31 de diciembre de 1969

totalitarismo

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Cuba: La disolución del poder

Manuel Hinds asevera que "Cuba está dando señales cada vez más claras de que va rumbo a una desintegración que será tan catastrófica como la de la Unión Soviética en términos políticos, económicos y sociales".

Esta vez el Nobel de la Paz es para la paz

Alberto Benegas Lynch (h) asevera que "No se sabe a ciencia cierta como terminará el experimento chino mientras no se desmantele el aparato de represión a los derechos, pero lo cierto es que cuando se permite un resquicio de libertad y la gente le toma el gusto, naturalmente quieren más".

Mito: El liberalismo clásico es totalitario

Carlos Federico Smith señala que "el liberalismo clásico descansa en la existencia de un orden espontáneo basado en la reciprocidad y la reconciliación de los diferentes intereses individuales".

Bolivia: Vencer el miedo

Oscar Ortiz Antelo considera que "Es una lástima que nuestra sociedad se pierda en las distracciones mediáticas que organiza el gobierno y que genera el presidente con sus insólitas explicaciones sobre las causas de la calvicie y la homosexualidad".

Totalitarismo chavista

por Alberto Benegas Lynch

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

Acabo de ver en CNN que el coronel Hugo Chávez anunció que se cerrarán todos los colegios privados que no se adapten a “la educación bolivariana”. No se necesita ser muy avezado en teoría política para comprender que se trata de otro manotazo grosero del espíritu totalitario que ahora aplasta con sus botas la libertad de enseñanza, además de todos los otros avances del aparato estatal que asfixia los otros rubros clave de la vida venezolana.

Esta es otra demostración más de la utilización macabra de los votos en un contexto de inexistencia de división horizontal de poderes y contralores más elementales al poder político. Es la aplicación de las fórmulas del constitucionalista Juan González Calderón en cuanto a que los que pretenden reducir la democracia a números, ni de números entienden ya que ese basan en las siguientes ecuaciones falsas : 50% mas 1% = 100% y 50% menos 1% = 0%. Pero el caso venezolano es peor aún. No se trata de respetar minorías, se trata de un montaje canallesco de fraudes permanentes y en todas las direcciones.

Este cuadro de situación no solo constituye un insulto a Simón Bolívar, quien expresó claramente el 2 de enero de 1814: “Huid del país donde uno solo ejerza todos los poderes, es un país de esclavos”, sino que estamos frente a un régimen totalitario, es decir, allí donde el estado lo estrangula todo y no deja resquicio para respirar. Me admira la acción de algunos periodistas que aún dan batalla con armas muy desiguales y en manifiesta inferioridad de condiciones.

Estimo que se hace imperioso el derecho a la resistencia contra la opresión desarrollado, desde Algernon Sydney y John Locke en adelante, en toda la tradición liberal. De esa fuente surgen las manifestaciones constitucionales que en las sociedades abiertas establecen estrictos límites al poder. De allí surge el texto de la Declaración de la Independencia estadounidense copiada en muchos otros lares, donde leemos que cuando el gobierno destruye derechos de los gobernados “es el derecho de la gente alterarlo o abolirlo”, al efecto de instituir un nuevo gobierno respetuoso de los principios de libertad.

Esto sucede cuando las urnas se convierten en una payasada mayúscula como es el caso venezolano. Antes de caer en un Hitler o un Stalin sin salida, es menester recordar la célebre sentencia de Benjamin Constant en 1817: “Los ciudadanos poseen derechos individuales independientes de toda autoridad social o política y toda autoridad que viole estos derechos se hace ilegítima”.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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Mordaza para el alma

por Alberto Benegas Lynch

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

Con cada nacimiento aparece una persona única e irrepetible: vocaciones, talentos y nuevas perspectivas se incorporan al cosmos. Cultivar la individualidad y actualizar las potencialidades en busca del bien, enriquece a todos. Por el contrario, la masificación, la colectivización y la unificación amputan valiosas contribuciones y convierten a la sociedad en una pestilente masa amorfa que de tanto hacer y decir lo que hacen y dicen los demás, el hombre se pierde a sí mismo, al tiempo que se hunde en recurrentes crisis de identidad.

Ortega resume bien el punto cuando dice que "Ahora, por lo visto vuelven muchos hombres a sentir nostalgia del rebaño. Se entregan con pasión a lo que en ellos había aún de oveja. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y con la cabeza gacha. Por eso, en muchos pueblos andan buscando un pastor y un mastín".

Un pastor y un mastín es el implacable resultado de la prepotencia socialista que todo lo impone desde el poder. Esto es lo que describe con admirable destreza la producción cinematográfica alemana titulada "La vida de los otros", escrita y dirigida por Florian Henckel von Donnensmarck, que, además de todos los premios recibidos, en este mes de junio se acaba de anunciar que recibirá otro este año.

Admira comprobar el arte desplegado en el que a través de una trama circunscripta a una situación específica se ilustra con potencia singular todo el sistema totalitario. En el caso que nos ocupa, el film se refiere a la llamada República Democrática Alemana, es decir, a la ex Alemania Oriental que, como es sabido, no era ni republicana ni democrática.

Allí está representado el gran hermano orwelliano a las mil maravillas. La policía secreta -la Stasi- manejaba y manipulaba los entretelones y los actos más insignificantes de los súbditos. El clima es asfixiante, sórdido y embrutecedor hasta que se derrumba el muro de la vergüenza, aquel que Borges describió como "la infamia vestida de gris".

Tan férrea era la mordaza para el alma que las tasas de suicidios llegaron a proporciones inauditas en ese "paraíso socialista", lo cual, en "La vida de los otros" se ilustra con el caso patético de un director de teatro que no puede absorber el ser títere de los sicarios del sistema. La caza implacable de toda manifestación de libertad de pensamiento queda estampada en la mente del espectador como una marca difícil de borrar.

El libre albedrío que caracteriza al ser humano, es abatido, triturado y deglutido con saña por el aparato estatal. El poder omnímodo y la represión usada contra quienes se atreven a disentir con los mandones de turno, se hace en nombre de los pobres de este mundo. Se hace para fabricar el "hombre nuevo" según los ingenieros sociales instalados en el poder. Es inexplicable que algunos insistan en el socialismo y el nacional-socialismo, después de los severos padecimientos que han infringido a la humanidad.

No son pocos los que porfían en que el aparato de la fuerza debe entrometerse en aspectos de la vida privada, sin percibir las nefastas consecuencias a que conduce esta política insolente. Por esto es que sabiamente Alexis de Tocqueville escribía que "Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar una sin poseer la otra".

Este artículo fue publicado originalmente en El País (Uruguay) el 20 de junio de 2007.

Lo que podemos aprender de Centroamérica

por Carlos Sabino

Carlos Sabino es profesor de la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala y autor de El amanecer de la libertad, Todos nos equivocamos, Guatemala: La historia silenciada (1944-1989).

Ciudad de Guatemala— Un cuarto de siglo atrás, a comienzos de la década de los 80, el destino de Centro América parecía ya sellado. Los sandinistas habían tomado el poder en Nicaragua en julio de 1979 y las guerrillas se extendían velozmente en El Salvador y Guatemala, mientras que Honduras y Costa Rica estaban profundamente desestabilizadas. En Panamá —fuera de lo que es históricamente la región, pero parte también del istmo centroamericano— Omar Torrijos seguía siendo el hombre fuerte del país y permitía que, más o menos veladamente, su nación diera apoyo a la ofensiva guerrillera. Los sandinistas, al igual que Fidel Castro en Cuba 20 años antes, habían llegado al poder con un programa antidictatorial y nacionalista, pero de inmediato mostraron su intención de llevar a Nicaragua por el rumbo del socialismo, un socialismo que asumió caracteres muy autoritarios y se fue aproximando hacia un cerrado sistema comunista.

Consolidados en el poder, y con el apoyo de Cuba y de la URSS, los comunistas habían logrado una cabecera de playa en el istmo centroamericano y amenazaban con extenderse velozmente: la llamada “Teoría del Dominó”, como en Indochina, parecía el destino que le aguardaba entonces a Centroamérica. Pocos observadores dudaban que uno a uno los países de la región pasarían a integrar lo que en aquel tiempo se conocía como “el campo socialista”.

Y, en efecto, así se desenvolvieron los acontecimientos durante algún tiempo. El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FLMN) de la guerrilla salvadoreña, que agrupaba a cinco organizaciones de corte marxista, adquirió una inusitada presencia en varias zonas del país y logró crear una “zona liberada” donde no entraba el ejército, a poca distancia de la capital. Gracias a esto llegó a ser reconocido como beligerante oficial por gobiernos tan importantes como los de México y Francia. Mientras tanto, la insurgencia guatemalteca se extendía por todo el occidente del país, en las zonas predominantemente indígenas del altiplano. Hacia octubre de 1981 los guerrilleros del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y de la Organización del Pueblo en Armas (ORPA) —que todavía no se habían integrado con otros grupos en la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG)— planeaban ya el asalto final a la capital de la república.

Curiosa fue la actitud de los Estados Unidos durante esta época. El gobierno de Carter no sólo alentó la caída de Somoza en Nicaragua y del general Romero en El Salvador, sino que impulsó una confiscatoria reforma agraria en este país con el vano pretexto de “quitar banderas a los comunistas” e impuso un embargo de armas en Guatemala y en El Salvador que dificultó enormemente la lucha contra la insurgencia. Pero la marea cambió ya al año siguiente.

Porque la guerrilla no logró concretar sus avances iniciales y adueñarse del poder. En Guatemala se inició una contraofensiva exitosa que se prolongó durante todo el año siguiente, a pesar de la turbulencia política que vivió el país y que derivó en el golpe de estado de marzo de 1982. El ejército, que finalmente obtuvo amplio apoyo de la población campesina e indígena logró arrinconar a la guerrilla en algunas zonas marginales y remotas. En El Salvador también la población se pronunció por la democracia, acudiendo masivamente a las urnas y fortaleciendo al nuevo partido ARENA que propugnaba una política de firme combate contra el marxismo en armas. Decisivo también fue que en Nicaragua aparecieran los “Contras”, una organización que se levantó en armas contra el gobierno sandinista y, ahora sí, recibió apoyo norteamericano.

Centroamérica, finalmente, pudo evadir la amenaza comunista, aunque al costo de muchas vidas y de una lucha que hizo retroceder abiertamente la economía de varios países. Nadie invertía entonces en estas tierras y eran muchos los exiliados que sacaban —cuando podían— sus capitales de países que no parecían tener ningún futuro.

A lo largo de los años 80, y a veces por medio de un proceso largo y complicado, la región logró reestablecer la paz y encaminarse hacia la democracia, tal como sucedió en el resto de América Latina durante ese mismo período. Hubo elecciones libres en todas las naciones del istmo culminando con las que perdieron los sandinistas en Nicaragua en febrero de 1990. Los gobiernos que se establecieron en la región se vieron sin embargo frente a un terrible desafío: cómo lograr el despegue económico de países a veces devastados por la guerra, mientras consolidaban las instituciones y mantenían una paz de la que al comienzo todavía muchos dudaban.

Los centroamericanos mostraron al mundo, durante estos largos años conflictivos, que es posible derrotar las amenazas totalitarias de una izquierda que, con el pretexto de eliminar la pobreza y el atraso, pretende imponer un sistema totalitario mucho más empobrecedor que el que tenían. Lo hicieron con una combinación de firmeza y de astucia, a veces cometiendo excesos lamentables, pero siempre con la mira de mantener un régimen que respetase las libertades básicas de sus ciudadanos.

Este cambio trascendental en sus destinos, sin embargo, no ha proporcionado aún todos los resultados favorables que razonablemente podían aguardarse. Un lento crecimiento económico, trabado por la permanencia de economías todavía muy reguladas, ha impedido que las naciones del istmo desarrollasen todo su potencial creativo. Durante la década de los 90 se hicieron, sin duda, algunas reformas económicas importantes, y varios países liberalizaron sus economías para hacerlas más dinámicas y abiertas. Pero las reformas resultaron demasiado tímidas y parciales y fueron adversadas por una actitud —que todavía persiste— de otorgar excesivos poderes al estado.

La llamada “comunidad internacional” no ha respetado realmente la independencia de estos países y han insistido en una política redistributiva que sólo ha logrado frenar los avances económicos que estaban al alcance de la mano. Al insistir, junto con la izquierda local, en la necesidad de ampliar las funciones del estado, aumentar los impuestos y crear con el gasto público una red de apoyo social imposible de lograr en economías tan pobres, se ha desviado la acción del estado de sus funciones primordiales y se han creado problemas que hoy reclaman la atención de todos. La pobreza se ha reducido, pero sólo marginalmente, y la inseguridad azota a unas naciones cuyos gobiernos, en vez de responder con firmeza, siguen tratando de mejorar las condiciones de vida de su población por vías manifiestamente inadecuadas.

Creemos que, sin embargo, con la ampliación de los mercados internacionales y el rechazo que todavía existe en contra de las soluciones totalitarias, Centroamérica está en condiciones de desenvolver todo su potencial económico y moral, progresando en lo económico para salir de la pobreza y construyendo auténticos estados de derecho.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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