15 de febrero de 2013

Theodore Zeldin: Sobre autoridad y respeto

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por Alberto Benegas Lynch (h)

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

Mucho se ha escrito sobre autoridad y poder pero no todas las elucubraciones dan en la tecla. El poder implica dominio, significa uso de la fuerza (lo cual es completamente distinto de poder como verbo, en el sentido de capacidad para hacer algo como, por ejemplo, cuando se constata que fulano puede jugar al ajedrez). En cambio, la autoridad alude a la solvencia con que se procede: se reconoce a la autoridad del gran matemático en su campo, al deportista en el suyo, al buen profesor y así sucesivamente. Sin embargo, existe el uso fraudulento de “autoridad” en el sentido de revestido de poder en cuanto a posibilidad de usar la fuerza con carácter agresivo. En este contexto, se destacan en primer lugar los gobiernos que en la versión convencional se extralimitan en sus atributos de proteger los derechos de sus mandantes y, en su lugar, los conculcan, lo cual, claro está, no merece respeto (situación bastante habitual por cierto). Por otra parte, el director de un colegio no tiene poder en el sentido de la facultad de recurrir a la fuerza agresiva sino que en la propiedad que representa, tiene la posibilidad de amonestar según las reglas con las que se admitió al amonestado a la casa de estudios.

Se ha dicho y repetido que debe respetarse la investidura aunque no merezca respeto quien la detenta. A nuestro modo de ver esto no es así ni debería serlo. En verdad, quien primero falta el respeto a la investidura es quien la denigra al proceder de modo indigno. Precisamente, el modo de respetar la investidura consiste en denostar a quien la prostituye. Todo este razonamiento está dirigido principalmente a los gobernantes que degradan su investidura al traicionar las funciones y el mandato con que fueron investidos. Sin llegar al inaceptable tiranicidio que aconsejaban los clásicos, es necesario el repudio a los que, en lugar de proteger los derechos de la gente, los atacan y mancillan.

Theodore Zeldin, profesor de historia en la Universidad de Oxford, ha publicado un libro titulado An Intimate History of Humanity en cuyo capítulo octavo desarrolla el tema del poder, por un lado, y la autoridad en el contexto del respeto, por otro. Nos recuerda que la primera manifestación teológica se ubica en la antigua Sumeria en donde reyes y sacerdotes le decían a la gente que debían trabajar sin desmayo en condiciones infrahumanas bajo la coacción de gobernantes “para que los dioses pudieran descansar” y, desde luego, esos reyes y sacerdotes eran los representantes de los dioses en la tierra quienes usufructuaban de semejante patraña.

Señala este autor que durante la mayor parte de la historia de la humanidad, salvo cortos períodos de sublevación, la gente ha sido sumisa al poder desenfrenado de una casta de gobernantes y sus socios privilegiados quienes han vivido a expensas de la población a la que tenían (y tienen) sumergida, todo en nombre de “la autoridad” y ahora observa con beneplácito que los políticos que se han ubicado en el lugar de los reyes son los menos respetados. En este sentido decimos nosotros que es pertinente tener en cuenta que una reciente encuesta de Latinobarómetro coloca a los políticos como los menos confiables de todas las profesiones públicas posibles y ubican a los bomberos como los de mayor prestigio.

Escribe Zeldin que “Dos mundo existen lado a lado. En uno la lucha por el poder continúa como ha sido siempre. En el otro, no es el poder lo que cuenta sino el respeto. El poder ya no significa que se le tenga respeto. Incluso el hombre más poderoso del mundo, el Presidente de los EE.UU., no es suficientemente poderoso como para concitar el respeto generalizado; tiene menos respeto que la Madre Teresa a quien nadie está obligado a obedecer”.

Sigue diciendo que “Los gobiernos modernos que siempre intentan controlar más aspectos de las vidas de las personas que los reyes intentaron jamás, son constantemente humillados porque sus leyes raramente logran lo que se proponen y son evadidas y burladas […] ahora se ha descubierto que significa el poder: que la gente actúe como los poderosos quieren […antes] se pretendía que el respeto fuera a quienes vivían a expensas de los demás”. En resumen, “El respeto no puede lograrse a través de los mismos métodos que el poder. No requiere de jefes sino de personas que meditan […] sobre el respeto recíproco”.

Incluso el autor extiende sus jugosas disquisiciones al campo de las relaciones voluntarias en la empresa con lo que sin mencionarlo de hecho adhiere a la moderna concepción del “Market Based Management” en la que se estimulan organigramas más horizontales. Así consigna que “Los gerentes de empresas han dejado de verse como seres que imparten órdenes o tomando decisiones y, en vez, concluyen que su función radica más bien en incentivar a los integrantes de su equipo a que encuentren soluciones por si mismos”.

En última instancia, la idea del poder está basada en una superlativa presunción del conocimiento. En lugar de comprender que la información está dispersa y fraccionada entre millones de personas, se considera que todo debe resolverse desde el vértice del poder con lo que en realidad se concentra ignorancia. Nadie sabe a ciencia cierta que hará al día siguiente (puede conjeturar pero al modificarse las circunstancias, cambia su agenda) y sin embargo se pretende manejar vidas y haciendas de millones de personas.

La forma más civilizada y productiva de obtener información en las coordinaciones de los procesos sociales es a través de los precios en el mercado como únicos indicadores en un sistema de propiedad privada (puesto que no pueden haber precios sin esa institución fundamental). En esta línea argumental cierro esta nota con un ejemplo tomado del amplio espectro del ecologismo hoy tan en boga, donde no solo se pone en evidencia la arrogancia de los planificadores sociales sino que se dejan de lado procesos de mercado que resuelven los problemas planteados, y en su lugar, utilizar el canal del medio ambiente para eliminar la propiedad.

A través de las figuras de los “derechos difusos” y el “subjetivismo plural” se pretende que cualquiera pueda invadir la propiedad ajena alegando que se daña el planeta. No se trata de atajarse de daños que se infringen al derecho de las personas en cuyo caso naturalmente el damnificado puede demandar a quien se prueba lo perjudica (sea a través de la emisión de monóxido de carbono o el derramar ácido sulfúrico en el jardín del prójimo y equivalentes) sino recurrir al aparato estatal para que se paralice la decisión de los dueños.

Esto último ocurre de este modo debido a que se confunde lo que es un derecho con una externalidad positiva. Por ejemplo, si una parcela linda con otra en la que hay una arboleda que proyecta sombra sobre la tierra del vecino y, en otro momento, el titular decidiera talar ese bosque, el primero lo pretende demandar porque estima lesionó su derecho a la sombra. Esto constituye un error garrafal puesto que quien se beneficiaba con la sombra del vecino, como queda dicho, obtenía una ventaja gratuita (externalidad positiva) de lo cual no se desprende que tenga un derecho sobre la aludida sombra.

Del mismo modo, si se comprobara que cierta arboleda que se encuentra en la propiedad de alguien resulta de importancia para proveer oxígeno a otros, esos otros, si estiman que es de gran valor que se mantengan en pie esos árboles, deben pagar por ello para mantenerlo del mismo modo que se paga por un medicamento o un alimento. Sin duda que primero debe constatarse el peso relativo del bien en cuestión y esa información en el contexto de un proceso evolutivo, igual que tantas otras que van surgiendo con nuevas investigaciones, es provista por quienes obtengan el referido conocimiento que, a su vez, es vendido en el mercado (si nadie la compra es porque los datos del caso no se consideran de valor, pero de ninguna manera se justifica el establecimiento de comisarios para que resuelvan por la fuerza).

En el contexto de las preocupaciones de Zelin, tal vez la estocada más contundente a la propiedad sea vía la ecología. Hoy parece más efectivo para socializar el exhibir un ganso envuelto en petróleo que un niño africano con el abdomen hinchado de hambre. En el ejemplo citado se apunta a la colectivización de la propiedad y, como resultado, ocurre lo que Garret Hardin ha bautizado tan ajustadamente como “la tragedia de los comunes” (lo que es de todos no es de nadie y, por ende, los incentivos son radicalmente diferentes respecto a cuando se asignan derechos de propiedad).

El libro de Zeldin es de gran calado y pega en el blanco respecto a los padecimientos de personas a las que se atropella en sus autonomías individuales, no solo en el ejemplo señalado sino en prácticamente todos los aspectos de la vida. Es hora de que se respete el derecho de cada cual como algo efectivo y no como algo meramente retórico y se establezcan vallas efectivas que tiendan a ser infranqueables para los abusos del Leviatán.

A los economistas nos resulta vital estudiar muy de cerca avenidas como las de la filosofía, el derecho, la historia, la ecología y ramas necesariamente emparentadas con la economía, puesto que como ha indicado el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek: “nadie puede ser un buen economista si solo es economista y estoy tentado a decir que el economista que es sólo economista tenderá a convertirse en un estorbo, cuando no en un peligro manifiesto”. Si, en un peligro manifiesto.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 14 de febrero de 2013.