31 de diciembre de 1969

George Orwell

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Intentos de Vigilancia Orwelliana desde el Capitolio: La eterna desconfianza en la libertad de elegir

por Fernando Alessandri

Fernando Alessandri es Director para América Latina de la International Policy Network y colaborador de www.elcato.org.

En medio del despegue de lo que algunos intelectuales están llamando "la tercera revolución industrial," se alzaron voces en el monte del Capitolio que pretenden cortarle las alas a cómo dé lugar. Ya en el 105to Congreso hubo intentos por limitar el alcance de la Internet, un medio por esencia incensurable. Y, este, el 106to, no se quiere quedar atrás.

El "mundo virtual" no tiene fronteras físicas, por lo tanto, si se prohíbe la publicación de algo en un lugar, el documento puede triangularse inmediatamente y puede introducirse en la red desde un servidor situado en el otro lado del planeta. No hay restricción que valga en estos casos.

La Internet se ha desarrollado a pesar de la restricciones que ha encontrado. Entre cables que transportan ceros y unos se ha ido generado un mundo maravilloso que es una representación electrónica del mundo real -aunque sin impuestos- lo que explica su rápido desarrollo. No es más que eso, salvo por la particularidad que trasciende las fronteras físicas y nos permite operar con una inmediatez nunca antes imaginada, a un costo bajísimo.

Cada año son más las personas que gozan del democratizador beneficio que significa la Internet y aún las estimaciones menos optimistas pronostican un crecimiento exponencial de usuarios de este relativamente nuevo medio de comunicación. Según la revista Wired, un 46% de la población actual de la red lleva menos de un año utilizándola. Para el próximo año más y más personas aprovecharán la red para todo tipo de cosas, desde ubicar un paquete enviado por correo, hasta hacer llamadas telefónicas.

Los representantes Bob Franks y Henry Hyde han pretendido aumentar el control estatal sobre la Internet y con ello coartan la libertad de los ciudadanos. Sus iniciativas violan el derecho a la libertad de expresion y el libre acceso a ella, inmortalizados en la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos que, como todo congresista, juraron respetar. Cualquier intento por evitar el goce de estos derechos debiera ser repudiado.

La "ley Franks" busca que todas las bibliotecas y escuelas del país que reciban Universal Service o "e rate", un sistema de conexión a alta velocidad especial para estas instituciones, estén obligados a usar el mismo sistema de bloqueo y filtro de información. Es decir, una supervigilancia estatal masiva para una solución que debiera ser determinada por cada localidad y establecimiento en forma particular.

Bajo el slogan de "Ley para la protección de los niños" se está haciendo todo lo contrario. Cada familia debiera velar por lo que sus hijos ven o no. Y lo mismo puede aplicarse a las escuelas y bibliotecas. Cada comunidad tiene el derecho a elegir lo que sus miembros ven y discuten y no corresponde al gobierno federal el limitar este derecho. Desafortunadamente, este programa federal debilita el sistema de gobierno descentralizado y crea incentivos perversos para que las comunidades de los distintos estados del país se sometan a reglas nacidas en Washington en vez de aquellas de su propia localidad.

La "Ley Hyde" va incluso más lejos. Esta ley pretende perseguir criminalmente a los responsables de todo aquello que sea clasificable de "indecente" en todos los medios y no sólo la Internet. Esta iniciativa equivale a un jab al mentón de la libertad de expresión. No sólo pretende regular lo que ven las personas y limitar la libertad de los padres de educar a sus hijos, sino que pretende penas criminales para los responsables. Al igual que la Inquisición y las quemas de mujeres en Salem, este tipo de políticas terminan siendo siempre arbitrarias y con el tiempo se condenan.

Esto no es un cuestionamiento al legítimo interés del Estado por hacer un bien y que mejor bien que el proteger a los niños. Sin embargo, estos señores ni siquiera han considerado que compañías como Hustler y Playboy son indirectamente responsables de una gran cantidad de importantes adelantos que ha experimentado la red. Ejemplos de esto lo constituyen las claves de control de seguridad, las transacciones que utilizan tarjetas de crédito y el manejo de imágenes y video de calidad. Por lo tanto, no sería extraño que ya existan los programas requeridos para evitar cualquier bloqueo. No sería extraño, tampoco, que sean los mismos niños, en el apogeo de la curiosidad y rebeldía adolescente, los que se las ingenien para obviar las restricciones, ya que la tendencia invita a creer que son bastante más hábiles con las computadoras que sus predecesores.

El desafío no está por lo tanto en prohibir. No es responsabilidad del Tío Sam el andar fisgoneando cada vez que otorga un beneficio. Y tampoco es con prohibiciones que se consiguen soluciones. Las personas deciden lo que quieren ver o no y se las ingenieran para hacerlo, sin importar lo que en un momento se definió como "obsceno" por algún iluminado representante de turno. El término es ambiguo y hoy puede ser una fotografía, pero mañana un pensamiento filosófico. Estos filtros pueden evitar que se accese información sobre asaltos sexuales, prevención de adicciones, o métodos anticonceptivos, por citar algunos temas de investigación que podrían ser bloqueados indirectamente.

Por lo tanto, si de velar por la sanidad mental y seguridad espiritual de nuestros niños se trata, los esfuerzos debieran ir dirigidos a castigar con severidad a aquellos que violen las leyes vigentes relativas a la generación y exhibición de material pornográfico o la utilización de menores para estos efectos. Es ahí donde debe centrarse el esfuerzo legal y punitivo y no en promover soluciones prohibitivas que sólo aumentan el interés por tener acceso a aquello que de momento se pretende ocultar.

Las personas saben adaptarse a la realidad y son responsables de sus actos. Este criterio paternalista, nacido en el Congreso de los Estados Unidos, que reduce enormemente la responsabilidad individual, es más una pesadilla como la de George Orwell y su "Hermano Mayor" que una ley dirigida a proteger a los niños.

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