31 de diciembre de 1969

impuestos

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Los impuestos y la libertad

por Tibor R. Machan

Tibor R. Machan es un académico investigador de la Hoover Institution, profesor de la Escuela Agyros de Negocios de la Universidad Chapman, y académico asociado del Cato Institute.

La libertad no es compatible con los impuestos. A pesar de la conocida frase de Oliver Wendel Holmes, "los impuestos es el precio que pagamos por la civilización", la realidad es que se trata de una manera muy poco civilizada de obtener fondos.

Piénselo. Usted comienza a trabajar en una empresa donde le dicen que va a ganar tanto, pero el sueldo que recibe es bastante menos de lo que le ofrecieron. ¿Por qué? Porque una buena parte no se lo dan a Usted, que se lo ganó trabajando, sino a otra gente. ¿Por qué? Porque si la empresa no lo hace así es acusada de cometer un delito y llegará la policía.

¿No es eso exactamente lo que sucede cuando la mafia extorsiona a la gente? Sí, incluso si parte de los fondos extorsionados son utilizados en algo que los beneficie, por lo que los extorsionados no protestan. Pero lo inaceptable de la extorsión es la manera de obtener el dinero: a través de la coerción.

A menudo se menciona a Robin Hood para justificar los impuestos. ¿Acaso él no robaba a los ricos para dárselo a los pobres? En realidad Robin Hood hacía todo lo contrario: le robaba a quienes le habían robado a los pobres y le devolvía el dinero a sus verdaderos dueños. En aquellos tiempos, los reyes y sus compinches de la nobleza extorsionaban al pueblo y lo disfrazaban alegando falsamente que todo le pertenece al rey y a sus compinches.

Nuestras guerras de independencia acabaron con esos fraudes, mostrando que los reyes violaban los derechos naturales de la gente. Pero debido a la idea que nuestros derechos tienen que ser defendidos por alguien, los impuestos siguieron existiendo en las nuevas repúblicas.

Originalmente los fondos requeridos por el gobierno eran moderados, pero cuando se trata de entre 25% y 70% de nuestros ingresos se trata de un asalto a mano armada.

Una excusa inaceptable es que los impuestos en otros países son aún más altos, incluyendo casi toda Europa occidental. La realidad es que los impuestos son una extorsión, un método bárbaro y una violenta violación de la libertad humana.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

La competencia en impuestos

por Ricarhd W. Rahn

Richard W. Rahn es Director del Center for Economic Growth y académico asociado al Cato Institute.

¿Qué pensaría usted si los gobiernos decidieran que todo el mundo debe manejar el mismo automóvil y que éste costará 50.000 dólares? El raciocinio tras dicho mandato es que algunos países logran fabricar autos más baratos que otros y que eso no es justo porque las naciones con altos costos de producción pierden mercado. Además, todos los autos deben llevar asientos de cuero porque de lo contrario sería perjudicial para los sindicatos de curtidores que se utilicen telas baratas.

Suena absurdo, pero es exactamente el razonamiento expuesto por las naciones europeas con impuestos altos que insisten que los países con impuestos bajos los aumenten a su mismo nivel. El resultado de eso sería tan perjudicial para los trabajadores en países con impuestos bajos como la absurda imposición del modelo único de automóvil.

Los países europeos acusan a Estados Unidos, a Suiza y a otras naciones con impuestos más bajos de "competencia injusta". El argumento utilizado se basa en su creencia que el gasto gubernamental es mejor que el gasto privado y que la competencia en impuestos socava la recaudación por parte de los gobiernos, para así poder expandir el Estado Benefactor.

Los economistas dedicados al área de opción pública, como el premio Nóbel James Buchanan, argumentan que la competencia entre los gobiernos es beneficiosa porque reduce el derroche gubernamental y les impone cierta disciplina a los políticos. También indican que los políticos invariablemente tratan de gastar el dinero de los contribuyentes en proyectos que los beneficien y los ayuden en su reelección, en lugar de proyectos que benefician al ciudadano común y corriente.

En una investigación recién publicada de la muy respetada Oficina Nacional de Investigaciones Económicas, titulada "Por qué a Europa debe gustarle la competencia en impuestos y más aún a Estados Unidos", sus autores, Eckhard Janeba y Guttom Schjelderup, examinan los pro y los contra, concluyendo que la evidencia favorece a la competencia. La investigación indica que al aumentar la competencia en impuestos, se benefician los ciudadanos porque se reducen los gastos gubernamentales no productivos, incluyendo los beneficios directos a los políticos.

Otros estudios indican que las democracias parlamentarias imponen impuestos más altos que los gobiernos presidencialistas, como es el caso de Europa versus Estados Unidos.

Se sabe que los políticos siempre tratan de aumentar los gastos del gobierno en su propio distrito, mientras distribuyen su costo entre los votantes de todo el país. Quienes lo logran, aseguran su reelección.

Como Estados Unidos y otros países que han sido más responsables en materias fiscales que los europeos, las naciones europeas están ahora tratando de conseguir información sobre las ganancias de sus ciudadanos en terceros países. El estudio antes citado le da todas las armas que la oficina del Impuesto (IRS) de Estados Unidos necesita para rechazar de plano la propuesta europea, por ser perjudicial tanto para los europeos como para los estadounidenses.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

Menos impuestos significan mayor crecimiento económico

por Alan Reynolds

Alan Reynolds es Académico Titular de Cato Institute.

Jeff Madrick escribió recientemente un artículo en el New York Times afirmando descaradamente que "no existe evidencia" que "los países con tasas impositivas bajas crecen más rápido que los países con impuestos altos."

"Uno de las investigaciones más interesantes en el tema", escribió Madrick, fue realizada "hace pocos años por Sergio Rebelo y Nancy Stokey." Dicho documento fue publicado por primera vez en 1993—el mismo año en que Rebelo co-escribió un estudio más ambicioso con William Easterly, a quien Madrick cita con aprobación. Dicho estudio, "Política Fiscal y Crecimiento Económico", encontró que "tasas impositivas marginales... tienden a estar altamente relacionadas con el nivel de ingreso." Easterly y Rebelo también encontraron "una asociación negativa entre crecimiento y una variable fiscal: la tasa impositiva marginal."

Por supuesto, Madrick menciona únicamente uno de los trabajos de Rebelo de 1993; y evita prudentemente mencionar que el coautor más prominente de Stokey, el Premio Nóbel Robert Lucas, ha estimado que reducir a cero los impuestos al capital podría aumentar la reserva de capital entre 30% y 50%.

Según Madrick, Rebelo y Stockey "notaron que los ingresos generados por el impuesto sobre la renta en Estados Unidos aumentaron a un 15% del Producto Interno Bruto en 1942, luego de estar en un 2% en 1913, cuando el impuesto fue creado. Sin embargo, concluyen, 'Este fuerte incremento en las tasas del impuesto sobre la renta no produjo ningún efecto visible en el crecimiento promedio de la economía.'"

El primer problema radica en que el promediar las tasas de crecimiento desde la Primera Guerra Mundial hasta la Gran Depresión confunde qué sucedió y cuándo sucedió. De 1913 a 1921, la tasa más alta del impuesto sobre la renta se disparó del 7% al 73% y el crecimiento económico promedio fue de -0.3%. Luego la misma fue reducida de un 56% en 1922 a un 25% entre 1925 y 1928, y el crecimiento económico promedió 6% de 1921 a 1929.

En 1930 hubo un incremento enorme en los impuestos al comercio (aranceles). En 1932, la administración Hoover casi triplicó todas las tasas impositivas, poniendo la más alta al 63%. De 1929 a 1938, el crecimiento económico nuevamente promedió un -0.3%. Pero amontonar todo esto, tal y como lo hace Madrick, hace que sea técnicamente correcto afirmar que el crecimiento del PIB real promedió 2.9% entre 1913 y 1942, un poco menor del 4.3% experimentado entre 1870 y 1913.

El segundo problema es que Rebelo y Stokey confunden ingresos fiscales con tasas impositivas. Los ingresos colapsaron luego de los enormes incrementos en las tasas tributarias y arancelarias. La recaudación individual producto del impuesto sobre la renta en 1939 era todavía 10.3% más baja que en 1930. Y los ingresos de los excesivos aranceles sobre las importaciones cayeron 38.4% de 1929 a 1936. En contraste, en 1942 los ingresos individuales del impuesto sobre la renta aumentaron 130% en un solo año gracias a la movilización para la guerra. Referirse a los ingresos fiscales de 1942 como que si éstos fueran parte de una tendencia de largo plazo resulta engañoso.

Madrick también cita erróneamente al libro de 1996 Taxing Ourselves escrito por Joel Slemrod y Jon Bakija, al decir que "naciones con bajos impuestos relativos como Estados Unidos y Japón tuvieron un buen desempeño, encontraron los autores, pero las naciones con impuestos altos como las escandinavas también lo tuvieron." Lo que en realidad Slemrod y Bakija escribieron fue que "países con altos impuestos como Suecia... tuvieron un desempeño relativamente pobre."

Aparte de esa sutil distinción entre un desempeño bueno y uno malo, ni siquiera es claro que significa el jactarse que Suecia tenga únicamente un tercio menos del PIB per capita que Estados Unidos cuando casi la mitad del PIB sueco consiste en gastos del gobierno. Numerosos estudios, incluyendo el de Easterly y Rebelo, muestran que el gasto gubernamental es malo para el crecimiento. Mi reciente columna "El Lado de la Oferta va a Harvard" cita dos de los estudios más recientes que muestran cómo un Estado grande y con altos impuestos deprime a la economía.

En su lugar, Madrick mira hacia atrás y afirma que Slemrod y Bakija "contradicen resultados anteriores que pretendían demostrar que los altos impuestos reducen las tasas de crecimiento." Uno de esos "resultados anteriores" fue el estudio Easterly-Rebelo. Sin embargo, Easterly y Rebelo estaban estimando el efecto de las tasas impositivas marginales—el impuesto de la renta sobre cada dólar extra ganado. En contraste, Slemrod y Bakija estaban hablando sobre los ingresos fiscales promedios de 1970 a 1990—la suma de todos los impuestos dividido por el PIB. Este es un indicador de distorsiones fiscales inútil, ya que los impuestos que más daño causan son usualmente los que generan el menor ingreso.

Los países con las tasas impositivas más progresivas, con las tasas más altas de un 50% o más, recaudan muy pocos ingresos de ese impuesto. Esto incluye a Japón y Turquía, los cuales son etiquetados erróneamente por Slemrod y Bakija como países con "impuestos bajos." Francia, con tasas sobre la renta tan altas como un 57%, sólo recauda cerca de un 6% del PIB de ese impuesto. Estados Unidos, con tasas impositivas federales por debajo del 40%, recauda aproximadamente un 11% del PIB. Cuando el impuesto más alto de Nueva Zelanda era de todavía un 33%, su impuesto sobre la renta individual recaudó cerca del 17% del PIB. Y desde que Rusia adoptó un impuesto de tasa única del 13% el año pasado, los ingresos han aumentado dramáticamente.

Los países que tratan de recolectar impuestos punitivos de los ricos, como Francia y Suecia, terminan con menos ricos a los cuales gravar. Como resultado, terminan dependiendo principalmente de impuestos de venta (IVA) y sobre las planillas laborales. Esta es otra razón por la cual no podemos combinar los ingresos producto de todos los impuestos para medir el daño económico de las tasas impositivas altas. Un estudio de 1999 en el Journal of Public Economics realizado por Kneller, Bleaney y Gemmell encontró que los impuestos sobre la renta progresivos eran claramente dañinos para el crecimiento, pero encontraron mucho menos daño en los impuestos de tasa única sobre lo que la gente gana o gasta.

Al contrario de lo señalado por Madrick, la evidencia de 1913 a 1942 muestra que los aumentos en los impuestos y aranceles fueron acompañados por largos períodos de cero crecimiento económico, y que tasas impositivas marcadamente menores de 1922 a 1929 tuvieron el mismo efecto vigorizante que las tasas bajas tuvieron en 1964-69, 1983-89 y 1997-99. Irónicamente, incluso las fuentes convenientemente escogidas de Madrick, Eastery y Rebelo, encontraron que las tasas impositivas marginales afectaban tanto el nivel de ingreso como la tasa de crecimiento económico. Lejos de probar que "no existe evidencia" de que las tasas impositivas bajas estimulan el crecimiento económico, Madrick ha demostrado desapercibidamente el grado extremo de triquiñuelas que se requieren para defender una observación tan indefendible.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

El día de la libertad fiscal en México

por Roberto Salinas-León y Adolfo Gutiérrez Chávez

Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.

Adolfo Gutiérrez es analista económico.

La esclavitud está prohibida en nuestro país. Un esclavo no es dueño de su destino o de sus decisiones. La libertad, por otro lado, permite a los individuos desarrollar al máximo sus capacidades para definir su destino y salir adelante. En materia económica, la libertad es el camino hacia la prosperidad. Las sociedades con mayor grado de libertad económica son las mismas que han logrado alcanzar los mayores índices de prosperidad general.

No hay misterio en este dato: las personas libres crean mucha mayor riqueza porque tienen garantizada la propiedad de sus bienes y porque son dueñas de su trabajo. Asimismo, un requisito para el desarrollo a largo-plazo es un sistema tributario que maximice ingresos fiscales, pero que lo haga en una forma que no lesione incentivos empresariales y laborales. Suena fácil, pero el reto es mayúsculo. Los agentes económicos, en la medida que disfruten de amplia libertad fiscal, de derechos fiscales, de estabilidad fiscal, tendrán los incentivos para crear más riqueza y por ende disfrutarán de mayores niveles de bienestar.

Un especialista en la materia, Paul Craig Roberts, dice que "la libertad económica surgió cuando los siervos y esclavos se convirtieron en seres libres. La diferencia consistía en si la persona era dueña o no del producto de su trabajo." Sin duda en nuestro mundo civilizado, es común pensar que las personas son dueñas de su trabajo. La verdad es que no es así, pues el gobierno se adueña de una parte del trabajo de los individuos por medio de los impuestos, ya sean directos o indirectos. En este sentido, la carga fiscal total que enfrentan los contribuyentes en una sociedad representa un cierto grado de "esclavitud" con relación a su trabajo, independientemente del uso que se le den a los recursos tributarios.

Si consideramos el monto total de impuestos que los contribuyentes pagarán durante todo un año, podemos calcular el tiempo que tienen que trabajar para el gobierno, es decir, para conseguir el dinero necesario para cubrir la totalidad de sus obligaciones impositivas. En el área de Estrategia Económica de TV Azteca, realizamos un estudio basado en las tesis que usa el Instituto Fraser de Canadá para calcular aquel día del año, en el cual las personas dejan de trabajar para pagar sus contribuciones, y comienzan a ser libres, disfrutando de los frutos de su trabajo. Este día tan especial, lo denominamos el Día de Libertad Fiscal (DLF).

El cálculo del DLF es, en otras palabras, la relación que guarda la carga tributaria total con el ingreso bruto total de las familias. Con base a los diversos cálculos realizados por la SHCP en el 2001, se puede saber cómo participan las familias en la recaudación tributaria total. Con la esperanza recaudatoria para 2002 (un total de 806,200 millones de pesos por la reducción de tarifas de ISR y la introducción de nuevos impuestos a la estructura tributaria), se estima que cada familia del decil más bajo de ingresos recibirá alrededor de 279 pesos mensuales, entre la totalidad de las exenciones, subsidios, créditos fiscales y transferencias. Esto es equivalente al 68% de sus percepciones mensuales. En cambio, los hogares más ricos, los pertenecientes al último decil de ingresos, pagarán en promedio 24,367 pesos al mes entre ISR, IVA, IEPS, impuestos al lujo y otros gravámenes. Esto representa el 56% de su ingreso mensual. Las peculiaridades de nuestro complicado sistema impositivo ocasionan que sean sólo los últimos cuatro deciles de ingreso los que terminan pagando el total de la recaudación.

Pero hay más. También hay que calcular el impuesto más injusto, la inflación, que afecta a todos los niveles de ingreso prácticamente por igual. La inflación esperada para 2002, si bien la más baja en treinta años, reducirá el poder adquisitivo de los hogares más pobres en 383 pesos al año, lo que les representa el 7.8% de su ingreso. Las familias más acomodadas perderán casi 14 mil pesos ó el 2.6 por ciento de sus percepciones anuales.

Al final, las familias pertenecientes al VI decil, que son las que realmente empiezan a pagar impuestos, serán obligadas por el Estado a darle cinco centavos por cada peso que ganan, es decir, trabajarán para el gobierno 5% de su jornada laboral anual. Considerando que los trabajadores son remunerados por trabajar 365 días al año (incluye el pago al trabajo por domingos y días festivos), estas familias terminaron de trabajar para el gobierno el día número 18 del año, por lo que pudieron empezar a disfrutar de los frutos de su trabajo a partir del 19 de enero, cuando festejaron su Día de Libertad Fiscal. Mientras tanto, las familias de mayor ingreso trabajaron el 58.4% del año para el gobierno, por lo que fue hasta el pasado 2 de agosto cuando celebraron su libertad fiscal.

Para tener un promedio del Día de Libertad Fiscal para familias que pagan impuestos hay que ponderar los ingresos de los contribuyentes, según su participación a la carga fiscal. El promedio ingreso mensual de un hogar contribuyente será de 36,704 pesos durante el 2002; pagará en impuestos 19,923 pesos (más unos 994 pesos por concepto de inflación).

En total, el contribuyente común y corriente terminará trasfiriendo 20,918 pesos, equivalentes al 57% de lo que gana. Así, el día 27 de julio fue el último día del año 2002 en que el promedio de las familias que pagan impuestos trabajó para pagar sus contribuciones tributarias. El 28 de julio, por lo tanto, fue el Día de Libertad Fiscal para el promedio de contribuyentes; día en el cual pueden empezar a cosechar el fruto de su trabajo.

En México, la "esclavitud fiscal" ha aumentado, pues en el 2001 trabajamos para el gobierno 195 días al año en lugar de los 208 de este año. Esta es una muestra, entre varias otras, de las tremendas distorsiones que sufre nuestro sistema fiscal. El incentivo de las familias de altos ingresos es evadir, dado el alto grado de "esclavitud fiscal" operante. Es más, del total de impuestos pagados, las familias contribuyentes más pobres aportan el 0.8%, mientras que las más ricas lo hacen en 78%. La evasión, tanto para el contribuyente más pobre como para el contribuyente más rico, es un deporte nacional no por mala fe, sino por reglas del juego que generan o imposibilidad de cumplimiento (bajos ingresos) o incentivos para evadir (sobre-fiscalización).

El Día de Libertad Fiscal depende de variables que, valga la redundancia, varían. Un estudio más profundo deberá incluir aspectos como el crédito fiscal al salario, el gravamen de otras prestaciones, devaluaciones, sobre-regulación, tasas de interés y la deuda pública. Ello sin duda arrojaría un DLF diferente. Pero el ejercicio de calcular un DLF es un instrumento de comunicación valioso, sobre todo para medir la transición de nuestro país hacia la libertad, así como para iluminar en términos sencillos y sensatos la idea que, a más gasto público, menos gasto para el público.

Mientras tanto, el día de libertad fiscal es una muestra contundente de la necesidad de una profunda reforma en el sistema fiscal mexicano. Un país no puede prosperar si el promedio de su trabajo pertenece al gobierno en razón de más de la mitad del año.

EE.UU.: Los impuestos más altos de su historia

Milton Friedman aseveró en este artículo que para 1998 EE.UU. estaba experimentando los impuestos federales más elevados de todos los tiempos.

Impuestos añejos retrasan el progreso de los pobres

por Solveig Singleton

Solveig Singleton es analista del Proyecto para la Privatización del Seguro Social del Cato Institute.

Observen con atención algunos de los impuestos estatales, locales y federales que aparecen en su cuenta telefónica. Hay muchos. Un ministro del Rey Luis XIV de Francia djo una vez que "el arte del cobro de impuestos consiste en desplumar al ganso de tal manera que se obtenga el mayor número de plumas con la menor cantidad de graznidos."

La cuenta de teléfonos es un ejemplo de ese tipo de método -cada impuesto parece insignificante en sí mismo; ¿qué son un par de dólares? Pero la suma se acumula, en especial para las familias de menores ingresos. Estos impuestos, combinados, suman hasta un 20 o 30 por ciento de la cuenta telefónica promedio. Este tipo de gravamen es una multa a la comunicación en sí y es una señal de malas noticias tanto para los consumidores y las políticas que rayan la cancha de las telecomunicaciones.

Tomemos el Impuesto Federal a las Telecomunicaciones como ejemplo. Este impuesto, que corresponde al 3 por ciento de cada cuenta telefónica norteamericana, le costó a los consumidores cerca de cinco mi millones de dólares en 1999, lo que constituye una ínfima fracción de los ingresos anuales de las arcas fiscales. Era en sus inicios un "impuesto al lujo", similar a los que gravan el alcohol y el tabaco. Fue originalmente implementado para pagar los gastos de la guerra contra España en 1898 y luego vuelto a cobrar para pagar los gastos generados por la Primera Guerra Mundial.

Este tipo de impuestos a una actividad particular, específica - como realizar una llamada telefónica- es una política errada. El impuesto va a determinar parcialmente el número de nuevos servicios comunicacionales que utilizarán los consumidores, en especial aquellos de menores ingresos. Tal como aquel impuesto especial a las ventanas que hizo que las personas tablearan la mayoría de las que tenían en sus casas, los impuestos especiales a las telecomunicaciones congelan la compra de una segunda línea telefónica, cosa que en muchos hogares serviría para tener acceso a la Internet. En 1898 el tener teléfono era un lujo, pero hoy ya no lo es, y desincentivar la instalación de nuevos teléfonos a lo largo del país no es una política en la que el gobierno debiera avanzar.

La batalla para la reforma a los impuestos debe empezar en alguna parte, y el Impuesto Federal a las Telecomunicaciones presenta  una gran oportunidad para hacerlo. Este impuesto es innecesario y pasado de moda, contribuye muy poco a la recaudación total de la Tesorería y hiere a los consumidores. Eliminar este impuesto no es un asunto de unas pocas monedas de más o de menos, sino que un símbolo de nuestro tradicional compromiso hacia un sistema impositivo mínimo y justo.

Un retrato fiscal de los nuevos americanos

por Stephen Moore

Publicado por el Cato Institute y el National Immigration Forum

En memoria de Julian Simon

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