por James Dorn
Los excedentes en la balanza comercial
de China con EE.UU. no son agradables para el congreso estadounidense o para
muchos de los que están nerviosos a causa de China en el Capitolio.
Con poco movimiento en el tipo de cambio yuan/dólar desde que este
fue revaluado por un 2,1 por ciento en julio del 2005, la presión
está aumentando para que se sostenga un voto en el congreso sobre
la ley Schumer-Graham este otoño. Colocar aranceles prohibitivos en
las importaciones chinas, sin embargo, no corregirá el desequilibrio
comercial.
En vez de seguir el camino del proteccionismo destructor, EE.UU. debería
ordenar su propia casa reduciendo el tamaño y envergadura del gobierno
y reafirmando su adherencia al liberalismo económico. De hecho, si
la República Popular de China no se convertirá en el enemigo
inevitable que muchos en el capitolio se imaginan, EE.UU. debe continuar
su política de interacción.
La liberalización financiera tomará tiempo y China se moverá a
su propia velocidad. EE.UU. debería ser paciente y realista. Muchos
de los costos de la moneda subvaluada de China están siendo costeados
por el pueblo chino. Colocar aranceles prohibitivamente altos sobre los productos
chinos hasta que al tipo de cambio yuan/dólar se le permita apreciarse
considerablemente no es una opción realista. Resultaría en
un impuesto injusto cobrado a los consumidores estadounidenses, no corregiría
el desequilibrio general de la cuenta corriente estadounidense (o siquiera
nuestro déficit comercial bilateral con China), y retardaría
la liberalización.
El ajuste requiere que China no solamente permita mayor flexibilidad en
el tipo de cambio pero que también permita a la gente china convertir
libremente el yuan a cualquier moneda o bienes que ellos deseen. La libertad
de capitales es un derecho humano importante y ayudaría a socavar
el monopolio de poder del Partido Comunista Chino al fortalecer los derechos
de propiedad privada.
Un orden liberal económico internacional es uno más flexible
basado en precios determinados por el mercado, dinero confiable, y en un
Estado de Derecho. Deberíamos ayudar a que China se mueva en esa dirección—no
mediante amenazas pero con el ejemplo. El gobierno estadounidense debería
comenzar por reducir su gasto excesivo y por remover los impuestos onerosos
sobre el ahorro y la inversión.
Un ajuste ordenado basado en los principios liberales de mercado ayudaría
a reducir los costos para la economía global y para EE.UU. en particular.
El mantener nuestros mercados abiertos emite una señal importante
al resto del mundo y mantener nuestra casa fiscal en orden—reduciendo
el tamaño del gobierno y mediante una verdadera reforma tributaria—demostraría
que estamos hablando en serio. Regresar al proteccionismo, en cambio, tendría
un impacto negativo en el sistema financiero global y el ajuste sería
más lento y más costoso.
Por su parte, China puede ayudar a restaurar los desequilibrios globales
moviéndose hacia un tipo de cambio más flexible y liberalizando
los flujos salientes de capitales para que haya menos presión por
sobre el Banco Popular de China para acumular reservas extranjeras, las cuales
ahora constatan más de $941 mil millones. Retardar el ajuste significa
una acumulación más rápida de reservas, un mayor riesgo
de perdidas de capital al sostener activos en dólares, y un mayor
incentivo para diversificarse.
El fracaso de lidiar con los desequilibrios globales significa el fracaso
de adoptar el liberalismo económico. China necesita moverse hacia
un orden liberal de mercado, lo cual significa un Estado de Derecho que proteja
a las personas y a la propiedad. Como Wy Jinglian, uno de los reformadores
más importantes de China dijo recientemente: “Si nosotros no
establecemos un Estado de Derecho justo y no tenemos una protección
clara de los derechos de propiedad, entonces esta economía de mercado
se volverá caótica y corrupta e ineficiente.”
El congreso estadounidense puede fomentar de mejor manera las relaciones
sanas entre EE.UU. y China dejando de tratar a China como un enemigo inevitable
y aprovechando la oportunidad que representa la emergencia de China como
una economía de mercado, mejor dicho una “economía socialista
de mercado”. En particular, los políticos estadounidenses deberían:
- tratar a China como un poder normal que va de subida, no como un probable
adversario;
- continuar liberalizando las relación estadounidense-china y asegurarse
de que China cumpla con sus compromisos ante la OMC;
- reconocer que el progreso de la libertad económica en China ha
tenido efectos positivos por sobre la sociedad civil y la libertad individual
del pueblo chino.
La adherencia a los principios de un orden liberal internacional—en
lugar de forzar esa percepción política amenazando con adoptar
medidas proteccionistas con la intensión de imponer acuerdos internacionales
que podrían distorsionar el sistema internacional de precios—debería
ser el principal objetivo de la política estadounidense.
Este artículo fue publicado originalmente en el South China
Morning Post el 23 de agosto de 2006.
Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.