Añorando a Robin Hood

Alfredo Bullard explica por qué las autoridades tributarias estarían más cercanas al Sheriff de Nottingham que a Robin Hood.

Por Alfredo Bullard

Estoy de vacaciones en Gran Bretaña. Hace un par de días, el guía del ómnibus del tour anunció que estábamos atravesando el bosque de Sherwood, muy cerca de la ciudad de Nottingham

Los nombres le sonarán conocidos. Efectivamente, es el bosque de Robin Hood, el famoso ‘ladrón’ que combatía al infame sheriff de Nottigham. 

No es la primera vez (y no será la última) que escribiré sobre Robin Hood. Varias veces he mencionado la entrevista a un jefe de la Sunat que, preguntado sobre quién era su personaje favorito, dijo que era Robin Hood, porque le quitaba a los ricos para darle a los pobres. 

El guía preguntó a los turistas por qué creíamos que había tantos ladrones y proscritos liderados por Robin Hood en el bosque de Sherwood. Él mismo se respondió: fue por los impuestos. Luego me dijo que era graduado en Historia en una universidad. 

Los impuestos subían para financiar las aventuras bélicas de Ricardo Corazón de León (embarcado en costosísimas guerras, incluidas las Cruzadas a Tierra Santa), sumado a la incapacidad de su hermano, Juan Sin Tierra, quien era un pésimo administrador, de usar adecuadamente los recursos. En síntesis: mucho gasto público y, además, ineficiente. 

Y aquí llega al sheriff de Nottigham, quien no es ni más ni menos que el recaudador de impuestos; es decir, la Sunat medieval. Robin Hood enfrentó al sistema tributario y al poder político para ‘robar’ el dinero recaudado y devolverlo a los esquilmados contribuyentes. El jefe de la Sunat está mucho más cerca del sheriff. 

Los nobles respondieron librando guerras contra Juan Sin Tierra (la más relevante fue la Guerra de los Barones) y lo forzaron a firmar la Carta Magna, uno de los fundamentos de la Constitución británica, que impedía crear impuestos sin aprobación del Congreso, que representaba a los ciudadanos. 

Pero a los pobres solo les quedó escapar de los impuestos e irse a los bosques para volverse ‘forajidos’ (o, como ocurre en el Perú, por la misma razón, convertirse en informales). Así nació la leyenda de Robin Hood. 

La historia tiende a repetirse. Concebimos los impuestos como algo justo, pero en realidad la forma como funcionan es tremendamente injusta. El Estado basa el aumento de la recaudación en la necesidad de cubrir despilfarros e ineficiencias. Buena parte de nuestros impuestos terminan en obras inútiles, funcionarios públicos innecesarios, cuando no en las arcas de Odebrecht o en los bolsillos de jueces y funcionarios corruptos. Por eso, cada vez que anuncian reformas tributarias, quisiera que Robin Hood no se hubiera refugiado en el bosque de Sherwood, sino en el Parque de la Exposición, allí nomás frente a la Sunat.

Este artículo fue publicado originalmente en Perú 21 (Perú) el 22 de julio de 2018.