Asegurándose en contra de lo inevitable

Por Will Wilkinson

¿Piensa usted que el Seguro Social le está dando un mal trato? Yo creo que sí.

Cada dos semanas mis salarios son reducidos por un 12.4 por ciento—no es poco. Si el Seguro Social no colapsa bajo el peso de su cómoda complacencia, yo puedo esperar beneficios modestos del Seguro Social cuando me retire los cuales me pagarían cerca de la mitad de mis salarios modestos actuales.

Sin embargo, si yo tuviese la opción de invertir la mitad de mis impuestos en una cuenta personal, de acuerdo al plan propuesto por Michael Tanner del Cato Institute, yo podría comprar una renta anual para que cuando mi edad de jubilación llegue yo reciba miles de dólares más que lo que hubiera recibido del Seguro Social por el resto de mis días entre mi jubilación y mi muerte.

Tal vez tendré una gorda cuenta individual de jubilación (IRA, por sus siglas en inglés) para cuando llegue a mi edad de jubilación. En ese caso, podría comprar la renta anual mínima, la cual paga 120 por ciento de la pobreza, y podría continuar aumentando lo que quede de mis ahorros en mi cuenta personal. Porque el dinero es mío, no del gobierno, yo puedo dejárselo a mi esposa o a mis hijos cuando me muera.

Eso me gusta. Me gusta la idea de tener opciones, libertad, y tener más. Entonces, ¿Por qué no debería tener todo esto? ¿Por qué no lo debería tener usted?

De acuerdo a los oponentes a la reforma, yo soy culpable de una confusión fundamental. Jonathan Chait de la revista New Republic dice, “Los privatizadores presentan al Seguro Social como una cuenta de inversión personal que rinde malos resultados. Pero el programa de Seguro Social es una forma de asegurar a la sociedad, no un simple plan de retiro. Así que están comparando manzanas con naranjas”.

No obstante, si el seguro está basado en esparcir los riesgos, uno se imaginaría como es que el retiro cuenta como uno. Cuando Henry Rogers Seager escribió su libro pionero Seguro Social: Un Programa Para La Reforma en 1910, la expectación de vida para los estadounidenses era de aproximadamente 50 años, por lo tanto tenía algo de sentido estar escribiendo sobre el problema de “vivir lo suficiente para convertirse en un jubilado”.

Cuando el Seguro Social fue establecido en 1935, la expectación de vida oscilaba alrededor de los 65 años, la edad de jubilación. De tal manera que había un momento en que vivir más allá de la habilidad de cuidarse uno mismo era poco probable, pero posible, entonces era un riesgo del cual había que protegerse.

Pero no es así hoy en día. La jubilación, como el hecho de pagar hipotecas, es una inevitabilidad para la que hay que prepararse, no un riesgo del que hay que protegerse. Como Seager lo dijo, “Si la necesidad es tal que el empleado la ve venir claramente, y por lo tanto yo debería ser la persona menos indicada para desear relevarlo de su responsabilidad de proveer para esa necesidad”.

Al remover la jubilación de la categoría de “riesgo”, las tendencias demográficas han removido al Seguro Social del negocio de “asegurar” de manera considerable. ¿Así que en qué negocio es que se encuentra ahora? Para muchas personas, está en el negocio de suplementar su plan de retiros.

Si el Seguro Social sirve para muchos ciudadanos como un plan de jubilación, y no como un seguro, entonces tiene sentido que aquellos ciudadanos lo juzguen de acuerdo a los criterios de un plan de jubilación. Si los cheques del Seguro Social serán parte de nuestros ingresos de jubilación, los necesitemos o no, está bien preguntar si estamos obteniendo un trato justo. Si no lo estamos obteniendo, entonces está bien demandarle al gobierno que lo haga justo.

Aún si tuviera sentido percibir la jubilación como un “riesgo”, todavía queda el hecho de que el Seguro Social nunca fue un seguro de ninguna manera inteligible. Como Milton Friedman acotó en un debate en 1972 con Wilbur, “el Sr. Seguro Social” Cohen:

“El Seguro Social no es de ninguna manera significativa un plan de seguro en el cual los pagos individuales compran beneficios actuariales equivalentes. Es una combinación de un impuesto particular—un impuesto fijo a los salarios de hasta determinado máximo—y un programa particular de transferencia de pagos, en el cual todo tipo de consideraciones, menos la cantidad pagada, determinan la cantidad recibida.”

La respuesta evasiva, medio bromista de Cohen fue que el Congreso, cumpliendo con sus órdenes, definió al Seguro Social como un seguro, como lo hizo también un artículo suyo, en la Enciclopedia Británica.

El Congreso o la enciclopedia: “Escoja usted”, dijo Cohen. Cuando Friedman acusó Cohen de cometer decepción utilizando retórica, Cohen dijo, “Yo creo en la retórica porque hace a muchas cosas apetitosas para los economistas que tal vez no podrían serlo”.

La retórica del seguro social es la azúcar que ayuda a la gente de la clase tragar la medicina de la redistribución. Pero las palabras significan algo, y la combinación de un impuesto y una transferencia gubernamental, cada parte estando sujeta a los caprichos legislativos, no es un “seguro”, aún cuando se le llame a los impuestos sobre ingresos “contribuciones al seguro”. (Aquí hay un riesgo: trate de no “contribuir”). Un chancho en un vestido no significa que este sea agradable. Y una manzana dentro de la cáscara de una naranja no podrá prevenir la comparación entre manzanas y manzanas.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.