Bolivia como banco de pruebas

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

Después de más de siglo y medio de extrema inestabilidad política, Bolivia parecía haber roto con su vieja tradición de dictaduras militares. Desde 1982, los diversos gobiernos y unas políticas económicas sensatas sugerían que la democracia comenzaba a consolidarse y la prosperidad empezaba a ser una posibilidad real para uno de los países más pobres del continente iberoamericano y del mundo. Sin embargo, a pesar de los avances realizados, la pesada burocracia y la ausencia de un sólido Estado de Derecho estimularon la corrupción y perjudicaron el crecimiento económico. La corrección de estas fallas, causadas entre otras cosas por la crónica ausencia de mayorías parlamentarias sólidas, era la principal meta de Sánchez Lozada hasta que las revueltas de las pasadas semanas le han sacado de la presidencia. En este marco, Bolivia corre el riesgo de convertirse en un polvorín, en un foco adicional de crisis en una región, la andina, que aparece inmersa en una coyuntura muy peligrosa.

El pretexto de las movilizaciones de los estudiantes, de los campesinos, de los sindicalistas y de otros grupos contra Sánchez Lozada era su proyecto de exportar gas a California a través de Chile. Este planteamiento refleja una irracionalidad apabullante porque esa iniciativa gubernamental era un instrumento esencial para sacar al país del subdesarrollo. Las ventas de gas al exterior hubiesen proporcionado a Bolivia ingresos fiscales por valor de unos $9.000 millones, hubiesen generado 10.000 empleos directos y 30.000 indirectos sin dañar las reservas de gas del país cuya duración a los ritmos actuales de consumo se estiman en 1.400 años. No se pretendía expoliar la riqueza boliviana, sino ponerla en valor al servicio del bienestar del pueblo. Por el contrario, los alzados prefieren mantener el gas bajo tierra mientras la gente vive en la miseria. Esta es la verdad pura y simple del debate sobre el gas.

El verdadero origen del golpe fáctico dado a la democracia boliviana se encuentra en la estrategia desplegada por una izquierda minoritaria en el parlamento que aspira a desestabilizar el país hasta tomar el poder por la fuerza. El Movimiento hacia el Socialismo del narco-indígena Evo Morales, el MIB de Malcu, antiguo miembro del ejercito guerrillero Tupacapak y el populismo del ex capitán Manfred Vila configuran un cóctel de pesadilla en el cual se combinan todos los elementos clásicos de la izquierda revolucionaria latinoamericana adobados con dos ingredientes explosivos: el indigenismo y el narcotráfico. Estos son hoy los verdaderos dueños del país. Ante un panorama de esta naturaleza, el nuevo presidente, Carlos Mesa, se encuentra en un escenario de pesadilla con salidas potenciales muy inquietantes porque su margen de maniobra es muy estrecho.

Aunque Bolivia sea un país pequeño y poco significativo, su importancia simbólica es enorme. Como sucedió a finales de los sesenta vuelve a ser el banco de pruebas de un plan destinado a desestabilizar la democracia en la región. Tras el desplome del sueño comunista se ha articulado una internacional nueva e informal en la cual se agrupan gentes como Chávez y Gadafi, amigos y financistas de Morales; el viejo sátrapa Castro, animador de los movimientos "anti imperialistas" de la zona; un buen número de ex guerrilleros reconvertidos artificialmente a las virtudes de la democracia formal e ingenuos compañeros de viaje. Su actuación es una versión remozada de la guerra de guerrillas guevarista, adaptada al contexto de la posguerra fría, y su objetivo es el mismo: sustituir gobiernos democráticos por regímenes neototalitarios. La flexibilidad de la praxis les lleva a sostener acciones guerrilleras donde es posible, Colombia, o a actuar dentro del sistema para destruirle donde esa opción no es planteable, Venezuela.

En este marco, la configuración de Estados semi-feudales de corte izquierdista, apoyados por el narcotráfico y sostenidos, al menos a corto plazo, por el "nuevo proletariado" indígena, y la constitución de sistemas neopopulistas en la cordillera andina y en el resto del Cono Sur son amenazas reales y no deben ser desdeñadas. El recurso al enemigo externo para arrojar sobre sus espaldas la responsabilidad de los males patrios, el recurso al odio racial, la identificación de la democracia con una oligarquía explotadora y el supuesto fracaso de las recetas liberales para garantizar el desarrollo y combatir la pobreza abren un flanco enorme para que los aventureros y los demagogos alcancen el gobierno por las urnas o al margen de ellas. Si esta hipótesis se transforma en una realidad, las cosas se podrán feas para el conjunto de Iberoamérica.

Desde esta perspectiva, la evolución de los acontecimientos en Bolivia cobra una extraordinaria importancia. Si la izquierda conquista el poder o si los militares lo toman, no sólo el país habrá tirado por la borda los esfuerzos de modernización realizados estos años, sino que se sentará un gravísimo precedente con repercusiones expansivas incalculables. La alternativa para Bolivia no es el autoritarismo izquierdista ni el militar, que la retrotraerían a un pasado tenebroso, sino un gobierno civil y democrático capaz de poner en marcha las reformas que el país necesita y garantizar el normal funcionamiento de las instituciones. Este proyecto exige liderazgo y, en estos momentos, el hombre con posibilidades reales de ofrecerlo es el ex presidente Jorge Quiroga que representa la moderación y la firmeza que el país precisa en estos dramáticos momentos.