Competitividad a la mexicana

Por Roberto Salinas-León

El tema de la competitividad mexicana ha generado varios debates sobre el futuro de la economía nacional, las perspectivas de crecimiento y las oportunidades de integración comercial con el resto del mundo. Sin embargo, hoy en día, este debate se reduce o al reto que presentan naciones como China, o al eterno reclamo alrededor de la paridad cambiaria, o a la firma de acuerdos económicos-acuerdos bienintencionados, pero con poco impacto real en el entorno que vivimos.

Anteriormente, los debates alrededor de la competitividad se daban a partir de las famosas "asimetrías" entre nuestra economía y las economías desarrolladas, sobre todo la zona norteamericana. En la actualidad, una forma de interpretar el impulso hacia acuerdos al vapor, planes de mediano plazo, y otras buenas intenciones, es a la luz de este episodio tan nuevo, tan inusual en nuestra historia reciente, de un ajuste económico sin la tradicional crisis monetaria que antes caracterizaron los ciclos de "estanflación". Es decir, se ha dado una frustración generalizada ante un entorno de brutal ajuste a nivel micro, pero bajo un cuadro de relativa estabilidad en el nivel macro.

Los agentes económicos ya habían aprendido como manipular "grasa inflacionaria" para amortiguar los efectos de las crisis financieras. Un ajuste sin este componente es algo totalmente novedoso para nuestras generaciones devaluadas, acostumbradas a vivir con el impuesto de la inestabilidad. El reclamo, por ende, se manifiesta en ese concepto popular, pero objeto de abuso constante, llamado "competitividad".

En realidad, al final del día, la competitividad de una economía es un sinónimo de la confianza en su régimen de inversión. Sería mucho más útil, ciertamente más limpio, hablar de productividad y los factores que impulsan, o inhiben, la productividad laboral. Aun así, sobresale nuestra caída en competitividad que registran diferentes índices globales, sobre todo a lo largo de los últimos seis años. Ello significa que nuestro régimen de inversión ha perdido confianza ante otras oportunidades u otras zonas económicas, lo que es reflejo de la marcada caída en nuestra productividad laboral.

Por ejemplo, nuestro comportamiento en el World Competititiveness Yearbook ha deteriorado significativamente, registrando un descenso del lugar 38 en 1998 al lugar 41 en 2002. En productividad, la caída registrada por este índice es marcada: pasamos del lugar 23 al 39, en un universo de 49 países. Otros índices muestran un patrón similar. El Growth Competitiveness Index Ranking del Foro Económico Mundial muestra que México pasó del lugar 42 al 45, entre 2000 y 2002, de una lista de 75 países. De acuerdo con el índice microeconómico de este organismo, el país pasó del lugar 42 al 55. Estos indicadores, y otros, son un reflejo de que la economía mexicana ha perdido atractivo en el mundo de inversiones globales. Es natural, si bien inocente, responder ante estos hechos que la política económica debe entonces orientarse hacia la reactivación del mercado interno-lo que sea que eso signifique. Entre 2001 y 2002, la inversión extranjera directa alcanzó un promedio de 17.5 mil millones de dólares anuales, comparados con los 12.2 mil millones en el periodo 1997-2000. Sin embargo, si se excluyen las operaciones financieras como fusión de Banamex y Citigroup, los flujos apenas alcanzarían los 10.8 milo millones de dólares anuales, lo que significa una reducción de un 11% respecto al periodo anterior. De hecho, la inversión privada total del país pasó de 17.5% del ingreso nacional en el 2000 a 16.3% en 2002, decreciendo a una tasa anual de 2.3%.

La respuesta a la pérdida de competitividad tiene poco que ver con acuerdos o con buenos deseos, incluso con el ciclo económico internacional. Es un reflejo de un entorno desordenado, estable a nivel macro, pero lleno de distorsiones a nivel micro. Los costos de transacción derivados por la tramitología, por la falta de una oferta eléctrica confiable, por la inestabilidad fiscal, por los monopolios, tanto públicos como privados, por la falta de un acervo creciente de capital humano, implican retrasos económicos y condiciones muy poco favorables para la inversión productiva a largo plazo.

Una vez más, la falta de consenso político para realizar las reformas necesarias, así como la confrontación entre el poder ejecutivo y legislativo, impiden contar con políticas efectivas para reducir los obstáculos a la productividad y con ello impulsar la confianza en nuestro régimen de inversión. Sin los cambios estructurales, y a pesar de todas las mejores intenciones de las autoridades, estamos condenando al país al estancamiento económico.