25 de enero de 2013

Washington y Bonaparte

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por Gabriela Calderón de Burgos

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).

Francois-René de Chateaubriand, un escritor, historiador y diplomático francés tuvo la oportunidad de conocer a Napoleón Bonaparte y a George Washington. En sus Memorias de ultratumba (El Acantilado, 2007) hay un breve ensayo en el que Chateaubriand los compara.

Chateaubriand dice que “Washington no pertenece, como Bonaparte, a esa raza que excede la estatura humana. Su persona no tiene nada de asombroso; tampoco ha conocido un vasto teatro de acción; …se defiende con un puñado de ciudadanos en una tierra sin fama…no derriba los tronos para luego recomponer otros con sus escombros”.

En cambio, de Bonaparte, Chateaubriand dice que “combate con gran alharaca en una tierra antigua, sólo persigue crearse su propia fama;… Hace acto de presencia en todas las costas; inscribe precipitadamente su nombre en los anales de todos los pueblos; ciñe coronas a su familia y a sus soldados; despacha rápido sus monumentos, sus leyes, sus victorias”.

Chateaubriand luego dice algo que considero que todo caudillo moderno debería escuchar con atención: “Cada uno recibe la recompensa según sus obras”. ¿A qué se refería? A que mientras que Washington murió pacíficamente en su hogar, siendo admirado alrededor del mundo y querido por sus compatriotas, Bonaparte muere en el exilio y sin la admiración internacional del primero. Chateaubriand agrega que “Washington y Bonaparte salieron del seno de la democracia: nacidos ambos de la libertad, el primero le fue fiel, el segundo la traicionó”. Sobre Bonaparte agrega que “Los hombres no fueron a sus ojos sino un medio de poder: ninguna afinidad se estableció entre su felicidad y la suya; había prometido liberarlos y los encadenó”.

Washington renunció dos veces al poder. La primera vez que renunció fue cuando sus coroneles le ofrecieron que se declare rey o emperador después de la guerra por la independencia. Cuando el Rey Jorge III se enteró de que le harían esta propuesta a Washington y de que este renunciaría, en un mundo en que aceptar estos poderes era lo normal, dijo: “Si él hace eso, va a ser el hombre más grande del mundo”.1 Después de ser presidente por dos periodos consecutivos —en un momento en que la Constitución no establecía límites a la reelección presidencial— sorprendió a todos con su famosa Carta de Despedida (1796)2 argumentando que la principal prueba de una república es que su primer presidente esté dispuesto a transferir pacíficamente el poder.

En esa carta Washington aconseja a los próximos gobernadores que “limiten a sus respectivas esferas constitucionales, evitando el ejercicio de los poderes de un departamento para invadir otro”. Consideró que cualquier cambio a la Constitución sin seguir los procesos establecidos en ella para hacerlo, sería “un cambio mediante usurpación” y que aunque esta manera de hacer los cambios “en un caso, podría ser un instrumento para el bien, es la herramienta tradicional mediante la cual los gobiernos libres son destruidos”.

Washington renunció al poder porque creía firmemente en su visión de una república de ciudadanos libres. Una sociedad libre requiere de líderes con mucha humildad, que renuncien a poderes que no deberían tener y que sepan claramente cunado ha llegado la hora de irse. Los nuestros están muy ocupados mirándose en el espejo como para considerar ser un poco más humildes.

Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 25 de enero de 2013.

Referencias:

1. “George Washington, The Greatest Man”, The Hauenstein Center at Gran Valley State University. 6 de septiembre de 2011.

2. Washington, George. “Washington’s Farewell Address”. 1796.