por Roberto Salinas León
Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.
El día de ayer se celebró la Primera Mesa Regional
de Negocios de The Economist Conferences, en la sede de Hermosillo,
Sonora. El tema del evento se centró sobre la idea de la competitividad,
y su idea hermana, ventajas competitivas.
Esto era de esperarse. Después de todo, estas dos palabras sobresalen
en el nuevo vocabulario empresarial. Son palabras de moda, atractivas,
llamativas. Sin embargo, si no definimos bien los conceptos de competitividad
relevantes, pueden convertirse en palabras tramposas. La competitividad
de una empresa depende de ganar mercado, vender más, con menos,
en menor tiempo, para lograr generar la mayor utilidad posible. Y ello
depende de muchísimas variables, como la capacitación,
las economías de escala, las economías de especialización,
el acceso a tecnologías, entre otras.
Si usamos el mismo criterio de competitividad, pero a nivel no de empresa
sino de región, entonces pueden surgir propuestas contraproducentes —por
ejemplo, manejar una idea de superávit comercial como fin principal
de la región, o del país, como sustituto en este caso
del concepto de maximizar utilidades. Ello no resulta necesariamente
el caso, ya que un superávit comercial, como también un
déficit comercial, puede ser signo de algo bueno, pero también
de algo malo.
Vaya, una forma segura de generar un superávit comercial, al
instante, es por vía de una recesión, o una devaluación.
Si despedazamos la economía interna, los bienes que no logremos
vender internamente, lo venderemos al exterior. Ojo, así pasó en
1995.
Decía Paul Krugamn, hace unos años: una nación
no es una empresa. Las cuentas de una corporación requieren una
lectura muy diferente a las cuentas nacionales.
Everardo Elizondo, en su participación en este magno foro, hizo
referencia a estas posibles trampas conceptuales sobre el tema
de la competitividad. La idea operante, para una región, es ver
la competitividad como la capacidad de generar, atraer y retener flujos
de inversión productiva en una región. Es el mismo criterio
que utiliza el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), y que,
en este mismo foro, expuso Salvador Malo, director de investigación
de este instituto.
Este criterio sí tiene sentido, sobre todo en un mundo caracterizado
por la altísima competencia entre países para atraer inversiones,
así como por los avances tecnológicos en el mundo financiero.
Hoy, todos los capitales van y vienen, en un instante, ya sea en Bolsa
o en manufactura, en bonos soberanos o en proyectos inmobiliarios. Su
movilidad es cosa de días. Todos los capitales requieren, por
tanto, condiciones para venir, para quedarse, y para prosperar.
Elizondo expuso este tema en mayor detalle, con factores que impulsan
el nivel de competitividad de una región: un ambiente de estabilidad
de precios; competencia en los sectores económicos, sobre todo
los estratégicos; flexibilidad, para permitir productividad laboral;
e instituciones económicas confiables, como los derechos de propiedad.
En algunos de estos rubros, salimos bien; en otros, no tan bien, mientras
que en otros, de plano mal hasta muy mal. Por ende, nuestra competitividad,
entendida en éste, el criterio de atraer y retener inversión,
es mediocre, en el mejor de los casos.
No es para más: eso dicen todos, pero todos, los indicadores
de competitividad que circulan en la actualidad.
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