por Hana Fischer
Hana Fischer es analista política uruguaya.
¿Qué es la ley? ¿Cuáles son sus límites?
¿Por qué en algunos países hay un respeto casi reverencial
hacia ella, mientras que en otros —notoriamente en Latinoamérica—
se le tiene tan poco aprecio?
La razón de esa diferencia abismal entre regiones responde a los distintos
conceptos y usos de la ley que rige en ellas. Para expresarlo de una forma
gráfica, la norma jurídica es semejante a una espada. En sí
misma, no es buena ni mala; resultará beneficiosa o perjudicial para
la comunidad según el empleo que le den aquellos a quienes se les otorgó
el monopolio de la fuerza.
Frédéric Bastiat (1801-1850) se pregunta: “la ley, cuyo
método necesario es la fuerza, ¿podría emplearse, acaso,
a algo que no fuera mantener a cada uno dentro de su derecho?” Y llega
a la conclusión de que la “Ley es justicia organizada (…)
En efecto, no puede imaginarse que la fuerza lesione la libertad de los ciudadanos,
sin lesionar la justicia, es decir, sin contradecir su propia esencia”.
En las naciones donde predomina esa idea de la justicia, la “espada”
legal se utiliza para defender a las personas comunes de los atropellos de
otros y, fundamentalmente, de los abusos de los propios gobernantes y funcionarios.
Y es por eso que los habitantes sienten por ella tanto respeto, porque es
la garantía de su seguridad y libertad.
Asimismo, se considera que la ley se origina en las costumbres y hábitos
aceptados como correctos dentro de esa sociedad. Por lo tanto, no surge de
la “genialidad” de los legisladores, sino que por el contrario
éstos se limitan a convertir en norma con fuerza legal lo que esa nación
en la práctica ya considera como beneficioso.
En ese marco, lo que hace que una ley sea “justa” no es que los
legisladores así lo hayan decretado, sino el hecho de que todos, gobernantes
y gobernados por igual, deban acatarla. Y bajo esas circunstancias, como expresa
Bastiat, “la fuerza se somete al derecho y la sociedad toma posesión
de su propio destino”.
Esa noción de la ley y ese uso de la “espada” son los que
predominan en los países más libres, prósperos y felices.
Pero, también existen otras concepciones y aplicaciones de la misma.
Según Louis Saint-Just (1767-1794), desear el bien corresponde al legislador
y los hombres serán lo que él desee que sean. Y Maximiliano
Robespierre (1769-1794) —quién utilizó frecuentemente
la guillotina durante la Revolución Francesa— considera que “el
principio del gobierno republicano es la virtud y su medio, mientras se establece
la virtud, es el terror”.
No hay que esforzarse mucho para comprender que, bajo esas premisas, la ley
se convierte en un instrumento amenazante. Es como una “espada de Damocles”
que las autoridades a su total arbitrio hacen pender sobre las cabezas de
los ciudadanos. Y como la historia evidencia reiteradamente, en esas circunstancias,
los pueblos son miserables. Es una realidad palpable, tanto desde el punto
de vista material como del espiritual.
La desgracia de América Latina es que, desde nuestros orígenes
como colonias, en estos suelos ha regido el segundo modelo. Realidad lamentable
que perdura hasta nuestros días.
Como muestra de ello alcanza con comentar dos hechos recientes que ocurrieron
en el Uruguay. En una declaración pública pidiendo la legalización
del aborto, varios ministros integrantes del gobierno, legisladores oficialistas
y hasta el rector de la estatal Universidad de la República, manifestaron
que han “infringido la Ley 9.763 de 1938”. La conclusión
es: “O todas y todos somos delincuentes o esa ley es injusta”.
No ha trascendido que ante esta admisión de culpabilidad, la “justicia”
haya actuado.
Simultáneamente, en el Senado se está discutiendo una ley que
prohíbe a los padres darles una palmada a sus hijos cuando se portan
mal.
Ante estos hechos, ¿debe sorprendernos el poco respeto que en Latinoamérica
inspira la ley en los ciudadanos comunes?
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet