31 de diciembre de 1969

pobreza

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Más estado significa más pobreza

por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Según el Informe de Desarrollo Humano 2003, publicado por la ONU, la miseria sigue predominando en África, mientras "aproximadamente la mitad de los países de América Latina y el Caribe experimentaron un retroceso o un estancamiento en ingresos durante la década de los noventa".

América Latina y África han sido víctimas de múltiples experimentos fracasados y ya debemos estar convencidos que la ayuda externa y las recomendaciones de las agencias multilaterales como el Fondo Monetario Internacional lejos de resolver problemas los eternizan.

El caso africano es espantosamente triste: dos tercios de los países africanos han empeorado o no han aumentado sus ingresos per cápita desde su independencia en los años sesenta. Al terminar la Segunda Guerra Mundial se creía que no podía haber peor sistema que el colonial, pero el socialismo estatista surgido a raíz de la independencia de los países africanos ha resultado mucho peor.

En América Latina nos independizamos en el siglo XIX y en el siglo XX creíamos fervientemente que al reemplazar a nuestros dictadores militares por democracias pronto acortaríamos la brecha en bienestar que nos separa del mundo industrializado. Pero la realidad ha sido diferente. Cambiamos a generales indeseables por líderes civiles aún más corrompidos y menos patriotas, quienes lejos de ampliar la libertad individual que promueve el esfuerzo y el ahorro, han aplastado a sus pueblos con infinidad de leyes, reglamentos, permisos y regulaciones, disparando el compadrazgo, los privilegios para ciertos y determinados grupos, el proteccionismo y la miseria.

Como afirmaba Juan Bautista Alberdi, padre de la primera constitución argentina: "En Sud-América se toma por reforma de un país, lo que es reforma de un papel escrito. En lugar de cambiar la educación de sus hombres, cambian las palabras de sus leyes y con eso creen haber hecho una revolución, una reforma".

Los gobiernos llamados "neoliberales"—como el de Pérez en Venezuela, Fujimori en el Perú y Menem en la Argentina—instrumentaron ciertas reformas económicas positivas que sólo condujeron a darle mala fama a la economía de mercado por no llevarse a cabo las reformas paralelas necesarias en las instituciones políticas. Como bien lo ha explicado Douglass North, sin la imposición de límites al gobierno ni garantizar los derechos de propiedad y la libertad individual, no pueden existir mercados eficientes.

La verdadera solución a la pobreza y al atraso sólo se logra con instituciones políticas que limitan el poder gubernamental, además del debido equilibrio y separación de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. De lo contrario, la democracia se convierte en piñatas cada 4 ó 5 años para la redistribución del premio entre los poderosos: políticos, empresarios, sindicalistas, etc.

Para alcanzar la prosperidad económica hay que incrementar la productividad y ampliar los mercados. Las principales barreras al aumento de la productividad son las regulaciones que hacen menos atractiva la inversión tanto nacional como extranjera y la inflexibilidad de las leyes laborales. El libre comercio implica una tenaz competencia que conduce a un constante esfuerzo innovador en beneficio del consumidor, mientras que la intervención gubernamental preserva el statu quo de monopolios y oligopolios.

La economía informal que predomina en casi toda América Latina es prueba fehaciente del exagerado costo de las regulaciones. Sólo los empresarios grandes pueden darse el lujo de cumplir con todo el papeleo oficial o pagar sobornos a funcionarios que les permiten ignorar las reglas. Por su parte, el informal no goza de ninguna seguridad jurídica, sus activos no se aprecian ni tiene acceso al crédito para poder crecer. Se trata, entonces, de mercados con mínima competencia, sin transparencia y donde el exitoso no es quien sirve mejor al consumidor sino quien logra los mejores contactos políticos.

La división del trabajo es la base fundamental de la productividad. En la medida que aumenta la especialización, tienden a bajar los costos y el límite de la especialización lo impone el tamaño del mercado. Los gobiernos latinoamericanos han sido tradicionalmente enemigos de la especialización. Buscaban afanosamente construir chimeneas, plantas siderúrgicas y ensambladoras de vehículos sabiendo que podían importar esos bienes más baratos. Todavía hoy, los políticos luchan por retardar la apertura a las importaciones baratas, cuando dejado en libertad el mercado rápidamente revela dónde yacen las ventajas comparativas de la nación, favoreciendo al pueblo con la importación barata de todo lo demás.

El atraso africano y latinoamericano se debe al tamaño excesivo de los gobiernos y sus malas leyes.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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El empobrecimiento de América Latina

por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Cualquier investigación seria sobre el desarrollo económico latinoamericano arroja resultados lamentables. En la década de los noventa, los campesinos latinoamericanos emigraban al extranjero en búsqueda de un nivel de vida aceptable, mientras que en el nuevo siglo observamos un creciente número de profesionales y ejecutivos latinoamericanos emigrando por las mismas razones. Es decir, el empobrecimiento se ha democratizado, afectando a la clase media y también a familias que antes se consideraban ricas.

La región pierde capital humano aceleradamente. Disminuye el influjo de capital privado en forma de inversiones directas. Aumenta la fuga de capitales nacionales buscando protección contra la inflación, devaluaciones y los "corralitos" (es decir, al despojo oficial de la propiedad privada), mientras los gobiernos tratan de llenar el vacío con préstamos de los organismos multilaterales que tienden a fomentar la corrupción, a posponer decisiones políticas difíciles y a hipotecar el futuro de las nuevas generaciones.

Junto con los préstamos del FMI se imponen aumentos de impuestos que, al reducir los incentivos al trabajo y la inversión, incrementan el desempleo y agravan la enfermedad latinoamericana.

Es una tragedia que está a la vista de quien se moleste en leer la prensa, pero nuestros gobernantes y políticos siguen luchando contra enemigos imaginarios. Ayer era el imperialismo que nos obligaba a intercambiar materias primas baratas por productos manufacturados caros. Hoy es la globalización, los subsidios agrícolas de los países ricos y las "asimetrías".

El verdadero problema latinoamericano es bastante más profundo y mucho más difícil de combatir porque los enemigos del bienestar y la prosperidad son las instituciones mismas: nuestros gobiernos, nuestras leyes, nuestros sistemas judiciales politizados, nuestras constituciones y una educación pública que a lo largo de varias generaciones ha deformado la manera de pensar y de actuar de la ciudadanía. Lejos de promover la responsabilidad individual, la propaganda política en la educación pública enseña a los niños que el gobierno es el pariente rico y bondadoso que siempre estará allí para ayudarles, cuidarlos y hacer posible su felicidad. El problema, claro está, es que el gobierno sólo puede darnos lo que le quita a otro.

El fondo del mal latinoamericano es que tanto los políticos y funcionarios como la mayoría de los electores ignoran el verdadero papel de la constitución y las leyes. La constitución no debe ser una piñata ni los políticos y funcionarios los encargados de distribuir juguetes y caramelos. La constitución tendría que ser un documento breve y preciso, que defienda los derechos naturales del ciudadano de los abusos de autoridad de los gobernantes. Las leyes deben ser muy pocas, también claras y de aplicación general, en lugar de miles de páginas de regulaciones que resultan del forcejeo político en busca de privilegios para grupos de presión, en perjuicio de la mayoría.

El inmenso crecimiento de los gobiernos latinoamericanos es el resultado de la concentración del poder político y económico en manos de políticos y burócratas. De allí provienen las decisiones que nos empobrecen, con la concesión de privilegios especiales a grupos sindicales y empresariales que utilizan sus conexiones políticas para destruir la competencia, lo cual golpea la libre iniciativa y elimina la libertad de elegir de los ciudadanos. Los salarios mínimos producen desempleo; los altos impuestos del estado bienestar impiden el ahorro, mientras que los servicios públicos recibidos a cambio son infames y cada día peores; los controles de precios producen escasez; la politización del sistema monetario empobrece a la ciudadanía entera y fomenta la huída de capitales, mientras que la redistribución de la riqueza ha sido el mayor de los fraudes porque sólo los políticos y sus amigos se han beneficiado.

Los latinoamericanos tenemos la costumbre de copiarnos sólo las malas políticas de los países industrializados, los cuales jamás hubieran logrado desarrollarse si siendo todavía pobres las hubiesen puesto en práctica. Además, regulaciones y licencias para todo es lo que convierte en ricos y poderosos a políticos y funcionarios, pero sólo desarmando esa pesada estructura gubernamental y exigiendo amplia libertad económica podrán los latinoamericanos dar un vuelco hacia la prosperidad y el bienestar.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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Mitos sobre la pobreza

por Walter Williams

Walter Williams es profesor de economía en la Universidad George Mason y académico asociado del Cato Institute.

Una creencia difundida entre las organizaciones de ayuda internacional es que existe un "ciclo vicioso de pobreza" que hace virtualmente imposible el desarrollo económico de las naciones pobres. Esa creencia mantiene que los países pobres son pobres porque los ingresos son tan bajos que no se puede generar el ahorro necesario para la acumulación de capital requerido para el crecimiento económico. Y, por lo tanto, la única solución es la ayuda extranjera.

Pero la realidad es que la teoría del ciclo vicioso de la pobreza no resiste un examen serio. Después de todo, ¿cómo lograron enriquecerse países como Estados Unidos, Inglaterra, Canadá, Suiza y Nueva Zelanda? No nacieron ricos. Entonces, ¿cómo lo lograron sin la ayuda externa que los expertos mantienen que es absolutamente necesaria? Probablemente lograron crecer porque entonces no existían ni el Banco Mundial ni el Fondo Monetario Internacional ni todos esos supuestos expertos en desarrollo.

Según el informe recién publicado de Paolo Pasicolan y Sara Fitzgerald de Heritage Foundation, titulado "El reto del milenio: enlazando la ayuda con libertad económica", a pesar de décadas de recibir ayuda extranjera, la mayoría de las naciones receptoras son más pobres hoy que cuando comenzaron a recibir ayuda externa. Lo que la ayuda internacional generalmente logra es que los tiranos del Tercer Mundo se mantengan indefinidamente en el poder, utilizando los recursos para construir grandiosos proyectos sin sentido económico, para enriquecer a sus compinches y para comprar equipo militar y poder así reprimir al pueblo. Y no mencionemos sus cuentas millonarias en bancos suizos.

También existe el mito de la superpoblación. Los países son pobres porque tienen demasiada gente. Eso no tiene sentido. La densidad de China es 409 personas por milla cuadrada; en Taiwán es de 1.478 por milla cuadrada y en Hong Kong es de 247.500 por milla cuadrada. Pero el ingreso per capita más alto es el de Hong Kong. El recién fallecido economista Peter Bauer lo expresó así: "los logros económicos y el progreso dependen de la conducta de la gente, no de la cantidad de gente".

El mito más reciente sobre la pobreza del Tercer Mundo tiene que ver con la globalización y la explotación por parte de empresas multinacionales. El intercambio pacífico y el contacto con otras naciones siempre han aumentado el nivel de vida de la población. De hecho, los países del Tercer Mundo que tienen menos contacto con Occidente son los más pobres del mundo, naciones como Nepal y Tibet en Asia, Etiopía y Liberia en Africa.

La pobreza es generalmente autoinfligida y creada internamente. ¿Cuáles son las características de las naciones ricas? En ellas, la gente tiene más libertad personal, se respetan los derechos de propiedad, se hacen cumplir los contratos, hay seguridad jurídica, se vive bajo el Estado de Derecho y el sistema económico está orientado hacia el libre mercado y no hacia el socialismo.

Un país no tiene que ser rico para crear esas instituciones que fomentan la riqueza. Esa es la historia de Estados Unidos. En 1776 éramos un país tercermundista, pero nuestros próceres crearon las instituciones que nos harían ricos. Esa estructura institucional también atrajo a inversionistas extranjeros y a inmigrantes talentosos y trabajadores. Hoy los países pobres instrumentan políticas totalmente opuestas que asustan a los inversionistas y hace que su gente talentosa emigre.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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La pobreza, no la productividad, es la insostenible

por Jerry Taylor

Jerry Taylor es Académico Titular del Cato Institute.

La Cumbre de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible empezó esta semana en Johannesburgo, Sudáfrica, y el presidente Thabo Mbeki le dio la bienvenida a los 12600 asistentes advirtiendo que "los patrones insostenibles de producción y consumo están creando un desastre ambiental que amenaza la vida en general, especialmente la humana." Según Mbeki, la raíz del problema radica en que el orden económico internacional está "construido en las bases de un principio salvaje de supervivencia del más fuerte." Así, la conferencia de la ONU comenzó, tal y como lo previsto, con el pie izquierdo.

Primero que todo, el culpar a los países industrializados de Occidente por producir y consumir demasiado es erróneo. Si Occidente no produjera tanto como lo hace, los estándares de vida en países como Sudáfrica serían mucho menores de lo que son hoy en día. Si Occidente no consumiera tanto como ahora, las naciones industrializadas se unirían al Tercer Mundo en el charco de la miseria. Nadie en los Estados Unidos tiene que disculparse por vivir en casas agradables, por gastar dinero en salud, o por vivir una buena vida en general. A pesar de lo que la ONU quiera hacernos creer, dichas comodidades no vinieron a expensas de los países menos desarrollados, o del ambiente.

Por ejemplo, la deforestación del bosque lluvioso tiene poco que ver con el consumo de Occidente. Menos del 10% de la madera recolectada se importa y la mayoría es utilizada como combustible. Además, la mayor parte de la deforestación tiene lugar en áreas que son aclaradas por los agricultores de los países menos desarrollados, quienes carecen del capital para incrementar sus cosechas de otra forma que no sea la de poner más tierra a cultivar. La pobreza de los países menos desarrollados, no la afluencia de Occidente, es el problema.

Además, la contaminación es igualmente un problema en el mundo en desarrollo, no en el desarrollado. Cualquiera que ha viajado puede atestiguar que el agua y el aire en Occidente es de mucho mejor calidad que en países como Sudáfrica, y continúa mejorando dramáticamente. Los países industrializados no son los que están exportando "Nubes Cafés" a los países menos desarrollados; es el Tercer Mundo el que está exportándolas a Occidente.

El presidente Mbeki ignora el hecho de que los países desarrollados no solo consumen recursos naturales sino que también los crean. Los mismos son simplemente una parte de las "cosas" de la Tierra que podemos aprovechar lucrativamente para beneficio humano. Conforme el conocimiento y la tecnología se expanden, nuestra habilidad para utilizar nuevas y diferentes formas de materia inerte para uso humano se expande con ellos. Es la única manera de conciliar el hecho de que, no importa como Usted calcule la disponibilidad de combustibles fósiles, minerales o comestibles, éstos son cada día más abundantes, no más escasos, inclusive tomando en cuenta que el consumo también crece.

Segundo, la afrenta de Mbeki de que el capitalismo es algo "primitivo" y "autodestructivo", con un espíritu de "supervivencia del más fuerte" es sumamente equivocada. Primero, la lección del siglo XX es que no existe otro sistema económico capaz de producir riqueza y de mejorar la vida de la humanidad más que el capitalismo, un hecho que el presidente Mbeki debería tener bien claro.

Segundo, virtualmente todos los analistas serios reconocen hoy en día el ligamen entre crecimiento económico y calidad ambiental. Una vez que los ingresos per capita alcanzan cierto nivel (entre $2500 y $9000 dependiendo del contaminante), las concentraciones de contaminantes en el aire y agua comienzan a caer en términos reales. Los analistas también han encontrado una conexión entre la pobreza y la deforestación, la degradación de tierras y los problemas de salud provocados por amenazas ambientales.

Este último punto merece mayor atención. Aproximadamente 2 millones de personas alrededor del mundo subdesarrollado mueren cada año debido a la utilización de excrementos y queroseno como combustibles para calentar sus casas y cocinar sus alimentos, una práctica que concentra niveles mortales de contaminantes aéreos interiores. Otros 3 millones de personas mueren al año en África debido al consumo de agua de los lagos y ríos que han sido contaminados por aguas negras y otros desperdicios. Sin embargo, electrificación y plantas de tratamiento para el agua requieren de inversión de capital que los países menos desarrollados no pueden costear, ya que se encuentran más interesados en redistribuir la riqueza para combatir al "capitalismo salvaje" y en seguir cualquier moda ambientalista que se les cruce en el camino, que en promover la libertad económica y los derechos de propiedad necesarios para facilitar el crecimiento económico.

Desdichadamente, el presidente Mbeki y la mayoría de los asistentes a la Cumbre están primordialmente interesados en obtener alguna política distributiva de Occidente, y creen que haciendo sentir culpables a europeos y norteamericanos es la manera de obtenerla. Otros participantes ven a esta conferencia como otro frente de batalla en su guerra contra el liberalismo económico. En el tanto cualquiera de los dos grupos tenga éxito, el desarrollo sostenible será maniatado por la cumbre de Johannesburgo.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

Una cumbre mal concebida

por Ronald Bailey

Ronald Bailey s académico asociado del Cato Institute y editor de Earth Report 2000: Revisiting the True State of the Planet (New York:McGraw Hill, 1999).

Johannesburgo, Sudáfrica - Pese a que el objetivo de La Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible (CMDS) en Johannesburgo, Sudáfrica, es el de erradicar la pobreza mundial, muchas de las medidas apoyadas por los negociadores y activistas allí reunidos incrementarían claramente la pobreza, lejos de aliviarla.

Los problemas analizados son graves: alrededor de 1100 millones de personas en el mundo no tienen acceso a agua potable, otros 2200 millones de personas carecen de condiciones adecuadas de higiene, cerca de 2500 millones de personas no tienen acceso a formas modernas de energía, unos 11 millones de niños menores de cinco años fallecen cada año en países en desarrollo a causa de enfermedades que podrían ser prevenidas, y pese a la abundancia de comida en el mundo, aproximadamente 800 millones de personas permanecen desnutridas. La erradicación de la pobreza es entonces un objetivo fundamental para prevenir la degradación del ambiente. Pocas cosas son más destructivas para los recursos naturales que un ser humano hambriento.

El problema radica en que muchos de estos debates concluirán en un plan de implementación que contribuirá poco en aliviar la pobreza. Por ejemplo, el grupo alemán de activistas ambientales de la Heinrich Boell Foundation, un prominente grupo de la "sociedad civil" que participa en la CMDS, se opone al libre comercio de productos agrícolas y a la privatización del suministro de agua. La fundación sostiene que "a los países pobres debemos aconsejarlos para que preserven la soberanía sobre sus alimentos". Pero en la práctica, estas medidas impedirán a los ciudadanos de dichos países acceder a comida de bajo precio en los mercados mundiales. La referida autarquía de los alimentos también implicaría que los productores agrícolas de países pobres se verían forzados a sembrar mayores superficies de tierra hasta el momento no explotada para procurarse alimentos, medida cuyas consecuencias no parecen ser en absoluto compatibles con el objetivo de preservar el ambiente. Tampoco debemos olvidar que una de las áreas en las que los países en desarrollo podrían superar a los países ricos es en la producción agrícola. La historia ha demostrado que aumentar la productividad agrícola de un país es el primer paso hacia el desarrollo económico. Sin embargo, los absurdos subsidios recibidos por los agricultores en los países desarrollados, que totalizan unos 300 mil millones de dólares anuales, mantienen a los países en vías de desarrollo lejos de ese primer paso.

Un eslogan que se escucha frecuentemente es: "El agua es un derecho humano" y muchos reclaman que "el agua es demasiado importante para dejarla en manos de companías privadas". Comentarios como estos carecen de racionalidad. Richard Tren, analista de la Free Market Foundation de Sudáfrica dijo al respecto: "Tenemos una gran cantidad de agua, el problema es que estamos utilizándola estúpidamente". La escasez de agua es muchas veces el resultado de la mala asignación de la misma que con fines políticos hacen algunas burocracias gubernamentales. Dejando el precio del agua al mercado, la gente tendría un fuerte incentivo para utilizarla con mayor racionalidad. Es un hecho que muchos lugares del mundo tendrían un abundante suministro de agua potable para sus hogares y el sector industrial si el agua disponible se sacara de la esfera de los ineficientes programas gubernamentales de riego de cultivos subsidiados.

Otro reclamo muy escuchado es que aquellos 2500 millones de personas sin acceso a formas modernas de energía, tales como energía eléctrica y combustible para medios de transporte, deberían ser provistos con "fuentes energéticas no contaminantes", como por ejemplo generadores de electricidad que aprovechan la energía eólica o solar. Como era de suponer, esos 2500 millones de personas ya están usando elementos "no agotables" tales como la madera y el excremento animal. En suma, esta quijotesca propuesta consiste en proveer a la gente más pobre del mundo de las fuentes de energía más caras y complejas-desde el punto de vista tecnológico-del mundo entero; aquellas cuya utilización no ha logrado convertirse en ventajosa frente al uso de fuentes convencionales de energía, ni siquiera por los países más ricos y tecnológicamente desarrollados. Cuando le pregunté a Nitin Desai, secretario general de la CMDS, que tenía mayor importancia, darle acceso a los pobres a formas modernas de energía o asegurarnos que las fuentes de energía que utilizaran fueran "no agotables", este me respondió: "lo más importante es darle acceso a los pobres a formas modernas de energía".

Es tiempo de preguntarnos cuáles son las causas de la pobreza global. Recuerdo que un economista argentino me dijo alguna vez, "Todos los que habitan al sur del Río Grande consideran que son pobres porque Estados Unidos es rico". Esta persona proclamaba entonces que los latinoamericanos están convencidos que Estados Unidos es un país rico porque ha saqueado los recursos de Latinoamérica. Muchos activistas y negociadores que participan de la CMDS en Johannesburgo parecen compartir esa opinión. El presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, en su discurso de apertura a los delegados de la CMDS hizo hincapié en la enorme brecha que existe entre países ricos y países pobres, describiendo al fenómeno como un "sistema de apartheid global". Antón Boonzaier, un ambientalista sudafricano, explicó en una entrevista televisiva, "Hace cientos de años que el comercio esta beneficiando al mundo desarrollado a expensas del mundo en desarrollo".

Sin embargo, los datos recolectados por las Naciones Unidas contradicen todas esas afirmaciones. En una publicación que las Naciones Unidas publicó con motivo de la CMDS se afirma claramente: "Durante la década de los noventa, las economías de los países en desarrollo que se abrieron al comercio mundial crecieron al doble de la velocidad que las economías de los países ricos. Los países que no apoyaron la globalización de sus economías crecieron a la mitad de la velocidad, y continúan hoy en día frenando su crecimiento".

Pese a todo, una robusta banda de activistas anti-globalización denunció que la CMDS es parte de la "agenda corporativa global". El sábado, las fuerzas policiales sudafricanas, usando gas lacrimógeno y granadas de aturdimiento, lograron disipar una marcha de protesta ilegal a cargo de varios grupos de extremistas. La ministra de asuntos exteriores de Sudáfrica, Nkosazana Diamini-Zuma aclaró en una conferencia de prensa que no se tolerarán protestas que violenten la ley y afirmó, "En Sudáfrica no hay anarquía, aquí existe la ley". Y en esta frase se evidencia lo patético y quizás risible de la situación: un puñado de anarquistas pidiendo un gobierno global más fuerte, centralizado e intervensionista. Si Kropotkin hubiese escuchado esta afirmación estaría sin dudas revolcándose en su tumba.

Nitin Desai dijo: "Esta es una cumbre de implementación". El borrador del plan de implementación de la CMDS parece no brindar soluciones a la mitad de la gente sin acceso a agua potable, no propone nada para aquellos que no viven en condiciones adecuadas de higiene, no soluciona el problema de aquellos que no tienen acceso a formas modernas de energía y olvida dar respuestas para la mitad de las personas del mundo que viven con menos de un dólar por día; todo esto antes del año 2015. Lamentablemente, muchas de las propuestas de este borrador lograrán resultados opuestos a los buscados.

Traducido por Eneas Biglione para Cato Institute.

La globalización del bienestar humano

por Indur M. Goklany

Indur M. Goklany es un académico independiente, autor del nuevo estudio del Cato Institute Globalization and Human Well-Being”.

La controversia sobre la globalización se ha centrado en si ésta exacerba la desigualdad del ingreso entre ricos y pobres, pero como bien señalan los que se oponen a la misma, el bienestar humano no es sinónimo de riqueza. Por lo tanto, el tema central no es si la disparidad del ingreso está aumentando, sino si la globalización incrementa el bienestar; y en caso de que las desigualdades en el bienestar se hayan expandido, debe determinarse si esto se debe a que los ricos han avanzado a costa de los pobres.

Tomemos en consideración las tendencias en la expectativa de vida, quizá el indicador individual más importante en cuanto al bienestar humano. Antes de la Revolución Industrial, la expectativa de vida al nacer era de alrededor de 30 años. Sin embargo, debido a que fueron los países desarrollados los primeros en descubrir, desarrollar y adaptar las tecnologías sanitarias y médicas modernas, se abrieron brechas grandes en la expectativa de vida entre ricos y pobres en la mitad del siglo XX. Pero estas diferencias se han encogido desde entonces gracias a la difusión de dichas tecnologías a través del comercio y a la transferencia de ideas, bienes y servicios del acaudalado al pobre. Entre 1960 y 1990, la diferencia entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico con altos ingresos (Alto-OCDE) y los países con ingresos medios disminuyó de 24.5 a 8.1 años, mientras que la diferencia entre los Alto-OCDE y la África sub-Sahariana declinó de 29.4 a 26.4 años.

El mismo patrón de conducta puede ser visto en las tendencias relacionadas con otros indicadores de bienestar humano tomados entre 1960 hasta finales de los noventa en áreas como el combate a la hambruna, la mortalidad infantil y el trabajo infantil. En cada una de éstas, los indicadores mejoraron conforme aumentaba la riqueza y pasaba el tiempo, dándose el mayor incremento en los países con ingresos medios, mientras que el África sub-Sahariana experimentó avances menores.

Sin embargo, de 1990 a 1999 la brecha en la expectativa de vida se ensanchó. La diferencia entre los Alto-OCDE y los países de ingresos medios se incrementó ligeramente de 8.1 a 8.6 años. Esto se debe principalmente a que la expectativa de vida en los países de Europa del Este y de la antigua Unión Soviética disminuyó al igual que sus economías. Entre tanto, la brecha entre los Alto-OCDE y la África sub-Sahariana aumentó de 26.4 a 31.2 años, sobre todo debido a las pestes del SIDA, malaria y tuberculosis, agravadas por las crisis económicas producto de las guerras civiles y los conflictos fronterizos.

Dichos ensanchamientos en la brecha de la expectativa de vida ocurrieron debido a que, cuando los países pobres se ven enfrentados a una nueva enfermedad (Por ejemplo, el SIDA) o al resurgimiento de viejas epidemias (Por ejemplo, la malaria y tuberculosis), éstos carecen de los recursos humanos y económicos para desarrollar tratamientos efectivos, o para importar y adaptar curas ya inventadas y perfeccionadas en los países ricos.

Veamos el caso del SIDA. Inicialmente su contagio implicaba una sentencia de muerte, tanto en los países desarrollados como subdesarrollados. No obstante los primeros, en particular los Estados Unidos, al poseer los recursos económicos y humanos necesarios, lanzaron un ataque masivo contra la enfermedad. A raíz de esto, entre 1995 y 1999, las muertes por SIDA en los Estados Unidos disminuyeron dos tercios a pesar de que los casos aumentaron la mitad. Y el SIDA, quien fuera la octava principal causa de muerte, desapareció de lista de las primeras quince.

Aunque la tecnología existe y se encuentra en teoría disponible a escala mundial, mejoras similares no han ocurrido en el África sub-Sahariana, ya que los ciudadanos en estos países no pueden costear los medicamentos y demás avances. Esta precaria situación se presenta no solo por la existencia de enfermedades caras de tratar, como el SIDA, sino también por la presencia de males cuyos tratamientos son baratos, como la tuberculosis y la malaria. Una África más próspera y globalizada estaría mejor capacitada para mejorar su bienestar mediante el combate de ambos tipos de enfermedades. No es de sorprender de que el Fondo Global de las Naciones Unidas para combatir el SIDA, la tuberculosis y la malaria sea subsidiado principalmente por los gobiernos, las organizaciones caritativas y contribuyentes privados de los países ricos.

Aunque ni la globalización ni la riqueza son fines en sí mismos, la primera incrementa la segunda. Esto, en consecuencia, incrementa directamente los indicadores de bienestar humano mediante la previsión de recursos para mejorar dichas medidas. A pesar de la discusión sobre si la globalización ha aumentado o no la desigualdad de ingresos, la realidad señala que la brecha entre ricos y pobres en indicadores más críticos se ha reducido substancialmente a partir de la mitad del siglo XX. Cabe destacar que en los lugares donde estas disparidades se han reducido menos, o quizás incluso han crecido, el problema no ha sido demasiada globalización, sino muy poca.

Los ricos no están mejor porque le hayan quitado algo a los pobres; al contrario, los pobres están ahora mejor gracias a la tecnología que han desarrollado los ricos, y su situación mejoraría aún más si hubiesen estado mejor preparados para capturar los beneficios de la globalización. Si se puede culpar de algo a los países ricos es por implementar políticas tales como los subsidios a sectores económicos privilegiados y las barreras a las importaciones, las cuales han retrasado el avance de la globalización y les han hecho más difícil a los países en desarrollo el capturar sus beneficios.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

Los políticos redistribuyen pobreza

por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Si algo no les gusta oír a los políticos latinoamericanos es la verdad. El secretario del Tesoro Paul O'Neill declaró estar en contra de que el FMI le siga otorgando préstamos al Brasil, dinero que termina en cuentas suizas sin mejorar la situación de los brasileños, pero el presidente Fernando Cardoso se sintió ofendido. Qué suave la piel de quienes mantienen a sus pueblos en la miseria y el atraso. Pero como decía Peter Bauer, ya basta que los pobres del primer mundo sigan financiando con sus impuestos a los ricos del tercer mundo.

La triste realidad es que el ingreso promedio de los latinoamericanos retrocedió diez años. Los gobernantes lejos de cumplir sus promesas electorales han logrado revocar casi todas las modestas reformas de mercado iniciadas a comienzos de los 90 y el resultado es estancamiento y desaliento. El Salvador es la única excepción en todo el hemisferio.

Nuestros políticos rehúsan aprender de sus errores e insisten en quimeras utópicas. Parte importante de la tragedia es que las escuelas gubernamentales llevan tres o más generaciones enseñando a la juventud que el gobierno es el verdadero  proveedor de bienestar.

Esa es la gran mentira latinoamericana. Nuestros gobiernos han devaluado la educación y la moneda, verdaderos crímenes contra el bienestar general. Los servicios públicos "gratuitos" resultan  mucho más costosos, pero su popularidad se basa en que quienes los reciben no son los mismos que pagan por ellos. Eso representa una doble desventaja: si nada me cuesta, no cabe queja alguna y tampoco hay posibilidad de comparación porque nadie puede competir contra algo "gratuito" o subsidiado.

Vamos a estar claros, el socialismo no sólo impera en Cuba. Desde México a la Argentina prevalece el socialismo en diferentes grados. Las empresas latinoamericanas más grandes, como Petróleos de Venezuela, Pemex y Codelco, siguen siendo estatales. Y el sector de mayor crecimiento es el informal debido al altísimo costo de la formalidad. El pequeño empresario latinoamericano es una especie en constante peligro de extinción porque no cuenta con libertad para crecer. Su éxito no depende de la calidad y precio de sus productos y servicios sino de no atraer la atención o la envidia del burócrata ni molestar al competidor grande que sí cuenta con los contactos políticos que le aseguran permanencia.

Visto desde esta perspectiva, América Latina refleja cierto feudalismo medieval. La clase política equivale a la nobleza que pulula alrededor del príncipe y el éxito empresarial depende de las exenciones, protecciones, subsidios, privilegios y demás favores concedidos por la clase política.

El capitalismo para el latinoamericano común nada tiene que ver con Ford, Chevrolet y Toyota tratando de ofrecer el mejor auto al más bajo precio. Pero es que esas mismas empresas que compiten alrededor del mundo, en sus operaciones en América Latina se dedican a conseguir el cierre de importaciones de otras marcas e instalan ensambladoras pequeñas e ineficientes que producen carritos que cuestan lo mismo que un BMW en Estados Unidos. Sí, lamentablemente, los "capitalistas" son los primeros que le dan la espalda al capitalismo cuando existe la posibilidad de algún privilegio gubernamental. Eso también lo vemos en las siderúrgicas de Estados Unidos. La diferencia es que aquí el acero y la agricultura son las excepciones. Se permite que el mercado funcione en todo lo demás y aún en la agricultura el arancel americano promedio es de 12%, cuando el promedio mundial es 65%.

Los latinoamericanos hemos desperdiciado oportunidades que no se nos volverán a presentar. Con nuestro falso nacionalismo que dificulta la inversión extranjera, los fondos para la construcción de nuevas industrias fluyen hacia el lejano oriente, especialmente China. Por cada juguete o pantalón producido en América Latina, hoy vemos 100 hechos en China. Pero Hugo Chávez sigue hablando maravillas del comunismo de Mao y de Castro, mientras el nivel de vida del venezolano retrocede a la década que yo nací. El gobierno venezolano roba al pueblo con la devaluación del bolívar y el gobierno argentino despoja al pueblo de sus ahorros con el "corralito", bajo la mirada impasible de banqueros locales y extranjeros, quienes no levantan la voz para defender a su clientela.

La tragedia latinoamericana está a la vista. No hay principio ni derecho ni regla ni fundamento que los políticos respeten cuando está de por medio una elección o alguna ventaja partidista y pocas veces fallamos en llevar a los peores al poder.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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