por Daniel T. Griswold
Daniel T. Griswold es Director del Centro de Estudios de Política Comercial del Cato Institute.
Junto con la reconstrucción
luego del Huracán Katrina y con el reemplazo de dos vacancias en la
Corte Suprema, la administración de Bush debe encontrar una manera
de restringir el impulso de muchos en el Congreso de declararle una guerra
de comercio a China.
La reforma de la moneda china anunciada en julio calmó las emociones
temporalmente, pero el sentimiento anti-China del Congreso todavía
está ahí.
El próximo incidente controversial será un reporte controversial
que emitirá el Departamento de la Tesorería de EE.UU. en octubre
con respecto a la cuestión de si China ha sido o no “una manipuladora
de moneda”. En el reporte, la administración debería
continuar presionando a los chinos para que se dirijan hacia una moneda con
un tipo de cambio libre y flotante, pero sin que se precipite un antagonismo
que pudiera resultar en restricciones comerciales auto-dañinas.
Si el propósito de la moneda china fija ha sido el de desalentar
las importaciones entrando a China, como los críticos en el Congreso
dicen, ésta ha sido un fracaso espectacular. El crecimiento rápido
de China ha alimentado el apetito voraz por productos—las importaciones
a China crecieron por un 40 por ciento en el 2003 y por otro 36 por ciento
en el 2004. China es ahora el tercer importador más importante del
mundo, por detrás de solo EE.UU. y Alemania.
La creciente demanda de China por importaciones incluye un amplio rango
de productos estadounidenses, desde el trigo hasta las semillas de soja,
y desde el algodón crudo hasta los plásticos, los semiconductores,
y la maquinaria industrial. Desde el 2000, las exportaciones de productos
de EE.UU. a China se han más que duplicado hasta $35 mil millones
mientras que las exportaciones de EE.UU. al resto del mundo han crecido por
un pequeño 2 por ciento. El año pasado, China fue el quinto
mercado más grande en el mundo para las exportaciones estadounidenses.
La moneda fija china no puede ser culpada por los recientes problemas en
la manufacturación estadounidense. La producción manufacturera
estadounidense es en realidad un 45 por ciento mayor que lo que era cuando
china ancló por primera vez su moneda al dólar en 1994. El
empleo en el sector manufacturero ha caído en EE.UU. en los últimos
años no porque se está manufacturando menos pero porque nuestros
trabajadores son así de mucho más productivos. Las industrias
de textiles y vestimenta, las cuales compiten de la forma más directa
con las importaciones chinas, han estado perdiendo trabajos por décadas,
mucho antes de que China emerja como un competidor global.
Los productos que decenas de millones de estadounidenses compran de China—ropa,
zapatos, juguetes, electrodomésticos y otros bienes de consumo—mejoran
nuestras vidas cada día. El año pasado el total de importaciones
de China alcanzó casi $200 mil millones, pero al mismo tiempo el producto
interno bruto estadounidense fue de $11.7. No hay nada alarmante en el hecho
de que gastamos menos de un 2 por ciento de nuestro PIB el año pasado
en productos hechos por la quinta parte de la humanidad que vive en China.
EE.UU. tiene un inmenso déficit comercial bilateral con China, alrededor
de $160 mil millones el año pasado. Sin embargo, los chinos no solo
guardaron esos dólares debajo de sus colchones. Ese dinero regresa
a EE.UU., más que nada para comprar los bonos de la Tesorería
de EE.UU. En retorno, esto somete presión por sobre las tasas de intereses
estadounidenses para que éstas disminuyan, resultando en capital más
asequible para los negocios estadounidenses y reduciendo los pagos de las
hipotecas para los hogares estadounidenses.
Dentro de China, el crecimiento económico ha traído un mayor
grado de independencia y de libertad para los individuos. El número
de chinos con teléfonos celulares, con acceso al Internet y con libertad
para viajar al extranjero ha estado creciendo de manera exponencial. Las
restricciones por sobre la religión y la vida familiar han estado
relajándose gradualmente. Como lo hemos visto en Taiwán, en
Corea del Sur, Chile y en otros lugares, hay esperanza de que las reformas
económicas y una creciente clase media en China estén poco
a poco socavando la autoridad del régimen comunista mientras que colocan
las bases para un gobierno más benigno y representativo en el futuro.
La administración de Bush debería mantener una lumbrera diplomática
por sobre los abusos a los derechos humanos en China mientras que permite
que el mercado haga su sutil subversión.
El gobierno chino seguramente no es ningún aliado como Japón
o Corea del Sur. La administración debería tomar las precauciones
necesarias para proteger nuestra seguridad nacional de cualquier potencial
amenaza militar proveniente de China. Los controles de exportaciones ya existen
para prohibir la exportación de determinados productos y tecnologías
con aplicaciones militares directas. Pero tampoco deberíamos poner
en peligro nuestros propios intereses económicos ni tampoco alienar
innecesariamente a un poder regional que nos puede ayudar a contener a Corea
del Norte al iniciar una lucha comercial con China.
El reto para la administración de Bush en los meses que vienen será el
de ejercer presión en el gobierno chino para que continúe con
sus reformas económicas y comerciales mientras que evite—con
un veto si es necesario—cualquier legislación en el Congreso
que entraría en conflicto con las relaciones de comercio e inversión
cada vez más importantes entre nuestros dos países.
El desarrollo de China luego de siglos de aislamiento y estancamiento es
una de las historias más extraordinarias de nuestros tiempos. La nación
más poblada del mundo se está finalmente integrando con la
economía global. Cientos de millones de sus ciudadanos están
comenzando a gozar de las recompensas de la vida de clase media—una
casa o un negocio propio, un teléfono, electrodomésticos, un
carro, viajes al extranjero, universidad para su hijo—que muchos estadounidenses
dan por hecho. Está profundamente en nuestro interés económico
y de seguridad, fomentar ese progreso.
Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.