31 de diciembre de 1969

Bill Gates

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¿En qué se parecen Humala y Bill Gates?

Alfredo Bullard comenta "El dilema no es entonces si se privatiza o no el Estado. El Estado ya está privatizado. Los funcionarios, desde el presidente de la República hasta el ventanillero de una municipalidad, son privados, con sus propios intereses y con la intención de beneficiarse y de beneficiar a sus familias y amigos. La pregunta no es si se privatiza. La pregunta es en realidad cómo se privatiza".

Contra la megafilantropía

Juan Ramón Rallo cuestiona la efectividad en reducir la pobreza mundial que pueda tener el proyecto "megafilantrópico", The Giving Pledge, impulsado por Bill Gates y Warren Buffett.

Por qué Bill Gates odia mi libro

por William Easterly

William Easterly quien trabajó por 16 años como un investigador económico en el Banco Mundial, es profesor de Economía de la New York University. É l es autor de “The White Man’s Burden: Why the West’s Efforts to Aid the Rest Have Done So Much Ill and So Little Good”.

El Wall Street Journal reportó hace unos meses que Bill Gates odia mis ideas. Eso no hiere mis sentimientos. Al final de cuentas Gates se ha aliado con el establishment de la ayuda externa. Este grupo es famoso por ser sensible a las críticas de personas que como yo, no encuentran evidencia de que los grandes programas de ayuda externa estén en realidad sacando a alguien de la pobreza.

Gates ahora ha propuesto su propio programa —el “capitalismo creativo”— en un discurso que dio en el Foro Económico Mundial en Davos. Él argumenta que el capitalismo de hoy no beneficia a los pobres. Para Gates, el capitalismo normal funciona “solo para el bien de aquellos que pueden pagar”. Mientras que los empresarios se esfuerzan por tratar de satisfacer las necesidades de los ricos, “el incentivo financiero para servir [a los pobres] es nulo”. Como resultado, necesidades básicas tales como la comida y la medicina quedan insatisfechas.

Gates parece creer que la solución es persuadir a las empresas con fines de lucro a que satisfagan las necesidades de los pobres mediante la promoción del “reconocimiento” de la filantropía corporativa. Sin embargo, el archivo que contenga evidencia histórica que sugiera la viabilidad de este sistema sería tan delgado como Kate Moss en dieta. Antes que nada, el incentivo al reconocimiento ha demostrado ser tremendamente débil cuando se le compara con el incentivo del lucro. Si esto no fuera cierto, entonces la filantropía corporativa estadounidense al Tercer Mundo sería mucho más que $5.100 millones (cifras del 2005), es decir, cuatro decimales de 1% de los $12.400 billones que es la producción estadounidense para el mercado libre. ¿Acaso la única esperanza de los pobres consiste en que la tienda de ropa GAP done unos cuantos centavos por cada camiseta que venda para el tratamiento del Sida en África?

El capitalismo motivado por el lucro, en cambio, ha hecho maravillas por los trabajadores pobres. Los dueños de las fábricas, que son capitalistas y buscan satisfacer su propio interés, compran máquinas para aumentar la producción, y por lo tanto las ganancias. Los capitalistas buscan los avances tecnológicos que hacen posible conseguir una mayor producción con la misma cantidad de insumos. Trabajando con más maquinaria y mejor tecnología, los trabajadores producen más por hora. En un mercado laboral competitivo, la demanda de estos trabajadores más productivos aumenta y sus salarios también. El incremento constante en los ingresos de los trabajos poco calificados saca a los trabajadores de la pobreza.

La cantidad de personas pobres que no pueden pagar los alimentos para sus hijos es mucho menor de lo que era antes —gracias al capitalismo. El capitalismo no creó la malnutrición, la redujo. La globalización del capitalismo que se dio entre 1950 y el presente ha aumentado el ingreso promedio en el mundo a $7.000 anuales desde una base de $2.000. A diferencia de la leyenda popular, los países pobres crecieron a la misma tasa que los países ricos. Este crecimiento nos dio la reducción masiva de pobreza más grande en la historia mundial.

Las partes del mundo que todavía son pobres están sufriendo de muy poco capitalismo. La inversión extranjera directa en África hoy, aunque está aumentando, constituye tan solo un 1% de los flujos globales. Eso es porque el ambiente para los negocios privados en África todavía es hostil. Hay algunos ejemplos de países e industrias exitosas en África, pero no es suficiente.

Gates también anunció que su fundación está comenzando “una sociedad que le da a los agricultores africanos acceso al mercado de café premium, con el objetivo de duplicar sus ingresos por sus cultivos de café”. Esto es bueno como un esfuerzo modesto para ayudar a algunos agricultores de Rwanda y Kenya, pero difícilmente reconstruirá el capitalismo. Los principales obstáculos para las exportaciones en los países pobres son domésticos, tales como la corrupción y la lucha política, más no la falta de interés por parte de los compradores de café premium en los países ricos.

Además, ¿cómo escogen los filántropos precisamente qué producto será el motor de crecimiento para un país? Bastantes investigaciones sugieren que “escoger a los ganadores” a través de la política industrial gubernamental no ha funcionado. Los ganadores son muy impredecibles como para ser descubiertos por burócratas, peor aún por un filántropo extranjero. ¿Por qué Egipto capturó 94% del mercado de importaciones italianas para las cerámicas de baños? ¿Por qué India, una economía con muy pocos trabajadores altamente calificados, se convirtió en un gigante en servicios de información tecnológica? ¿Por qué Kenya capturó 39% del mercado europeo de flores cortadas? ¿Por qué el pequeño Lesotho se convirtió en un importante exportador de textiles a Estados Unidos? ¿Por qué las Filipinas tomaron control del 72% del mercado mundial de circuitos electrónicos integrados? Porque los capitalistas que buscan el lucro se embarcaron en una búsqueda descentralizada del éxito.

Claro, hay que permitir que aquellos que se han enriquecido bajo el capitalismo traten de hacer cosas buenas por los que todavía son pobres, como Gates ha decidido hacerlo de manera admirable. Pero una mezcla New Age entre incentivos de mercado y reconocimientos no acabará con la pobreza. La historia ha demostrado que el capitalismo motivado por el lucro todavía es la mejor esperanza para los pobres.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en el Wall Street Journal (EE.UU.) el 12 de febrero de 2008.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
Dow Jones & Company, Inc.
Todos los derechos reservados.

La caridad de Bill Gates

por Robert Barro

Robert Barro es profesor de economía en la Universidad de Harvard y un académico titular en la Institución Hoover en la Universidad de Stanford.

Bill Gates es el segundo hombre más rico del mundo, ayudó a crear una revolucionaria compañía de software para computadoras y a principios de este mes recibió un título honorario de la Universidad de Harvard. Pero puede que no entienda la importancia que tiene la creación de riqueza en la sociedad.

Al recibir su título, Gates dio un discurso que se enfocó no en la era de la información, el nacimiento de las computadoras personales o en la implacable eficiencia que su software le ha hecho posible a casi todas las industrias. En cambio, se enfocó en su propia filantropía. Su idea implícita fue que hasta ahora lo que él ha logrado puede haber sido bueno para él y los accionistas de Microsoft, pero que no ha sido una gran contribución a la sociedad en general. Sugirió que con una fortuna personal de US$90 mil millones (incluyendo lo que ha transferido a su fundación) era hora de que diera algo de vuelta.

Encuentro esta perspectiva difícil de entender. Desde cualquier punto de vista Microsoft ha sido una bendición para la sociedad y el valor de su software sobrepasa la suma de dinero que Gates ha invertido en sus esfuerzos filantrópicos.

Considere este modelo simple del valor social de Microsoft. El valor comercial de las acciones de la compañía recientemente llegó a US$287 mil millones. En el 2006, sus ingresos fueron de US$44 mil millones, con ganancias de US$13 mil millones. Este dinero fue generado creando algo que los consumidores valoran. Sólo los competidores de Microsoft podrían creer que este valor comercial y estos ingresos y ganancias podrían haber sido creados supliendo productos de poco valor para la sociedad.

Supongamos que una copia de una nueva versión de Windows se vende a US$50 (y que típicamente se incluye dentro del precio de una computadora personal). Los ingresos de Microsoft por ventas de Windows serían entonces US$50 multiplicado por el número de copias que los consumidores compren. La ganancias de Microsoft son sus ingresos menos los costos de producción y desarrollo. Pero ese no es el valor social. Este viene del incremento en productividad creado cuando compañías y hogares usan el software. El beneficio social es igual al valor de la producción adicional menos el total pagado por el software. Casi por definición, el beneficio tiene que ser positivo. De otra manera, ¿por qué el consumidor estaría dispuesto a pagar por Windows?

Una estimación conservadora, en una simulación en la que el software sirve como una nueva variedad de insumo productivo, sería decir que el beneficio social del software de Microsoft es por lo menos US$44 mil millones (los ingresos que recibe cada año). Al capitalizarlo a la misma proporción (22) que le aplica el mercado a las ganancias, este flujo corresponde a una valoración de US$970 mil millones. De esta manera, a través de las operaciones futuras de Microsoft, Gates está creando un beneficio de alrededor de un trillón de dólares para el resto de la sociedad —o más de 10 veces lo que planea donar. Y esto solo toma en cuenta los beneficios futuros probables, sin asignarle ningún valor al pasado.

Gates ha dicho que es difícil regalar tal suma de dinero de una forma productiva. Esto no es exactamente cierto. Él podría escribirle un cheque por US$300 a todo el mundo en los Estados Unidos, o donar el dinero al Departamento del Tesoro con el propósito de reducir la deuda externa. El último método es mas fácil pero tiene diferentes efectos en la distribución del ingreso.

En cambio, el plan de Gates es usar la Fundación Bill y Melinda Gates para reducir la pobreza mundial, con un énfasis en avances en la salud. Esto es una meta noble. Pero probablemente sólo complementaría los actuales programas mucho más grandes de ayuda y de alivio de deuda, que han sido dirigidos por muchos años por organizaciones internacionales y gobiernos. Estos programas, en el mejor de los casos, han tenido un récord dudoso. Aunque Gates es probablemente mucho más inteligente y emprendedor que el típico burócrata del Banco Mundial, seguramente él no lo hará mucho mejor.

Para encontrar políticas que, en efecto, disminuyan la pobreza, es favorable fijarse en las historias de éxito y de fracaso. En las últimas décadas, la historia de éxito más grande ha sido el desarrollo económico post-1979 (post-Mao) en China. Xavier Sala-i-Martin (“The World Distribution of Income”, Quarterly Journal of Economics, Mayo de 2006) encontró que el número de personas bajo la línea de pobreza en China disminuyó en 250 millones entre 1970 y el 2000. Esta reducción de pobreza masiva ocurrió a pesar de que hubo un incremento en la población del país de más de 400 millones y un incremento en la desigualdad económica dentro de China. La segunda mejor historia es el desarrollo económico de India, donde 140 millones de personas salieron de la pobreza entre 1970 y el 2000.

Otra historia reveladora es la tragedia más grande de pobreza mundial —el bajo crecimiento económico de África sub-Sahariana. En este caso, el número de personas en la pobreza incrementó en unos 200 millones entre 1970 y el 2000.

Estos ejemplos sugieren que la clave para aliviar la pobreza es lograr que África crezca como China e India. Un dato importante es que los triunfos en China e India provienen de mejoras en la gobernabilidad, en especial mediante la apertura a los mercados y al capitalismo. Asimismo, la tragedia de África proviene principalmente de la mala gobernabilidad. Otro dato es que la ayuda externa no ha tenido nada que ver con las historias de éxito y no evitó la tragedia de África.

Esto se explica por que la ayuda externa es administrada a través de los gobiernos y, de ese modo, tiende a promover un sector público que es grande, corrupto e insensible a las leyes del mercado. Puede que la Fundación Gates pueda dirigir estos programas de ayuda de forma más eficiente que lo que hemos visto en el pasado pero dudo que suceda.

Irónicamente, la inspiración de “devolver” de Gates aparentemente viene de la tercera persona más rica del mundo, Warren Buffet, quien recientemente prometió donar gran parte de su fortuna a la Fundación Gates.

Digo irónicamente por que sería más fácil dar argumentos filosóficos para querer “devolver” dinero de los US$52 mil millones de Buffet que de los US$90 mil millones de Gates. La fortuna de Buffet se ha hecho en gran parte por ser bueno eligiendo acciones. No se puede saber si su fortuna ha sido producto de suerte o de aptitudes, pero los beneficios sociales son difíciles de constatar. Estos beneficios tienen que venir de mejoras en la administración de la compañía o en decisiones de inversión.

Por supuesto, Gates está en libertad de hacer lo que desee con sus US$90 mil millones. Pero creo que se está engañando a sí mismo si cree que los esfuerzos de la Fundación Gates pueden asemejarse a las contribuciones que Microsoft ha hecho a la sociedad en el pasado y hará en el futuro. Y, francamente, hubiese preferido recibir los $300 por persona de “Asistencia Gates”.

Este artículo fue publicado originalmente por el Wall Street Journal el 19 de junio de 2007.

Traducido por Roseiby Dajer para Cato Institute.

El laberinto de la filantropía

por Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.

Carlos Slim cree que es mejor filántropo que Bill Gates y Warren Buffett. Acaba de declarar que no es dando dinero como se combate la pobreza. En realidad, la fundación de Gates, a la que Buffet ha donado una buena parte de su fortuna, no da dinero: vacuna y cura niños extremadamente pobres en diversas partes del mundo, incluso en Estados Unidos, mientras trata de educarlos.

Slim es el tercer hombre más rico del planeta. Se trata de un ingeniero mexicano de 66 años, hijo de un laborioso inmigrante libanés. Se le calculan cuarenta y nueve mil millones de dólares. Ha donado cuatro mil a su propia fundación filantrópica. Tampoco está mal. Al ritmo al que crece su fortuna, en gran medida relacionada con las comunicaciones, que explota en régimen de monopolio, es posible que el año próximo sea el primero y Bill Gates y Warren Buffet pasen a ocupar el segundo y tercer puesto respectivamente.

Es evidente que tener tanto dinero no impide decir tonterías. Desde que el señor Abraham Maslow jerarquizó las necesidades en su famosa pirámide, sabemos que la primera de ellas es estar vivo, comer, calmar la sed, protegerse del frío y de las enfermedades. Es verdad que la pobreza no se combate repartiendo dinero, sino generando las condiciones para que las personas puedan trabajar y crear riqueza, pero para llegar a esa etapa parece imprescindible estar vivo. Y ya veremos luego qué sucede más adelante.

Al margen de esta absurda discrepancia, hay otra diferencia notable entre Slim y Gates: la forma en que mexicanos y norteamericanos juzgan a los ricos. En general, los latinoamericanos tienen muy mala opinión de las personas adineradas, mientras los estadounidenses las veneran. Tal vez eso se relaciona con el sistema en el que unos y otros han hecho sus fortunas. Slim, aunque no inventó la corrupción, presumiblemente se ha enriquecido dentro de las podridas reglas de juego del capitalismo mexicano, al amparo del poder, donde el amiguismo, las mordidas y las comisiones por debajo de la mesa forman parte de cualquier negociación. Gates, en cambio, salió a competir al mercado con un software novedoso —un sistema operativo para computadoras— y logró crear un emporio. Es cierto que en la batalla trató de arruinar a otros competidores y se abrió paso a codazos hasta la cúspide, pero la percepción general es que lo hizo acatando las normas, y en la cultura anglosajona ése es el requisito imprescindible para otorgar el reconocimiento: someterse al fair play.

En todo caso, es muy conveniente que el señor Slim dedique una parte de su fortuna a ayudar a sus semejantes, aunque sea proporcionalmente pequeña. En América Latina la suya es una conducta rara. Se ha dicho que en ese continente es más fácil encontrarse un elefante que a un mecenas. ¿Por qué? Probablemente, porque en las sociedades de tradición católica la caridad se ejercía por medio de la Iglesia. Los ricos entregaban algunos bienes a la Iglesia y ésta los repartía. Cuando la Iglesia fue privada de sus posesiones y dejó de ser el gran factor filantrópico, nadie la reemplazó. O la reemplazó un Estado profundamente incompetente. Pero hay otro elemento: en América Latina el acto de donar no trae aparejado ningún prestigio y ya sabemos que en la mencionada escala de Maslow el reconocimiento social es una motivación importante. ¿Para qué sacrificar parte de la fortuna si ello apenas consigue el aplauso y la admiración de los demás?

El asunto es lamentable. En un espacio cultural como el latinoamericano, con tantas carencias a todos los niveles, una buena dosis de filantropía privada sería muy útil. No importa que unos donen su dinero para combatir el sida y otros para salvar la ópera italiana o los tapires centroamericanos. Mientras la mitad de Italia pasaba hambre, los Médici y Ludovico el Moro costeaban de su bolsillo a los grandes artistas del Renacimiento. No hay que pedirles a los ricos que se sometan a la pirámide de Maslow. Es suficiente con que abran sus bolsillos y elijan a su antojo el destino de su compasión. Aunque ni siquiera les den las gracias. Eso se llama ayudar por amor al arte. Tal vez la forma más desprendida de ser generoso.

Artículo de Firmas Press
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La filantropía no es una obligación, sino un admirable gesto

por Tibor R. Machan

Tibor R. Machan es un académico investigador de la Hoover Institution, profesor de la Escuela Agyros de Negocios de la Universidad Chapman, y académico asociado del Cato Institute.

Nadie duda que Bill Gates es un genio en todo lo referente a programas y mecanismos de computación; su trabajo e inventiva me han beneficiado a mí y a millones de personas alrededor del mundo. Pero en días pasados, cuando Bill Gates anunció que se retirará del trabajo cotidiano en Microsoft dentro de un par de años, lo hará para dedicarse a “devolverle a la comunidad”. ¿Qué es eso? ¿Acaso le robó a alguien y ahora tiene que reintegrar lo hurtado?

La gente que se enriquece generalmente no lo logra robándole a los demás, sino ofreciendo lo que han creado, inventado, diseñado o producido. Cuando Picasso pintaba sus cuadros y los vendía por altas sumas de dinero, él no le estaba robando a nadie. Cuando Shakespeare o Arthur Miller escribían sus obras teatrales y ganaban dinero con ello, no estaban robando. Asimismo, cuando Bill Gates revolucionó el mundo de la computación con sus inventos, la gente gustosamente los compraba y se beneficiaban utilizándolos. El no le confiscó la riqueza a nadie, por lo que no tiene nada que “devolver”.

No estoy criticando la voluntad de Gates de ayudar a millones de pobres y enfermos en el Tercer Mundo. Su generosidad es admirable y debe ser apreciada no solamente por quienes reciben beneficios sino también por otros que quisieran pero no pueden ayudar a esa gente.

Pero nada de eso tiene que ver con “devolverle a la sociedad”, a la comunidad, a la humanidad o al mundo entero. Tal idea es una reliquia perversa de la teoría reaccionaria de que cuando alguien obtiene una utilidad en el comercio otro está perdiendo. A eso lo llamaba Karl Marx “explotación” y la propaganda marxista ha sido tan exitosa que no sólo los enemigos del capitalismo sino que muchos grandes capitalistas la creen.

El término “explotación” tiene dos sentidos. Uno significa aprovecharse injustamente de alguien, como en el caso de que haga mucho frío y solamente una persona tiene cobijas, de lo cual se aprovecha para exigir precios exorbitantes por ellas. Pero si yo tengo hambre y entro a un restaurante, donde me sirven un almuerzo que luego me cobran, se trata de un intercambio donde todos salimos ganando. Si a usted le gusta la música clásica y paga la entrada al teatro para oír a una gran orquesta sinfónica, usted está explotando la habilidad de los músicos y ellos explotan su interés en la buena música.

En ese sentido, Bill Gates explotó el hecho de que tantas personas quisieran hacer uso de sus productos y todas esas personas explotaron el hecho que a él le interesaba mucho su trabajo. No hay nada malo en ello. Por el contrario, es algo admirable cuando alguien busca mercadear sus habilidades y logra ofrecer a sus clientes lo que necesitan, logrando también hacerse rico en el proceso.

En tales circunstancias no hay nada que “devolver”. Bill Gates no se convirtió en el hombre más rico del mundo porque los políticos en Washington nos obligaron a comprar sus productos, sino porque decenas de millones llegamos a la conclusión que nos convenía hacerlo y les sacamos provecho.

Otro punto negativo de lo que dice Gates es que se puede interpretar en que la generosidad y la filantropía es cosa de ricos. Ganaron mucho y ahora están “devolviendo” parte de eso. Entonces los demás que no tenemos fortunas que “devolver” no tenemos tampoco que preocuparnos por los más necesitados. Esa también es una posición equivocada. La generosidad es algo que debiera ser cultivada por todos. El alegato de Gates de que él tiene una obligación especial en “devolver” tiende a hacer pensar equivocadamente a la gente común y corriente que la generosidad y la caridad son asuntos exclusivos de los ricos.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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Reduciendo la pobreza

Bill Gates es el hombre más rico del mundo; enriqueció más a la humanidad que cualquier otra persona viva hoy. Me imagino que no fue eso lo que lo motivó a innovar la informática que tanto ha ayudado a elevar el nivel de vida en todo el globo. Pero nadie, sin hacer el ridículo, mantendría que se hizo rico porque otros se empobrecieron. Sucedió al revés: Gates se hizo rico porque enriqueció a los demás.
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