31 de diciembre de 1969

gasto público

Printer-friendly version

EE.UU.: Un gobierno Republicano derrochador

por Stephen Moore

Stephen Moore es presidente del Free Enterprise Fund y es Académico Titular de Cato Institute.

Los republicanos en Washington parecen haber olvidado para qué los electores los mandaron a la capital. A pesar que la Casa Blanca, el Senado y la Cámara de Representantes están en poder de mayorías republicanas, el obeso presupuesto alcanza ya 1.250.000.000.000 de dólares ($1.25 billones). Sí, increíble, el presupuesto crece ahora más rápido que bajo Clinton.

¿Qué está sucediendo? ¿No se supone que los republicanos son fiscalmente responsables y opositores del gobierno grande? Siempre lo creí así. Mis oídos libertarios no pueden olvidar la inolvidable frase de Reagan en 1980, cuando declaró que el gobierno no es la solución a los problemas nacionales; el problema es el gobierno grande.

El los años noventa colaboré con Newt Gingrich y Dick Armey en la redacción del "Contrato con Estados Unidos" y ayudé a programar la toma republicana del Congreso. Los republicanos se comprometieron a reducir el tamaño del gobierno y a hacerlo más efectivo, cerrando cientos de organismos federales, oficinas y ministerios obsoletos, incompetentes y despilfarradores.

Pero la guerra contra el despilfarro se perdió sin disparar un solo tiro. El presidente Bush y los republicanos promulgaron el presupuesto de educación más grande de la historia. La nueva ley agrícola de $100.000 millones es la más cara de la historia y le concede a muchos acaudalados agricultores un millón de dólares en dádivas. Se acaban de aprobar $15.000 millones para ayudar al Africa y muchos estadounidenses (especialmente los desempleados) se preguntan si ese dinero no tendría un mejor uso aquí.

Con tanta irresponsabilidad fiscal, nadie echa de menos a los demócratas derrochadores del pasado, como George McGovern y Tip O'Neill.

Los republicanos están colaborando con Ted Kennedy en un proyecto de ley de medicinas bajo prescripción para los ancianos que equivale a la expansión más grande del Estado Benefactor desde que Lyndon Johnson era presidente. ¿Estoy equivocado o era la intención republicana acabar con la redistribución de la riqueza y la costumbre de robarle a Pedro para darle a Pablo?

Los tentáculos del pulpo federal se extienden por todos los recodos de nuestras vidas y más profundamente en nuestros bolsillos. Fred Smith, presidente del Competitive Enterprise Institute, mantiene que las regulaciones a las empresas se han multiplicado como nunca bajo el actual gobierno. El Cato Institute informa que Bush es el más despilfarrador de los ocupantes de la Casa Blanca desde cuando los Beatles estaban de moda. La explosión del déficit a $450.000 millones no está siendo causada por la rebaja de los impuestos sino por el insensato gasto del gobierno.

Hace dos semanas, los republicanos aprobaron un aumento de 10 millones de dólares para la Fundación Nacional del Arte (NEA). Se trata de uno de los programas de dádivas gubernamentales que los republicanos habían prometido eliminar, pero que ahora lo están engordando. Pero la cosa es todavía peor: los contribuyentes estamos financiando los placeres sexuales ahora que Medicaid (medicinas para los pobres) paga por las recetas de viagra. Y peor aún: los republicanos han casi duplicado el presupuesto a la odiada oficina del Impuesto sobre la Renta.

Sólo cabe una deprimente explicación: el partido del gobierno limitado de Reagan se ha transfigurado en el viejo partido de Nelson Rockefeller. Así que ahora tenemos dos partidos políticos que apoyan al gobierno grande en Washington, compitiendo en la adquisición de votos por medio de la asignación de regalos a los grupos de presión.

Se trata de una noticia trágica para los contribuyentes y también muy penosa para los republicanos que pertenecemos a un grupo en peligro de extinción. Pero quizás la gente se dé cuenta que los republicanos que apoyan al gobierno grande no son la solución, sino que son el problema.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

El "Conservador" Bush gasta más que el "Socialdemócrata" Clinton

por Veronique de Rugy y Tad DeHaven

Veronique De Rugy es Académica Asociada de Cato Institute y Tad DeHaven es ex-analista asistente de Cato Institute. Este artículo fue publicado en abril del 2003.

Las proyecciones presupuestarias recientemente publicadas por la administración Bush revelan un déficit presupuestario anticipado de $450.000 millones para el actual año fiscal, un aumento de $151.000 millones desde febrero. Los seguidores y críticos de la administración se equivocan al culpar a los recortes de impuestos, la guerra, o la recesión económica por el déficit. El hecho es que Estados Unidos tiene un creciente déficit porque George W. Bush es el derrochador más grande que ha ocupado la Casa Blanca desde Jimmy Carter. Uno podría decir que se ha convertido en la "Madre de Todos los Grandes Derrochadores".

Las nuevas estimaciones muestran que, bajo Bush, los desembolsos totales habrán aumentado $408.000 millones en tan solo tres años a $2.272 billones: un enorme incremento en el gasto federal del 22%. Las autoridades de la administración admiten privadamente que el gasto es demasiado alto. Pero aún así sostienen que los déficit son apropiados en tiempos de guerra y recesión. Así que, ¿es cierto que la guerra contra el terrorismo ha resultado en un aumento en el gasto de defensa? Sí. Y, ¿también es cierto que una recesión económica ha significado una caída en el flujo de ingresos fiscales utilizados para pagar por el gobierno? Sí también.

Pero la verdad es que la defensa nacional está lejos de ser la responsable por los incrementos en el gasto. De acuerdo con los nuevos números, el gasto en defensa habrá aumentado en aproximadamente un 34% desde que Bush fue juramentado. Pero, al mismo tiempo, el gasto discrecional que no es de defensa se habrá disparado en casi 28%. Las agencias gubernamentales que los republicanos pedían cerrar hace menos de 10 años, tales como educación y trabajo, han disfrutado increíbles aumentos en el gasto del 70% y 65%, respectivamente.

La gente más racional recortaría sus gastos si supieran que sus ingresos van a verse reducidos en el futuro cercano. Cualquier compañía inteligente buscaría reducir los costos si el clima empresarial empeorara. Pero desde el primer día la administración Bush ha estado gastando libremente en tiempos de una economía recesiva sin intentar seriamente reducir los costos.

Los genios de la Casa Blanca insisten en que mantengamos "en perspectiva" el tamaño del déficit. De seguro que es apropiado que el déficit presupuestario deba ser medido en contraposición al tamaño relativo de la economía. Hoy, el déficit presupuestario proyectado representa un 4.2% del PIB de Estados Unidos. Por lo tanto, los miembros de la administración Bush se dan una palmada en la espalda y nos recuerdan que en los ochenta la economía manejó déficit del 6%. ¿Y qué? Aparentemente este gobierno parece pensar que lograr estándares bajos en lugar del más bajo es reconfortante.

El que la situación presupuestaria de Estados Unidos continúe deteriorándose es porque la política fiscal de la administración Bush ha tenido mucho más que ver con la política partidista que con la política pública. Incluso los recortes de impuestos, los que resultaron ser una buena política pública, fueron partidistas por naturaleza considerando el apoyo que tuvieron en la base conservadora del partido Republicano. Al mismo tiempo, los políticos que manejan la maquinaria para la reelección de Bush han intentado consistentemente aplacar o silenciar a socialdemócratas y grupos de presión al tirar dinero a cada antojo y deseo. En términos matemáticos, la administración Bush calcula que conservadores saciados más socialdemócratas silenciados resulta en reelección.

¿De qué otra forma se puede explicar que el gobierno publique un reporte criticando los programas agrícolas y luego proceda a firmar una ley que expande esos mismos programas? ¿De qué otra forma se puede explicar que la administración Bush reconozca que los beneficios sociales van a llevar a Estados Unidos a la bancarrota si no son reformados y aún así promueva la expansión en Medicare más grande en la historia a un año de las elecciones? Tales maniobras políticas descaradas solo pueden ser descritas como "Clintonescas".

Pero quizás estamos siendo injustos con el ex presidente Clinton. Después de todo, en términos ajustados a la inflación, Clinton había supervisado un aumento en el gasto de tan solo 3.5% al mismo punto en su administración. Aún más importante, luego de sus primeros tres años en el cargo, el gasto discrecional que no es de defensa de hecho disminuyó en un 0.7%. Esto contrastado con un aumento en el gasto del 15.6% y uno del 20.8% en el gasto discrecional que no es de defensa durante los primeros tres años de Bush.

Desdichadamente, la administración Bush ha sacrificado consistentemente a las buenas políticas en nombre del dios de la conveniencia electorera. Desde subsidios agrícolas hasta la expansión de Medicare, la compra de votos para la reelección ha triunfado consistentemente sobre los principios. De hecho, lo que Estados Unidos tiene ahora es un presidente que gasta como Jimmy Carter y complace como Bill Clinton. Nuestra única esperanza es que el explosivo déficit finalmente provoque que la administración Bush se ponga seria en cuanto controlar el gasto.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

La mejor alternativa para el crecimiento económico

por Richard W. Rahn

Richard W. Rahn es Director del Center for Economic Growth y académico asociado al Cato Institute.

¿Cómo estimular el crecimiento económico y crear más puestos de trabajo? Líderes políticos, economistas, funcionarios y columnistas han estado opinando sobre esto y han surgido cuatro alternativas. La primera es que el gobierno gaste más. La segunda es instrumentar una rebaja de impuestos que beneficie a personas de bajos ingresos. La tercera es reducir los impuestos a las empresas y la cuarta es no hacer nada.

Supongamos que usted quiera tomar esa decisión racionalmente—algo que no sucede a menudo en Washington—¿cuál alternativa escogería?

Que el gobierno gaste más es la que le gusta a quienes prefieren soluciones simples y no piensan en las consecuencias. Argumentan que al gobierno gastar más, quienes reciben ese dinero adicional van a tener más para consumir y eso estimulará a la economía y creará trabajo. Lo que ignoran es que el gobierno sólo puede gastar más imponiendo mayores impuestos o endeudándose. Los mayores impuestos le quitarán a la economía un monto igual al nuevo gasto, más el costo de la recolección del impuesto. Además, el gobierno estaría reduciendo los incentivos para trabajar más, ahorrar e invertir. Por lo tanto, esta alternativa es mala porque termina disminuyendo en lugar de aumentar las fuentes de empleo y el crecimiento económico. Tal resultado se observa en aquellos países con grandes sectores gubernamentales que también sufren de mayor desempleo y de tasas inferiores de crecimiento económico. Es una de las razones del fracaso del socialismo.

Si el gobierno pide prestado para gastar, el efecto es un tanto menos dañino que aumentar los impuestos, pero hace uso de capital que de otra forma sería invertido por el sector privado. Si ese capital es invertido por el sector privado, el rendimiento es mayor y se crearán más puestos de trabajo que a través de las transferencias gubernamentales.

La propuesta de reducirle los impuestos a gente de bajos ingresos tiene el problema de que éstos pagan muy poco en impuestos sobre la renta. El 50% de los contribuyentes con ingresos más bajos paga apenas el 4% del total. Reducirles los impuestos a este grupo significa concederles más créditos impositivos, lo cual equivale a una erogación por parte del gobierno. Así, el costo para la economía será mayor que el beneficio. Las ventajas de las reducciones de impuestos es que motivan a la gente a trabajar, a ahorrar y a invertir más. Y esa motivación es mayor entre quienes pagan tasas impositivas por encima del 20%.

La tercera alternativa es reducir los impuestos a las empresas, las cuales actualmente pagan una tasa altísima del 35%. El problema es que la empresa paga ese impuesto y después el accionista paga otro impuesto sobre el dividendo que recibe.

Pongamos el ejemplo que usted es dueño de una empresa de transporte. Si el impuesto corporativo es reducido, tendrá dinero para comprar camiones nuevos. Esos camiones necesitarán conductores. Y eliminar algunos camiones viejos aumentará la productividad al no tener camiones reparándose. El incremento en las ganancias de la empresa probablemente resultará en que se pague más en impuestos, aunque las tasas impositivas sean menores.

La última alternativa es no hacer nada. Esta alternativa es mejor que las dos primeras, pero inferior a la tercera.

La realidad es que para crear más empleo hay que reducir los impuestos a quienes pagan altas tasas. Y no debe preocuparnos aumentar el déficit fiscal temporalmente, ya que al reducir las tasas del impuesto sobre la renta, la mayor actividad económica aumentará a corto plazo las recaudación total.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

Syndicate content