31 de diciembre de 1969

China

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China avanza hacia el liberalismo económico

por James A. Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

Mientras el congreso de los EE.UU. practica el proteccionismo y la Casa Blanca consiente, China continúa moviéndose hacia una economía de libre mercado. La aprobación el 16 de marzo, por el Congreso Nacional del Pueblo, de la nueva ley de propiedad es otro paso positivo en la transición de China de la planificación al mercado. El movimiento de China hacia la libertad económica es verdadero, y el Congreso debe responder manteniendo abiertas las puertas comerciales, no imponiendo tarifas aduaneras punitivas que perjudican a ambos lados.

La insistencia de Washington de tomar represalias contra China por subvalorar su moneda, inundando los mercados de EE.UU. con mercancías baratas, y por subvencionar las exportaciones implica que China es un enemigo, contra el que se necesita tomar represalias. ¿Pero, hay alguien que crea seriamente que los consumidores estadounidenses están peor si las mercancías se pueden importar a precios más baratos de lo que cuesta producirlas en el país? Imponer tarifas aduaneras a China perjudica a los consumidores de EE.UU. y a los usuarios industriales de productos importados; es un acto de suicidio económico.

Amenazar con eliminar las relaciones comerciales normales con China por medio de una ley del Congreso, como lo propone el senador Byron Dorgan (D., N. D.) sería una tontera. Violaría también las reglas de la Organización Mundial de Comercio. De la misma manera, la decisión del Departamento de Comercio de EE.UU. de revertir su antigua política e imponer pagos compensatorios a las compañías chinas, aún cuando el Departamento de Comercio todavía clasifica a China entre las economías que “no son de mercado”, abrirá una Caja de Pandora y agravará los sentimientos proteccionistas del Congreso en el Capitolio.

En su apuro por penalizar a China, el Congreso está desviando la atención de las acciones constructivas que esa nación ha tomado y está tomando para reestructurar sus instituciones y así acercarse al liberalismo económico. Como lo dijo el Primer Ministro Wen Jiabao en su discurso en Harvard en diciembre de 2003, la transición de China de planificación a mercado ha llevado al “gradual levantamiento de antiguas restricciones impropias, visibles e invisibles, a las libertades del pueblo de elección de trabajo, movilidad, empresa, inversión, información, traslado … y estilo de vida”.

Esto se demuestra con la nueva ley de propiedad. Al darle una mayor seguridad a los derechos de propiedad, la ley le otorga contenido al artículo 13 de la Constitución de la República Popular China, la que fue enmendada por el Congreso del Pueblo en 2004 y que proclama que: “la propiedad privada legal de los ciudadanos es inviolable”. Más importante es que al hacer más transparentes los derechos de propiedad, la ley ampliará los límites del mercado de intercambio, aumentando al mismo tiempo la libertad y la prosperidad.

El gran economista del siglo XVIII, Adam Smith reconocía los beneficios sociales de la propiedad al escribir, “[ Si] la gente no se siente segura de la posesión de su propiedad” y “la buena fe de los contratos no es respaldada por la ley,” entonces “el comercio y la industria rara vez pueden prosperar por mucho tiempo.” Dos mil años antes Mencius escribió, “La gente puede tener un plan de vida a largo plazo solamente si sabe que su propiedad privada está segura”.

La libertad económica, especialmente en las áreas costeñas, ha hecho de China la tercera potencia comercial y a su vez ha ayudado a millones de personas a salir de la pobreza. Sin la rápida expansión del sector no estatal y el crecimiento de la clase media, la presión política para enmendar la constitución y promulgar una nueva ley de propiedad no hubiera ocurrido.

En una encuesta realizada en 20 países en 2005, GlobeScan descubrió que China tiene la más alta proporción de respuestas (74 %) que están de acuerdo con que la “economía de libre mercado es el mejor sistema en el cual basar el futuro del mundo”. Este resultado es extraordinario dado que hasta hace muy poco tiempo Beijing mantenía la planificación central.

“La gran idea” del Presidente Hu Jintao es crear una “sociedad armoniosa y próspera” vía el “desarrollo pacífico”. Para lograr esta meta, en todo caso, se requiere de un cambio institucional —a saber, un estado de derecho que realmente proteja a las personas y a la propiedad. Como Wu Jinglian, uno de los principales reformadores, indicó recientemente, “Si no establecemos [un] estado de derecho justo y no tenemos una protección clara de los derechos de propiedad, entonces esta economía de mercado se hará caótica y corrupta e ineficaz”.

El ideal socialista de la armonía es completamente consistente con la idea central del liberalismo de mercado: un gobierno limitado y no intervencionista (wu wei), en el sentido de proteger la propiedad y los contratos, origina un ordenamiento espontáneo del mercado. Mucho antes del liberalismo occidental , Lao Tzu argumentaba que cuando el gobernante no toma "ninguna acción”, "la gente prospera por sí misma”.

Desde una perspectiva liberal, “el principal objetivo y la condición del desarrollo económico”, escribió el fallecido Peter (Lord) Bauer, es extender “la gama de opciones” —o sea, expandir “la gama de alternativas eficaces que la gente tiene a su disposición”. Esa meta es completamente consistente con el objetivo de “construir el socialismo con características chinas”, lo que, en las palabras de Wen, es “emancipar y desarrollar las fuerzas productivas, y respetar y proteger la libertad del pueblo chino para buscar la felicidad”.

En su discurso en Harvard, Wen atribuyó el desarrollo pacífico de China desde 1978 a “la política de reforma y apertura, y en el análisis final, a la creatividad del pueblo chino inspirada por la libertad”. Y, como Mencius, argumentó que, “sin protección efectiva del derecho de los ciudadanos a la propiedad, será difícil atraer y acumular capital valioso”.

Si las nuevas provisiones de la ley de propiedad se hacen cumplir, se despolitizará la vida económica y la sociedad civil se beneficiará de la autonomía que la propiedad privada crea. La actual corrupción no proviene del avance del mercado; es el efecto secundario de la carencia de los derechos de propiedad completamente transferibles de la tierra y otros activos propiedad del gobierno. Si los inversionistas tienen que trabajar con funcionarios del gobierno que pueden beneficiarse con la venta de los derechos sobre la tierra, los sobornos y otros favores prosperarán.

Aunque la nueva ley fortalece los derechos del uso de la tierra, no cambia la propiedad estatal de ella. Los agricultores no pueden usar tierras de propiedad colectiva como colaterales. Los políticos locales seguirán tomando las decisiones finales acerca del desarrollo y las compensaciones a campesinos y residentes de las ciudades por la confiscación de sus tierras para “uso público” seguirán siendo arbitrarias. Estas deficiencias, sin embargo, no deben cegarnos a los méritos de la nueva ley ni al significado histórico de la primera medida de China para salvaguardar un importante derecho humano.

Una alianza económica estratégica de largo plazo es un enfoque mucho más sensible a las relaciones entre China y EE.UU. que regresar al proteccionismo destructivo. En lugar de hacer daño a los negocios y consumidores estadounidenses que se benefician del libre comercio, el Congreso debería reconocer el progreso que ha logrado China y no erigir barreras a las relaciones comerciales.

Este artículo fue publicado originalmente en el National Review el 11 de abril de 2007.

Traducido por la clase de “Introducción a la Traducción No Literaria” del profesor Jorge Salvo en la Universidad de Carolina del Sur Upstate.

Propiedad privada y socialismo, ¿contradicción?

por Gary S. Becker

Gary S. Becker es Premio Nobel de Economía (1992), profesor de economía de la Universidad de Chicago, académico de Hoover Institution y miembro del consejo asesor del Proyecto de Privatización del Seguro Social del Cato Institute.

El congreso chino promulgó en marzo la legalización de la propiedad privada, dándole el mismo estatus que la propiedad estatal. Como principio, esta es una medida revolucionaria, ya que la abolición de la propiedad privada siempre ha sido un principio fundamental del socialismo. Pero en realidad, China dejó hace tiempo de ser un país socialista, con un rápido crecimiento del sector privado que ya produce alrededor de dos terceras partes del producto interno bruto (PIB).

En 1989 visité a Polonia, durante la transición del socialismo estatal a la empresa privada y la propiedad privada. Durante una reunión con el jefe de ideología del Partido Comunista Polaco, le pregunté si la propiedad privada era consistente con el comunismo y el socialismo. Me contestó que todavía se estaba debatiendo ese punto. Los comunistas perdieron el poder poco más tarde, antes de que sus ideólogos pudieran contestar a esa pregunta. Por el contrario, China ha dado su respuesta.

Queda claro que legalizar la propiedad privada es un salto distanciándose del comunismo. Una ley legalizando la propiedad privada había sido pospuesta debido a la oposición de quienes consideran que la propiedad privada es inconsistente con el socialismo. Esa oposición fue ahora aplastada y 3.000 delegados al Congreso aprobaron la ley, mientras que muy pocos votaron en contra. Esto, sumado a la admisión de empresarios como miembros del partido, significa el reconocimiento oficial del capitalismo.

Me concentraré aquí en las probables consecuencias en el desarrollo económico de China. Ese país ha tenido un extraordinario crecimiento en los últimos 30 años, alcanzando un aumento promedio de 7% anual. Podemos entonces deducir que la protección de los derechos de propiedad no es esencial para lograr el desarrollo desde muy bajos niveles de ingresos y que China, en realidad, protegía suficiente a su sector privado para que creciera desde prácticamente cero hasta convertirse en el sector predominante.

A pesar de la limitada protección oficial, las viviendas, las tierras, los negocios y las acciones se compran y se venden privadamente. Grandes incentivos fomentan la creación de nuevas empresas, inversiones agrícolas y el aumento de la productividad. Cálculos recientes indican que la eficiencia de la economía china ha mejorado 4% al año desde 1993, mientras que el aumento del capital invertido por cada empleado contribuyó igualmente al aumento de la productividad de 8,5% al año. Estos son logros sin precedentes, especialmente si los comparamos con el período de 15 años anteriores a 1993.

Yo mitigaría ese impresionante logro de tres maneras. La inversión a largo plazo en el campo ha sido desalentada por la inseguridad de los campesinos sobre la posesión de las tierras. Ha habido frecuentes manifestaciones violentas en protesta de expropiaciones por parte de gobiernos locales, sin adecuada compensación. Ni siquiera la nueva ley dará derechos totales sobre la propiedad. Quienes viven en las ciudades también temen por la propiedad de sus viviendas que a veces son expropiadas por autoridades municipales que requieren los terrenos para otros usos. La nueva ley menciona una compensación, pero no cuál debe ser.

Pienso que el mayor respeto a la propiedad es indispensable para que China siga creciendo y pueda convertirse en una nación de altos ingresos. Las naciones avanzadas que China quiere imitar protegen las patentes, franquicias, programas de computación, complicados contratos de arrendamiento y demás formas de propiedad tangible e intangible. Tal respeto es esencial para fomentar ese tipo de inversiones que es más importante a medida que la economía avanza.

Total protección de los derechos de propiedad requieren un sistema judicial independiente y eficiente. Las naciones anglosajonas han sido los mejores protectores de los derechos de propiedad. En China no hay independencia judicial y por ello no hay garantía del cumplimento de contratos. Los tribunales son parte del gobierno central y los jueces ni siquiera alegan tener autonomía. Los tribunales chinos son arbitrarios.

Si es apropiadamente instrumentada, la legitimación de la propiedad privada en China tiene importantes implicaciones en la futura dirección de la economía. Que tales implicaciones significan una evolución y no una revolución es indicativo de lo mucho que China se ha alejado de su pasado socialista.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

El mal ejemplo de Washington

por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Una vez más, el gobierno del presidente George W. Bush demuestra su incompatibilidad con principios básicos del capitalismo y libre mercado. Es particularmente lamentable que el portavoz del reciente golpe al libre intercambio comercial haya sido Carlos Gutiérrez, el secretario de Comercio, nacido en Cuba, persona inteligente y simpática, con larga experiencia en el sector privado —fue presidente de Kellogg’s— y quien está muy consciente de la miseria lograda por el dirigismo y planificación de Fidel Castro en la isla que antes conocíamos como “la perla del Caribe”.

El Departamento de Comercio de Estados Unidos acaba de imponer aranceles a importaciones provenientes de China, con la excusa de “compensar los subsidios” que ese país da a los exportadores.

Durante años venimos oyendo sobre el supuesto daño causado por la “subvaluación” del yuan, la moneda china, cuando esto —de ser así— más bien beneficia claramente a los consumidores de EE.UU., quienes podemos comprar ropa y tantas otras cosas provenientes de China a precios más bajos.

Si alguna industria no puede competir con las importaciones es porque perdió su razón de ser. A sus dueños les conviene más invertir su capital en sectores en crecimiento y con futuro. Igualmente, sus trabajadores ganarán más en industrias que están creciendo, en lugar de aquellas que sobreviven gracias a favores políticos. La historia del éxito económico de EE.UU. es la historia de los Rockefeller, Ford, Carnegie, Morgan, DuPont, Vanderbilt y millones de emprendedores desconocidos, quienes convirtieron a este país en el más rico y exitoso de la historia. Eso no lo lograron los burócratas y políticos en Washington interviniendo en el mercado y dirigiendo la economía.

La anunciada imposición de aranceles a China es 18% aplicable al papel utilizado por revistas, pero lo realmente grave es que abre la puerta a multitud de industriales estadounidenses descontentos de tener que competir con productos chinos y que seguramente buscarán esa misma “protección” gubernamental.

Gutiérrez declaró: “el mensaje que desde hace tiempo estamos dando a nuestros socios comerciales es que queremos un intercambio comercial justo (‘fair trade’) y que usaremos todos los instrumentos a nuestro alcance para asegurarnos que nuestros trabajadores y nuestras compañías gocen de un campo de juego nivelado”.

Es una tragedia continental que mientras los gobiernos comunistas de Fidel Castro y Hugo Chávez propagan abiertamente sus ideas socialistas, Washington no defiende explícitamente las ventajas del libre comercio, sino que por el contrario habla de “comercio justo” e insiste en “nivelar el campo de juego”; es decir, imponer condiciones y regulaciones existentes hoy aquí, bajo las cuales EE.UU. no hubiera podido crecer ni desarrollarse como lo hizo hace más de un siglo. “Nivelar el campo de juego” en realidad significa aumentar el desempleo y la pobreza en América Latina y demás regiones en desarrollo.

En 1789, los próceres fundadores resolvieron la inconstitucionalidad de imponer trabas al intercambio entre los estados de la unión porque sabían el daño que hace el proteccionismo.

Hoy, debemos estar claros que la principal razón del avance del socialismo en nuestro hemisferio es que los enemigos de la libertad promueven agresivamente una ideología conducente a mayor miseria y a migraciones masivas, mientras que los supuestos abanderados del capitalismo dan muestras de inseguridad, utilizan un lenguaje que la gente no comprende y actúan como lo hizo el 30 de marzo el Departamento de Comercio.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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La China de Mao

por Alberto Benegas Lynch

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

En los tiempos que corren observamos que en China el aparato comunista utiliza la zanahoria de posibles negocios para que sus comisarios puedan embolsarse colosales sumas de dinero, en base a las concesiones que otorgan a empresarios deseosos de un arbitraje jugoso.

Guy Sorman, después de vivir un año en ese país, dice en su último libro, “China, el imperio de las mentiras”, que el único modo de que ese lugar se transforme en una sociedad abierta será a través del comercio con otras naciones y el contacto cultural consiguiente, puesto que el control policial de la nomenklatura es férreo e implacable.

Pero en estas líneas me interesa ir al origen, a la tiranía de Mao, a través de la lectura del delicioso y tierno relato del ahora celebrado Sijie Dai, titulado “Balzac y la costurera china”. Me he detenido en la fotografía del autor cavilando sobre lo mucho que habrá sufrido un espíritu sensible en la tormentosa y salvaje contracultura de la llamada “revolución cultural”, inaugurada por el escriba del libro rojo que pretendió reemplazarlo por toda la literatura universal.

La arquitectura literaria de la obra de Dai se distingue por ciertos comentarios que parecen escritos al margen, como un accidente de la pluma, como algo secundario a la trama central de la obra, pero que constituyen descripciones en carne viva del patético régimen maoísta que deja horrorizado al lector. Tal es el caso de sus referencias al clima asfixiante de la más sórdida esclavitud, miseria extrema, mugre, pestes, fatigas imposibles de soportar y letanías de la mentirosa “cháchara revolucionaria”.

Para peor, la vida de los personajes que aparecen en el libro se desarrolla en los orwellianos “campos de reeducación”, en medio de la inmundicia y de tremendos padecimientos. Corta esta densa e irrespirable atmósfera, la aparición trabajosa y sigilosamente lograda de unos libros derruidos que debían ser leídos clandestinamente. Estas fiestas del intelecto eran proporcionadas por cuatro obras de Balzac y, con el tiempo, irrumpieron autores como Kipling, Tolstoi, Dostoievski, Flaubert, Stendhal, Dumas, Romain Rolland, Victor Hugo y Emily Brontë... los pocos vestigios de la civilización que no fueron consumidos por las llamas de la revolución. Recordemos que Borges decía que suele ser la manía de gobernantes el “quemar libros y construir murallas”.

Las explosiones interiores de alegría y la exaltación de los sentimientos más nobles, siempre reprimidos para no despertar sospechas, son descritos magistralmente por Dai, quien hace decir a uno de sus personajes que al recorrer las páginas de algunos de esos libros prohibidos “tenía la sensación que iba a desvanecerme en las brumas de la embriaguez”.

Atacados por los piojos, cansados y deprimidos, los pocos que podían recurrir a estos recreos para el alma se sentían privilegiados porque hasta los que desvanecían debían terminar en el hospital que “parecía un campo de refugiados de guerra” en medio de “la hediondez de las letrinas comunes”, en donde la gente enferma y mutilada física y moralmente “debía pelearse por los alimentos".

En medio de este cuadro de situación, Dai se abre paso con una trama principal adornada con momentos de un romanticismo variopinto, un florido sentido del humor, notables giros gramaticales y asombrosas metáforas. Mi hija mayor —bibliófila empedernida— me recomendó el libro y ahora me dice que debo leer otro del mismo autor que lleva por título “El complejo de Di”, que también me lo aconseja entusiastamente Guy Sorman.

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Derechos de propiedad: China y América Latina

por Martín Krause

Martín Krause es Académico Asociado del Cato Institute y Profesor de Economía de la Universidad de Buenos Aires (Argentina).

Aunque tardaron trece años en discutirla y aprobarla, finalmente los chinos reconocieron la realidad que los rodea: desde que abrieron las puertas de su economía al capitalismo, el país ha dado grandes saltos, multiplicando varias veces su nivel de ingresos, reduciendo la pobreza y contribuyendo a la disminución de la pobreza en el resto del mundo, incluso en los países latinoamericanos.

Lo que se había aceptado como costumbre a través de acuerdos con distintas oficinas gubernamentales, la estabilidad de los derechos de propiedad de los inversores tanto extranjeros como chinos tiene ahora el respaldo de ley. Pero todavía falta avanzar para brindar mayor estabilidad jurídica y con respecto a la propiedad rural que sigue en manos del estado, aunque su utilización ya había sido “privatizada”, dándose concesiones por 70 años.

Ese avance produjo toda una revolución en el agro chino y los agricultores pueden ahora estar seguros de que no le quitarán el fruto de su trabajo, pero no harán inversiones a largo plazo debido a que no pueden legar esa propiedad a sus herederos. Tampoco pueden obtener pago por las mejoras realizadas a la plantación porque no pueden vender la tierra ni tampoco comprar otras tierras. Y lo más perjudicial de no gozar de la propiedad de las tierras es que ello impide acceso al crédito y así a la posibilidad de reinvertir, mejorar su productividad y prosperar.

Curiosamente, las autoridades chinas se resisten a ceder la propiedad de las tierras agrícolas porque temen que posteriormente los campesinos las vendan y se vayan a buscar trabajo en las ciudades. Algunos probablemente lo harían, pero la propiedad de la tierra permitiría a la mayoría capitalizarse y, por ende, quedarse disfrutando de un mejor nivel de vida, tanto para ellos como para sus descendientes.

Ese es el gran tema investigado por Hernando de Soto y publicado en su libro El misterio del capital. En los países en desarrollo, el grave problema de los pobres no es el capitalismo, sino que al no contar con títulos de propiedad no pueden operar en el sector formal. Según de Soto, los pobres no rechazan el sistema capitalista, sino que más bien quieren tener acceso a este, con la propiedad de sus hogares, sus negocios y sus ganancias, pero el mal funcionamiento, debilidad e ineficiencia de los sistemas de registro de la propiedad los mantienen marginados.

Este tema ha salido a la luz en estos días con la publicación de un nuevo indicador. Se trata del Índice Internacional sobre los Derechos de Propiedad, elaborado por Alexandra Horst y publicado por Property Rights Alliance.

No aporta sorpresas en los primeros lugares, ocupados por Noruega, Holanda, Dinamarca, Suecia, Nueva Zelanda, Reino Unido, Alemania y Australia, pero entre los 70 países calificados, América Latina ocupa muchas de las últimas posiciones: Argentina aparece en el puesto 51, Paraguay en el puesto 65, Venezuela 66, Nicaragua 67, Bolivia 69. Cuba y Haití ni siquiera figuran.

Los países que ocupan los primeros puestos tienen un PIB per capita de 32.994 dólares. Así constatamos que primero tiene que haber respeto por los derechos de propiedad, lo cual genera riqueza. Los chinos van recorriendo ese camino y obteniendo buenos resultados.

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Capitalismo en China

por James Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

Una encuesta cubriendo 20 países, realizada por GlobeScan en 2005, descubrió que los chinos son quienes más creen (74%) que “la economía de mercado es el mejor sistema en el cual basar el futuro del mundo”. Se trata de un resultado sorprendente, cuando recordamos que hasta 1979 el gobierno chino tomaba absolutamente todas las decisiones económicas.

Esa misma encuesta determinó que en Estados Unidos la gente apoya también al libre mercado (71%), mientras que en Rusia el apoyo al capitalismo es débil (43%) y en Francia (36%) más débil aún.

El gran cambio de manera de pensar de los chinos respecto al capitalismo es confirmado por el estudio de opinión pública realizado en 2006 por el Chicago Council on Global Affairs: 87% de los encuestados en China piensan que “la globalización, especialmente la mayor interconexión de la economía de su país con otros alrededor del mundo, beneficia a la nación”. Ese resultado se compara con 60% en EE.UU. y 54% en India.

No debe sorprendernos que los chinos apoyen la globalización, la cual abrió a su país al resto del mundo, disparó el crecimiento económico y los cambios sociales, permitiendo que millones surgieran de la miseria. Al ampliar los horizontes y oportunidades de la gente, la globalización ha ejercido presión en el Partido Comunista Chino para que permita las privatizaciones y el funcionamiento del mercado, lográndose un impacto positivo en la sociedad civil.

Los chinos pueden ahora ser dueños de sus viviendas, operar sus propios negocios y buscar empleo en el sector privado. Tal libertad económica era imposible bajo la planificación central y la autarquía anterior. En una importante revista de negocios china, Caijing, aparece una fotografía de la Estatua de la Libertad en la misma página que el aviso de un condominio en Beijing. Y los estudiantes de bachillerato en Shangai leen discusiones sobre la globalización y reformas económicas en sus libros de texto, sin ninguna mención a Mao.

La liberalización del comercio ha beneficiado a China y a la economía global. A pesar de que millones de trabajadores chinos han sido afectados, la encuesta del Chicago Council muestra que 65% de los encuestados en China creen que “el comercio internacional beneficia la estabilidad laboral de los trabajadores”. Por el contrario, apenas 30% de los trabajadores en Estados Unidos piensa que el comercio internacional beneficia a los trabajadores.

Claro que el propósito del comercio no es proteger empleos sino crear riqueza y la riqueza a nivel mundial es mucho mayor hoy que hace un par de décadas. La apertura comercial, la revolución de la información y la integración financiera se han combinado con cambios institucionales que favorecen al mercado en ofrecer a China, y al resto del mundo, un espléndido futuro.

Una de las lecciones aprendidas en China es que la pobreza se combate mejor con cambios institucionales que con ayuda extranjera e intervención del gobierno. Hace varias décadas, la concentración de la miseria estaba en Asia, no en Africa. Hoy sucede lo contrario y la ayuda extranjera no ha mejorado la vida de los africanos más pobres.

De igual manera, el salario mínimo no es ninguna panacea. Los políticos ofrecen aumentar el salario mínimo, pero no encaran las causas fundamentales de la pobreza. Si el salario mínimo se fija por encima de lo que el mercado indica, los patronos contratarán a menos gente y cambiarán sus sistemas de producción, reemplazando mano de obra por maquinarias.

Hong Kong nunca tuvo salario mínimo y China no lo impone a nivel nacional. Aunque China ha avanzado mucho hacia una economía de mercado, falta todavía. Se requiere la expansión de los derechos de propiedad, justicia y transparencia en el sistema judicial, a la vez que el libre flujo de la información. Beijing también debe permitir la total convertibilidad de su moneda, el yuan.

Abrir el Partido Comunista Chino a los capitalistas y enmendar la constitución para proteger la propiedad privada no es suficiente si no hay jueces independientes. Pero ya erigieron una estatua de Adam Smith en la Universidad de Finanzas y Economía en Chengdu, algo que no se ve en las universidades de América Latina.

Si el futuro de China depende del libre comercio, tiene que contarse también con libertad política porque el libre mercado no existe sin gente libre. El reto es institucionalizar el estado de derecho que protege del estado a las personas y a sus propiedades.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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Amenaza del nacionalismo económico

por James A. Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

Recientemente, los senadores Charles Schumer —demócrata de Nueva York— y Lyndsey Graham —republicano de Carolina del Sur— afirmaron: “se nos acabó la paciencia”, reclamando que China debe aumentar el valor de su moneda (el yuan) con respecto al dólar o confrontar un arancel de 27,5% en todas sus exportaciones a Estados Unidos.

Por recomendación del nuevo secretario del Tesoro, Henry Paulson, los dos senadores aceptaron retirar tal propuesta. Es una buena noticia, pero la amenaza de nacionalismo económico en Estados Unidos no ha desaparecido. Ambos senadores planean renovar su propuesta el próximo año. El nuevo proyecto de ley seguramente no será tan exagerado, pero la retórica seguirá siendo proteccionista, amenazando con aranceles a China si Beijing no permite una apreciación más rápida del yuang.

Es sorprendente que ambos senadores insistan en instrumentar medidas proteccionistas, sabiendo que con ello se impone un alto impuesto a los consumidores (a través de precios más altos en todo lo importado de China), se daña a las empresas norteamericanas que operan en China, enemistan a los chinos que adelantan reformas en su país, les da ánimos a los norteamericanos de línea dura que están en contra de toda apertura y le abren las puertas a retaliaciones de parte de China.

En lugar de escuchar a estos dos senadores proteccionistas, sería inteligente de parte del Congreso establecer más bien una estrategia de acercamiento económico a largo plazo, como sugiere el secretario Paulson. A lo contrario de los dos senadores, quienes han visitado China apenas una vez, Paulson fue presidente de Goldman Sachs, ha estado en China en muchas ocasiones y conoce bien sus mercados financieros.

Durante un importante discurso antes de su viaje a China del mes pasado, el secretario Paulson explicó que “las medidas proteccionistas no funcionan y el daño colateral que hacen es grande”. Considera también que la creciente libertad económica en China conducirá eventualmente a reformas políticas, como ha sucedido en otros países. Pero no debemos esperar que esto ocurra de la noche a la mañana; la paciencia es una virtud.

Lo importante es lograr que China siga avanzando en la dirección del liberalismo económico, por una sencilla razón, cree Paulson: “la liberación económica, con la interdependencia y el crecimiento que logra, puede jugar un papel importante en la promoción de la paz y la estabilidad”.

Aunque sí debemos criticar a China por sus violaciones a los derechos humanos y a los derechos de propiedad intelectual, como también por la falta de transparencia de su sistema legal, no debieramos ignorar su considerable progreso desde que tomó en 1978 el camino de la liberalización económica.

La seguridad tanto de EE.UU. como de China depende de la promoción del liberalismo económico y no del proteccionismo. Cualquier equivocación debilitaría el orden económico global, fomentando el nacionalismo económico y perjudicando las relaciones internacionales.

No debiéramos repetir los errores de los años 30, cuando los aranceles de la ley Smoot-Hawley y equivocaciones en políticas monetarias acabaron con el orden liberal internacional. El libre comercio y la integración financiera son esenciales para la paz y la prosperidad. Como bien lo dijo Cordell Hull , secretario de Estado desde 1934 hasta1944: “El comercio sin barreras encaja bien con la paz; altos aranceles, barreras a las importaciones e injusta competencia económica van bien con la guerra”.

Beijing puede ayudar a resolver la falta de equilibrio global adoptando un tipo de cambio más flexible y liberalizando los flujos de capital al exterior para que haya menos presión sobre la acumulación de reservas del Banco de China. Retrasar tales ajustes significaría una más rápida acumulación de reservas, mayor riesgo de pérdidas de capital por sus tenencias en dólares y mayor incentivo para diversificar tales reservas. También significan una mayor inflación en China, en la medida que se emiten yuanes para comprar dólares. Por lo tanto, favorece también a China avanzar en estos asuntos.

Mientras tanto en Washington, el Congreso debe poner orden en casa, limitando el crecimiento del gasto gubernamental y reduciendo los impuestos al capital. Y lo más importante, Estados Unidos debe practicar lo que predica sobre el libre comercio.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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