por Carlos Sabino
Carlos Sabino es profesor de la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala y autor de El amanecer de la libertad, Todos nos equivocamos, Guatemala: La historia silenciada (1944-1989).
Venezuela es uno de los pocos países del mundo que tiene el triste
record de haber retrocedido económicamente durante el último
medio siglo. Su ingreso por habitante, que una vez fue el más alto
de América Latina, ha venido desplomándose de modo sistemático.
Por ejemplo, en 1960, el trabajador venezolano ganaba, en promedio, un 83%
de lo que obtenía un obrero norteamericano; hoy, en cambio, y según
cómo se realice el cálculo, su ingreso es entre 10% y 20% del
ingreso del trabajador en Estados Unidos.
La Venezuela de los años cincuenta atrajo aproximadamente a un millón
de inmigrantes europeos, quienes encontraron en el país mejores condiciones
de vida que en sus tierras natales. Hoy, en contraste, los venezolanos salen
al exterior —enfrentando a veces privaciones y dificultades— para
tratar de encontrar el futuro que no pueden construir en su país. Hoy
los males del desempleo, la inseguridad y la pobreza nos golpean a todos con
inclemencia. La mayoría de los jóvenes, ante este desolador
panorama, anhelan emigrar para intentar construir su futuro en otros horizontes.
¿Qué ha sucedido para que Venezuela, país rico en ingresos
por obra del petróleo, haya retrocedido de este modo, desempeñándose
mucho peor que otras naciones menos dotadas de recursos que, sin embargo,
han logrado escapar de la pobreza y superar el atraso? La respuesta es compleja,
desde luego, y para ser exacta obligaría a repasar toda la historia
reciente del país. Pero creo que —en pocas líneas—
se puede encontrar una de las claves que permite entender lo ocurrido.
La riqueza venezolana, los ingresos provenientes del petróleo, han
ido en definitiva a parar a manos del estado. La opinión pública
prevaleciente en el país ha insistido en señalar con insistencia,
a lo largo de los años, que la riqueza petrolera era de la nación,
que pertenecía a todos. Pero, en la práctica, esta altruista
forma de encarar el problema ha terminado dando resultados nefastos: el dinero
proveniente del petróleo ha terminado en manos de los gobiernos de
turno que lo han gastado del modo más discrecional imaginable. El estado
se ha enriquecido, sin duda alguna, pero la población ha ido empobreciéndose
en el curso de los años.
Con el dinero del petróleo se ha tratado de hacer de todo: se ha gastado,
inicialmente, en crear la infraestructura física que el país
necesitaba y en ampliar los servicios de salud y de educación. Luego,
cuando los ingresos crecieron, los gobernantes se comprometieron en la creación
de gigantescas empresas públicas que resultaron siempre deficitarias
y muy poco eficientes, provocando el endeudamiento de la nación. Ahora,
bajo el largo gobierno de Hugo Chávez, se gastan miles de millones
de dólares en armamentos que sólo sirven para alentar espejismos
expansionistas, en comprar empresas privadas que funcionan perfectamente bien
o en ayudar a los amigos políticos del presidente venezolano en toda
la América Latina.
Venezuela, desde hace muchos años, recorre el camino de un intervencionismo
estatal que no ha permitido crecer a la empresa privada y que hoy incluso
intenta ahogarla por completo. Ha gastado mal sus ingresos, no ha dejado libertad
a los particulares para que ellos inviertan de un modo más razonable
y, entretanto, ha creado una inmensa burocracia que vive a costa del estado,
cuyos sueldos y prebendas pagamos todos, pero que no cumple función
útil alguna.
Sin inversión privada y sin libertad económica el camino del
crecimiento queda siempre bloqueado. La experiencia internacional señala
claramente que los países más ricos del mundo son los que más
libertades económicas poseen y que la pobreza sólo se combate
con inversión productiva, no con costosos pero ineficaces programas
sociales que son, en realidad, formas de clientelismo político destinadas
a controlar voluntades.
Hasta tanto no comprendamos estas simples verdades y mientras sigamos insistiendo
en crear un socialismo que ha fracasado en todas partes, seguiremos viviendo
en el más trágico atraso, rezagándonos cada vez más
en el concierto mundial. Venezuela necesita cambiar, abrir su economía
y reducir el opresivo peso del estado porque ese es el único modo en
que, por fin, la riqueza del petróleo podrá llegar a los más
necesitados.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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