31 de diciembre de 1969

política monetaria

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México: Temblores cambiarios

por Roberto Salinas-León

Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.

¿Qué pasa con el peso? El año pasado esta misma pregunta estaba en la boca de todos los que participan en el eterno debate cambiario en México (o sea, todos). En ese momento, había grandes preocupaciones sobre el “super-peso,” una vez que el precio del peso frente al dólar, el tipo de cambio, amenazaba con romper la barrera psicológica de los 9 pesos por dólar. En marzo del 2002 casi lo hizo, cuando la paridad llegó a registrar un nivel de 9.06 pesos por dólar.

Ayer la inquietud era sobre la “excesiva” apreciación cambiaria. En la circunstancia actual, cuando la paridad ya tiró el techo de 11 pesos por dólar, la inquietud es sobre el nivel de depreciación.

Este es el riesgo de vivir con la flotación: en un sistema de demanda y de oferta, la paridad puede irse para arriba, o para abajo. Podemos estar a flote, o podemos hundirnos. La determinación de un “precio” exacto es un ejercicio inútil, vanidoso, ante las millones de decisiones diarias que pueden influir en el curso que tome el mercado cambiario. En 1998, cuando el tipo de cambio se cotizó a niveles similares, después del contagio generado por el efecto “vodka,” nadie supuso que podría llegar a regresar a un nivel de los 9 pesos. En la actualidad, el consenso es que la nueva paridad llegó para quedarse.

Nos quejábamos antes, nos quejamos ahora, y nos quejaremos en el futuro. Hay analistas que todavía presumen calcular los niveles de sobre- o sub-valuación del peso frente al dólar. Habrá exportadores que quisieran tener un nivel todavía mucho más alto. Otros índices, como la más reciente versión del famoso índice Big Mac, elaborado por el semanario The Economist, calculan un nivel de subvaluación del peso en 30%. Empero, los futuros movimientos del peso, para arriba o para abajo, dependerán no de una formulita mágica sino de los factores que determinen las expectativas del mercado cambiario.

El “soporte” institucional del tipo de cambio, el régimen de las metas de inflación, es insuficiente para normalizar instantáneamente la volatilidad cambiaria en estos tiempos de temores externos, hasta de pánico financiero. De hecho, en el sistema de flotación hay que dejar que la oferta y la demanda tome su curso. Sería un error capital, arbitrario y sintomático del alcoholismo cambiario del pasado empezar a intervenir en el mercado de divisas. La regla de oro en un sistema de flotación es no meter la mano.

Eso sí, pase lo que pase con el peso, el banco central enfrenta un dilema de capital. Por un lado, la presión alcista en el tipo de cambio puede generar presiones en la tasa de inflación que impliquen una desviación importante de la meta para este año. En este caso, habría necesidad de un “sobre-apretón” monetario, no con el fin de tranquilizar la paridad, pero sí para desactivar un riesgo inflacionario no esperado. Ello presionaría hacia arriba las tasas de interés, lo que a su vez complicaría la recuperación de la actividad económica en el corto-plazo ante la ausencia de los cambios estructurales pendientes.

Un “choque positivo” por el lado de la oferta, como la aprobación de las reformas, sería importante para evitar que la política monetaria cargue con todo el peso del ajuste. Esto, desgraciadamente, no se ve en el horizonte, ni mediato ni mucho menos inmediato.

El precio del peso sigue siendo la “madre de todos los precios.” Es un barómetro fundamental de expectativas. El aspecto más curioso de la polémica cambiaria es que ésta está secuestrada por lo que nuestro colega Ricardo Medina ha denominado “hipocondría cambiaria” (por no decir, en las palabras de otro amigo, esquizofrenia cambiaria). Cuando las cosas van bien y hay una oferta mayor de dólares, la hipocondría se manifiesta con un descontento con la apreciación cambiaria. Cuando las expectativas cambian y se vuelven malas, se dan fugas de dólares, y la hipocondría se da a partir de cómo detener la depreciación cambiaria.

Pase lo que pase, esté el peso arriba (como hoy) o abajo (como ayer), parecería que lo único cierto para mañana es que nunca estaremos contentos, ni con la política monetaria ni con el desempeño de la “madre de todos los precios.”

Opciones monetarias para la recuperación de Irak

por Steve H. Hanke

Steve H. Hanke es profesor de economía aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute.

A pesar de la velocidad de la acción militar contra Irak, este país ha pagado un alto precio: numerosas bajas civiles y militares; una infraestructura física destruida; un comercio interrumpido; drásticos trastornos políticos, administrativos y sociales; y las dificultades físicas y resentimientos de un pueblo vencido ante las peculiaridades de vivir bajo el dominio de un mandato extranjero. Estas realidades desalentadoras no prometen un final a los problemas del Irak post-guerra.

Los vencedores—ya sean vistos como liberadores o conquistadores—cuentan con magníficas ideas para rehacer la economía y sociedad iraquíes dentro de un año de acabada la guerra. Uno de los puntos en la agenda de la administración Bush es el establecimiento de una moneda estable. Sin embargo, qué es lo que el plan cognoscenti va a hacer con la moneda permanece un misterio.

Para ser exitoso, un plan de reforma monetaria debe ser bien diseñado, rápidamente disponible, y congruente con la historia iraquí. La implementación expedita es esencial ya que los vencedores usualmente encuentran que la buena voluntad por parte de los vencidos tiende a durar muy poco.

Irak estableció un banco central en 1947. Como otros bancos centrales en la mayoría de los países en desarrollo, el Banco Central de Irak cuenta con un historial repleto de malos manejos, medidas coercitivas y, sí, la producción de una moneda inestable y poco confiable. El dinar iraquí no ha sido intercambiable en los mercados internacionales durante años. Consecuentemente, las transacciones internacionales han sido posibles únicamente con monedas extranjeras. Sin embargo, su acceso ha sido controlado por el comité asesor sobre intercambio extranjero del Banco Central. Los intentos por competir con el monopolio de Saddam Hussein sobre el intercambio extranjero han sido, para ponerlo moderadamente, disuadidos.

Desde 1979, cuando Hussein llegó al poder, el dinar iraquí ha colapsado. En 1979, 1 dinar equivalía a $3.39. Recientemente, el tipo de cambio oficial—el cual no ha sido cambiado desde 1982 y es disponible solo para Hussein y sus secuaces—ha sido de 1 dinar por $3.22. Para los iraquíes fuera del círculo cercano a Saddam, la única manera de conseguir monedas extranjeras ha sido a través del mercado negro. Pero en éste, el tipo de cambio se reporta en aproximadamente 3.000 dinares por cada dólar.

Un modelo de banco central y una moneda inestable no han sido siempre la norma en Irak. Hace un siglo, lo que hoy es Irak formaba parte del Imperio Otomano. La moneda oficial del imperio era la libra otomana pero la moneda más usada en Irak era la rupia india, la cual estaba ligada a la libra esterlina. Luego de que el territorio fuera capturado por las fuerzas británicas en 1916, y removido el Imperio Otomano, los británicos hicieron de la rupia india la moneda oficial, y retiraron a la libra otomana. Irak fue entonces oficialmente "rupizado."

Luego de una prolongada presión por parte de los iraquíes, Gran Bretaña le concedió la independencia al país en Octubre de 1932. Como parte de los preparativos para la independencia, la caja de conversión monetaria de Irak fue fundada en Abril de 1932. Ésta emitió el dinar iraquí, el cual estaba ligado a la libra esterlina. La caja respaldó totalmente al dinar con reservas de libras esterlinas y mantuvo un tipo de cambio fijo con la libra. Hasta que fue reemplazada por un banco central en 1947, la caja de conversión operó sin problemas.

Una reforma monetaria para Irak no debe incluir un banco central. La historia iraquí sugiere dos alternativas superiores. La primera opción requeriría una caja de conversión ortodoxa. Diseñar tal sistema requeriría descartar el modelo utilizado por el Fondo Monetario Internacional en Argentina, Estonia, Lituania y Bulgaria. Todos estos sistemas permiten que características de banco central sean mezcladas con el modelo de caja de conversión ortodoxa, y, como lo demostró Argentina, dicha combinación puede ser explosiva.

Idealmente, la legislación para la caja de conversión iraquí seguiría el modelo clásico británico. La caja de conversión de Bosnia Herzegovina, autorizada por el tratado de París/Dayton de 1995, es una aproximación cercana.

La otra posibilidad sería "euroizar" el país. El Irak post-guerra podría usar el euro de la misma forma como una vez utilizó la rupia india. El euro cuenta con aceptación internacional y ni Estados Unidos ni Gran Bretaña lo utilizan, lo cual podría servir de ventaja política. En los últimos años, varios países han reemplazado sus monedas locales por una moneda extranjera, incluyendo a Ecuador, El Salvador y Timor del Este (los cuales usan el dólar) y Montenegro y Kósovo (los cuales usan el euro). Incluso en países con circunstancias económicas difíciles, ningún obstáculo técnico de importancia frenaría el abandono de la moneda doméstica y su reemplazo por una extranjera.

Con el fin de darle a los iraquíes un sentido de confianza en sus perspectivas para el futuro, una moneda confiable y convertible internacionalmente debe ser una prioridad.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

La supuesta crisis Argentina

por Steve H. Hanke

Washington ausente: Libre comercio y moneda estable

por Judy Shelton

Judy Shelton es Directora de Empower America y miembro del Consejo Editorial del Cato Journal.

Europa busca activa y agresivamente nuevos mercados en América Latina, mientras que Estados Unidos hace caso omiso. La prensa estadounidense se ha concentrado en estos días en el impacto del aumento de la tasa de interés resuelto por la Reserva Federal, sin darle mucha importancia al anuncio hecho en Río de Janeiro por líderes europeos y latinoamericanos de que comenzarán las negociaciones de libre comercio en julio del 2001.

La prosperidad económica de Estados Unidos depende de obtener mercado para sus productos alrededor del mundo. América Latina es un mercado lógico y atractivo para nuestras exportaciones e inversiones. El Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México ha tenido gran éxito. Cuánto mejor sería su extensión a los 200 millones de habitantes de Mercosur: Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, además de sus miembros asociados: Chile y Bolivia. Sería el próximo paso hacia el mercado común de las Américas.

Pero Estados Unidos muestra indiferencia. Mientras el canciller alemán, Gerhard Schroeder, actual presidente de la Unión Europea, cruza el Atlántico para reunirse y solidificar los nexos comerciales y de inversiones con los latinoamericanos, los políticos en Washington muestran indiferencia. La "vía rápida" que Clinton y los republicanos apoyaban ha perdido ímpetu. Ahora, por el contrario, vemos señales de un proteccionismo incipiente en acero y en otros sectores y, lo que es peor, una tendencia a hacerle el juego a los grupos de presión en las próximas elecciones presidenciales.

Por su parte, los europeos dan énfasis a la importancia de una nueva "asociación estratégica" con la región. El presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, habla de "prosperidad compartida" y de la formación de "un orden internacional legítimo". Los flujos de capital de Europa respaldan estas declaraciones, alcanzando 73.000 millones de dólares en 1997, comparado con 26.000 millones dos años antes. Un informe preliminar de la ONU apunta hacia un espectacular aumento de las inversiones europeas en América Latina en 1998 y 1999.

Pero a pesar de todo esto, la Unión Europea sigue siendo vulnerable a acusaciones de no ser exactamente un adalid del libre comercio, a la hora de poner en práctica lo que predica. Los agricultores europeos están protegidos de toda competencia en cereales, carne y productos lácteos. Es más, ellos reciben subsidios de exportación, a la vez que se aprovechan de reglas más liberales en América Latina.

Entonces, ¿por qué Washington no promueve sus relaciones comerciales con América Latina? Dar por descontado a sus vecinos puede resultar ser una equivocación muy costosa, tanto en el campo político como económico.

Y el error se agrava al darle poca importancia a la campaña iniciada por la Argentina de unificar las monedas de Mercosur con la dolarización. ¿Qué mejor oportunidad para ampliar las relaciones comerciales que a través de una integración monetaria? Ello aportaría información de precios clara y confiable a los participantes de un gran mercado, extendiéndose desde Alaska a Cabo de Hornos.

Europa ya está cultivando los beneficios de una moneda unificada, especialmente en el campo de las inversiones. El euro ha aportado nuevas y masivas ofertas de liquidez, al reunir los mercados de capital de 11 naciones. Las empresas antes se veían obligadas a pagar intereses altos y primas en las tasas de cambio, mientras que era difícil conseguir financiamiento en los países pequeños. Recientemente, la empresa petrolera española Repsol pudo ofrecer $13.400 millones para comprar a la petrolera argentina YPF. Su presidente, Alfonso Cortina, ha declarado que "sin el euro, Repsol no hubiera podido hacer una oferta para adquirir a YPF. Antes, las empresas del sur de Europa no tenían acceso a este tipo de financiamiento".

Imaginemos por un instante el acceso a capitales que gozarían las empresas latinoamericanas en Estados Unidos con una moneda común. La eliminación del riesgo cambiario produciría una reducción masiva del costo del capital en América Latina e impulsaría tanto la actividad empresarial como el crecimiento económico de toda la región. Estados Unidos tiene la oportunidad de convertirse en el abanderado de esta causa, elemento clave en lograr una amplia área de libre comercio.

Para Estados Unidos no significa dominar sino colaborar. El objetivo no es una hegemonía, sino más bien la productiva integración de naciones en búsqueda de prosperidad para todos. Mientras más temprano se den cuenta en Washington de la importancia de compartir una visión monetaria en búsqueda de mayor libertad de comercio por toda América, mejor serán los resultados para todos.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

Hacia un peso que pese: Reforma monetaria en México

por Roberto Salinas-León

Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.

"Una moneda incierta y desordenada es una deficiencia vital de una sociedad, porque se hace sentir profundamente en toda la vida económica ."      Carl Menger

En México y América Latina, una palabra con "d" (devaluación) ha sido sustituida por otra palabra con "d" (dolarización). El colapso cambiario en Brazil y los temores de una ola de contagio regional han impulsado intensos debates populares sobre los pros y contras de la reforma monetaria integral, la unión monetaria desde Seattle hasta Satiago, la viabilidad de los consejos monetarios o cajas de conversión, o la adopción unilateral del dólar como medio de intercambio. Este debate refleja una de las consecuencias indirectas de la crisis de 1994, es decir, una atención detallada de la comunidad financiera sobre lo que David Hale llama "la calidad de las instituciones monetarias" en economías emergentes.

El entusiasmo con esta nueva palabra "d" obedece a la inquietud de cómo eliminar el fenómeno de riesgo cambiario, y con ello mejorar un sistema monetario devastado por un ciclo interminable de inflación, devaluación y promesas incumplidas. Asimismo, la idea de adoptar una unión monetaria en el continente norteamericano, o de "dolarizar" la economía mexicana, ha ganado aceptación como un corolario natural del marco comercial establecido bajo el TLC. La idea se ha popularizado entre la comunidad empresarial, especialmente a la luz de los "shocks" de volatilidad cambiaria sufridos en el periodo 1995-1998, así como la falta de determinación en las tasas de interés.

La globalización de los mercados ha propiciado el uso de variables como la tasa de inflación, la tasa de interés y el tipo de cambio, como instrumentos de apoyo a la apertura de las fronteras. Sin embargo, una cosa es diseñar un sistema financiero que sea congruente con la apertura de mercados, pero otra cosa es sostener la viabilidad de las zonas monetarias comunes como corolario de las zonas de libre comercio. En el fondo, la idea de tener una moneda sin fronteras depende de un análisis de costo-beneficio.

La polémica alrededor de la dolarización es trans-nacional. El debate ha surgido no tan sólo en países como México y en Argentina, sino también en El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Venezuela, Ecuador, Perú, e incluso en Canadá. Sin embargo, las reacciones a la propuesta son encontradas, y frecuentemente reflejos de una disyuntiva que va desde un optimismo simplista hasta pesimismo exagerado. La propuesta, sin embargo, no es nueva. Las voces que reclaman diversos esquemas de dolarización, diferentes modalidades de una reforma monetaria integral, también encuentran algunos simpatizantes en círculos oficiales.

El caso principal detrás de la dolarización se puede resumir en una palabra: simplificar. En una zona dólar, se eliminan las distorsiones financieras y comerciales asociadas con los movimientos bruscos e inesperados de la paridad. En cristiano, se elimina el síndrome de la devaluación. Asimismo, especialistas como Robert Mundell y Herbert Grubel señalan que con una unión monetaria o dolarización, habría una eventual "homologación" de las tasas de interés y de inflación, por lo cual las diferencias en precios de bienes similares serían simples reflejos de diferencias en los niveles de productividad. Entre las propuestas que se han formulado existen las siguientes modalidades:

  • El economista estadounidense Allan Meltzer sugiere que las tres zonas monetarias del mundo adopten una regla de 0% de inflación, en la forma de un mandato institucional, y que estas monedas puedan circular como recurso legal en países con baja credibilidad en sus instituciones monetarias. En América Latina, esto equivale a un mecanimso para la dolarización de las economías.
  • En 1993, el entonces Secretario de Comercio Jaime Serra observó que la integración comercial bajo el TLC, y la gradual eliminación de barreras en el hemisferio, permitiría a los inversionistas internacionales concentrar atenciones en un sólo bloque monetario, characterizado como una zona dólar. Esto obligaría a los empresarios a poner prioridad sobre productividad, calidad, valor agregado o precios competitivos, y no a especular en torno a tal o cual nivel de la paridad. Un paso natural, incluso predecible, es formular un tratado monetario congruente con el TLC. El entorno geo-monetario se caracteriza por la conformación de un sistema tripolar: la zona dólar, la zona euro, y la zona yen. La unión de monedas, según esta lógica, conlleva altas ventajas competitivas al reducir los costos de transacción asociados con el intercambio comercial. Es una etapa natural de la integración.
  • El modelo de consejo monetario implica reconvertir el actual sistema monetario en una especie de patrón dólar, es decir, un sistema donde toda la masa monetaria de notas y monedas esté totalmente respaldado por reservas en dólares. Este sistema se basa en tres elementos: un tipo de cambio fijo a una paridad realista, total convertibilidad de la moneda nacional con la moneda "ancla," y una ley monetaria a nivel constitucional, que le prohiba al banco central (o consejo monetario) aumentar la base monetaria más allá de las reservas "líquidas" disponibles en divisas o metales preciosos. Bajo este sistema la estabilidad del sistema monetario no depende de juicios discrecionales, sino de reglas bien definidas—en las palabras de un estudio de Bancomer, el hecho que "mandarѬa una señal clara y contundente respecto a la prioridad otorgada al objetivo de contar con la estabilidad cambiaria."
  • La decentraización monetaria es otra alternativa. Esta opción no equivale a dolarización per se, sino la eliminación del monopolio sobre el recurso legal. La libertad monetaria implica eliminar el monopolio del peso sobre el recuros legal, y por ello equivale a la decentralización del poder. La competencia monetaria permitiría a los ciudadanos elegir entre diferentes monedas para denominar transacciones, determinar precios, pagar la nómina, formular contratos, incluso pagar impuestos. Así, los ciudadanos disfrutarían el derecho de proteger el fruto patrimonial de su trabajo, bajo la libertad de elegir el medio más estable, que logre garantizar la estabilidad del poder adquisitivo de sus salarios.

El economista chileno Sebastian Edwards, quién simpatiza con el espíritu de una reforma monetaria integral, advierte que el tremendo entusiamso alrededor de la dolarización es un espejismo. No hay curas instantáneas para remediar el mal de contagio financiero. El propio Alan Greenspan ha sugerido que "es cuestionable si una nación soberana, inclinada hacia la borrachera de políticas de dinero facil, pueda curar su estado de ebriedad por medio de la dolarización.

Sin embargo, los beneficios de una reforma monetaria radical similar a la dolarización son extraordinariamente atractivos:

  • Baja inflación. En las economías latinoamericanas, la inflación es un fenómeno tanto monetario como cambiario. Maxi-devaluaciones causan fuerte inestabilidad de precios, via importaciones y expectativas. La dolarización acabaría con la trampa de inflación- devaluación, y permitiría la convergencia del sistema de precios a los niveles actuales de la "zona dólar."
  • Bajas tasas de interés. La desinflación permitiría una baja sustancial en el costo de capital y con ello mayores facilidades para intermediación financiera. Los diferenciales en las tasas de interés no se darían en función del riesgo cambiario, sino en función del marco institucional, la política fiscal, y las leyes financieras.
  • Riesgo País. La convergencia de tasas de interés mejoraría la posición de riesgo país, y con ello la disponiblidad de flujos de inversión. La meta de un crecimiento sostenido, crecimiento con estabilidad de precios, se haría realizable.
  • Transparencia. La dolarización eliminaría el riesgo de confiscación cambiaria, los controles de capital, o el uso del tipo de cambio como instrumento de discrecionalidad monetaria. La transparencia del sistema monetaria daría estímulo a la reforma fiscal y la reforma estructural, ya que un error de política económica (altos déficits fiscales) ya no podrían "maquillarse" o esconderse con medidas monetarias (aumento artificial en los medios de pago). Con ello, la dolarización invitaría escrutinio internacional y motivaría mayores esfuerzos en reforma estructural.

Las objeciones a una reforma monetaria integral se dividen en tres categorías. La primera es una objeción política: la pérdida de soberanía vis-Ñ -vis la decisión de renunciar una política monetaria independiente. La segunda objeción es que la dolarización implica renunciar las ventajas de flexibilidad presentes en una política doméstica discrecional—y con ello, perder un importante amortiguador ante la presencia de choques externos. Esta objeción es popular pero también representa petición de principio, ya que la propuesta de una reforma radical nace precisamente del pésimo historial de regímenes cambiarios discrecionales. Es decir, la crítica confunde el vicio con la virtud. El argumento a favor del consejo monetario, más allá de consideraciones prácticas de si se dispone suficiente nivel de reservas, es que el sistema conlleva un alto grado de credibilidad-- precisamente porque no permite espacios para el uso de discrecionalidad monetaria.

El tercer grupo de objeciones es de carácter pragmático, los obstáculos técnicos y financieros que se deben librar para hacer funcionar una reforma monetaria radical. Entre ellos, encontramos:

  • Señoriaje. Las ganancias derivadas de la emisión de una moneda local, el señoriaje, se pierden en un entorno dolarizado. En un consejo monetario, el señoriaje se deriva de las ganacias en intereses sobre el monto de reservas disponibles. En países de baja inflación el señoriaje representa un 1% del PIB. El análisis de costo-beneficio debe medir esta pérdida en realción a las ganancias en crecimiento derivadas de una baja dramática en las tasas de interés.
  • Prestamista de Ultima Instancia. El roll del banco central como prestamista de última instancia también desaparece bajo un esquema de dolarización. El reto, para evitar una corrida bancaria o un riesgo sistémico, es lograr que el sistema bancario disponga de las líneas de crédito suficiente de parte de otras fuentes para contrarrestar los episodios de desconfianza. Ello requiere más que bajas tasas de interés, también requiere un sistema altamente internacionalizado.
  • Mercados Laborales. Los efectos de choques externos recaerían en su totalidad sobre la economía real, por lo cual habría más desempleo y fuertes distorciones en los mercados laborales. Ese mismo argumento se puede usar para exigir que se acompañe la reforma monetaria con una reforma laboral que permita mayor felxibilidad en los mercados. No corregir la deficiancia cardiaca monetaria porque el paciente sufre de obesidad laboral es más un argumento para poner todo el cuerpo en orden, no para seguir creyéndose el mito que el sobre-peso "amortigua" los dolores estacionales.
  • ¿Porqué el Dólar? A menos que nuestro nacionalismo sea fuente de miopía, la mayoría de agentes racionales, si buscan proteger su patrimonio, buscarán refugiar sus ahorros en monedas sanas, o "menos malas." En un sistema decentralizado, existe la libertad de tranzar en lo que el consumidor prefiera: dóalres, pesos, bahts, reales, oro, plata, lo que sea. La mayoría de las monedas en el mundo emergente han sufrido erosión sistemática de su valor en relación al dólar. La depreciación promedio ha sido arriba del 70% desde 1970. La mala calidad de dinero en esos países ha obligado sus poblaciones a buscar un medio de mayor calidad", por ejemplo, el dólar. No sorprende, por lo tanto, que más de $300 mil millones de dólares se usan en regiones fuera de los EUA. Asimismo, desde 1988, la mayoría del monto circula en América Latina. Estos episodios de dolarización espontánea en mercados emergentes presentan una oportunidad para usar mecanismos como los consejos monetarios o dolarización para institucionalizar un entorno estable.

Los consensos en contra de la reforma radical difieren. Por un lado, unos economistas, como Gary Becker y Robert Barro, se oponen a la unión monetaria pero se muestran más optimistas sobre las ventajas de la dolarización unilateral. Ellos aluden a los beneficios de la competencia: a más monedas en circulación, más oportunidad para el consumidor de elegir entre aquellas unidades con mayor poder de compra. En una ocasión, el economista austriaco FA Hayek uso este argumento para sostener la "desnacionalización" del dinero: que se permita usar monedas alternas como recurso legal para denominar transacciones, definir contratos o pagar impuestos.

Becker observa un gran peligro en la unión monetaria: la necesidad de una autoridad central con poderes discrecionales supra-federales—un meta-banco central regional, algo así como una Reserva Federal de Norteamérica. Esto implica concentrar las principales decisiones en una fabulosa burocracia retirada de las realidades cotidianas. Si las decisiones resultan ser incompatibles con la estabilidad de precios, el efecto de unir monedas sería contrario al que sostienen sus defensores. En esencia, es la competencia, no la unión, la que hace la fuerza.

Pase lo que pase, con el peso o pese al peso, una reforma monetaria integral debe iniciar con los conceptos de responsabilidad y transparencia en la política monetaria. Esto es lo que se logra con un consejo monetario, la unión monetaria o la dolarización unilateral de la economía. Son mecanismos para mantener el ingrediente más importante del crecimiento: la integridad de la unidad de intercambio. No es una varita mágica, pero ningún sistema cambiario lo es, ni lo debería pretender ser. Por ello, el rechazo a una reforma monetaria integral no obedece a la coyuntura, sino a la ausencia de voluntad polѬtica para ceder control sobre un instrumento tan fundamental como el tipo de cambio. Pero la historia monetaria en el período de 1976-1999 constituye una enseñanza contundente de un fenómeno que actores cotidianos saben mucho más que los tecnѲcratas de la actualidad: el sistema monetario mexicano desesperadamente requiere transparencia, credibilidad y des-politización.

Lecciones de la devaluación brasileña

por Ian Vásquez

Ian Vásquez es Director del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.

Uno pensaría que los políticos habrían aprendido algo del colapso de las economías de Tailandia, Corea, Indonesia y Rusia. El fracaso del rescate de Brasil por parte del Fondo Monetario Internacional ofrece a los gobiernos alrededor del mundo otra oportunidad de aprender.

La caída del real brasileño debiera enterrar de una vez por todas la idea que el FMI puede impedir las crisis financieras rescatando a los países antes de que explote la conmoción. Tal idea fue totalmente desacreditada a raíz de la devaluación del rublo, pocas semanas después de que el FMI aprobara un paquete de 22.600 millones de dólares de ayuda a Rusia, pero no impidió que el FMI le concediera 41.500 millones de dólares al gobierno brasileño, bajo esa misma teoría. Es más, el año pasado el presidente Clinton insistió que el FMI institucionalizara esa política, aunque Clinton no aclaró cómo el FMI determinaría la manera en que los países calificarían para recibir asistencia ni porqué ese tipo de acción preventiva no había funcionado ni en Rusia ni en Indonesia.

Otra lección es que el tipo de cambio ajustable, especialmente en países que están liberalizando sus economías, es una receta segura para el desastre. Eso quedó claro luego de la última crisis del peso mexicano, cuando México trató de mantener tanto un cambio ajustable como una política monetaria expansiva. Y también con la crisis asiática, cuando la acumulación de malas inversiones y de deudas gubernamentales se convirtieron en un problema demasiado grande para ser ignorado.

Cuando un gobierno manipula tanto la tasa de cambio como el circulante monetario, esas medidas pueden chocar. Aumentar los intereses para defender el cambio puede provocar una recesión que aumenta la sobrevaluación de la moneda. Si el gobierno se niega a reducir sus gastos bajo tales condiciones o si tiene muchas deudas, como fue el caso de Brasil, el déficit fiscal tiende a aumentar y a debilitar la tasa de cambio.

Sólo un mecanismo cambiario consistente con el libre mercado puede evitar que los países caigan en esa trampa. Esos mecanismos incluyen la tasa de cambio flotante, donde el mercado la determina y también un tipo de cambio fijo bajo una caja de conversión, donde el gobierno abdica la autoridad del banco central. Pero intentos de saltar de un cambio ajustable a otro en tiempos de crisis significa que el gobierno está subsidiando las fugas de capital, como sucedió en Brasil.

La tercera lección son los países que no han sufrido de "contagio financiero". Las crisis han ocurrido donde se han instrumentado políticas equivocadas. En Brasil, el cambio ajustable, los altos intereses, la emisión de deuda a corto plazo denominada en dólares y la falta de urgencia en introducir reformas crearon un ambiente que impidió el crecimiento autosostenido. Otras naciones cayeron ante contradicciones internas similares. Una de las consecuencias en Brasil fue el aumento del déficit a 8% del PIB. Dos terceras partes de ese déficit se debe al sistema de Seguro Social en quiebra, el cual los políticos no muestran interés en reformar.

No sorprende que tanto los inversionistas locales como los extranjeros sacaran sus reales del Brasil. La excepción fueron aquellos que pueden ser generosos con el dinero de otros. Como por ejemplo Enrique Iglesias, presidente de Banco Interamericano de Desarrollo, quien dijo que los mercados se estaban comportando irracionalmente y que estaba "muy sorprendido que los mercados no apreciaran el inmenso esfuerzo del Brasil en emprender las reformas". Comentarios como ese ilustran lo lento que aprenden en Washington y porqué el FMI no es la única agencia que sufre problemas de credibilidad.

La cuarta lección es que en Brasil y otras partes, el dinero del FMI ha servido de morfina financiera al sistema político, permitiendo se pospongan las reformas necesarias. El FMI es incapaz de comprar voluntad política y su espléndida generosidad se convierte en un regalo para los especuladores, a costa de los ciudadanos brasileños que tendrán que pagar los platos rotos.

A fin de cuentas será el mercado quien resuelva los problemas de deudas causados por políticas erradas. Pero sería menos doloroso y menos costoso si el FMI se apartara, permitiendo que prestamistas y acreedores negociaran directamente. Las naciones se verían así obligadas a instrumentar reformas a cambio de futuros créditos y los prestamistas tendrían que absorber algunas pérdidas. Eso fue exactamente lo que pasó a fines de los años 80 cuando el Citibank se vio obligado a hacer reservas por los riesgos asumidos en el Tercer Mundo. Otros bancos hicieron lo mismo y, de repente, los gobiernos latinoamericanos mostraron interés en reformas económicas. Si el FMI no hubiera intervenido, el problema de la década perdida se hubiese resuelto mucho antes.

Por consiguiente, la más importante lección brasileña es que la recuperación sucederá sólo cuando los políticos en Brasilia confronten la realidad económica e instrumenten los cambios, proceso que ocurriría mucho más rápidamente sin la "ayuda" del FMI.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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