31 de diciembre de 1969

Argentina

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Cómo dolarizar a Argentina

por Steve H. Hanke

Steve H. Hanke es profesor de economía aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute.

La pieza clave de las reformas económicas de Argentina ha sido su sistema de cajas de conversión, implementado el primero de abril de 1991. Sin embargo, aunque la tasa de cambio entre el peso y el dólar se ha fijado en un dólar por peso, a menudo se especula que el peso será devaluado. Consecuentemente, existe todavía una diferencia entre los tipos de interés de los créditos en pesos y los de los créditos en dólares en Argentina. Durante el último año la diferencia los tipos de intereses en los créditos a 30 días ha variado entre 50 y 440 puntos básicos.

Para que la unión monetaria con el dólar sea perfecta, el presidente argentino Carlos Saúl Menem ha sugerido sustituir el peso por el dólar. Esta dolarización oficial eliminaría las diferencias en los tipos de interés entre el dólar y el peso. Un tipo de interés más bajo podría agregarle hasta dos puntos a la tasa de crecimiento nacional argentino y hacerla mucho menos variable. Aún si no se logra negociar con los Estados Unidos el compartir los ingresos en concepto de emisión de dólares, la pérdida de ingresos en concepto de emisión de pesos (0,2 por ciento a 0,25 por ciento del producto interior bruto) sería mucho más pequeña que las ganancias que se realizarían al eliminar el riesgo monetario, reducir los tipos de interés, y estimular el crecimiento económico más alto.

La dolarización es deseable. ¿Pero qué forma debería tomar? El gobierno de Argentina está considerando al menos dos posibilidades: la dolarización unilateral, que puede ocurrir sin un tratado con los Estados Unidos, y un tratado limitado bajo el cual Argentina podría recuperar parte de los ingresos que perdería al dolarizar y ganaría acceso para los bancos argentinos al sistema de ventana de descuento de la Reserva Federal como fuente de liquidez.

Personalmente, prefiero la dolarización unilateral, y lo antes posible. Los tipos de interés bajarían rápidamente y no se necesitaría ni la aprobación del gobierno estadounidense ni el involucramiento de la Reserva Federal. Argentina necesitaría cerca de 15 mil millones de dólares para reemplazar la base monetaria del peso con dólares--es decir, cambiar todos los pesos argentinos por dólares. Este cambio de divisas sería posible ya que, como consecuencia de la Ley de Convertibilidad, el Banco Central de la República de Argentina tiene actualmente alrededor de 24 mil millones de dólares en reservas.

La segunda posibilidad es un tratado limitado con los EE.UU., que permitiría que los bancos argentinos tengan acceso a la ventana de descuento de la Reserva Federal. Esto, para mí, dista bastante de ser lo ideal. Una razón es que, contrario a lo que la mayoría de los economistas piensan, no es deseable tener a un banco central como prestamista de última instancia. Todos los rescates más costosos de sistemas bancarios han ocurrido bajo bancos centrales. De hecho, Argentina mantiene el récord del rescate bancario más costoso en proporción al tamaño de su economía: la crisis bancaria de 1980-82, que costó 55 por ciento del PIB.

Argentina ya tiene instalado un fondo de liquidez de 6.700 millones de dólares. La provisión clave del fondo, que fue establecido en diciembre de 1996, se denomina Programa Contingente de Pases. Bajo este programa, el banco central argentino tiene la opción de vender ciertos bienes domésticos por dólares a un grupo de bancos sujeta a una cláusula de recompra. Hasta octubre de 1998, 14 bancos internacionales estaban participando en el programa. Los activos subyacentes del programa de pases incluyen 6.200 millones de dólares en bonos del gobierno argentino denominados en dólares y hasta 500 millones de dólares en letras hipotecarias argentinas también denominadas en dólares. Consecuentemente, el programa puede proveer liquidez de emergencia, pero no es un sistema de prestamista de última instancia que, por su naturaleza, también le concede al gobierno la facilidad de inflar.

Combinado con la extensiva internacionalización del sistema bancario argentino (que efectivamente convierte a las oficinas centrales en prestamistas de última instancia de sus sucursales locales) los planes actuales para liquidez de emergencia son adecuados para un sistema dolarizado. Es más, la dolarización no previene que el gobierno sea un prestamista de última instancia: las autoridades fiscales del gobierno pueden prestarle a los bancos directamente. Es probable que los préstamos directos hechos por el gobierno sean más transparentes que aquellos concedidos por un banco central.

La dolarización oficial requeriría que la base monetaria--billetes y monedas más depósitos en pesos en el banco central de instituciones financieras--se intercambie por dólares. La dolarización puede empezarse inmediatamente y completarse en alrededor de 30 días. Una proyección de 30 días es realista; otros países han hecho reformas monetarias más complejas en menos tiempo.

El primer paso sería asegurar que las reservas líquidas del banco central sean por lo menos iguales a la base monetaria. Argentina satisface este requerimiento.

El segundo paso sería proclamar que el dólar reemplazará inmediatamente al peso como la unidad de cuenta; todos los salarios, precios, bienes y deudas en pesos se convertirán a salarios, precios, bienes y deudas en dólares a la tasa de un dólar por peso. Porque la tasa de cambio es de uno por uno, ningún período de transición sería necesario. No se permitiría ningún cargo de comisión por convertir los valores en pesos a su equivalentes en dólares.

Los depósitos bancarios y los créditos con tipos de interés fijo mantendrían los mismos tipos hasta que estos expiren, excepto que el principal y los intereses se pagarían en dólares. Los tipos de interés en dólares serían más bajos que los tipos en pesos justo antes de la dolarización. Los prestatarios podrán beneficiarse de intereses más bajos si pueden refinanciar sus créditos; de lo contrario, no estarían peor que bajo el sistema de cajas de conversión, porque pagarían en dólares cantidades equivalentes a los mismos tipos de interés que si estuviesen pagando en pesos.

La dolarización causará cierta redistribución de ingresos: En general, los nuevos prestatarios en dólares pagarían menos y los prestamistas ganarán menos de lo que ganan ahora porque no podrán conceder créditos en pesos. Pero los prestamistas también se beneficiarían porque ya no habrá posibilidad alguna de una devaluación.

El gobierno también reemplazaría inmediatamente los depósitos de pesos en el banco central con activos denominados en dólares. En 1995 Argentina tomó un paso en esa dirección al mover los ajustes de pagos de cuentas en pesos en el banco central a una cuenta en dólares en un banco en Nueva York. Este nuevo paso simplemente completaría el proceso.

Los pesos en moneda y billetes en circulación serían retirados; la mayoría deberían ser retirados durante el período de transición. La rápidez con que se pueda hacer esto depende de cuán rápido el banco central pueda obtener dólares. Una vez que empiece el retiro de los billetes de peso, no se le permitiría a los bancos cobrar comisiones por reemplazarlos por dólares. Finalmente el gobierno tendría que reorganizar el banco central para que actue solamente como regulador de las instituciones financieras y como monitor de estadísticas financieras.

Algunas personas piensan que la dolarización, de adoptarse, debería ser solamente una medida temporal. No obstante, la experiencia histórica indica que un proceso de dolarización, realizado de la manera aquí descrita, debe ser permanente. Propongo dejar que los argentinos usen cualquier moneda, pero que prevengan que el gobierno vuelva a distribuir una moneda de nuevo. Para Argentina, un país con una historia de hiperinflación, la moneda emitida por el gobierno casi siempre ha sido una maldición.

Este artículo se publicó originalmente en el Wall Street Journal el 19 de febrero de 1999.

Dolarización en Argentina

por Steve Hanke

Steve H. Hanke es profesor de economía aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute.

La devaluación del real brasileño ha inducido al presidente Carlos Menem a recomendar la dolarización de la economía argentina. La intención de ese salto es asegurar totalmente la estabilidad y la convertibilidad de la moneda.

La convertibilidad es un concepto sencillo. Significa que los residentes y no residentes de un país pueden cambiar moneda nacional por moneda extranjera. Pero hay muchas gradaciones diferentes de convertibilidad, reflejando hasta qué punto los gobiernos imponen controles al cambio y al uso de la moneda. Cuando se restringe la convertibilidad aumenta el riesgo financiero y también aumentan las tasas de interés. La razón es que la propiedad se convierte en rehén, sujeta a expropiación. Como resultado de esto, los inversionistas están dispuestos a pagar menos por cada dólar de probable ingreso futuro y el valor de la propiedad cae.

Los inversionistas con razón se ponen nerviosos cuando el gobierno considera imponer controles de cambio. En ese instante comienza la fuga de capitales. Los dueños de activos liquidan propiedades y sacan el dinero mientras lo puedan hacer. Contrario a la sabiduría popular, las restricciones a la convertibilidad no frenan la fuga de capitales sino que la promueven.

Están surgiendo amenazas a la globalización, la cual no es otra cosa que la liberalización de la circulación del dinero, mercancías y servicios a través de fronteras. Se piensa que el problema son los flujos de dinero caliente y el remedio es el control de cambio. Esa receta basada en un diagnóstico equivocado conduce al nacionalismo monetario y al tipo de caos mundial sufrido luego de la Primera Guerra. La única manera de evitar ese desastre es que los países en desarrollo unifiquen su moneda con una moneda fuerte. Eso se logra estableciendo un sistema de Caja de Conversión, como lo hizo Argentina en 1991, o reemplazando la moneda nacional por una moneda extranjera fuerte, dolarizando.

Una caja de conversión ortodoxa es una institución monetaria que emite monedas y billetes totalmente respaldados con reservas extranjeras y la moneda local es convertible a la moneda de reserva a solicitud del interesado y a un cambio fijo. Además, una caja de conversión ortodoxa no es prestamista de última instancia ni impone requisitos de reservas a los bancos comerciales, no compra ni vende monedas a futuro y sólo gana intereses sobre las reservas en moneda extranjera que deposita.

Sin embargo, las cajas de conversión no son totalmente seguras. Aunque la Argentina se logró sobreponer a la crisis de 1995, la diferencia de intereses en créditos denominados en dólares versus aquellos en pesos ha variado de 0,5 puntos porcentuales a 4,4 puntos porcentuales en el último año, reflejando el riesgo del peso. La razón que la caja de conversión argentina se desvía de la ortodoxia: actúa como prestamista de última instancia, regula las reservas de los bancos comerciales y puede utilizar hasta un tercio de sus reservas denominadas en dólares para respaldar bonos emitidos por el gobierno argentino. Una caja de conversión ortodoxa no haría nada de eso.

Para perfeccionar la unificación de la moneda argentina con el dólar, el presidente Menem ha sugerido sustituir el peso por el dólar. Una dolarización oficial eliminaría las diferencias en las tasas de interés y el peso dejaría de circular. La Argentina podría fácilmente instrumentar una dolarización oficial reemplazando los pesos en circulación con dólares de sus reservas y ordenando que se cambie la denominación de todos los activos de peso a dólar.

Argentina requeriría unos 15.000 millones de dólares para reemplazar los pesos en circulación y gracias a la ley de convertibilidad tiene reservas de unos 24.000 millones de dólares.

No menos de 120 naciones han utilizado en algún momento la moneda de otro país. Hoy, el caso mejor conocido de dolarización es Panamá, que lo utiliza desde 1904. Pero además hay otros 27 países y territorios que no tienen una moneda nacional.

Hasta hace poco, la mayoría de los economistas rehusaban considerar cajas de conversión o la dolarización. Muchos simplemente insistían que un cambio fijo no es apropiado o que los hechos son diferentes. No hay nada nuevo en eso. Michael Polanyi concluyó en su libro "Conocimiento personal", publicado en 1958, que "la práctica normal de los científicos es ignorar toda evidencia que parece incompatible con el sistema aceptado de conocimiento científico". Ante el fracaso del cambio ajustable y el cambio flotante en Asia, Rusia y Brasil, la marea ha comenzado a cambiar.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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