Bancarrota Central

por Roberto Salinas-León

Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.

"En México, mucho dinero sigue persiguiendo muy pocos bienes." El resultado: una tasa de inflación que, si bien ha bajado, si bien congruente con la metas fijadas para el año, sigue a niveles demasiado altos. Esta es la conclusión de una minoría, llamémosle los "duros," que exige el cabal cumplimiento de la ley monetaria, tanto en la letra como en el espíritu procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda.

Por Roberto Salinas-León

"En México, mucho dinero sigue persiguiendo muy pocos bienes." El resultado: una tasa de inflación que, si bien ha bajado, si bien congruente con la metas fijadas para el año, sigue a niveles demasiado altos. Esta es la conclusión de una minoría, llamémosle los "duros," que exige el cabal cumplimiento de la ley monetaria, tanto en la letra como en el espíritu procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda.

Por otro lado, hay una mayoría aplauden el desempeño del banco central en ganar mayor credibilidad, así como en su estrategia de desinflar "poco a poco," sin causar graves transtornos en la economía real. Esta mayoría, llamémosle los "suaves," aducen múltiples versiones de la curva de Phillips para legitimar el gradualismo: si desinflamos a 3% mañana, los exportadores perderán competitividad (ya que la paridad se apreciaría); o el rescate de los bancos se puede ver afectado; o se pondría en entredicho la expansión económica; o habría pérdida de empleos.

Los "suaves" asumen que el control central de oferta monetaria es un instrumento de política económica, que va más allá de la meta de alcanzar la estabilidad de precios. La palabra favorita es "margen de maniobra." Los "duros," los cuatro o cinco que quedan en nuestra cultura monetaria, intepretan el problema jurídicamente, en términos de derechos de propiedad. El autor de un reciente editorial sobre el tema en el Wall Street Journal (ver En México hay Demasiado Dinero Persiguiendo Pocos Bienes ), James Dorn (especialista monetario del Cato Institute), dice: "la ausencia de confrontar la inflación en forma dura y directa viola la confianza que debería exisitir entre el oferente de moneda y el demandante de las unidades de intercambio. La erosión del poder de compra es una confiscación de los derechos de propiedad de los ciudadanos."

Los "suaves" ven este tipo de declaraciones como extremistas y poco pragmáticas, un ejemplo de religión monetaria. Los "suaves" dicen, en un discurso ya ensayado, que la institución central sólo "acomoda" la demanda monetaria de los agentes, y que una tasa de inflación del 0-3% en el corto-plazo no es politicamente correcta. Los "duros" responden que la persistencia de la inflación refleja la falta de un compromiso real con la estabilidad de precios, misma que aquí y en todos lados se define como un clima donde las decisiones cotidianas (salarios, compras, inversiones, ahorros) son independientes de las variaciones en la tasa de inflación (por cierto, ahora que las pensiones son motivo de justa crítica, habría que preguntar si no debe haber cambios en las pensiones de funcionarios centrales: no indexadas a la inflación, sujetas al mandato de estabilidad, igual de vulnerables que los ahorros cotidianos al uso de la política monetaria como "instrumento de ajuste.")

Sin duda, vivimos un estado de bancarrota en el debate monetario. El dilema no es visto en términos de costo-beneficio. Los "duros" sostienen que los beneficios de un clima de estabilidad superan los costos a corto-plazo (incluso, que la verdadera prueba de fuego de la autonomía central ocurre en un año electoral, o ante un choque externo negativo). La prosperidad depende de la estabilidad de precios, mientras que los costos en el corto-plazo (desempleo potencial, por ejemplo) son función de una estrategia económica integral que logre los cambios necesarios en otras áreas de la política económica (por ejemplo, la ley laboral). El caso más dramático de la gran diferencia entre los "duros" y los "suaves" es la política de acumulación de reservas. Los primeros la censuran, los segundos la aplauden. Dorn encapsula el dilema en forma>contundente: "una flotación limpia implica que si hay un ingreso de divisas, el valor-dólar del peso subiría, mientras que la oferta de la moneda local se mantendría estable. No habría cambios en la base monetaria, sólo un reajuste en los portafolios privados."

Sin embargo, al intervenir en el mercado cambiario por medio de la acumulación de reservas, con el objetivo "extra-monetario" de evitar una apreciación "indeseable" de la paridad que ponga en entredicho "la rentabilidad del sector de bienes comerciables", hay necesidad de aumentar base monetaria para comprar esos activos denominados en dólares. Esto genera una inflación muy por arriba de la norma internacional. El trabajador que gana en pesos sujetos a la confiscación inflacionaria, acaba subsidiando al exportador que exige mayor "rentabilidad" en los bienes que comercia globalmente.

Dorn infiere una conclusión que los "suaves" no han logrado comprender: si no se obedece una regla monetaria que limite el crecimiento de la oferta monetaria a una tasa no inflacionaria, entonces sería deseable abrir el mercado de oferentes a la competencia, con el fin de dar al consumidor mexicano la soberanía que merece: decidir entre una moneda dura o una moneda suave.