Argentina después de Kirchner

Mary Anastasia O'Grady cree que después de la muerte de Kirchner, "Lo único por definir es quién puede maniobrar más efectivamente dentro de un país gobernado por la ideología del nacionalismo económico de la década de los 30".

Por Mary Anastasia O'Grady

Buenos Aires, Argentina— Se rumorea que la noche antes de que el ex presidente de Argentina, Néstor Kirchner, muriera de un ataque cardíaco, hace 12 días, había tenido una acalorada discusión con Hugo Moyano, el líder de la principal central sindical, conocida como CGT. Algunos dicen que esa discusión acabó con la vida del hombre fuerte del peronismo.

La disputa es instructiva porque ilumina el poder de los grandes sindicatos en este país y explica por qué, a pesar de la muerte de este poderoso político que actuaba como un capo de la mafia, hay pocas esperanzas de que la economía argentina comience a modernizarse pronto. Es también una advertencia para los estadounidenses que han visto cómo el presidente Obama alimentó el resurgimiento del poder sindical en EE.UU.

Kirchner acumuló su considerable peso político desde su elección en 2003 en parte porque el Congreso le otorgó poderes extraordinarios luego del colapso del peso un año antes. Durante cuatro años, en asuntos tanto económicos como políticos, continuó endureciendo su control. Luego de que su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, ganara las elecciones de 2007, siguió siendo la fuerza detrás del trono. Se esperaba ampliamente que volviera a ser candidato presidencial en las elecciones de octubre de 2011.

Con su muerte, los expertos inmediatamente comenzaron a debatir si una debilitada Cristina podría dar un paso al costado el próximo año. Los optimistas postulaban que un peronista más moderado podría restaurar alguna semblanza del estado de derecho, que fue casi totalmente destruido bajo el kirchnerismo. Los mercados subieron tras la muerte de Néstor.

Sin embargo, este cálculo ignora el enorme poder de los sindicatos, una realidad que debe confrontar cada político argentino como hizo el ex presidente en los días previos a su muerte.

La CGT, fundada en la década de los años 40 bajo el dictador Juan Perón, tiene un largo historial de paralizar la economía para asegurar el cumplimiento de sus demandas y estrangular a cualquier gobierno que se atreva a enfrentarla. Su estrecho lazo con el Partido Justicialista es la razón por la que muchos argentinos se han convencido de que solamente los peronistas pueden gobernar al país.

Néstor entendió tanto el poder como el peligro que implicaba la CGT y cabalgó hábilmente el tigre, como presidente primero y como caudillo detrás de su esposa, después. Moyano cumplió con la primera pareja, incluso enviando matones sindicales a intimidar a los agricultores durante la huelga de 2008 contra las alzas de impuestos del gobierno y bloqueando la distribución de los diarios que criticaban a la presidenta en 2009. Como recompensa, se les permitió a los sindicalistas hundir todavía más sus dientes en la economía.

En las últimas semanas, sin embargo, Néstor pudo ver que la bestia que tenía a sus pies estaba inquieta. Su candidatura para 2011 se veía débil y circulaban rumores de que Moyano, inspirado por el éxito del sindicalista brasileño Lula, ansiaba el cargo. El sindicalista comenzó a probar los límites de su poder.

Algunos días antes del fallecimiento de Néstor, Moyano públicamente pidió una representación oficial de la CGT en los tres poderes del Estado o sea: puestos reservados en los tribunales, el Congreso y el gabinete. Es improbable que Kirchner quisiera abandonar su poder de repartir privilegios. Cuando Moyano llamó a una reunión de líderes peronistas en la provincia de Buenos Aires, Kirchner socavó la convocatoria presionando a los dirigentes del partido para que la boicotearan. La llamada telefónica que hizo luego un presumiblemente irritado Moyano puede haber sido demasiado para un trabajador obsesivo de 60 años con un problema cardíaco.

Néstor ha ido a su juicio final, pero la pregunta de quién controla las riendas que puedan a su vez contener y canalizar el poder sindical sigue vigente. La semana pasada, la presidenta, cuya capacidad de gobernar sin su esposo ha sido tema de muchas especulación desde el 27 de octubre, sacó zanahorias y garrotes de su cartera de diseñador. Primero, su jefe de gabinete se acercó a Moyano, llamando a la CGT la "columna vertebral" del Partido Justicialista. Días después la ciudadanía se enteró que un juez federal investiga acusaciones de corrupción contra el líder sindical. Si va a prisión no sería sorprendente encontrar que su sustituto es más dócil.

Los mercados probablemente ayuden a la presidenta a mantener su poder en los próximos meses. El reciente "relajamiento cuantitativo" de la Reserva Federal ya incrementó el precio de la soya, generando la sensación de que hay una mejoría económica. El dolor de una aceleración de la inflación, que se sume a su actual tasa de dos dígitos, vendrá después. Por ahora hay aplausos.

Cristina también enfrenta riesgos. Los líderes sindicales han demostrado que pueden ejercer poder desde la cárcel. Y sin su esposo para protegerla, Kirchner puede verse rodeada de ambiciosos competidores dentro del partido que consideran que es su momento.

Sin embargo, esta incertidumbre no debe ser confundida con el debate respecto a si el estado de derecho puede ser restaurado. Lo único por definir es quién puede maniobrar más efectivamente dentro de un país gobernado por la ideología del nacionalismo económico de la década de los 30. Es como una batalla entre capos de la mafia. El resto de Argentina sigue siendo un espectador.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 8 de noviembre de 2010.