31 de diciembre de 1969

China

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China-EE.UU.: El caso a favor del liberalismo económico

por James Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

Los excedentes en la balanza comercial de China con EE.UU. no son agradables para el congreso estadounidense o para muchos de los que están nerviosos a causa de China en el Capitolio. Con poco movimiento en el tipo de cambio yuan/dólar desde que este fue revaluado por un 2,1 por ciento en julio del 2005, la presión está aumentando para que se sostenga un voto en el congreso sobre la ley Schumer-Graham este otoño. Colocar aranceles prohibitivos en las importaciones chinas, sin embargo, no corregirá el desequilibrio comercial.

En vez de seguir el camino del proteccionismo destructor, EE.UU. debería ordenar su propia casa reduciendo el tamaño y envergadura del gobierno y reafirmando su adherencia al liberalismo económico. De hecho, si la República Popular de China no se convertirá en el enemigo inevitable que muchos en el capitolio se imaginan, EE.UU. debe continuar su política de interacción.

La liberalización financiera tomará tiempo y China se moverá a su propia velocidad. EE.UU. debería ser paciente y realista. Muchos de los costos de la moneda subvaluada de China están siendo costeados por el pueblo chino. Colocar aranceles prohibitivamente altos sobre los productos chinos hasta que al tipo de cambio yuan/dólar se le permita apreciarse considerablemente no es una opción realista. Resultaría en un impuesto injusto cobrado a los consumidores estadounidenses, no corregiría el desequilibrio general de la cuenta corriente estadounidense (o siquiera nuestro déficit comercial bilateral con China), y retardaría la liberalización.

El ajuste requiere que China no solamente permita mayor flexibilidad en el tipo de cambio pero que también permita a la gente china convertir libremente el yuan a cualquier moneda o bienes que ellos deseen. La libertad de capitales es un derecho humano importante y ayudaría a socavar el monopolio de poder del Partido Comunista Chino al fortalecer los derechos de propiedad privada.

Un orden liberal económico internacional es uno más flexible basado en precios determinados por el mercado, dinero confiable, y en un Estado de Derecho. Deberíamos ayudar a que China se mueva en esa dirección—no mediante amenazas pero con el ejemplo. El gobierno estadounidense debería comenzar por reducir su gasto excesivo y por remover los impuestos onerosos sobre el ahorro y la inversión.

Un ajuste ordenado basado en los principios liberales de mercado ayudaría a reducir los costos para la economía global y para EE.UU. en particular. El mantener nuestros mercados abiertos emite una señal importante al resto del mundo y mantener nuestra casa fiscal en orden—reduciendo el tamaño del gobierno y mediante una verdadera reforma tributaria—demostraría que estamos hablando en serio. Regresar al proteccionismo, en cambio, tendría un impacto negativo en el sistema financiero global y el ajuste sería más lento y más costoso.

Por su parte, China puede ayudar a restaurar los desequilibrios globales moviéndose hacia un tipo de cambio más flexible y liberalizando los flujos salientes de capitales para que haya menos presión por sobre el Banco Popular de China para acumular reservas extranjeras, las cuales ahora constatan más de $941 mil millones. Retardar el ajuste significa una acumulación más rápida de reservas, un mayor riesgo de perdidas de capital al sostener activos en dólares, y un mayor incentivo para diversificarse.

El fracaso de lidiar con los desequilibrios globales significa el fracaso de adoptar el liberalismo económico. China necesita moverse hacia un orden liberal de mercado, lo cual significa un Estado de Derecho que proteja a las personas y a la propiedad. Como Wy Jinglian, uno de los reformadores más importantes de China dijo recientemente: “Si nosotros no establecemos un Estado de Derecho justo y no tenemos una protección clara de los derechos de propiedad, entonces esta economía de mercado se volverá caótica y corrupta e ineficiente.”

El congreso estadounidense puede fomentar de mejor manera las relaciones sanas entre EE.UU. y China dejando de tratar a China como un enemigo inevitable y aprovechando la oportunidad que representa la emergencia de China como una economía de mercado, mejor dicho una “economía socialista de mercado”. En particular, los políticos estadounidenses deberían:

  • tratar a China como un poder normal que va de subida, no como un probable adversario;
  • continuar liberalizando las relación estadounidense-china y asegurarse de que China cumpla con sus compromisos ante la OMC;
  • reconocer que el progreso de la libertad económica en China ha tenido efectos positivos por sobre la sociedad civil y la libertad individual del pueblo chino.

La adherencia a los principios de un orden liberal internacional—en lugar de forzar esa percepción política amenazando con adoptar medidas proteccionistas con la intensión de imponer acuerdos internacionales que podrían distorsionar el sistema internacional de precios—debería ser el principal objetivo de la política estadounidense.

Este artículo fue publicado originalmente en el South China Morning Post el 23 de agosto de 2006.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.

¿Cambio de régimen?

por Steve H. Hanke

Steve H. Hanke es profesor de economía aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute.

En los meses antes de las reuniones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en abril, el FMI parecía estar en su anochecer. Desde que la lira turca colapsó en el 2000 ha habido una escasez de crisis financieras (para que el FMI las “administre”) y de países a los cuales abundar con préstamos baratos. También, los prestamistas del FMI de crisis anteriores—incluyendo a Rusia, Argentina y Brasil—han pagado sus préstamos antes de tiempo. La cartera de préstamos del FMI sufrirá pérdidas por operación de $600 millones a lo largo de los próximos tres años.

Pero las organizaciones gubernamentales nunca son castigadas por producir pérdidas por operación. Ni siquiera mueren mientras duermen. Ellas se asignan a sí mismas nuevas funciones y florecen. Solo basta con observar al FMI. Fue establecido como parte del Acuerdo de Bretton Woods en 1944 y era principalmente responsable de extender crédito a corto plazo y subsidiado a países experimentando problemas de déficit en su balanza de pagos bajo el sistema de tipo de cambio fijo de la posguerra. En 1971, cuando el Presidente Richard Nixon acabó con el sistema del oro, el predijo el colapso del Acuerdo de Bretton Woods—y, presumiblemente, la desaparición del propósito original del FMI. Pero desde ese entonces el FMI ha usado cada supuesta crisis para expandir su envergadura y su escala.

Las crisis petroleras de los 1970s permitieron que la institución se reinvente. Aquellos golpes requirieron de más préstamos del FMI para facilitar—si, los ajustes de las balanzas de pagos. Y hubieron más préstamos: En términos reales los préstamos del FMI aumentaron por más de un 100% entre 1970 y 1975 y aumentaron por un 58% entre 1975 y 1982.

Con la elección de Ronald Reagan en 1980 parecía que el oportunismo exacerbado por las crisis del FMI finalmente sería controlado. Pero con el comienzo de la crisis de la deuda en México más préstamos del FMI fueron requeridos para “prevenir crisis de deuda y fallas de bancos”. Aquel razonamiento fue utilizado nada más y nada menos que por el Presidente Reagan, quien personalmente trató de convencer a 400 de 435 congresistas para obtener la aprobación de un aumento en la cuota estadounidense (contribución capital) para el FMI. Los préstamos del FMI aumentaron nuevamente, aumentando por un 27% en términos reales durante el primer gobierno de Reagan.

Y luego vinieron los 1990s, una década de crecimiento económico explosivo para el FMI. Las crisis monetarias en México, Rusia, Turquía, Brasil, Argentina y Asia expandieron la hoja de balance del FMI y su poder y garantizaron empleo completo para sus burócratas.

Sin embargo, para fines del 2005 el FMI parecía estar en problemas nuevamente. EE.UU., quien es el mayor accionista del FMI, estaba quejándose de que el director del FMI, Rodrigo De Rato, no estaba denominando a China como un manipulador de moneda. La administración de Bush comenzó una operación de rumores, implicando que De Rato, un anterior ministro de finanzas de España, no reunía “las cualidades necesarias” para la principal posición del FMI. Además, la administración de Bush comenzó una campaña diplomática para colocar a otros países industrializados en contra del régimen de tipo de cambio “fijo” de China.

Esta estrategia funcionó. El 21 de abril los ministros de finanzas de los G-7 y los gobernadores de los bancos centrales emitieron un comunicado. Por primera vez, el Grupo de los Siete señalaron a China y a su régimen de tipo de cambio para criticarlo. De acuerdo a los países G-7, China debe dejar a atrás su arreglo de tipo de cambio “fijo” y permitir que el yuan flote. Aunque el sistema “fijo” de yuan/dólar ha contribuido considerablemente al desempeño económico estelar de China por más de una década, el Grupo dice que el tipo de cambio de China está contribuyendo a unos desequilibrios globales serios. Para ayudar a encontrar una solución a este supuesto problema, el FMI recibió un nuevo mandato: comenzar negociaciones inmediatas entre dos países con los desequilibrios comerciales más grandes (léase: EE.UU. y China) con el propósito de reducir los desequilibrios (léase: aumentar el valor del yuan chino de 12 centavos a una suma mucho mayor).

Estos sorprendentes sucesos no hubieran sorprendido al historiador inglés C. Northcote Parkinson. Su clásico de 1957, La ley de Parkinson, concluye que cuando el trabajo para el cual una burocracia fue organizada cambia o desaparece, los burócratas hacendosos encontrarán nuevos trabajos que hacer.

Entrometerse en la economía exitosa de China y complacer al mayor accionista del FMI seguramente es una tarea ardua. Pero si De Rato no puede mantener alejados a los entrometidos, uno debería por lo menos esperar que China se defienda. China no debería olvidarse de cómo el FMI agravó la crisis monetaria asiática hace nueve años al demandar que el rupiah indonés flote. Y flotó—hacia abajo. Beijing tampoco debería olvidarse la explicación del anterior Secretario de Estado estadounidense, Lawrence Eagleburger, del resultante cambio de régimen en Indonesia: “Nosotros [el gobierno estadounidense] fuimos considerablemente astutos en haber apoyado al FMI mientras que este derribaba a Suharto”.

Este artículo fue originalmente publicado en Forbes el 5 de junio del 2006.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.

Cómo China puede calmar a sus vecinos

Recientemente China anunció un incremento de 14,7 por ciento en su presupuesto militar para el año entrante, el último de una serie anual de aumentos de doble dígitos en el gasto público.

Bush viaja a China

En su visita a China, el presidente Bush confrontará el reto de lograr un acuerdo positivo y provechoso con China. El presidente estadounidense se refiere a las relaciones con China como “buenas”, pero “complejas”. Ultimamente ha predominado la complejidad. Pero eso no es nada nuevo. Dejar que el Congreso maneje esas relaciones sólo añade incertidumbre y complejidad.

Una política hacia China que beneficie a EE.UU.

por Daniel T. Griswold

Daniel T. Griswold es Director del Centro de Estudios de Política Comercial del Cato Institute.

Junto con la reconstrucción luego del Huracán Katrina y con el reemplazo de dos vacancias en la Corte Suprema, la administración de Bush debe encontrar una manera de restringir el impulso de muchos en el Congreso de declararle una guerra de comercio a China.

La reforma de la moneda china anunciada en julio calmó las emociones temporalmente, pero el sentimiento anti-China del Congreso todavía está ahí.

El próximo incidente controversial será un reporte controversial que emitirá el Departamento de la Tesorería de EE.UU. en octubre con respecto a la cuestión de si China ha sido o no “una manipuladora de moneda”. En el reporte, la administración debería continuar presionando a los chinos para que se dirijan hacia una moneda con un tipo de cambio libre y flotante, pero sin que se precipite un antagonismo que pudiera resultar en restricciones comerciales auto-dañinas.

Si el propósito de la moneda china fija ha sido el de desalentar las importaciones entrando a China, como los críticos en el Congreso dicen, ésta ha sido un fracaso espectacular. El crecimiento rápido de China ha alimentado el apetito voraz por productos—las importaciones a China crecieron por un 40 por ciento en el 2003 y por otro 36 por ciento en el 2004. China es ahora el tercer importador más importante del mundo, por detrás de solo EE.UU. y Alemania.

La creciente demanda de China por importaciones incluye un amplio rango de productos estadounidenses, desde el trigo hasta las semillas de soja, y desde el algodón crudo hasta los plásticos, los semiconductores, y la maquinaria industrial. Desde el 2000, las exportaciones de productos de EE.UU. a China se han más que duplicado hasta $35 mil millones mientras que las exportaciones de EE.UU. al resto del mundo han crecido por un pequeño 2 por ciento. El año pasado, China fue el quinto mercado más grande en el mundo para las exportaciones estadounidenses.

La moneda fija china no puede ser culpada por los recientes problemas en la manufacturación estadounidense. La producción manufacturera estadounidense es en realidad un 45 por ciento mayor que lo que era cuando china ancló por primera vez su moneda al dólar en 1994. El empleo en el sector manufacturero ha caído en EE.UU. en los últimos años no porque se está manufacturando menos pero porque nuestros trabajadores son así de mucho más productivos. Las industrias de textiles y vestimenta, las cuales compiten de la forma más directa con las importaciones chinas, han estado perdiendo trabajos por décadas, mucho antes de que China emerja como un competidor global.

Los productos que decenas de millones de estadounidenses compran de China—ropa, zapatos, juguetes, electrodomésticos y otros bienes de consumo—mejoran nuestras vidas cada día. El año pasado el total de importaciones de China alcanzó casi $200 mil millones, pero al mismo tiempo el producto interno bruto estadounidense fue de $11.7. No hay nada alarmante en el hecho de que gastamos menos de un 2 por ciento de nuestro PIB el año pasado en productos hechos por la quinta parte de la humanidad que vive en China.

EE.UU. tiene un inmenso déficit comercial bilateral con China, alrededor de $160 mil millones el año pasado. Sin embargo, los chinos no solo guardaron esos dólares debajo de sus colchones. Ese dinero regresa a EE.UU., más que nada para comprar los bonos de la Tesorería de EE.UU. En retorno, esto somete presión por sobre las tasas de intereses estadounidenses para que éstas disminuyan, resultando en capital más asequible para los negocios estadounidenses y reduciendo los pagos de las hipotecas para los hogares estadounidenses.

Dentro de China, el crecimiento económico ha traído un mayor grado de independencia y de libertad para los individuos. El número de chinos con teléfonos celulares, con acceso al Internet y con libertad para viajar al extranjero ha estado creciendo de manera exponencial. Las restricciones por sobre la religión y la vida familiar han estado relajándose gradualmente. Como lo hemos visto en Taiwán, en Corea del Sur, Chile y en otros lugares, hay esperanza de que las reformas económicas y una creciente clase media en China estén poco a poco socavando la autoridad del régimen comunista mientras que colocan las bases para un gobierno más benigno y representativo en el futuro. La administración de Bush debería mantener una lumbrera diplomática por sobre los abusos a los derechos humanos en China mientras que permite que el mercado haga su sutil subversión.

El gobierno chino seguramente no es ningún aliado como Japón o Corea del Sur. La administración debería tomar las precauciones necesarias para proteger nuestra seguridad nacional de cualquier potencial amenaza militar proveniente de China. Los controles de exportaciones ya existen para prohibir la exportación de determinados productos y tecnologías con aplicaciones militares directas. Pero tampoco deberíamos poner en peligro nuestros propios intereses económicos ni tampoco alienar innecesariamente a un poder regional que nos puede ayudar a contener a Corea del Norte al iniciar una lucha comercial con China.

El reto para la administración de Bush en los meses que vienen será el de ejercer presión en el gobierno chino para que continúe con sus reformas económicas y comerciales mientras que evite—con un veto si es necesario—cualquier legislación en el Congreso que entraría en conflicto con las relaciones de comercio e inversión cada vez más importantes entre nuestros dos países.

El desarrollo de China luego de siglos de aislamiento y estancamiento es una de las historias más extraordinarias de nuestros tiempos. La nación más poblada del mundo se está finalmente integrando con la economía global. Cientos de millones de sus ciudadanos están comenzando a gozar de las recompensas de la vida de clase media—una casa o un negocio propio, un teléfono, electrodomésticos, un carro, viajes al extranjero, universidad para su hijo—que muchos estadounidenses dan por hecho. Está profundamente en nuestro interés económico y de seguridad, fomentar ese progreso.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.

Washington emite una mala señal

por James A. Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

El más reciente ataque contra la propiedad privada del Congreso de Estados Unidos le salió muy costoso a los accionistas de la petrolera Unocal, quienes dejaron de ganarse unos 1.300 millones de dólares porque la empresa petrolera china retiró su oferta de compra debido a presiones políticas del Capitolio y no por razones del mercado.

Salió ganando la petrolera Chevron, que había ofrecido menos, unos 17.600 millones de dólares por la compra de Unocal, pero el daño hecho a las relaciones de EEUU y China, lo mismo que al flujo de fondos de inversiones en los mercados de capitales puede ser sustancial. Al politizar el mercado de adquisiciones a través de las fronteras y debilitar los derechos de propiedad de los accionistas de Unocal, el Congreso violó los principios de libre mercado que está supuesto a defender.

La oferta de los chinos no amenazaba la seguridad de EEUU, pero ese fue el argumento utilizado para tratar a Unocal como un activo de la nación. El Congreso puede correctamente criticar a China por su adherencia a una “economía socialista de mercado”, sin derechos de propiedad ni seguridad jurídica bien definidos. Pero eso no justifica la interferencia de Washington en una negociación privada. Como declaró el Ministerio Exterior de China antes que CNOOC retirara su oferta de compra: “Exigimos que el Congreso de EEUU corrija sus equivocadas formas de politizar los asuntos comerciales y económicos y que deje de interferir en los intercambios comerciales normales”.

En una carta dirigida por Peter Schoenfeld en representación de un bloque de accionistas de Unocal a la junta directiva de la petrolera, escribió: “Es su deber maximizar el valor para los accionistas”. Claro que así debe ser, pero la ignorancia de los congresistas respecto al mercado petrolero se sumó a un histérico empeño por golpear a China.

Sin necesidad de una prohibición, el Congreso puede intimidar a una empresa extranjera como CNOOC imponiendo costos adicionales a la transacción. Y no se trata que siempre haya que darle a empresas extranjeras total acceso a activos estadounidenses. En casos sensibles como la tecnología con aplicaciones militares puede haber riesgos y se debe proceder a una votación de los congresistas.

Pero ese no es el caso de CNOOC y el Congreso abusó de su poder y puede perjudicar nuestros intereses en China. Estando localizado el grueso de la producción petrolera y de gas de Unocal en Asia y siendo su producción en EEUU apenas 1% del total es difícil comprender cómo la venta hubiera puesto en peligro nuestra seguridad.

El temor por la expansión económica y militar china a menudo se justifica por su historial de derechos humanos, pero la liberalización económica de China a partir de 1978 ha permitido que millones de chinos trabajen fuera del sector gubernamental, reduciendo el poder del Partido Comunista y mejorando considerablemente el nivel de vida de la población.

Es un grave error utilizar la excusa de la seguridad nacional para impedir que los chinos adquieran recursos naturales en el mercado, con lo cual sólo se logra incrementar sentimientos antiamericanos.

La demanda china de gas y petróleo ha aumentado los precios y esa tendencia continuará en pie. Eventualmente, la producción y el consumo responderán a los precios más altos con nuevos suministros y alternativas más baratas. Si el gobierno interfiere en el mercado sufrirá la producción futura y les será más difícil a las empresas norteamericanas operar en países extranjeros.

Al Congreso no le hubiera preocupado tanto la compra de Unocal si CNOOC hubiera sido una empresa privada. El reto para China es avanzar más rápidamente en las privatizaciones y el estado de derecho.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

El síndrome chino

por Steve H. Hanke y Michael Connolly

Steve H. Hanke es profesor de economía aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute.

Michael Connolly es profesor de Economía de la Escuela de Negocios de la Universidad de Miami y el científico director del Proyecto sobre Globalización y Comercio Internacional de la Universidad Hunan.

En la década de los ochenta y a comienzos de los noventas las críticas dirigidas a Japón eran un pasatiempo favorito en Washington. El pecado de Japón era su gran “contribución” a un creciente déficit comercial estadounidense. Para resolver este “problema”, EE.UU. demandó que Japón o fortalezca su yen o se enfrente a sanciones comerciales. Japón obedeció de mala gana. En Tokio, las cuotas de exportación “voluntarias” y una política cada vez más apreciadora del yen se convirtieron en la regla de aquellos días. Pero aquella política no consiguió su objetivo. Tanto el déficit comercial estadounidense como el superávit de Japón continuaron creciendo. Sin embargo, el yen “fuerte” no era benigno. Este creó un problema monstruoso en Japón—una depresión deflacionaria.

Hoy, el déficit comercial estadounidense es casi el doble de lo que era cinco años atrás. Esta vez China es el chivo expiatorio; a China se le atribuye 25% del déficit. Para lidiar con China, Washington ha desempolvado la misma estrategia de juego defectiva que utilizó para criticar a Japón.

Los senadores Charles Schumer (Demócrata de Nueva York) y Lindsey Graham (Republicano de Carolina del Sur) han liderado el ataque mercantilista en el Capitolio. Ellos dicen que China manipula su moneda, el yuan. Como resultado, el yuan es menospreciado y las exportaciones chinas son subsidiadas. Para corregir la supuesta ventaja comercial injusta que tienen los chinos, los senadores Schumer y Graham han respaldado legislación para una revaloración de la moneda y el senado ha accedido a darle un voto negativo o positivo en agosto. Si se convierte en ley, los chinos recibirían un plazo de seis meses para negociar su revaloración del yuan con EE.UU. Sin una revaloración satisfactoria, todas las exportaciones chinas hacia EE.UU. serían golpeadas con un arancel de 27.5%--una tarifa equivalente a la supuesta subestimación del yuan.

Para no ser vencidos, los miembros de la cámara de representantes también han culpado por el déficit comercial estadounidense al yuan. El congresista Duncan Hunter (Republicano de California) y Tim Ryan (Demócrata de Ohio) han introducido el Acto de la Moneda China. Este define “la manipulación de tipo de cambio” como “un subsidio de exportación prohibido” el cual, si considerado perjudicial—bajo el Artículo VI de Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio—provocaría un impuesto anti-dumping o compensatorio para contrarrestar el “subsidio”. Además, si la manipulación de la moneda perjudicase la industria de defensa estadounidense, la importación de productos de defensa chinos sería prohibida.

El clamor por una revaloración del yuan es bullicioso. En algún momento dado, todos desde el Presidente Bush hasta los G-7 han sido parte de la bulla. Pero el arreglo rápido del yuan puede que solo sea nítido, posible y malo. Investiguemos:

  • ¿China manipula su moneda? No es posible dar una respuesta categórica a esta pregunta porque “la manipulación de la moneda” simplemente no es un concepto operacional que puede ser utilizado para el análisis económico. La Tesorería estadounidense admitió esto en un reporte de marzo del 2005 que intentó clarificar el significado reglamentario de la manipulación monetaria para los Comités de Apropiaciones.
  • ¿Está menospreciado el yuan en comparación con el dólar? No. El tipo de cambio yuan/dólar ha sido colocado firmemente en 8.28 desde junio de 1995. Ajustando para la inflación en China y EE.UU., el valor real del yuan ha sido menospreciado por tan solo 2.4 % durante la última década. Y hoy el yuan está en equilibrio en el sentido de que la tasa de inflación china se ha convertido a la tasa estadounidense. No es sorprendente que el más reciente reporte de país del FMI sobre China haya concluido que “es difícil encontrar evidencia persuasiva de que el renminbi [yuan] es menospreciado sustancialmente”.
  • ¿Cumplirían con los acuerdos y obligaciones internacionales de EE.UU. las leyes propuestas por el Congreso y el Senado? No. La revaloración del yuan requerida por la ley Schumer-Graham violaría los derechos de China y su soberanía. Bajo los Artículos de Acuerdo del FMI (Artículo IV, sección 2 (b)), un país miembro es libre de escoger su propio régimen monetario, incluyendo un tipo de cambio fijo. El mandato de revaloración de esta ley también lanzaría un golpe a lo que ha sido un desempeño económico increíblemente exitoso. A lo largo de la última década, China ha evitado la vorágine financiera de Asia de 1997-98 y ha obtenido precios estables y una taza de crecimiento anual de más de un 9%. El tipo de cambio fijo del yuan en comparación con el dólar ha sido la piedra angular para aquel record sobresaliente.

De acuerdo al Premio Nóbel Robert Mundell, quien es presidente honorario (junto con Xu Jialu, vice-director del Comité Vigente del Congreso del Pueblo) de la Universidad Internacional Mundell para Negocios de Beijing, una revaloración considerable del yuan disminuiría la inversión extranjera directa, la tasa de crecimiento china, pospondría la convertibilidad, aumentaría los préstamos malos, aumentaría el desempleo, causaría una aflicción deflacionaria en las áreas rurales, desestabilizaría Asia del sureste, compensaría a los especuladores, pondría en moción más presiones para revalorar, debilitaría el rol externo del yuan y socavaría el cumplimiento de China con las reglas de Organización Mundial de Comercio. Como consecuencia, una revaloración forzada violaría el Artículo IV, sección 1 (i) de los Artículos de Acuerdo del FMI, el cual establece que un miembro se “esforzará por dirigir sus políticas económicas y financieras para obtener el objetivo de promover un crecimiento económico ordenado con una estabilidad de precios razonable”.

Si China fracasa en revalorar el yuan, el arancel general de 27.5% derivado de Schumer-Graham violaría el estatus de Nación Más Favorecida de China bajo el Artículo I de GATT. Tanto el arancel como la prohibición de importaciones del Acto Hunter-Ryan de la Moneda China también violarían el trato de Nación Más Favorecida de China y serían determinados ilegales por la OMC.

  • ¿Estaría en el interés de China revalorar y lograr sacarse de encima a los políticos estadounidenses? No. El efecto de una revaloración del yuan—deflación y recesión—serían aun más dañinos para China que las sanciones comerciales. Nosotros estimamos que una revaloración del yuan de un 25% en comparación con el dólar resultaría en una deflación de por lo menos un 15%. China sería forzada a revivir las terribles condiciones económicas inducidas por la revaloración del yuan en los 1930s. En 1934, el Acto estadounidense de la Compra de Plata monetizó la plata. Esto efectivamente revaloró el yuan por un 24% porque China estaba en el estándar de la plata. El precio del yuan en comparación con el dólar aumentó de 33 centavos a finales de 1944 a 41 centavos en 1935. Como Milton Friedman concluyó en su estudio clásico “Malicia Monetaria”: “Porque la plata era el dinero de China, el aumento en el precio de la plata había producido una deflación considerable, la cual derivó en condiciones económicas severamente afligidas”.

Es hora de que EE.UU. deje de apresurarse a adoptar posiciones basadas en premisas falsas. Oponerse al país más populoso del mundo—y haciéndolo para colmo de manera ilegal—es tanto irracional como peligroso.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.

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