Bolivia: Evo en la encrucijada

Alberto Benegas Lynch (h) comenta el conflicto entre la Central Obrera Boliviana (COB) y el gobierno de Evo Morales.

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Charles Chaplin ha dicho que cuando una persona comienza a surgir y asoma la cabeza aparecen muchas manos para aplastarlo, pero cuando logra sacar todo el cuerpo aquellas mismas manos le acarician los pies. Muy cierto, la envidia no perdona el camino al éxito pero una vez logrado los envidiosos se vuelven genuflexos. Pero habría que hacerle un agregado a la reflexión de Chaplin y es que si por ventura el exitoso deja de estar en el primer plano las susodichas manos —muy versátiles por cierto— se transforman de inmediato en puños que golpean por la espalda.

Estas consideraciones se aplican a los más diversos aspectos de la vida, se trate de éxitos que apuntan a emprendimientos nobles o a objetivos ruines. Este último es el caso de Evo Morales con su socialismo empobrecedor quien acaba de recibir su primer revés de la misma gente que lo apoyaba hace instantes: la poderosa Central Obrera Boliviana (COB) acaba de declararle una huelga general.

Su secretario ejecutivo, Pedro Montes, considera “insuficiente los salarios propuestos por el gobierno” y el líder de los trabajadores mineros de esa agrupación, Jaime Solares, declaró que “esta marcha se denomina la lucha por el salario y la renta de jubilación digna”. Por su parte, la Confederación de Trabajadores Fabriles anunció una huelga de hambre alegando “salarios miserables” y el principal líder de los obreros de fábrica, Ángel Asturizaga, resume la situación al afirmar que “a Evo lo hemos apoyado en las elecciones y es momento de que el apoye a los trabajadores”.   

El presidente Morales responde con la categórica manifestación que esta huelga “es contrarrevolucionaria y viene de las dictaduras que son instrumentos del neoliberalismo que confunde a los trabajadores” y el vicepresidente boliviano e inspirador intelectual del marxismo latinoamericano Álvaro García Linares (de quien me he ocupado detalladamente en otra columna) declara que esta huelga “proviene de la derecha y no dudaría que detrás de esto pueden estar algunos funcionarios de la embajada norteamericana”.

Es inútil, las caídas alarmantes en la productividad debidas a políticas socialistas se traducen una mayor pobreza y cuando esto es sentido por la población vienen las quejas amargas y las desilusiones por las promesas demagógicas incumplidas. En ese instante es que se repite una y otra vez en diversos países sometidos a estos nefastos experimentos, por un lado la protesta airada de quienes pretenden rectificar las medidas adoptadas y son por ello separados de los cargos que ostentaban a través de purgas varias. Por otro lado, simultáneamente se ubican quienes pretenden afirmar las líneas duras intensificando el autoritarismo.

Por esto es que energúmenos como los Castro, los Kim Jong y, antes que ellos, los Stalin, Hitler, Mao y Pol Pot aconsejan cerrar el círculo férreamente y no quedarse a mitad de camino dado lugar a protestas de trabajadores y críticas del periodismo independiente. Por eso es que el antes mencionado García Linera lo cita con tanto entusiasmo a Danton —partícipe activo en el terror de la contrarrevolución francesa y que el mismo terminó guillotinado— en el sentido de que cada medida debe ser más osada que la anterior si no se quiere perder terreno.

En esta columna, es oportuno centrarnos en torno al sindicalismo y las huelgas. No se trata de alabar las organizaciones sindicales cuando son favorables a ciertas ideas y condenarlos cuando se manifiestan en un sentido distinto. En ese caso, no hay una teoría seria que respalde la posición sino que se trata simplemente de usar el movimiento obrero en provecho de quienes detentan el poder político.

En una sociedad abierta el sindicato es una asociación libre y voluntaria para cualquiera de los propósitos que establecen los respectivos estatutos siempre y cuando no se apunte a lesionar derechos de otros. La cantidad de sindicatos y sus respectivas características dependen de lo que decidan sus afiliados a través de los procedimientos electorales que estos establezcan y consideren pertinentes. Si hay un sindicato o un millón resulta indiferente, el asunto es que no se base en la fuerza, esto es, que no se recluten personas como si fueran rebaño en base a la afiliación compulsiva, los aportes coactivos o la representación forzosa de hecho, lo cual lo convierte en una asociación ilícita.

Por su parte, la huelga es el derecho a no trabajar que lo pueden ejercer todos siempre y cuando se cumplan con los arreglos contractuales acordados (si se hubieran estipulado preavisos etc.). Lo que no tiene cabida en una sociedad abierta es el pretendido derecho a estar y no estar simultáneamente en el puesto de trabajo, es decir, que si no se accediera a una solicitud de aumento de salario el trabajador puede ocupar el lugar de trabajo o por métodos violentas bloquearle la entrada a otros dispuestos a cumplir con sus labores.

En realidad mucha de la legislación laboral vinculada a sindicatos y huelgas se basa en una manifiesta incomprensión de la causa por las que se elevan ingresos y salarios en términos reales. Dicha causa reside en las tasas de capitalización, es decir, en la inversión per capita que hace de apoyo logístico al trabajo para aumentar su productividad. No es lo mismo arar con las uñas que con un tractor. No es lo mismo pescar a cascotazos que con una red de pescar. La mencionada capitalización se traduce en equipos de capital, es decir, maquinarias, equipos, instalaciones, combinaciones de factores de producción y conocimientos aplicados a los correspondientes procesos que fuerzan a la suba en los salarios.

El empleador en Dallas no remunera mejor que el empleador de La Paz porque es más generoso sino porque las tasas de capitalización lo obligan a pagar más, de lo contrario no encuentra trabajo. Por ejemplo, donde las tasas de capitalización son elevadas no hay tal cosa como servicio doméstico. No es que al ama de casa canadiense no le gustaría contar con esa ayuda, es que para contratar ese servicio debe pagar salarios exorbitantes al efecto de atraer a personas que están ubicadas en empresas rentables.

No cabe argumentar que es necesario que el aparato estatal medie en las relaciones laborales para evitar que los patrimonialmente más fuertes exploten a los más débiles puesto que, como queda dicho, los salarios e ingresos en términos reales son consecuencia de las tasas de capitalización y no de la voluntad de una de las partes. Si el más millonario de la comunidad decide ofrecer salarios inferiores a los de mercado, no podrá contratar el servicio que busca. A estos efectos, el volumen de la cuenta corriente de los contratantes es del todo irrelevante y la llamada redistribución de ingresos no hace más que volver a distribuir por la imposición gubernamental lo que el consumidor ya distribuyó pacíficamente en el supermercado. La susodicha redistribución afecta la asignación de recursos y la consiguiente capitalización que, a su turno, disminuye salarios de los más necesitados. Como ha escrito Woody Allen: “los políticos son incompetentes o corruptos, y a veces las dos cosas en el mismo día”.

A su vez, para atraer inversiones —sean consecuencia del ahorro externo o fruto del ahorro interno— es indispensable contar con marcos institucionales civilizados en donde se garantice el respeto a la propiedad, de lo contrario se ahuyentará la inversión tal como ocurre hoy en Bolivia, que es otro caso más de kleptocracia galopante que intenta ocultarse tras una burda fachada de democracia.

Es de desear que instituciones y otros meritorios esfuerzos educativos en Bolivia encuentren la suficiente comprensión para revertir la angustiante situación por la que atraviesa el pueblo boliviano que no se resuelve con gobernantes disfrazados de indígenas, con cantos alegóricos ni con discursos altisonantes sino con la seriedad que brinda el respeto recíproco.

Aquellas catacumbas culturales seguramente tendrán en cuenta la necesidad de enfatizar las causas y las consecuencias de la crisis internacional con epicentro en EE.UU. que irrumpen con renovadas fuerzas en muy diversos lares, pero siempre por los mismos motivos de irresponsabilidad mayúscula de los aparatos estatales de haber generado gastos siderales, deudas monumentales, pavorosos déficit y estructuras bancarias en la cuerda floja debido al nefasto sistema de reserva fraccional manipulado por las bancas centrales, junto con el debilitamiento de marcos institucionales civilizados, deterioro monetario, impuestos asfixiantes, “salvatajes” forzosos a empresarios ineptos y promesas inauditas de pensiones, prebendas y subsidios insostenibles. Es urgente repasar los principios y valores del liberalismo, al efecto de revertir los desvaríos de megalómanos siempre sedientos por manejar vidas y haciendas ajenas. 

Mi destacada ex alumna Marialys L. de Monterroso me hace notar un meduloso pensamiento del decimonónico Charles Caleb Colton quien subraya que “La libertad no desciende a las personas, las personas deben elevarse a la libertad; constituye una bendición que debe ser ganada antes de que pueda ser disfrutada”.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 12 de mayo de 2010.