ven la creación de dinero como fuente y causa del crecimiento económico.

Son medidas tomadas por unanimidad, nos ha dicho el Consejo de Gobierno del BCE por boca de su presidente, lo cual, lejos de indicar una actuación firme y decisiva, es muestra del limitado efecto que medidas anteriores han tenido para combatir dos males que le preocupan: la amenaza de deflación, es decir de caída de los precios al consumo, en vez de la acostumbrada inflación; y la insuficiencia de crédito bancario para las actividades productivas. En la jerga de los banqueros centrales, estaba fallando el llamado “multiplicador bancario”, el mecanismo por el que la creación de medios de pago por el banquero central se transmite a la economía en general, al transformar la banca comercial en crédito toda esa nueva liquidez. Dicho más llanamente, hasta ahora sus intentos de acelerar el crecimiento de la economía real han tenido poco éxito. Por si acaso tampoco consiguen con estas nuevas medidas los resultados apetecidos, avisan que se lanzarán, si es preciso, a la compra masiva de deuda pública de los Estados de la zona del euro, digan lo que quieran los Tratados que lo prohiben. Flaca confianza es la que tiene el BCE en sus poderes de reanimación.

El efecto de estas medidas y las ya prolongadas de la Reserva Federal sobre los mercados financieros es inquietante. El precio de la deuda pública no hace sino subir y lo mismo pasa con los títulos de renta variable. Los índices de volatilidad se encuentran en mínimos. Más extraño aún: el Estado español ha podido acudir a los mercados a costes inferiores al de EE.UU. y Reino Unido. Parece que los inversores dan por sentado que el BCE hará “lo que haga falta” para evitar cualquier tropiezo: “whatever it takes”, como dijo Draghi cuando salvó al euro en julio de 2012. Pero ahora la llamada a la acción del banco emisor incluye evitar que las economías europeas dejen de crecer.

Resistencia a continuar las reformas

La administración de la droga excitante del dinero para sacar a nuestras economías de la neurastenia postcrisis es un intento de conseguir una vuelta al crecimiento sin plantearse las cuestiones de fondo. Primero, habría que estar convencido de que una leve deflación de precios pueda ser tan dañina como se dice. Cierto que con ello la carga real de la deuda se hace más gravosa.

También es cierto que una deflación complica el balance de los bancos, que ven caer el valor de sus activos. Sin embargo, unos precios más bajos fuerzan una mayor productividad en toda la economía. Más bien, creo que fue el empeño por mantener vivos a los bancos y empresas “zombies” que deberían haberse disuelto lo que impidió la reestructuración que la economía real japonesa estaba demandando y lo que explica ese largo estancamiento, además de la política keynesiana de multiplicar las obras públicas financiadas con deuda. A menos que la caída de los precios al consumo amenace con convertirse en una espiral que lleve a los consumidores a retrasar sus compras en espera de precios aún más bajos, no veo qué gran daño pueda causar la temida deflación. Cierto, el valor de los activos dejará de inflarse, pero así los inversores andarán más cautos y los bancos se fijarán en los planes de negocio de sus clientes. Roosevelt en su día se equivocó al atribuir la Gran Depresión a la caída de los precios agrícolas e industriales; igual se equivocan quienes culpan de la falta de pulso de la economía japonesa a una deflación de los precios al consumo. La presente falta de crecimiento europeo se encuentra en otro punto: la resistencia a continuar con las reformas estructurales que exige un sistema monetario como el del euro.

La moneda única europea se creó para que funcionara casi como si fuera un patrón oro. Para pertenecer a la eurozona era necesario garantizar a corto y largo plazo un máximo de deuda pública y déficit presupuestario. Estaba prohibido salvar al país que, habiendo incumplido, sufriera el asalto de los especuladores: “no bail out”, “nada de salvavidas”, era la regla. No se dijo, pero estaba implícito, que los mercados de todos los miembros, especialmente los mercados de trabajo, tenían que ser flexibles; y que debían limitarse los gastos en pensiones, Sanidad y Educación financiados con la deuda. Quien no pudiera cumplir esas condiciones debía volver a su antigua moneda. Todo esto ha saltado por los aires con las quiebras de los países periféricos de la zona euro. Con la ayuda de Draghi, hemos pasado a vivir en un sistema de dispendios sin fin, salvado con la creación de dinero nuevo cada vez que hay crisis. Acabaremos como EE.UU., donde cada pocos meses el gobierno pide elevar el techo de deuda para poder pagar las pensiones de los veteranos de guerra y los salarios de los empleados de las instituciones públicas.

Este artículo fue publicado originalmente en Expansión (España) el 12 de junio de 2014.