por Steve H. Hanke
Steve H. Hanke es profesor de economía aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute.
La pieza clave de las reformas económicas de Argentina ha sido
su sistema de cajas de conversión, implementado el primero de abril de 1991. Sin embargo,
aunque la tasa de cambio entre el peso y el dólar se ha fijado en un dólar por peso, a
menudo se especula que el peso será devaluado. Consecuentemente, existe todavía una
diferencia entre los tipos de interés de los créditos en pesos y los de los créditos en
dólares en Argentina. Durante el último año la diferencia los tipos de intereses en los
créditos a 30 días ha variado entre 50 y 440 puntos básicos.
Para que la unión monetaria con el dólar sea perfecta, el presidente
argentino Carlos Saúl Menem ha sugerido sustituir el peso por el dólar. Esta
dolarización oficial eliminaría las diferencias en los tipos de interés entre el dólar
y el peso. Un tipo de interés más bajo podría agregarle hasta dos puntos a la tasa de
crecimiento nacional argentino y hacerla mucho menos variable. Aún si no se logra
negociar con los Estados Unidos el compartir los ingresos en concepto de emisión de
dólares, la pérdida de ingresos en concepto de emisión de pesos (0,2 por ciento a 0,25
por ciento del producto interior bruto) sería mucho más pequeña que las ganancias que
se realizarían al eliminar el riesgo monetario, reducir los tipos de interés, y
estimular el crecimiento económico más alto.
La dolarización es deseable. ¿Pero qué forma debería tomar? El
gobierno de Argentina está considerando al menos dos posibilidades: la dolarización
unilateral, que puede ocurrir sin un tratado con los Estados Unidos, y un tratado limitado
bajo el cual Argentina podría recuperar parte de los ingresos que perdería al dolarizar
y ganaría acceso para los bancos argentinos al sistema de ventana de descuento de la
Reserva Federal como fuente de liquidez.
Personalmente, prefiero la dolarización unilateral, y lo antes
posible. Los tipos de interés bajarían rápidamente y no se necesitaría ni la
aprobación del gobierno estadounidense ni el involucramiento de la Reserva Federal.
Argentina necesitaría cerca de 15 mil millones de dólares para reemplazar la base
monetaria del peso con dólares--es decir, cambiar todos los pesos argentinos por
dólares. Este cambio de divisas sería posible ya que, como consecuencia de la Ley de
Convertibilidad, el Banco Central de la República de Argentina tiene actualmente
alrededor de 24 mil millones de dólares en reservas.
La segunda posibilidad es un tratado limitado con los EE.UU., que
permitiría que los bancos argentinos tengan acceso a la ventana de descuento de la
Reserva Federal. Esto, para mí, dista bastante de ser lo ideal. Una razón es que,
contrario a lo que la mayoría de los economistas piensan, no es deseable tener a un banco
central como prestamista de última instancia. Todos los rescates más costosos de
sistemas bancarios han ocurrido bajo bancos centrales. De hecho, Argentina mantiene el
récord del rescate bancario más costoso en proporción al tamaño de su economía: la
crisis bancaria de 1980-82, que costó 55 por ciento del PIB.
Argentina ya tiene instalado un fondo de liquidez de 6.700 millones de
dólares. La provisión clave del fondo, que fue establecido en diciembre de 1996, se
denomina Programa Contingente de Pases. Bajo este programa, el banco central argentino
tiene la opción de vender ciertos bienes domésticos por dólares a un grupo de bancos
sujeta a una cláusula de recompra. Hasta octubre de 1998, 14 bancos internacionales
estaban participando en el programa. Los activos subyacentes del programa de pases
incluyen 6.200 millones de dólares en bonos del gobierno argentino denominados en
dólares y hasta 500 millones de dólares en letras hipotecarias argentinas también
denominadas en dólares. Consecuentemente, el programa puede proveer liquidez de
emergencia, pero no es un sistema de prestamista de última instancia que, por su
naturaleza, también le concede al gobierno la facilidad de inflar.
Combinado con la extensiva internacionalización del sistema bancario
argentino (que efectivamente convierte a las oficinas centrales en prestamistas de última
instancia de sus sucursales locales) los planes actuales para liquidez de emergencia son
adecuados para un sistema dolarizado. Es más, la dolarización no previene que el
gobierno sea un prestamista de última instancia: las autoridades fiscales del gobierno
pueden prestarle a los bancos directamente. Es probable que los préstamos directos hechos
por el gobierno sean más transparentes que aquellos concedidos por un banco central.
La dolarización oficial requeriría que la base monetaria--billetes y
monedas más depósitos en pesos en el banco central de instituciones financieras--se
intercambie por dólares. La dolarización puede empezarse inmediatamente y completarse en
alrededor de 30 días. Una proyección de 30 días es realista; otros países han hecho
reformas monetarias más complejas en menos tiempo.
El primer paso sería asegurar que las reservas líquidas del banco
central sean por lo menos iguales a la base monetaria. Argentina satisface este
requerimiento.
El segundo paso sería proclamar que el dólar reemplazará
inmediatamente al peso como la unidad de cuenta; todos los salarios, precios, bienes y
deudas en pesos se convertirán a salarios, precios, bienes y deudas en dólares a la tasa
de un dólar por peso. Porque la tasa de cambio es de uno por uno, ningún período de
transición sería necesario. No se permitiría ningún cargo de comisión por convertir
los valores en pesos a su equivalentes en dólares.
Los depósitos bancarios y los créditos con tipos de interés fijo
mantendrían los mismos tipos hasta que estos expiren, excepto que el principal y los
intereses se pagarían en dólares. Los tipos de interés en dólares serían más bajos
que los tipos en pesos justo antes de la dolarización. Los prestatarios podrán
beneficiarse de intereses más bajos si pueden refinanciar sus créditos; de lo contrario,
no estarían peor que bajo el sistema de cajas de conversión, porque pagarían en
dólares cantidades equivalentes a los mismos tipos de interés que si estuviesen pagando
en pesos.
La dolarización causará cierta redistribución de ingresos: En
general, los nuevos prestatarios en dólares pagarían menos y los prestamistas ganarán
menos de lo que ganan ahora porque no podrán conceder créditos en pesos. Pero los
prestamistas también se beneficiarían porque ya no habrá posibilidad alguna de una
devaluación.
El gobierno también reemplazaría inmediatamente los depósitos de
pesos en el banco central con activos denominados en dólares. En 1995 Argentina tomó un
paso en esa dirección al mover los ajustes de pagos de cuentas en pesos en el banco
central a una cuenta en dólares en un banco en Nueva York. Este nuevo paso simplemente
completaría el proceso.
Los pesos en moneda y billetes en circulación serían retirados; la
mayoría deberían ser retirados durante el período de transición. La rápidez con que
se pueda hacer esto depende de cuán rápido el banco central pueda obtener dólares. Una
vez que empiece el retiro de los billetes de peso, no se le permitiría a los bancos
cobrar comisiones por reemplazarlos por dólares. Finalmente el gobierno tendría que
reorganizar el banco central para que actue solamente como regulador de las instituciones
financieras y como monitor de estadísticas financieras.
Algunas personas piensan que la dolarización, de adoptarse, debería
ser solamente una medida temporal. No obstante, la experiencia histórica indica que un
proceso de dolarización, realizado de la manera aquí descrita, debe ser permanente.
Propongo dejar que los argentinos usen cualquier moneda, pero que prevengan que el
gobierno vuelva a distribuir una moneda de nuevo. Para Argentina, un país con una
historia de hiperinflación, la moneda emitida por el gobierno casi siempre ha sido una
maldición.
Este artículo se publicó originalmente
en el Wall Street Journal el 19 de febrero de 1999.