31 de diciembre de 1969

corrupción

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Corrupción en Argentina: ¿Por qué sorprenderse?

por Roberto Cachanosky

Roberto Cachanosky es Profesor titular de Economía Aplicada en el Master de Economía y Administración de ESEADE, profesor titular de Teoría Macroeconómica en el Master de Economía y Administración de CEYCE, y Columnista de temas económicos en el diario La Nación (Argentina).

El manejo de la economía y el estilo de gobierno impulsados por el presidente Néstor Kirchner son el caldo de cultivo perfecto para el germen de la corrupción y el tráfico de influencias.

Las denuncias sobre casos de corrupción y manejos pocos transparentes de los fondos públicos han comenzado a surgir como hongos. A los casos Skanska y Greco se le sumaron estos últimos días las acusaciones de Sergio Acevedo, un kirchnerista de la primera hora, ex jefe de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) y ex gobernador de Santa Cruz que fue despedido por Néstor Kirchner. Ahora, la ministra de Economía, Felisa Miceli, trata de explicar, en forma poco convincente, por qué tenía guardada en el baño de su despacho una bolsa llena de dinero. Estos hechos son, a mi juicio, sólo la punta del iceberg de lo que puede venir.

¿Deberían sorprendernos los casos de corrupción? En realidad, no, ya que la forma en la que se maneja la economía del país abre infinidad de puertas para que se trafique con los fondos públicos.

Cuando el Estado se arroga el derecho de definir ganadores y perdedores en las transferencias de ingresos y patrimonios, los funcionarios pasan a tener un poder tal que se hace imposible evitar un desborde de la corrupción. Podríamos decir que la política económica actual tiene el germen de la corrupción, que podría ser neutralizado únicamente si el Gobierno estuviera compuesto por ángeles, caso que no parece ser éste.

¿Cuáles son los elementos que hacen posible una corrupción generalizada?

En primer lugar, la posibilidad que tiene el Gobierno para regular la economía (precios, sistema energético, sistema impositivo, subsidios, entre otros). Las regulaciones no son otra cosa que el poder del gobernante para decidir quién gana y quién pierde. Y ese poder, como transfiere ingresos y riquezas, crea un mercado de tráfico de influencias para estar del lado de los ganadores. En otros términos, al margen de la ineficiencia que tienen los controles como asignadores de recursos, se les agrega este tráfico de influencias. Es curioso, pero las continuas declaraciones en contra del libre mercado y las justificaciones del intervencionismo terminan por crear un libre mercado de venta de privilegios entre particulares y funcionarios públicos.

Si un sector productivo es protegido y, como resultado, obtiene rentas extraordinarias, el margen de utilidad que le queda es lo suficientemente alto como para “negociar” con el funcionario de turno el precio para mantener esa renta extraordinaria compulsiva. Así, se crea un libre mercado de coimas y compra de favores: el odiado neoliberalismo es implementado en el mercado del tráfico de influencias, donde las tarifas de las coimas se establecen en base a la oferta y la demanda.

El segundo elemento que es el caldo de cultivo perfecto para que la corrupción florezca consiste en la falta de controles republicanos en el manejo de los fondos públicos. Otorgarle al Estado la posibilidad de manejar a su antojo todo el presupuesto y los fondos fiduciarios, sin controles estrictos por parte de un Congreso que no es independiente del Ejecutivo, es un regreso a las épocas de las monarquías absolutistas, cuando los reyes avasallaban los derechos de los súbditos sin ninguna contemplación y usaban los impuestos para beneficio personal y sostener ejércitos que contuvieran el descontento popular.

El tercer elemento es la falta de una Justicia que convenza a la población de ser verdaderamente independiente del Ejecutivo, dado que jueces independientes podrían condenar actos de corrupción. Sin esa independencia, el corrupto se siente sin límites a lo que puede hacer con los fondos públicos o bien con arbitrarias transferencias de ingresos. La impunidad se hace carne en los funcionarios estatales.

Es por estas razones, y muchas otras, que limitar el poder de los gobernantes no es un capricho ideológico y una forma de asignar eficientemente los recursos, sino una manera de evitar que los que ocupan el poder se sientan dueños de la vida y la fortuna de las personas. Es un modo de asegurar la libertad individual. Es una forma de permitirle al ciudadano controlar cómo los gobernantes utilizan sus impuestos. Es un recurso para impedir que el poder económico se concentre en unos pocos funcionarios y empresarios socios del modelo.

Los sistemas de gobierno basados en el intervencionismo, el reparto de subsidios, el otorgamiento de privilegios y demás arbitrariedades suelen tener dos grandes etapas. Una primera de felicidad, porque la gente vive un momento de artificial prosperidad. En esa etapa, a los ciudadanos no les interesan demasiado el tema institucional o los problemas de corrupción. Digamos que hacen la vista gorda ante el desmanejo de los fondos públicos.

La segunda etapa de estos sistemas de gobierno se caracteriza por un deterioro acelerado de la situación económica. Por ejemplo, inflación creciente, desabastecimiento de productos elementales, problemas energéticos, paralización del sistema productivo por falta de insumos y energía, ente otras posibilidades.

En esta segunda fase, el malhumor de la gente empieza a tomar cada vez más fuerza y comienzan a pasarle la factura a los gobernantes, no sólo por el deterioro de la economía, sino también por la corrupción.

Si a un gobierno intervencionista que entra en colapso por la ineficiencia del sistema económico y la corrupción se le agregan años de comportamientos autoritarios, el derrumbe del régimen tiende a acelerarse. Es decir, se pasa de un estado de optimismo generalizado a una breve transición de descontento, para llegar rápidamente al desmoronamiento de la autoridad. El derrumbe es casi inmediato.

Al momento de redactar esta nota, leo declaraciones de Felisa Miceli en las que afirma: “Esto está montado claramente para perjudicarme, es una operación muy brutal en contra mío. Alguien quiere capitalizar esto. Están tratando de quedarse con el Ministerio de Economía". Si alguien quiere quedarse con el Ministerio de Economía, tiene que ser un integrante del Gobierno, dado que Kirchner es quien tiene la última palabra en la designación de un ministro. ¿No estará Miceli tratando de decir que está en el medio de una lucha por manejar los resortes del intervencionismo, germen de la corrupción?

Para mí, las declaraciones de Miceli son lo suficientemente claras como para confirmar la escasa transparencia en el manejo de la cosa pública y, además, para ver un Gobierno que empieza a tener lucha internas ante el desmadre de la economía y las sucesivas derrotas electorales.

Artículo de Economíaparatodos.com.ar
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La Venezuela de Hugo Chávez

por Gustavo Coronel

Gustavo Coronel fue miembro de la Junta Directiva de Petróleos de Venezuela (1976–1979) y, como presidente de la Agrupación

Ecuador, el socialismo del siglo XXI y el enfisema

Carlos Alberto Montaner cree que las políticas del "socialismo del siglo XXI" van en contrasentido puesto que a sociedades plagadas por gobiernos corruptos no les conviene aumentar las arcas y el poder de esos mismos gobiernos.

por Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.

El flamante presidente ecuatoriano Rafael Correa se ha declarado discípulo de Hugo Chávez y se anota en ''el socialismo del siglo XXI''. Sin perder un minuto, va a convocar a una asamblea constituyente para desguazar el modelo republicano y eliminar su tradicional equilibrio de poderes. Se propone construir un tipo de Estado fuertemente centralista, dominado por el ejecutivo, intervencionista y proteccionista, en el que las empresas ''estratégicas'' formarán parte del sector público. Además de socialista, el señor Correa manifiesta ser nacionalista, indigenista y católico ferviente. No le gusta nada el comercio libre con Estados Unidos, piensa repudiar la deuda externa (algo que ya hizo Argentina impunemente en tiempos recientes), y tratará de unir el destino económico de su país al Mercosur.

Es muy probable que la mayoría de sus compatriotas lo acompañe en la aventura. Ecuador es un país en el que una parte sustancial de la población es muy pobre. La promesa de crear rápidamente una sociedad rica e igualitaria suele ser tremendamente seductora en ese tipo de atmósfera. La ausencia de amplios sectores sociales medios inevitablemente conduce a un diagnóstico falso, pero muy persuasivo: los pocos que acaparan la riqueza son los culpables de la miseria general de la sociedad. Súbitamente, los pobres cambian de nombre y comienzan a llamarse ''desposeídos''. Alguien les quitó lo que les pertenecía. En ese punto, la envidia y la rabia se trenzan y se transforman en un bosque de puños cerrados que saludan la llegada del socialismo.

El socialismo genera siempre la ilusión de la prosperidad express y el fin de la injusticia. La alegre familia populista cree conocer la fórmula del desarrollo precipitado. Es un aspecto de la fatal arrogancia de que habló Hayek. El señor Correa, además, estudió en Bélgica, en Lovaina, y allí cimentó su entusiasmo con la formidable maquinaria estatal del vecino francés. Francia cuenta con una especie de monstruoso mandarinato burocrático que funciona con bastante eficiencia aunque a un altísimo costo. No obstante, los franceses aprecian su sistema público de salud y de educación y, en general, no se quejan de los servicios que brinda el Estado. Correa cree que puede lograr unos resultados parecidos en Ecuador.

Lo probable, sin embargo, es que el experimento del señor Correa, como casi todas las maquinaciones socialistas, agraven severamente los problemas que aquejan al país. El Ecuador que va a construir no se parecerá a la opulenta Francia, sino al desastroso Perú de Velasco Alvarado, a la Argentina arruinada por Perón o a la Venezuela de estos días, en donde el número de pobres (y de crímenes) crece tanto como el precio del petróleo. En una sociedad castigada por la corrupción y la proverbial ineficiencia del Estado, es un contrasentido entregarle más recursos a la burocracia para que los malgaste o se los robe. En un país carente de capitales y con un debilísimo tejido empresarial, es un inmenso disparate ahuyentar las inversiones nacionales y extranjeras, y aumentar peligrosamente la presión fiscal.

¿Por qué los ecuatorianos (o los venezolanos y los bolivianos) no son capaces de aprender de la experiencia? ¿Por qué se enamoran del populismo autoritario venezolano, y no del exitoso modelo chileno? Más aún: si los ecuatorianos saben que el socialismo del siglo XX costó cien millones de muertos y retrasó a todos los países que lo padecieron en el terreno económico, ¿cómo se atreven a resucitarlo en el siglo XXI?

La explicación de esta irracionalidad tal vez haya que buscarla en una analogía psico-fisiológica. En la adolescencia, cuando los muchachos comienzan a fumar, el cigarrillo y la adicción a la nicotina les producen ciertos placeres momentáneos. En esa etapa, es inútil que un médico les explique que el cigarrillo conduce al cáncer o al enfisema, y que van a tener dificultades respiratorias que convertirán sus vidas en un atroz martirio. Esas advertencias son abstracciones o amenazas a muy largo plazo, que han escuchado un millón de veces, mientras que el cigarrillo humeante es una grata realidad de aquí y de ahora. Algo parecido sucede con el socialismo: es una droga agradable y aparentemente inocua a la que es muy fácil entregarse. Cuando descubres la verdad ya suele ser demasiado tarde.

Artículo de Firmas Press
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Explota la corrupción en la Venezuela de Chávez

por Gustavo Coronel

Gustavo Coronel fue director de Petróleos de Venezuela (1976-79) y representante en Venezuela de Transparencia Internacional (1996-2000) y autor del estudio "Corrupción, administración deficiente y abuso de poder en la Venezuela de Hugo Chávez" publicado por el Cato Institute (Noviembre 2006).

Washington (AIPE)— Ante la cercanía de la elección presidencial del 3 de diciembre, los venezolanos y sus vecinos harán bien en comparar la retórica de Chávez con su comportamiento. En 1998, Chávez se apoyó en la insatisfacción popular y convirtió la lucha contra la corrupción en su principal lema electoral. Derrotó a Henrique Salas Romer, ex gobernador del estado Carabobo, excelente gerente del sector público, pero percibido como elitista. Ocho años después, las promesas de Chávez permanecen incumplidas, la democracia ha sido transformada en régimen autoritario y el sistema electoral está totalmente bajo su control.

Las máquinas de votación son de la compañía Smartmatic, la cuál tiene una historia poco transparente. La directiva del Consejo Nacional Electoral lo conforman seguidores de Chávez. El registro electoral no es confiable: 39.000 electores tienen más de cien años de edad, una aparecía con 175 años y docenas de personas comparten tanto el mismo nombre como la misma fecha de nacimiento.

Debido a una combinación de ingresos petroleros récord y mínima transparencia gubernamental, la corrupción hoy en Venezuela es la más alta de su historia. Mediante un nuevo y significativo endeudamiento, Chávez ha obtenido unos 25.000 millones de dólares adicionales para gastar a su antojo. Ello y los ingresos petroleros aportaron al régimen unos 200 mil millones de dólares en los últimos ocho años, pero en el país no hay mucho que mostrar por ese dinero, en materia de obras públicas ni programas sociales efectivos. El grueso de tales fondos no ha sido objeto de rendición de cuentas. En gran parte se ha malbaratado o embolsillado por la burocracia y los piratas privados que sirven de cómplices. Chávez ha derrochado dinero en el exterior comprando armamentos y tratando de exportar su revolución militarista y anti-norteamericana, mientras que internamente se ha concentrado en programas sociales populistas, basados en limosnas a los pobres y costosa propaganda política.

Desde 2003, los gastos y los compromisos financieros adquiridos en el exterior han consumido cerca de 30.000 millones de dólares. Venezuela ha comprado unos cinco mil millones de dólares en armamentos en Rusia, España y otros países, y ha gastado unos 20.000 millones de dólares en subsidios petroleros, donaciones y promesas de programas de ayuda a varios países, principalmente Cuba y Bolivia. Los esfuerzos de Chávez en minimizar la influencia norteamericana en América Latina han costado mucho dinero. Desde 2000, Venezuela le ha suministrado petróleo a Cuba a un subsidio anual de unos 2.200 millones de dólares. El fracasado intento de sentar a Venezuela en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas parece haber costado más de mil millones de dólares, en promesas a los países a los cuáles se les solicitó apoyo.

Chávez ha concentrado el gasto interno en tratar de consolidar su poder político. El régimen ha dado inmensas dádivas a través de las llamadas Misiones, programas sociales que ofrecen una ilusión de bonanza, en lugar de respuestas estructurales y de largo plazo, en educación y salud. Chávez ha abusado de los fondos del Banco Central, aceptando contribuciones ilegales para su campaña presidencial, otorgando contratos sin licitación y permitiendo la politización y el deterioro de la empresa petrolera estatal.

La corrupción involucra a ministros, magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, directores del Consejo Nacional Electoral, gobernadores de estados, abogados, militares, banqueros y comerciantes amigos del régimen. Al menos tres presupuestos paralelos existen actualmente, uno formal sujeto al “escrutinio” de una Asamblea Nacional enteramente compuesta por seguidores de Chávez y otros dos controlados directamente por el Poder Ejecutivo. La ausencia de transparencia y rendición de cuentas, la carencia de contrapesos institucionales y la mediocridad del equipo gubernamental han permitido niveles de corrupción sin precedentes.

Los resultados de tan trágica situación están claros: a pesar del gigantesco ingreso petrolero, Venezuela se encuentra hoy en los peldaños inferiores de la escalera del desarrollo en América Latina. Las mediciones de organizaciones internacionales tales como el Indice de Percepción de la Corrupción, de Transparencia Internacional, el Indice de Libertad Económica del Instituto Fraser, el Indice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas y el Indice de Desnutrición de la FAO muestran todos un país en plena involución.

En el umbral de la elección presidencial, la confianza popular en el sistema electoral venezolano es tan débil y la magnitud de los crímenes cometidos por el régimen de Hugo Chávez tan grande que la oposición teme que Chávez no entregue el poder si es derrotado.

Chávez prometió eliminar la corrupción, pero ella ha dominado este régimen como ningún otro en la historia de Venezuela. Si los votos no le dan el triunfo este domingo, es probable que Chávez busque la manera de hacerlos cuadrar a su favor.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

La corrupción en Venezuela ha llegado a niveles sin precedentes durante el gobierno de Chávez

La falta de transparencia y de rendición de cuentas promueve la impunidad

Corrupción, administración deficiente y abuso de poder en la Venezuela de Hugo Chávez

por Gustavo Coronel

Gustavo Coronel fue miembro de la Junta Directiva de Petróleos de Venezuela (1976–1979) y, como presidente de la Agrupación Pro

Juan Vicente Gómez y Hugo Chávez

por Rolando Monterrosa

Rolando Monterrosa es periodista salvadoreño, jefe de redacción de El Diario de Hoy (El Salvador).

Los venezolanos han tenido una historia política poco feliz que desde el siglo pasado, con algunas honrosas excepciones, transcurre entre dictaduras y gobiernos civiles y militares, todos ellos con el denominador común de la corrupción, pero eso sí, muy bolivarianos.

Un personaje de ingrata memoria, del que se podría decir que Hugo Chávez retoma algunos rasgos, fue Juan Vicente Gómez, con apenas conocimientos básicos de lectura y escritura así como de las operaciones matemáticas elementales.

Hombre fuerte, dueño de una gran hacienda ganadera y administrador de muchos colonos, Gómez tuvo oportunidad de escalar posiciones políticas al eliminar a caudillos antigobiernistas. Con ello se ganó el favor del presidente Cipriano Castro, quien luego de ponerle al frente de muchas exitosas campañas contrarrevolucionarias, lo nombró general de división.

Eventualmente Gómez traicionó a su benefactor, al que derrocó mediante un golpe de Estado, para luego gobernar a Venezuela con mano de hierro durante 27 años, desde 1908 hasta su muerte, por causas naturales, en 1935.

Al igual que Chávez ahora, Gómez tenía entonces a Bolívar como modelo y estandarte. Con la ligera diferencia de que Chávez tiene a Fidel Castro como modelo y a Bolívar sólo como estandarte.

Tan bolivariano se consideraba Gómez que llegó al extremo de falsear su fecha de nacimiento para que coincidiera con la del Libertador y así hacer propia la celebración de cada aniversario de este.

Todos los actos de su gobierno, entre los cuales se contaron asesinatos, torturas, encarcelamientos y ejecuciones sumarias de sus opositores, estuvieron enmarcados por discursos inspirados en el pensamiento bolivariano. Algo así como matar a inocentes en nombre de Dios, como hoy lo hacen los extremistas islámicos.

Gómez fue el primer presidente venezolano que sacó provecho a los recién descubiertos yacimientos de petróleo, los cuales puso bajo la administración de compañías extranjeras por carecer de tecnología propia para explotarlos. Con estas formó alianzas, en las que él se comprometía a mantener el orden y las compañías a pagarle comisiones cuantiosas que le significaron enormes ingresos personales.

Lo mismo que en la actualidad pretende Chávez, Gómez persiguió y finalmente eliminó todo rasgo de oposición al cerrar los diarios que criticaban su actuación y encarcelar, asesinar o forzar al exilio a los periodistas y a otros detractores.

Se perpetuó en el poder instalando una asamblea servil, con mayoría de sus simpatizantes a los que compraba con regalías y dinero. Estos reformaron varias veces la Constitución para ajustarla a los intereses del dictador, lo cual es exactamente lo que están haciendo ahora los chavistas. Para guardar las apariencias, solía alternar breves ausencias del Poder Ejecutivo, el que confiaba a sus allegados, mientras él se reservaba la jefatura suprema del ejército, con lo que retenía el poder real.

Los historiadores le reconocen algunas gestiones positivas, una de ellas el haber librado a Venezuela de la deuda externa, gracias a los multimillonarios beneficios derivados de la explotación petrolera que eran suficientes para llenar sus bolsillos y para abonar la factura nacional. Pero el precio que se hizo pagar por este y otros actos de supuesto buen gobierno fue demasiado alto, ya que pese a la abrumadora abundancia de la que tuvo disponibilidad, Gómez dejó que el pueblo venezolano se hundiera en la pobreza con el agravante de privarlo de sus libertades.

Aún falta por ver hasta dónde llevará la “revolución bolivariana” de Chávez a ese sufrido pueblo, que de nuevo parece transitar por aquella triste ruta.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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