31 de diciembre de 1969

pobreza

Printer-friendly version

Es hora de cambiar nuestro concepto de la pobreza

por David Boaz

David Boaz es Vicepresidente Ejecutivo del Cato Institute.

Demasiados periodistas parecen no ser capaces de desprenderse de sus presunciones anticuadas, aún cuando nueva evidencia debería generar nuevas ideas. En tres artículos en la edición del 22 de septiembre del Washington Post se avala la visión de que dándole más dinero a las personas pobres y a los países pobres se puede solucionar el problema de la pobreza doméstica y global. Es notable que tanta gente inteligente en nuestra sociedad no se vea afectada por las evidencias de que dichos programas de transferencias no funcionan.

En un artículo de primera plana, dos periodistas hablaban de los indigentes que huían del huracán Katrina y se preguntaban si EE.UU. alguna vez se enfrentaría al problema de la pobreza. Citaban a un presidente de una fundación quien se lamentaba de que los estadounidenses “ignoran el problema de la pobreza” hasta que ocurre una catástrofe. Sugirieron que sólo una renovada “Guerra contra la Pobreza” podría ayudar a los pobres y mostrarnos si los republicanos están listos y son aptos para governar.

Similarmente, una columna por David Broder, el decano de los periodistas de Washington, deploró el tratamiento avaro hacia los pobres. Incluso Lyndon Jonson el arquitecto de la Guerra contra la Pobreza, dijo el, “desvió los recursos requeridos para la otra guerra, en Vietnam.”

Mientras tanto, un editorial del Post apeló por más ayuda para los gobiernos de los países pobres. Sugirió que los países ricos miden su compromiso hacia el desarrollo con un estándar comparativo que resalta el monto de ayuda con el de comercio, inversión, y otros criterios.

En todos los casos, la presunción de que las transferencias de fondos es la solución no ha sido ni siquiera afirmada explícitamente; se la da por sentado. ¿Pero dónde está la evidencia que respalda dicha solución de la asistencia social y la ayuda internacional?

EE.UU. ha gastado $9 trillones (en dólares actuales) en programas de asistencia social desde que el Presiente Johnson lanzó la Guerra contra la Pobreza en 1965. Críticos han puesto en duda dicha cifra, alegando que incluye más que asistencia social. Es verdad que incluye más que Ayuda para Familias con Hijos Dependientes, actualmente conocida como (esperemos que si) Asistencia Temporaria a Familias Necesitadas (TANF, por sus siglas en inglés); también incluye cupones de alimentos; Medicaid; el Programa de Comida Complementaria para Mujeres, Infantes y Niños (WIC, por sus siglas en inglés); asistencia para utilidades básicas bajo el Programa de Asistencia de Energía Para Hogares de Bajos Ingresos (LIHEAP, por sus siglas en inglés); asistencia para vivienda bajo una variedad de programas, incluyendo el de vivienda pública y el Programa de Asistencia con la Renta Sección 8; y el programa de comodidades y bienes libres de costo. Claramente, todos ellos son programas de transferencias a los pobres.

Basta tan solo con mirar a Louisiana: Michael Tanner, autor de The Poverty of Welfare, escribe, “El gobierno federal ha destinado cerca de $1.3 mil millones en asistencia social en efectivo (TANF) en Louisiana desde el comienzo de la administración de Bush. Eso sin inlcuir los casi $3 mil millones en cupones de alimentos. Si se agregan las viviendas públicas, Medicaid, el Fondo Federal para el Desarrollo del Cuidado Infantil, la Ayuda para el Servicio Social y más de 60 otros programas federales anti-pobreza, ya hemos gastado mucho más de $10 mil millones en la lucha contra la pobreza en Louisiana”.

Si todo ese gasto no curó la pobreza, entonces seguramente más gasto no es la respuesta. De hecho, tal vez éste sea el problema. La ayuda estatal para el bienestar social y otros programas sociales atrapan a las personas en una trampa, haciéndolos dependientes de su cheque mensual en vez de encontrar trabajos o de comenzar negocios. En 1960, justo antes de la Gran Sociedad y sus aumentos dramáticos en los programas de bienestar social, la tasa natal de niños extramatrimoniales en EE.UU. era de un 5 por ciento. Luego de 30 años de los crecientes beneficios de bienestar social, la tasa fue de un 32 por ciento; las mujeres jóvenes habían llegado a considerar al sistema de bienestar social, no a sus esposos, como el mejor proveedor. El sistema de bienestar social creó un ciclo de ilegitimidad, de niños sin padre, crimen, más ilegitimidad, y de más beneficios de bienestar social.

De igual manera, EE.UU. ha gastado más de $1 trillón en ayuda externa. Y todavía, la administración de Clinton reportó que “a pesar de décadas de ayuda externa, gran parte de África y partes de Latinoamérica, Asia, y el Medio Oriente están peor económicamente hoy que hace 20 años”. La ayuda de gobierno a gobierno ha tendido a fortalecer a los gobiernos en los países pobres a expensas de los negocios y los individuos y ha hecho a los gobiernos cada vez más dependientes de sus ricos acreedores. Pocos países se han “graduado” de la ayuda externa a la auto-suficiencia. Después de toda esa ayuda externa, de acuerdo a un estudio del Buró Nacional de Investigación Económica, África sub-sahariana es de hecho más pobre de lo que era hace 30 años.

Ni siquiera es que los reporteros del Post no estaban al tanto de los hechos. En el párrafo número diecinueve, la nota de la primera página indica que “hay más de 80 programas relacionados con la pobreza, los cuales en el 2003 costaron $522 mil millones”. La próxima línea dice, “A pesar de esos programas, 37 millones de estadounidenses continúan viviendo en la pobreza”.

Tal vez “a pesar” es la frase equivocada. Los reporteros deberían considerar la posibilidad de que la oración diga “Gracias a esos programas, 37 millones de estadounidenses continúan viviendo en la pobreza”.

Similarmente, la editorial indica que otras políticas tales como el libre comercio y las leyes liberales de inmigración podrían beneficiar a los países pobres más que la ayuda externa de gobierno a gobierno. Pero los escritores editoriales todavía no pueden librarse de la idea de que darle el dinero de los contribuyentes a gobiernos malos ayudará a sus ciudadanos oprimidos.

Es hora de una nueva forma de pensar sobre las personas pobres y los países pobres. Las transferencias de pagos no funcionan; aquellas atrapan tanto a las personas como a los países en un estado de dependencia en vez de en uno de auto-suficiencia.

Los mercados funcionan. Las personas que consiguen un trabajo—cualquier trabajo—y se mantienen en ese trabajo hasta que encuentren uno mejor se mantendrán fuera de la trampa de la ayuda estatal y de la pobreza. Pero el sistema de bienestar social es un atractivo poderoso que distrae del mundo del trabajo.

Los mercados funcionan internacionalmente también. Si usted coloca a todos los países del mundo de acuerdo a su grado de libertad económica, aquello resulta ser el orden si los calificase de acuerdo a su prosperidad. El ingreso per cápita en el quintil más libre de los países es 10 veces más de lo que es en los países menos libres. Aquellos países menos libres necesitan derechos de propiedad, mercados libres, cortes honestas, e impuestos bajos—no ayuda externa.

Y los reporteros necesitan nuevos lentes, para que puedan ver la evidencia que está en frente de ellos en vez de depender de sus presunciones anticuadas.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.

El supuesto círculo vicioso de la pobreza

por Gabriela Calderón

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).

A mediados de septiembre en la cumbre 2005 de la ONU, los líderes de todo el mundo se reunieron para discutir cómo llevar a cabo el plan propuesto por el economista de Columbia University Jeffrey Sachs, el cual cree que la pobreza extrema solo se puede eliminar al duplicar la ayuda externa. Lamentablemente, como lo dijo Peter Bauer, la pobreza es un problema mucho más complejo y si esta fuese solucionada con la ayuda externa, la humanidad seguiría en la edad de piedra. Pues, indicaba él, a las naciones desarrolladas de hoy nadie les dio subsidios financieros.

Si no es la falta de dinero, es la falta de recursos naturales, y si no se le hecha la culpa a la falta de estos, el culpable resulta ser el clima y/o la ubicación geográfica. Pero la experiencia reciente de países como Hong Kong, Irlanda, Singapur, Corea del Sur, entre otros, exponen la verdad: La pobreza no es un círculo vicioso y no depende de ninguno de los factores antes enumerados. Los países antes mencionados conquistaron la pobreza gracias al potencial realizado de sus ciudadanos, a los cuales se les permitió un grado de libertad económica que no existe en la mayoría de los países del mundo.

Hong Kong, una isla de rocas estériles sin petróleo ni otros recursos vitales y anteriormente una colonia del imperio inglés, emergió de la pobreza en menos de tres décadas y lo hizo teniendo condiciones naturales no favorables y sin seguir las recomendaciones tradicionales de los tecnócratas internacionales. Sostuvo la libre circulación de capitales entrando y saliendo del país, adoptó sin reparaciones el libre comercio en ambas direcciones, mantuvo un presupuesto balanceado, no dio incentivos ni puso trabas a los inversionistas extranjeros y tuvo un estado limitado en sus funciones y poderes.

Y esto no es un fenómeno nuevo ni tampoco único. Acuérdese de esa gran ciudad que surgió a partir de unos cuantos lodazales en el siglo XII—Venecia; o de Irlanda, que en tan sólo una década dejó de ser uno de los miembros más pobres de la Unión Europea y hoy es el segundo más rico.

Muchas veces escuchamos que la liberalización es algo malo y muchas de estas veces Latinoamérica es el ejemplo predilecto. Se dice que mientras que Latinoamérica abrió sus economías durante los 80s y los 90s, la desigualdad en la región llegó a ser la más marcada en el mundo (En realidad, Latinoamérica ha tenido los más altos grados de desigualdad por siglos). Sin embargo, casi nunca se dice que durante este periodo los indicadores de la calidad de vida en la región han mejorado al mismo tiempo que se aumentó su grado de libertad económica (Ver Informe Anual 2005: Libertad Económica en el Mundo). Por ejemplo, 86 de cada 1,000 niños morían al nacer en 1970 mientras que para el 2003 este número había sido reducido a 27. Además, la expectación de vida al nacer para los latinoamericanos aumentó entre 1972 y el 2003 de 61 a 71 años. Y la tasa de analfabetismo en Latinoamérica ha mejorado entre 1990 y el 2003 de 85.1% a un 89.6%.

Tampoco suele mencionarse que durante el mismo tiempo los “tigres asiáticos” que liberalizaron mucho más que Latinoamérica han estado convergiendo su calidad de vida con la de los países desarrollados a un paso que provoca envidia. Una simple vista al Índice de Desarrollo Humano (HDI) de las Naciones Unidas revela como las políticas públicas adecuadas como aquellas adoptadas por Hong Kong y los demás “tigres”, conducen al progreso. Habiendo partido de puntos similares en los 70s, los “tigres” hoy están convergiendo su calidad de vida de acuerdo al HDI a un paso mucho más acelerado que Latinoamérica y ésta a su vez, ha dejado atrás a África sub-sahariana, la región más aislada de la economía global. A los “tigres” hoy les falta menos de la mitad de lo que le falta a Latinoamérica para alcanzar la calidad de vida de los países desarrollados (Ver gráfico).

Latinoamérica y con consecuencias más desastrosas aún, África sub-sahariana, nunca atacó la raíz de sus problemas. Décadas y recursos perdidos en proyectos de vanidad política y en individuos con ambiciones desmedidas de poder nunca podrán ser recuperados. Los recursos naturales que tenemos o no, la ubicación geográfica y el clima que nos tocó tener, y la historia de una colonización brutal son cuestiones que no podemos cambiar y a las cuales no podemos seguir culpando por la pobreza de hoy.

Tal vez ha llegado la hora de que dejemos de culpar a agentes externos, de buscar ayuda en otros, y de que aceptemos que la solución a la pobreza está dentro del potencial humano de cada individuo y de las políticas públicas que permiten que cada individuo realice su potencial.

Este artículo fue publicado en El Universo de Ecuador el 4 de septiembre del 2005.

Terrorismo y pobreza: Una falsa conexión

por Lorezno Bernaldo de Quirós

Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.

“Es irreal aspirar a la paz y a la estabilidad en un mar de injusticia universal”. Con estas palabras se expresaba el presidente del gobierno en su artículo A Global consensus is needed to defeat terrorism publicado por Financial Times el pasado nueve de julio. De acuerdo con ese punto de vista, las medidas jurídicas, policiales y militares son insuficientes para acabar con el terror. Para conseguir ese objetivo sería necesario incrementar los niveles de renta de los países pobres y reducir la desigualdad global. Además de ser falsa e ingenua, la aceptación de una relación de causalidad entre el terrorismo y la pobreza tiene consecuencias perversas. En concreto otorga una clara legitimación o, al menos, una atenuante a las acciones terroristas y crea incentivos para su realización y extensión . En la práctica, la posición de ZP es una resaca de la vieja teoría marxista-leninista conforme a la cual la riqueza de los países desarrollados tiene su origen en la explotación de los subdesarrollados, lo que justificaría la violencia para acabar con esa situación.

De entrada, los terroristas no obtienen su soporte y su munición humana de los sectores más empobrecidos y con menor capital humano sino de las capas educadas y con un PIB per cápita por encima de la media. En el caso de los países árabes, los estándares de vida han avanzado de manera sustancial. La expectativa de vida es superior al promedio mundial, el nivel de pobreza es de los más bajos del planeta y la mortalidad infantil ha declinado de manera drástica en las recientes décadas. Los golpes del terrorismo islámico no están motivados por razones tales como la erradicación de la pobreza o la elevación de los niveles educativos de la población sino por el fanatismo político y religioso alimentado en países sin infraestructuras democráticas. Se trata de una cruzada dirigida a destruir los valores de la civilización occidental, su marco institucional y su modo de vida. Es pues de una guerra informal total en la cual los factores materiales desempeñan un papel irrelevante. En otras palabras, la infraestructura económica no determina la superestructura del terror.

La anterior conclusión tiene vigencia tanto para los estados industrializados como para los en vías de desarrollo. En un estudio clásico, “ Perspectives on Terrorism”, Charles Russell y Bowman Miller analizaron 18 grupos “revolucionarios” incluidos el Ejercito Rojo japonés, la Baader-Meinhof alemana, la ETA española, el IRA norirlandés, el Ejército de Liberación Popular en Turquía y las Brigadas Rojas italianas. Los autores encuentran que la mayoría de los individuos envueltos en actividades terroristas como cuadros o líderes tenían una formación bastante elevada. De hecho, alrededor de dos tercios de ellos eran personas con estudios universitarios y procedían de las clases medias o altas de sus respectivas naciones. Un resultado muy parecido ha sido obtenido por Alan B.Krueger y Jitka Maleckova al investigar la extracción social de los principales grupos terroristas que operan en Oriente Medio ( ver “ Education, Poverty and Terrorism: Is There a Causual Connection”, World Bank, Abril 2002). Los ataques contra las Torres Gemelas confirman esa regla. Desde que los intelectuales rusos inventaron el terrorismo “moderno” en el siglo XIX, la violencia revolucionaria ha sido monopolio de las clases más favorecidas de la sociedad, pero nunca de las pobres.

Podría argüirse que, aunque los actores del terrorismo son personas acomodadas y educadas, la pobreza les proporciona el caldo de cultivo para sus atrocidades. Este planteamiento se ve refutado por la evidencia empírica. La encuesta realizada por Krueger y Maletckova en Gaza y Cisjordania con palestinos (diciembre de 2002) muestra que el apoyo más fuerte a las acciones terroristas contra Israel y la adhesión a la idea de que el asesinato en masa de civiles no era terrorismo procedía de las personas con ingresos y estudios medios y altos. La cohorte más contraria al recurso al terror era la de los parados que, de acuerdo con la tesis a favor de la identidad pobreza-terrorismo, debería ser la más favorable a éste. Sondeos similares han producido los mismos resultados en otros estados árabes.

¿Por qué esto es así? La teoría económica ofrece una interesante respuesta. Desde la óptica de la demanda, la actividad terrorista requiere un nivel mínimo de interés, de conocimientos, de compromiso y de esfuerzo. Estos elementos son más fáciles de encontrar en individuos formados y con rentas superiores a la de subsistencia que en las capas más depauperadas de la población cuyo coste de oportunidad para embarcarse en esa actividad son más altos. Desde el lado de la oferta y por las mismas razones, las organizaciones terroristas preferirán reclutar personas más educadas a menos incluso para los ataques suicidas con bombas. Por añadidura, esos sujetos están mejor preparados que los iletrados porque deben operar en un entorno internacional para tener éxito. Estas consideraciones sugieren que los terroristas que amenazan Occidente proceden desproporcionadamente de las ramas superiores de la sociedad.

En suma, la tesis sugerida por el Presidente del Gobierno en Financial Times es errónea tanto en el plano teórico como en el empírico. Ni la pobreza ni la desigualdad tienen nada que ver con el terrorismo. La ayuda al desarrollo quizá sea buena para mejorar las condiciones de vida de los menos favorecidos pero no lo es para acabar con el terror.

Leyes y regulaciones que nos empobrecen

por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Los gobernantes latinoamericanos no suelen copiar las políticas públicas positivas instrumentadas en Estados Unidos, aquellas que mejoran el nivel y la calidad de vida de la ciudadanía en general, pero a menudo sí imitan otras que empobrecen a la mayoría silenciosa y benefician a unos pocos, a minorías bien organizadas y gritonas. El problema es que esas malas leyes y excesivas regulaciones surgieron en EEUU, lo mismo que en países de Europa occidental, después que los niveles de capital invertido y la vocación empresarial de su gente las habían convertido en naciones desarrolladas. En otras palabras, el rico puede darse el lujo de cometer equivocaciones, pero si el pobre lo hace, su familia pasa hambre.

En 1913, las tasas de impuesto sobre la renta en EEUU eran de 1% a 7%, pero menos del 1% de la población tenía ingresos suficientemente altos como para tener que declarar y pagar impuesto sobre la renta. El nivel de vida en este país en 1913 era superior al nivel de vida actual en la mayoría de las naciones latinoamericanas, donde impuestos más altos hacen virtualmente imposible la acumulación de capital invertido que lograría generar altos niveles de empleo. Es más, impuestos altos y ausencia de seguridad jurídica promueven la fuga de capitales.

A lo largo de casi medio siglo hemos visto a Washington y a agencias multilaterales como el FMI, el Banco Mundial y el BID promover el aumento de los impuestos en la región, sin tomar en cuenta que países como EEUU, Inglaterra y Alemania jamás se hubieran desarrollado bajo el aplastante peso de impuestos y regulaciones vigentes hoy en América Latina. Esto sí es “imperialismo” de la peor especie y no el falso imperialismo denunciado por Chávez, Lula y Kirchner.

Algunas de las peores leyes tienen que ver con el mercado de trabajo. El salario mínimo es una de tantas leyes bonitas que terminan perjudicando a los más débiles. No hay excusa posible para que se mantengan salarios mínimos donde hay desempleo y creciente economía informal. Donde no los hay, no se necesita. El salario mínimo no ayuda al obrero capacitado, pero sí mantiene desempleado o en la informalidad al principiante sin entrenamiento.

En casi toda Latinoamérica hay salarios mínimos y a cada rato lo aumentan por la inflación. Mucho más beneficioso sería que los gobernantes no le arrebataran el poder de compra a la ciudadanía manteniendo fijo el valor de la moneda, pero esa es la manera más fácil que tienen los gobiernos de aumentar sus gastos. Es decir, es la mejor manera de engañar a ciudadanos cuya cultura económica la han recibido en infames escuelas públicas.

Argentina a principios del siglo XX, Cuba y Venezuela a fines de los años 50 estuvieron a punto de saltar al desarrollo, pero gobiernos estatistas y socialistas las destruyeron, como parece estar sucediendo hoy en Chile. Hermógenes Pérez de Arce lo describe así: "cada tantos años llega al borde del desarrollo y entonces se pega un balazo en el pie".

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

Pobreza autoinfligida

por Walter Williams

Walter Williams es profesor de economía en la Universidad George Mason y académico asociado del Cato Institute.

¿Le enseñaron en la escuela que Estados Unidos es un país rico gracias a sus recursos naturales? No es así. Africa y Sudamérica probablemente son las regiones del mundo con más recursos naturales y sin embargo allí viven algunos de los pueblos más pobres. Por el contrario, Japón, Hong Kong, Taiwán e Inglaterra son pobres en recursos naturales y, sin embargo, su gente es de la más rica del mundo.

Probablemente algún maestro le enseñó que el legado colonial explica la pobreza del Tercer Mundo. Incierto. Canadá fue colonia, lo mismo que Australia, Nueva Zelanda y Hong Kong. Estados Unidos también fue colonia. Por el contrario, Etiopía, Liberia, Tíbet y Bután nunca fueron colonias y sus habitantes se cuentan entre los más pobres del mundo.

No hay una explicación completa de por qué unos países son ricos y otros miserables, pero hay varios buenos indicadores. Clasifique a los países según cuán libres son sus economías o cuán cercanos al ideal socialista de planificación y regulación económica. Entonces proceda a clasificarlos según el ingreso per cápita y se dará cuenta que surge un patrón donde los países con más libertad económica producen un nivel de vida mucho más alto que aquellos que tienden al socialismo y a la intervención gubernamental de la economía.

Más impresionante aún es que si clasificamos a los países como lo hace Freedom House o Amnistía Internacional, según el respeto a los derechos humanos, constataremos que aquellos bajo una economía de mercado no son solamente más prósperos sino que a sus habitantes les respetan los derechos humanos. Aunque no existe una explicación completa de la interrelación del libre mercado, mayor prosperidad y alta protección de los derechos humanos, se puede apostar que no es una simple coincidencia.

La mayoría de las naciones africanas goza de poca libertad individual y su miseria pareciera no tener remedio. Mi colega John Blundell, director general del Institute of Economic Affairs de Londres describe la situación de Africa en su reciente artículo titulado “La ayuda externa no resolverá la situación en Africa”.

Zimbabwe antes exportaba alimentos mientras que ahora su gente se muere de hambre. El presidente Robert Mugabe declaró recientemente que va a nacionalizar todas las tierras agrícolas del país. Uno no tiene que ser un genio para saber que con ello empeorará el hambre en Zimbabwe. La situación en Sierra Leona no es mucho mejor, a pesar de sus riquezas naturales, especialmente en diamantes, tierras fértiles y uno de los mejores puertos del continente. El nivel de vida y la protección de los derechos humanos de su gente están hoy peor que cuando eran colonias extranjeras.

John Blundell explica que aquellas instituciones que los occidentales damos como un hecho no existen en gran parte de Africa. Y no es que los africanos son incompetentes, sino que sin un estado de derecho, derechos de propiedad, un sistema judicial independiente, gobiernos limitados y una infraestructura básica de comunicaciones, agua potable, electricidad y comunicaciones nosotros también seríamos gente enferma, hambrienta y miserable.

¿Cómo los podemos ayudar? Lo peor es darles ayuda extranjera, la cual siempre fluye a manos de los gobiernos, respaldando así a regímenes corruptos para que puedan comprar más equipo militar, repartan privilegios a sus secuaces y continúen oprimiendo al pueblo. La ayuda extranjera también es una fuente para llenar de dinero las cuentas bancarias en Suiza de gobernantes corruptos. Inclusive la ayuda en alimentos a menudo es mal utilizada. Blundell cuenta cómo Mugabe reemplazó las etiquetas de los envíos de maíz y trigo de Estados Unidos y de Europa, repartiendo esos alimentos como benevolencia del dictador.

Lo que más necesita Africa no puede ser aportado por occidente: el imperio de la ley, derechos privados de propiedad, jueces independientes y gobiernos limitados. En lo que sí los podemos ayudar es bajando nuestras barreras a la importación de sus productos.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

¿Qué pasa con África?

por Marian L. Tupy

Marian L. Tupy es analista de políticas públicas del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.

Manejando desde los límites lejanos del Cabo del Oeste hacia Ciudad del Cabo, durante unas vacaciones recientes en Sudáfrica, encendí el radio del auto para escuchar las noticias.

Esa mañana, las noticias incluyeron sólo tres asuntos que tenían algo que ver con críquet o rugby. Sin embargo, las historias iluminaron lo que pienso son algunos de los problemas más importantes que África enfrenta: una política exterior equivocada, corrupción e irrespeto por los derechos humanos.

Política Exterior

De acuerdo con el programa, el gobierno sudafricano "reconoció" la captura de Saddam Hussein por las fuerzas americanas, pero no "aventuró ninguna opinión." El anuncio fue una muestra de la forma como, en los días siguientes, la Corporación Sudafricana de Emisoras (SABC, según sus siglas en inglés) reportaría sobre la detención de Saddam. De acuerdo con la SABC, el "presidente" iraquí se rehusó a cooperar con sus "captores" estadounidenses y así sucesivamente.

Existe un desacuerdo legítimo entre la gente, ya sea en los Estados Unidos o en el resto del mundo, sobre la sabiduría de gastar la sangre y tesoro norteamericanos en los desiertos de Irak. No obstante, la mayoría de personas se alegraron por la caída de uno de los dictadores más sanguinarios y corruptos del mundo y, a diferencia de muchos gobiernos africanos -incluyendo el de Sudáfrica-, esas personas "aventuraron" una opinión.

Entonces, ¿por qué algunos países africanos buscan peleas sin sentido con los Estados Unidos y se involucran en ovacionar algunos asuntos que no les ganan amigos sino que hacen que muchos americanos se pregunten si vale la pena preocuparse por África?

El caso de Sudáfrica es ilustrativo. Durante los últimos diez años, las relaciones entre Sudáfrica y los Estados Unidos se enfriaron considerablemente. Nelson Mandela, por ejemplo, reclamó que el presidente Bush "no puede pensar apropiadamente" y "quiere un holocausto." Durante su discurso al Movimiento de los Países no Alineados en 2000, el presidente Mbeki de Sudáfrica señaló a los Estados Unidos como un país de creciente racismo y xenofobia. Durante la Conferencia de las Naciones Unidas Contra el Racismo en Durban, la histeria anti-americana y anti-israelí creció tanto que los Estados Unidos se retiró. La lista sigue.

El anti-americanismo sudafricano tiene raíces profundas en los antecedentes ideológicos del Congreso Nacional Africano, dirigido por el presidente Mbeki. Pero éste no sirve a ningún propósito hoy. El ANC (según sus siglas en inglés) debería reconocer que ya no es un movimiento revolucionario marxista, sino un partido de gobierno, que debe actuar en pro de los intereses sudafricanos. Enfurecer a los estadounidenses es, difícilmente, la más sabia de las políticas, especialmente porque el plan para la renovación africana (NEPAD, según sus siglas en inglés) del presidente Mbeki depende, en gran parte, de la inversión norteamericana.

Paralela al creciente anti-americanismo es la cada vez más intervensionista política exterior. El gobierno del ANC ha hecho, recientemente, compromisos para gastar más de US $16 mil millones en mejorar las fuerzas armadas sudafricanas. Considerando cuán pobres son la mayoría de sudafricanos, ese gasto es un desperdicio-especialmente cuando se considera que Sudáfrica no enfrenta ninguna amenaza externa.

Sin embargo, un gasto militar más grande es esencial para la visión de Mbeki de sí mismo como el líder de África. Porque los Estados Unidos han decidido (sabiamente) permanecer alejados de los conflictos africanos, Mbeki asume que es su responsabilidad finalizar las guerras civiles africanas. Pero si los contribuyentes estadounidenses están poco dispuestos a pagar la cuenta de resolver los perpetuos conflictos africanos, ¿por qué deberían estarlo los sudafricanos? ¿Alguien les ha preguntado a ellos si quieren pagar por el mantenimiento de la paz en Burundi y el Congo? Esperemos que en veinte años no veamos la equivocada política exterior como una contribución al colapso económico sudafricano.

Corrupción

El segundo punto en las noticias fue la siguiente extraña historia: Un policía en patrulla, de Johannesburgo, notó un carro de policía totalmente cargado, al que siguió hasta un suburbio industrial. Cuando el auto se detuvo, él se aproximó y recibió un disparo en el pecho. El heroico policía de alguna manera logró disparar de vuelta y matar a su atacante, quien resultó ser un policía de alto rango que complementaba su ingreso robando ovejas de las haciendas cercanas y vendiéndolas en la ciudad.

Esa historia me recordó el júbilo de los kenianos cuando finalizó el gobierno del corrupto dictador Daniel Arap Moi en 2002. Como muchos kenianos señalan, sus vecindarios se volvieron más "seguros" porque la policía volvió ser llamada a sus barracas. Ya no hostigaban al pueblo. Un año después, participé en una conferencia en Mombasa, Kenya. Una de las participantes venía de Uganda. Ella me contó lo difícil que fue para ella llegar a la conferencia-la policía rutinariamente detiene a los viajeros a lo largo del camino y les pide sobornos. Ellos son, en efecto, asaltantes de caminos.

Claro, la corrupción en los oficiales africanos es endémica. Una razón por la que los americanos deberían desconfiar de la propuesta de Bush de gastar $15 miles de millones de dólares en combatir el SIDA es... la corrupción. Se tiene un estimado de que aproximadamente el 50% de todas las drogas entregadas a los hospitales públicos son robadas.

Los políticos son los miembros más corruptos de las sociedades africanas. Joseph Mobutu de Zaire -quien cambió su nombre por el más reconocido Mobutu Sese Seko Kuku Ngbendu Wa Za Banga (que se traduce como "el sencillo, picante, todopoderoso guerrero, que, por su resistencia y voluntad, va de contienda en contienda dejando fuego a su paso) -robó cerca de $8 mil millones de dólares. Es reconocido que alargó el aeropuerto de su ciudad natal para acomodar aterrizajes de Concordes-que arrendó de Air France-todo mientras su gente se moría de hambre. Sani Abacha de Nigeria se guardó US $4 mil millones. Robert Mugabe de Zimbabwe acaba de mudarse a una quinta, en Harare, de $6 millones aunque el 50% de sus campesinos enfrentan hambruna. La lista es interminable.

Derechos Humanos

Según el último punto del noticiero, el gobierno nigeriano declaró que arrestaría o "mataría" a todo aquel que tratara de secuestrar a Charles Taylor. Taylor, quien reside en Nigeria, es el ex hombre fuerte de Liberia y un hombre responsable por mucho derramamiento de sangre en ese país. También ha sido acusado por la Corte Especial de las Naciones Unidas para Sierra Leona, la que lo acusó de "la más grande responsabilidad por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y serias violaciones del derecho internacional humanitario" en la guerra civil de diez años de Sierra Leona. Una orden de detención en su contra lleva consigo una recompensa de $2 millones.

La actitud nigeriana resume la forma como los líderes africanos, aún aquellos que cometen grandes abusos de derechos humanos, siguen siendo suavemente tratados. Obsérvese el gobierno supuestamente reformista de Mwai Kikabi en Kenya. Una de las primeras cosas que Kikabi hizo después de llegar al poder fue declarar que Daniel Arap Moi, un corrupto dictador, que gobernó Kenya por dos décadas, debía ser dejado tranquilo. Mengistu Haile Mariam, conocido también como "El carnicero de Daddis Abeba," vive felizmente en Zimbabwe bajo la protección de Robert Mugabe. Es conocido que Idi Amin y Mobutu Sese Seko escaparon, o se les permitió escapar, del castigo.

La excepción a la regla es Frederick Chilula de Zambia. Al remplazar a Kenneth Kaunda por prometer que iba a eliminar la corrupción, Chilula procedió a desfalcar millones de dólares durante sus diez años de gobierno. Como famosamente declaró dos semanas después de llegar al poder, "el poder es dulce." Chilula actualmente enfrenta cargos por corrupción en Lusaka. Pero, el caso sigue. Los líderes africanos, tratados con total respeto mientras están en el poder, pocas veces tienen que responder por sus acciones cuando están fuera del poder. Eso también tiene que cambiar.

Traducido por Javier L. Garay Vargas para Cato Institute.

Cómo la globalización conquista la pobreza

por Johan Norberg

Johan Norberg es académico asociado del Cato Institute y autor del libro In Defense of Global Capitalism (Cato Institute, 2003).

En 1870, Suecia era más pobre de lo que es el Congo hoy en día. La gente vivía veinte años menos de lo que se vive en la actualidad en los países en desarrollo, y la mortalidad infantil era el doble de la del país en desarrollo promedio. Mis ancestros estaban literalmente muriéndose de hambre.

Pero las reformas de liberalización doméstica y el libre comercio con otros países cambiaron todo eso. Un acuerdo comercial con Inglaterra y Francia en 1865 hizo posible que los suecos se especializaran. No podíamos producir bien comida, pero podíamos producir acero y madera, y venderlos en el extranjero. Con el dinero que ganábamos podíamos comprar comida.

En 1870 comenzó la revolución industrial en Suecia. Nuevas compañías exportaron a otros países alrededor del globo y la producción creció rápidamente. La competencia forzó a nuestras compañías a ser más eficientes, y viejas industrias fueron cerradas de tal forma que pudiéramos satisfacer nuevas demandas, tales como mejor vestimenta, servicios médicos y educación.

Para 1950—cuando el Estado Benefactor sueco no era más que un destello en los ojos de los socialdemócratas—la economía sueca se había cuadruplicado. La mortalidad infantil había sido reducida en un 85% y la expectativa de vida había aumentado milagrosamente por 25 años. Estábamos en camino a abolir la pobreza. Nos habíamos globalizado.

Aún más interesante es que Suecia creció a una tasa mucho más rápida que la de los países desarrollados con los que comerció. Los salarios en Suecia crecieron de un 33% del salario promedio en Estados Unidos en 1870 a un 56% a inicios del siglo XX, aún cuando los salarios estadounidenses habían aumentado considerablemente durante el mismo período.

Esto no debería sorprender a nadie. Los modelos económicos predicen que los países pobres deberían tener tasas de crecimiento más altas que los ricos. Los países en desarrollo tienen más recursos latentes que aprovechar, y se pueden beneficiar de la existencia de naciones más ricas a las cuales exportar bienes y de las cuales importar capital y tecnología más avanzada, mientras que los países más ricos ya han capturado muchas de esas ganancias.

Es un caso muy claro. Excepto por un pequeño problema. Esta relación no existe.

La mayoría de los países pobres crecen más despacio que las naciones industrializadas. La razón es simple: gran parte de los países en desarrollo no pueden hacer uso de estas oportunidades internacionales. Y las dos razones más significativas de que esto sea así son creadas por el hombre: obstáculos domésticos y externos. Las barreras domésticas como la carencia de un Estado de Derecho, un clima estable para la inversión, y la protección de los derechos de propiedad. Las barreras externas como el proteccionismo de los países ricos en bienes de particular importancia para el Tercer Mundo—textiles y agricultura—que (según la UNCTAD) priva a los países en desarrollo de cerca de $700.000 millones en ingresos producto de exportaciones al año—casi 14 veces lo que reciben en ayuda externa.

Pero cuando miramos a los países pobres con buenas instituciones y que están abiertos al comercio, vemos que están logrando un rápido progreso, más veloz que las naciones ricas. Un estudio clásico de Jeffrey Sachs y Andrew Warner de 117 países en los setenta y ochenta mostró que las naciones en desarrollo abiertas tenían una tasa de crecimiento anual del 4.5%, comparado con el 0.7% de los países en desarrollo cerrados y el 2.3% de las naciones industrializadas abiertas. Un reporte reciente del Banco Mundial concluye que 24 países con una población total de 3.000 millones de personas se están integrando a la economía global a una velocidad nunca antes vista. Su crecimiento per cápita también ha aumentado de un 1% en los sesenta a un 5% en los noventa (comparado con el crecimiento de un país rico de un 1.9%). Al ritmo actual, el ciudadano promedio en estas naciones en desarrollo verá su ingreso duplicado en menos de 15 años.

Esto nos lleva a concluir que la globalización, el aumento en el comercio internacional, las comunicaciones, y las inversiones, es la manera más eficiente en la historia para extender oportunidades internacionales. Los anti-globalizadores tienen razón cuando afirman que grandes partes del mundo están siendo rezagadas, especialmente el África Sub-sahariana. Pero también sucede que esa es la parte menos liberal del mundo, con la mayor cantidad de regulaciones y controles, y la tradición más débil de derechos de propiedad. Cuando los anti-globalizadores acusan a la globalización por la miseria africana, suena tan extraño como cuando las autoridades de Corea del Norte le explicaron a un político de Mongolia que los visitaba que el norcoreano promedio es infeliz y miserable porque está triste por el imperialismo estadounidense.

Las estadísticas oficiales de los gobiernos, las Naciones Unidas y el Banco Mundial, señalan todas en la dirección de que la humanidad nunca antes ha atestiguado una mejora tan dramática en la condición humana como la que hemos visto en las últimas tres décadas. Hemos oído la versión opuesta tantas veces que la damos por descontado sin siquiera examinar la evidencia.

Durante los últimos treinta años, el hambre crónica y la magnitud del trabajo infantil en los países en desarrollo han sido reducidos por la mitad. En las últimas cinco décadas, la expectativa de vida ha subido de 46 a 64 años, y la mortalidad infantil ha sido reducida del 18% al 8%. Estos indicadores son mucho mejores en la actualidad en los países en desarrollo de lo que fueron en las naciones más ricas hace cien años.

En una generación se ha duplicado el ingreso promedio en los países en desarrollo. Tal y como lo ha observado el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, en los últimos 50 años la pobreza global ha disminuido más que en los 500 años anteriores a eso. El número de pobres absolutos—gente que vive con menos de un dólar al día—ha sido reducido de acuerdo al Banco Mundial en 200 millones de personas en las últimas dos décadas, aún cuando la población mundial creció en 1.500 millones durante ese período.

Sin embargo, aún esos descubrimientos alentadores sobreestiman probablemente la pobreza mundial, ya que el Banco Mundial utiliza información de encuestas como base para sus evaluaciones. Estos datos tienen la mala reputación de no ser confiables. Por ejemplo, sugieren que los surcoreanos son más ricos que los suecos y británicos, y que Etiopía es más rica que la India.

Además, las encuestas capturan cada vez menos el ingreso de un individuo. La persona pobre promedio en el exacto mismo nivel de pobreza en encuestas de 1987 y 1998 había visto su ingreso aumentar en la realidad en un 17%. El ex economista del Banco Mundial, Surjit S. Bhalla publicó recientemente sus propios cálculos los cuales complementan los resultados de las encuestas con información de cuentas nacionales (en el libro Imagine There's No Country, Institute for International Economics, 2002). Bhalla encontró que la meta de la ONU de reducir la pobreza mundial por debajo del 15% para el año 2015 ya ha sido alcanzada y sobrepasada. La pobreza absoluta había de hecho caído de un nivel del 44% en 1980 al 13% en el 2000.

Bhalla también muestra que el PIB per cápita de los países en desarrollo tomados como un todo (y no como naciones individuales) creció un 3.1% entre 1980 y el 2000, comparado con un 1.6% para los países industrializados. Estas naciones están repitiendo ahora la experiencia sueca de finales del siglo XIX, pero de manera más rápida. De 1780, le tomó a Inglaterra 60 años el duplicar su riqueza. Cien años después, Suecia lo hizo en 40 años, y otro siglo después, le tomó a Corea del Sur poco más de 10 años.

El mundo nunca ha sido un mejor lugar donde vivir que en la actualidad. La pobreza nunca había sido tan baja y los niveles de vida tan altos como ahora. Y la era de la globalización ha creado el escenario para un crecimiento aún más rápido de las oportunidades y la creación de riqueza.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

Syndicate content