por Aparicio Caicedo
Aparicio Caicedo es profesor visitante de política internacional en la Universidad de Montevideo (Uruguay) y blogger del diario El Mundo (España)
A partir del fallecimiento de Stalin, en 1953, Mao inició un
lento pero decido acercamiento hacia el Tío Sam. Poco logró durante
los primero años, en el despacho oval estaba aún fresco
el recuerdo de la Guerra de Corea. Además, la paranoia anticomunista
de la época hacía poco atractiva cualquier relación
con la República Popular. Rechazado, el líder chino comenzó a
inflamar sus discursos con antiamericanismo radical. Sin embargo, a
partir de 1969, con un país cada vez menos significante en el
panorama mundial, aunque sin reducir la hostilidad retórica,
el gobernante asiático reinició el cortejo al gigante
de occidente. Curiosamente, la ocasión dorada para concretar
el acercamiento se dio en el escenario deportivo. En abril de 1971,
durante una competencia mundial de tenis de mesa en Japón, un
casual apretón de manos entre los campeones de Estados Unidos
y China, cuya foto fue inmortalizada en todas las portadas de la prensa
nipona, tuvo consecuencias. Mao hizo gala de un asombroso sentido de
la oportunidad, utilizó a los deportistas de ambas naciones como
diplomáticos improvisados. En una fina demostración de
astucia, el gobierno chino invitó a la selección estadounidense
de ping-pong a su país, fue un despliegue de hospitalidad sin
precedentes. El presidente norteamericano, Richard Nixon, miró con
singular beneplácito el gesto de la dirigencia socialista, hacía
tiempo que buscaba la manera de estrechar lazos con el dragón.
Los intereses de Washington y Pekín tenían dos puntos
fundamentales de afinidad: contrarrestar el poder de la Unión
Soviética y acabar con el peligroso régimen vietnamita.
Se inició un intercambio de favores muy benévolo para
ambas potencias. El mandatario estadounidense, acompañado del
legendario Henry Kissinger como director de la orquesta diplomática,
hizo una significativa visita a la capital china en 1972. La Casa Blanca
reconoció estatus diplomático a Pekín. El coloso
comunista fue aceptado en las Naciones Unidas. China consiguió además
un codiciado puesto en el Consejo de Seguridad, desplazando a Taiwán.
Pero lo más importante para Mao, sus expertos militares accedieron
a tecnología castrense de vanguardia. Al parecer, lo que comenzó como
un pacto de mutua conveniencia terminó en una entrañable
amistad. En febrero de 1976, el Gran Timonel, sabiéndose cercano
a la muerte, envió un avión para recoger a Nixon —entonces
lejos del poder y profundamente desprestigiado— para darle el último
adiós en persona.
Han pasado más de tres décadas desde los días
de la diplomacia ping-pong. Durante todo este tiempo, la hospitalidad
de la cúpula pekinesa ha seguido mostrándose eficaz para
calmar ánimos hostiles de Washington. Los mandarines han hecho
de las relaciones internacionales un fino arte. Ello quedó confirmado
recientemente, a comienzos de 2006. Tras una gira por China y varias
entrevistas, los altos funcionarios del régimen comunista persuadieron
a los senadores estadounidenses, Charles Schumer y Lindsey Graham, de
suavizar el tono de sus enconadas reivindicaciones contra la política
monetaria del dragón. Se evitó así un enfrentamiento
comercial poco beneficioso para ambas economías, aunque no por
mucho tiempo.
Schumer y Graham presentaron, en 2003, un proyecto de ley encaminado
a imponer, como medida de retaliación comercial, una tarifa uniforme
del 27,5% a todas las importaciones provenientes de China. La propuesta
señalaba la baja valoración del yuan —derivada de la política
monetaria del gobierno chino— como la principal causa del creciente
déficit comercial que mantiene Estados Unidos con el Reino Medio.
No obstante, el trámite de este proyecto legislativo ha sido
aplazado en diversas ocasiones. La última prórroga se
dio en junio de 2005, luego de que el gobierno chino accediera a revalorizar
su moneda en un tímido 2,1%. Sin embargo, el debate cobró nuevamente
vigencia con las últimas cifras oficiales de febrero de 2006,
según las cuales, durante el 2005, el déficit aumentó en
un 24 por ciento con respecto al año anterior.
Aquella propuesta legislativa recibió severas críticas
e incluso fue calificada de proteccionismo caduco por parte
de amplios sectores políticos estadounidenses. Muchos ven aún
con preocupación las consecuencias negativas que este tipo de
medidas pueden acarrear a los intereses empresariales americanos. James
A. Baker, antiguo Secretario del Tesoro, comentó que la apreciación
del yuan tendría efectos muy débiles en la balanza de
intercambio. El antiguo funcionario de la Casa Blanca agregó,
durante una conferencia en Hong Kong, que la mejor manera de resolver
esta situación no debe radicar en un fuego cruzado de amenazas,
sino en el dialogo apacible de la vía diplomática. Por
su parte, Alan Greenspan, antiguo amo y señor de la Reserva Federal
estadounidense, señaló contundentemente que no hay evidencia
que demuestre de forma fehaciente que la política monetaria china
sea el principal causante del déficit de intercambio. Otros críticos
del proyecto han buscado analogías históricas entre la
aquella propuesta y la tristemente célebre Ley Smoot Hawley de
1930. Dicho producto legislativo ha sido recurrentemente señalado
como uno de los elementos que agudizó la Gran Depresión de
Estados Unidos durante los años treinta. Por medio de aquella
ley, el gobierno americano impuso tarifas sumamente elevadas a la importación
de aproximadamente veinte mil productos extranjeros. Ello motivó una
tormenta de medidas de represalia comercial aplicadas por países
de todo el mundo en contra de EE.UU. Se calcula que como resultado de
esta ley el volumen de comercio exterior de Estados Unidos disminuyó,
entre 1929 y 1934, en un sesenta y seis por ciento.
Afortunadamente, luego de su regreso de la gira por territorio chino,
los senadores rectificaron y ganaron optimismo acerca del futuro de
las relaciones comercial sino-estadounidenses. Más aún,
el republicano Graham quedó muy impresionado por los problemas
sociales de China y concluyó que una revalorización súbita
del yuan podría agravar esa situación. La cortesía
oficial del mandarinato durante la visita de los estadounidenses llegó al
extremo de ordenar, en las vísperas de su arribo, cambios en
diversas portadas de diarios chinos que contenían críticas
severas hacia Estados Unidos. Como resultado, lograron convencer a los
senadores de tomar una posición más flexible. A cambio,
el gobierno chino barajó la posibilidad de revaluar el yuan progresivamente,
como parte de los preparativos para la visita de Hu Jintao a Estados
Unidos, programada para abril. Por su parte, como señaló el
afamado periodista Frederick Kempe, del Wall Street Journal, el gobierno
yanqui aprendió una nueva táctica diplomática,
una singular receta para prevenir disputas comerciales con el gobierno
comunista: enviar a sus políticos agresivos al país que
desean castigar para que reciban una dosis de adulación.
Pocas semanas después, la visita del presidente chino a territorio
estadounidense, en abril de 2006, constituyó un despliegue de
audacia digno de un manual. Con esta gira, Hu Jintao logró relajar
aún más la tensión acumulada entre ambas naciones,
especialmente con respecto a dos temas centrales: primero, la pobre
valoración de la moneda china, el yuan, que, como señalamos,
era vista como la principal causa del crítico déficit
comercial que mantiene el gigante yanqui con China; y, en segundo lugar,
el poco esfuerzo del gobierno comunista por detener la violación
de los derechos de propiedad intelectual al interior del territorio
chino. La Casa Blanca no extendió totalmente su alfombra roja
a su célebre visitante, otorgando a la llegada del líder
comunista el modesto rango protocolario de visita de trabajo,
mientras la tecnocracia china se jactaba de una visita de Estado.
La cúpula china no podía mostrarse muy susceptible frente
al principal destino de sus exportaciones. Estados Unidos importa un
promedio de 20.000 millones de dólares mensuales en productos
chinos.
Lo cierto es que Pekín inició sus maniobras mucho antes
de la gira de su Presidente. La invitación a Schuman y Graham
fue sólo el primer paso. La segunda jugada fue aún más
audaz. La tecnocracia pekinesa sabe que para ganarse la simpatía
de Tío Sam no hay nada mejor que contribuir a la dieta del Leviatán empresarial.
En Washington, detrás de todo gran político hay una gran
corporación que está dispuesta a perdonar cualquier pecado
siempre que sus accionistas vean más ceros a la derecha. Por
ello, pocos días antes de la llegada de Hu, la viceprimera ministra
china, Wu Yi, desembarcó acompañada de doscientos delegados
y un talonario de cheques muy grueso, el cual utilizaron para celebrar
ciento seis contratos de compra con distintas empresas, por un valor
equivalente a 16.200 millones de dólares. Entre los souvenir
que la funcionaria se llevó a casa se incluyen ochenta aviones
comprados a la compañía Boeing. La visita del presidente
chino fue el magistral cierre de la gran estrategia. Las imágenes
del discurso del alto funcionario en las instalaciones de Boeing mostraban
a sus ejecutivos alcanzando el nirvana mientras escuchaban planes para
la compra de dos mil seiscientos aviones hasta el 2024. La prensa norteamericana
describió el evento como un continuo ir y venir de adulaciones
entre los líderes políticos chinos y los empresarios americanos.
La foto del efusivo abrazo entre el presidente comunista y el mentor
original del acercamiento sino-estadounidense, Henry Kissinger, durante
la ceremonia, simboliza el corolario de una era.
La República Popular agasajó también al sector
de la propiedad intelectual. Muchas empresas presionan para que China
adopte medidas estrictas para cumplir con sus compromisos internacionales
en materia de propiedad intelectual. Para Microsoft, por ejemplo, la
potencia de Asia ha constituido uno de sus mercados más problemáticos,
el 90% del software que se utiliza en ese país es pirata. Una
conferencia en las instalaciones corporativas del coloso informático
y una cálida cena en la residencia de Bill Gates sirvieron para
anestesiar la impaciencia empresarial. Hu se comprometió a reforzar
los derechos de Microsoft en su territorio y suscribió, in
situ, interesantes contratos de asesoría y suministro informático
para renovar la capacidad tecnológica de la administración
china.
La administración Bush logró que el Departamento del
Tesoro americano, a pesar de la intensa presión de algunos sectores
políticos, no incluya a China en la lista de manipuladores
monetarios, de esta forma las medidas tomadas por Hu para revaluar
el yuan no serán vistas como una imposición de Washington.
La mañana del 15 mayo de 2006, el Banco Central de China anunciaba
ya un primer robustecimiento del yuan frente al dólar americano.
Muchos políticos estadounidenses no se mostraron contentos con
la deferencia mostrada desde la Casa Blanca hacia Pekín, acusaron
la discordancia de anteponer la conveniencia geopolítica a las
prioridades económicas. No obstante, como señalamos antes,
los más reconocidos expertos estadounidenses han señalado
que la baja apreciación del yuan tiene poco o nada que ver con
el déficit comercial mencionado. Finalmente, el presidente Hu
logró calmar temporalmente las aguas. Para muchos comentaristas,
el mandarinato chino inauguró un nuevo título en el manual
de relaciones internacionales que algunos denominaron: la diplomacia
de la chequera.
A pesar del apaciguamiento temporal de las aguas, el cambio de atmósfera
política en el Capitolio amenaza con desdibujar el estrechamiento
de lazos sino-estadounidenses. La nueva mayoría demócrata
liderada por Nancy Pelosi, actual presidenta del parlamento, ha traído
nuevas tensiones a las relaciones sino-americanos. En el pasado, Pelosi
se ha referido a los mandarines como “los carniceros de Beijing”.
Hay mucho descontento en el Congreso estadounidense con los supuestos
estragos económicos causados por la avalancha de productos chinos,
los representantes del pueblo buscan culpables. La inauguración
del Dialogo Económico Estratégico EE.UU.-China, ciclo
de conferencias anuales iniciado en diciembre de 2006 con la reunión
del Secretario del Tesoro norteamericano, Henry Paulson, y la viceprimera
ministra Wu Yi, constituyó un sólido intento por mantener
a flote las relaciones entre los dos gigantes. Sin embargo, con un Capitolio
hostil a Pekín, cualquier iniciativa de acercamiento puede ser
frustrada.
La opinión pública en Estados Unidos parece inclinar
la balanza hacia la vuelta al proteccionismo o, por lo menos, hacia
una mayor mesura a la hora de hacer concesiones comerciales. Se percibe
un halo de neopopulismo económico muy denso, patrocinado principalmente
por el Partido Demócrata, sumado a sectores de la tienda republicana
que apoyan las posturas anti-liberalización. Como ha sido costumbre
durante más de dos siglos, las necesidades electorales y financieras
de los políticos estadounidenses marcan drásticos virajes
en las relaciones comerciales de su país. La tienda progresista
depende del apoyo de grupos sindicales y asociaciones de trabajadores,
potenciales afectados por el cierre de factorías, su discurso
deberá adecuarse a las necesidades de su base electoral. Por
otra parte, no son pocos los legisladores republicanos adictos al soporte
financiero de grupos de interés encarnados por industrias poco
competitivas afectadas por la competencia proveniente de China. Ello
sin mencionar el auge de corrientes aislacionistas, como el paleoconservadurismo
de Pat Buchanan, o el nacionalismo chovinista encarnado por el afamado
periodista de la CNN, Lou Dobbs. Todos ellos enemigos declarados del “cosmopolitismo
económico”. Algunos académicos antiglobalización
más serios, otrora parias del establishment intelectual,
como Dani Rodrik, autor de “Has Globalization Gone Too Far?”,
están cosechando ratings muy altos en la cartelera del
pensamiento económico norteamericano.
Los congresistas Schumer y Graham parecen haber olvidado la hospitalidad
recibida durante su estancia en Pekín y se preparan para volver
al ataque. Ambos han manifestado estar en búsqueda de nuevas
fórmulas para atacar la manipulación monetaria de China.
Por su parte, Max Baucus, el principal del Comité de Finanzas
del Senado, aboga por incrementar el papel del parlamento como guardián
de las relaciones comerciales internacionales.
Un informe muy reciente del United States-China Business Council1 señala
que la República Socialista se ha convertido en el cuarto destino
de las exportaciones estadounidenses. Según el documento, durante
el último año, el coloso de oriente compró productos Made
in USA por un monto de 55,2 mil millones de dólares, lo
cual significa un aumento del 240 por ciento desde el año 2000.
Gran parte de las mercaderías enviadas al mercado chino desde
Estados Unidos son productos “generadores de trabajo” como
equipos de transportación y maquinaria pesada, así como
artefactos electrónicos y ordenadores. Curiosamente, entre los
Estados más beneficiados por el aumento de las ventas al gigante
asiático se encuentran Nueva York y Carolina del Norte, respectivos
feudos electorales de los beligerantes Schumer y Graham.
La administración Bush se ha mostrado receptiva a la presión
ejercida desde el Congreso. La Casa Blanca está obligada a buscar
apoyo en el parlamento para lograr la renovación del Fast
Track. Además, Bush intenta lograr la ratificación
de diversos tratados comerciales firmados con países como Corea
de Sur, Colombia y Perú. Las recientes reclamaciones presentadas
por Washington ante la Organización Mundial de Comercio (OMC),
alegando la falta de cumplimiento de los compromisos del gobierno chino
en materia de propiedad intelectual, forman parte del espectáculo
político ineludible para apaciguar ánimos en el seno del
parlamento. Wu Yi ha contestado en tono desafiante que las acciones
planteadas por la administración estadounidense ante la OMC amenazan
con debilitar las relaciones comerciales sino-americanas. No obstante,
la cúpula socialista planea realizar un nuevo desembarco en territorio
estadounidense el próximo 23 de mayo. Se espera el anuncio de
nuevas órdenes de compra por miles de millones de dólares
a Corporate America. Al parecer, el mandarinato volverá a
intentar apaciguar las aguas exaltando los intereses económicos
del Tío Sam.
Referencias:
1 Disponible en: http://www.uschina.org/.