31 de diciembre de 1969

tolerancia

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Sobre la unión de homosexuales

Alberto Benegas Lynch (h) dice que "En estas cuestiones y en otras de tenor equivalente, lo peor es acostumbrarse a recurrir a la fuerza con la pretensión de resolver problemas, siempre y cuando, claro está, que no exista violación de derechos".

La intolerancia en Rosario

por Gabriela Calderón

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).

Buenos Aires, Argentina— La semana pasada asistí a una conferencia en Rosario, Argentina, para conmemorar el vigésimo aniversario de la Fundación Libertad. Ahí estábamos reunidos economistas, historiadores, filósofos, escritores, periodistas, académicos y políticos liberales de alrededor de 40 países. Entre ellos se destacan escritores como Mario Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner.

Rosario es la ciudad donde dio sus primeros pasos Ernesto Che Guevara. Desde 1989 ha tenido administraciones socialistas.1

Aunque las diferencias entre los asistentes eran marcadas, todos coincidíamos en principios básicos: igualdad ante la ley, protección de los derechos de propiedad privada como mecanismo para asegurar la libertad y por ende, la vida.

A 250 metros del auditorio en que Vargas Llosa hablaba de libertad, se encontraba la Plaza de la Cooperación, popularmente conocida como “la del Che” debido al retrato revolucionario que predomina en esa plaza. Teníamos entonces a un escritor que ha dedicado toda su vida a escribir y recorrer el mundo para difundir sus ideas de libertad. Décadas atrás él creía en la lucha armada, pero sus experiencias y una constante re-evaluación de sus creencias lo llevó a cambiar su manera de pensar. Y desde que lo hizo, Vargas Llosa suele ser recibido con piedras por la izquierda extrema latinoamericana.

El viernes por la tarde saliendo de un almuerzo en la Bolsa de Comercio de Rosario, me tocó de casualidad compartir el bus con Vargas Llosa. Los jóvenes que estábamos en ese bus no creíamos en nadie. Y a mi me tocó sentarme al lado de él. Luego de contarle qué habían significado para mi algunos de sus libros lo que me sorprendió fue su humildad. No me habló de él o de sus obras sino que me preguntó quién era yo, qué había estudiado, qué hacía y luego de que le contesté todo, me preguntó que qué me había llevado a escribir.

Pero el bus se detuvo. Habíamos llegado a la plaza “del Che” y estábamos cercados por aproximadamente 150 manifestantes que inmediatamente procedieron a lanzar piedras a nuestro bus. Todos los que estábamos en el bus cerramos las cortinas. Nuestro escolta de seguridad llamaba por su celular y nadie le contestaba; luego perdió la señal. Las piedras rompieron una ventana y se escucharon los vidrios caer. Luego rompieron tres más. Después escuché a alguien decir “Le han roto la ventana al conductor”.

Yo estaba en el piso con la cabeza debajo del asiento mientras que Vargas Llosa permanecía sentado y tranquilo en el asiento de al lado. Yo le pregunté que si siempre lo recibían así y el me dijo que no siempre pero que frecuentemente. Luego los manifestantes intentaron abrir la puerta del bus y por fin el bus logró dar retro y salir de esa cuadra. Cuando le conté a mis amigos y familiares ecuatorianos lo que había pasado la primera pregunta de todos fue: “¿Por qué lo odian?”

Me acordé de Ortega y Gasset, “La masa…no desea la convivencia con lo que no es ella. Odia a muerte lo que no es ella”. Dicen que las experiencias personales pesan mucho en la formación de la personalidad intelectual de cada individuo. Por ahora, sigo pensando que cualquiera que hable de libertad, democracia y derechos humanos y luego esté dispuesto a lanzarle piedras a alguien que lo único que ha hecho es pensar distinto y expresarlo, no es ni defensor de la democracia, ni de la libertad ni de los derechos humanos. Al contrario, viola a los tres.

Este artículo fue publicado originalmente el El Universo (Ecuador) el 1 de abril de 2008.

Referencias:

1. Aguilar, Mauro. “El pensamiento liberal reunido para criticar a Cuba, Chávez y el neopopulismo”. Clarín. 30 de marzo de 2008. Disponible en: http://www.clarin.com/diario/2008/03/30/elmundo/i-03401.htm.

Colombia: Realidades políticas y estatus político

por Andrés Mejía-Vergnaud

Andrés Mejía Vergnaud es Director ejecutivo del Instituto Libertad y Progreso (ILP) en Bogotá y autor de “El destino trágico de Venezuela” (Tierra Firme, 2009).

En las recientes y lamentables declaraciones del presidente Chávez, de algunos de sus funcionarios, y de la senadora Piedad Córdoba, con las cuales buscan que no se califique a las FARC como terroristas y se les reconozca como fuerza política, hay un argumento falaz que es muy importante detectar y rechazar.

De acuerdo con ese argumento, las FARC, por el mero hecho de tener un propósito político como inspiración de su lucha, tienen derecho a que se les abra un espacio en la política colombiana, sin importar cuál sea su conducta, qué tipo de actos realizan, y de qué manera buscan el logro de sus objetivos políticos. Así, por ejemplo, la senadora Piedad Córdoba dijo, en el programa radial Las voces del secuestro de Caracol Radio, que "se tiene que entender que las FARC son una realidad política" (citado en El Tiempo de Colombia el 13 de enero).

El error de este argumento es simple: no por el mero hecho de ser una "realidad política", un grupo debe ganar un espacio legítimo en el escenario de la vida pública de un país. Hay muchas "realidades políticas" que, por muy diversas razones, excluimos del ámbito público en una democracia. O más bien: son ellas las que se excluyen a sí mismas, pues eligen métodos y prácticas que son inaceptables en la política de una democracia.

Ser una "realidad política" no es en sí mismo un argumento de legitimidad. Hitler y Stalin fueron realidades políticas, como lo son al Qaeda y los talibanes. Realidades políticas sangrientas y desgarradoras, inaceptables dentro de la ética de una democracia.

Las FARC son, sin duda, una realidad política. Y lo son porque su propósito principal sigue siendo el acceso al poder político, para poner en marcha desde allí un cierto programa de carácter también político, basado en una cierta ideología, también política. Hay personas a quienes gusta repetir que las FARC no tienen ya un propósito político, y que sólo les interesa el narcotráfico y el dinero, lo cual constituye una grave ingenuidad. El narcotráfico y su dinero son un medio de apoyo a esa lucha por la toma del poder político.

Ahora bien, uno de los aspectos más importantes de la vida democrática consiste en que, en cuanto a la participación legítima en política, la democracia abre muchos espacios, como son las libertades de expresión, prensa y asociación, los derechos a elegir y ser elegido, la posibilidad de conformar asociaciones y partidos, etc. La apertura de esas puertas obedece a una regla fundamental implícita: todos podemos tomar decisiones políticas, y estas son bienvenidas, siempre y cuando lo hagamos de un modo que no restrinja ni coarte la libertad de otros para ejercer sus decisiones. Podemos profesar una ideología, y por ejemplo votar por quienes la defienden. Pero no está bien obligar al vecino, arma en mano, a que otorgue su apoyo a la opción que yo prefiero.

Por esta razón, a la vez que abre tantos espacios, la democracia sólo puede sobrevivir si cierra las puertas a la política que se hace mediante la violencia y las armas, sin importar que esas expresiones armadas y violentas sean realidades políticas, como efectivamente lo son.

Si nuestro país aceptara que quienes hacen política mediante las armas y el terror tienen un espacio legítimo en la vida pública, igualmente válido al que tienen aquellos que hacen política mediante la persuasión, el proselitismo y las ideas, estaríamos cometiendo una grave injusticia contra estos últimos, y estaríamos anulando la esencia misma de la ética democrática.

Para preservar la democracia, y avanzar en su consolidación, es muy importante que nuestra sociedad fije claramente unos límites éticos a la actuación política, es decir, que no aceptemos como actor político a quienes incurren en ciertas conductas. Por eso está muy bien, por ejemplo, que quienes se valieron de la violencia paramilitar para consolidar una fuerza política respondan por ello ante la justicia.

La idea contraria es hoy abanderada por un gobierno que profesa una ideología totalitaria y unas intenciones expansivas, y por unos políticos oportunistas. Y, para conmovernos y lograr que aceptemos su inaceptable tesis, han incurrido en la peor conducta posible: valerse del sufrimiento de cientos de seres humanos quienes hoy, privados de la libertad de modo totalmente injusto, son el mayor testimonio de que no todas las realidades políticas son aceptables ni bienvenidas.

Este artículo fue publicado en Dinero.com (Colombia) el 25 de enero de 2008.

Todos somos daneses

¿Estamos todos locos? La cobardía manifestada por la mayoría de los gobiernos y de buena parte de los medios de comunicación y de las elites europeas ante la indignación de todos, algunos o pocos musulmanes, da igual, originadas por las caricaturas del Profeta publicadas en un periódico danés son de una gravedad extraordinaria. Ese tipo de actitudes constituye una claudicación inaceptable de los principios sobre los que se sostiene una sociedad abierta. La libertad de crítica, de expresión, la capacidad de censurar, de ridiculizar, de hacer escarnio de las convicciones personales o colectivas de la mayoría y/o de las minorías aunque sólo sea por diversión ha sido, es y será uno de los fundamentos de la civilización occidental. Cualquier limitación de facto o de iure del ejercicio ese derecho individual supondría poner en cuestión los cimientos sobre los que reposan las democracias liberales. Equivaldría a aceptar la superioridad moral de sistemas en los cuales el individuo es un esclavo de un sistema cerrado que tiene capacidad de dictarle lo que tiene que pensar y como ha de vivir.

Persuasión: La alternativa a la violencia

Al escuchar sobre las caricaturas del Profeta con una bomba en su turbante, me molesté. Pero mi reacción fue la persuasión y la explicación, no la fuerza y la violencia, como lo fue en otros. ¿Cuál será la reacción musulmana?
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