por Alberto Benegas Lynch
Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.
George Orwell escribió que “uno de los deberes mas urgentes
del hombre inteligente de hoy es reformular lo obvio”. Es cierto, pero
cuesta admitir que a esta altura de los tiempos se tengan que destinar espacios
para insistir en que el hombre debe ser respetado y que las invasiones estatales
de espacios privados contradicen su misión original de salvaguardar
derechos en lugar de conculcarlos.
No solo esto, sino que, en el plano filosófico, hay quienes tratan
al ser humano como si no fuera humano en base a lo que se ha dado en llamar
el reduccionismo o el behavorismo, elaborado por autores tales como Burrhus
F. Skinner (especialmente en su Beyond Freedom and Dignity). En ese
supuesto, el hombre no tendría libre albedrío y, por ende, la
libertad sería una mera ilusión. En ese supuesto, no habría
posibilidad de revisar los propios juicios, no habría tal cosa como
proposiciones verdaderas y falsas, ideas autogeneradas, razonamiento ni argumentación
propiamente dicha ya que todos harían y dirían según
las programaciones determinadas por sus herencias genéticas y los ámbitos
en los que se desarrollaron. En ese supuesto, todos “harían las
del loro”. En ese supuesto, como señala Joseph Fabry, la antropología
no sería mas que una rama de la zoología.
Con la pluma y el humor característico de Chesterton, escribe en su
autobiografía que el mencionado determinismo ni siquiera permitiría
decirle gracias al vecino en la mesa cuando nos pasa la mostaza puesto que
si lo hace es porque estaría compelido y programado por sus genes y
circunstancias a proceder en esa dirección, lo cual no significaría
mérito alguno y, por ende, no tendría sentido el agradecimiento.
Víctor E. Frankl señala un punto crucial para la vida específicamente
humana: la necesidad de sentido. Las personas para vivir plenamente deben
cultivar en libertad lo que constituye otra dimensión que trasciende
lo físico y que consiste en actualizar sus potencialidades en busca
del bien. En cultivar la tensión entre lo que es y lo que debe ser
en su persona, en otros términos, el descubrir su vocación,
realizarla y renovarla. En tener siempre proyectos que vayan por delante de
lo que se hace en el presente. En tener sueños y tener plena conciencia
que nunca es tarde. Por esto es que André Maurois definía la
vejez y decrepitud —independientemente de la edad que se tenga—
como “la sensación de que es demasiado tarde”.
Frankl ilustra el punto de la antedicha dimensión al decir que un avión
no deja de mantener su naturaleza cuando está en tierra pero su verdadera
potencialidad la exhibe cuando vuela. Lo mismo ocurre con el hombre. Un amigo
me recordaba que lo importante en la vida no es lo que a uno le sucede sino
como administramos lo que nos sucede: como se saca partida de los acontecimientos
que no dependen de uno. A veces, las vorágines diarias no dan tregua
para hacer un necesario alto en el camino y preguntarse acerca del fin de
nuestras vidas, propósito que no es un hecho exógeno o exterior
sino que solo nosotros podemos descubrir dentro nuestro y que ilumina el camino
a transitar.
De todas las especies conocidas, solo el hombre puede tener proyectos y en
esta proyección reside la vida propiamente humana, el desafío
y la verdadera emoción de la aventura humana. Como se ha dicho, no
se trata de preguntarle a la vida que puede hacer por nosotros sino que somos
nosotros los que debemos cuestionarnos que podemos hacer por la vida, nuestra
vida.
Orwell nos invita a reformular lo obvio, a insistir en las bendiciones de
la libertad frente a los avances asfixiantes del “gran hermano”,
pero estaremos mejor preparados para la tarea en la medida en que cultivemos
nuestra condición humana y sepamos valorizar la importancia del individualismo
como condiciones únicas e irrepetibles de cada uno, siempre en el contexto
de la sociedad abierta al efecto de maximizar la liberación de las
respectivas potencialidades.
Lo contrario, el abandonarse y dejarse estar, conduce a la preocupación
central de Aldous Huxley en cuanto a la cretinización moral de la especie
al solicitar y reclamar el avance del “gran hermano”, con lo que
se arruina la vida de aquellos que conservan un sentido de dignidad y autorespeto.
Este artículo fue publicado originalmente en el Diario de
América el 10 de abril de 2008.