31 de diciembre de 1969

China

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China crece "más rápido, más alto, más fuerte"

por James Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

Desde una perspectiva económica no hay un país que mejor represente el lema olímpico –más rápido, más alto, más fuerte- que China. Durante los últimos 30 años de su apertura al mundo y su liberalización económica, China ha crecido hasta convertirse en la tercera nación más importante para el comercio mundial y en la cuarta economía mundial. Además, el incremento en la libertad económica ha aumentado el rango de decisiones personales y le ha dado a millones de personas la oportunidad de salir del sector estatal y “saltar hacia el mar de la empresa privada”.

Durante la Revolución Cultural, dominaba el centralismo, el capitalismo era un crimen, y Mao Zedong hizo un llamado a la gente para “golpear con fuerza hasta a la más leve señal de propiedad privada”. Hoy en día, casi todos los precios son fijados por la demanda y la oferta del mercado, los capitalistas pueden formar parte del Partido Comunista de China y la República Popular China proclama en su constitución, “La propiedad privada obtenida legalmente es inviolable”.

La Ley de Propiedad, promulgada en el 2007, da una mayor protección al sector privado y a los derechos individuales de propiedad. Esa legislación refleja la influencia política de la creciente clase media y de empresarios privados quienes tienen interés en una continua liberalización económica, lo que les ha permitido un estilo de vida que pocos habrían soñado con tener, tan solo hace un corto tiempo. Millones de personas ahora disfrutan de la privacidad en sus hogares y autos, la libertad de viajar y los enormes beneficios de los celulares y el Internet.

Mientras en China ganaría una medalla de oro por su desempeño económico desde 1978, claramente no fuera medallista en la búsqueda de la libertad personal. Pero tampoco estuviera en el último puesto. En 1995, la periodista china Jianying Zha en su libro China Pop asevera que “Las reformas económicas han creado nuevas oportunidades, nuevos sueños y en cierta medida una nueva atmósfera y nuevas actitudes… Hay una sensación creciente de mayor espacio para la libertad personal”. Muchos estarían de acuerdo.

Hubiese sido tonto enfocarse solo en los defectos de China sin reconocer el progreso que mejora la vida de la gente –el progreso debido a la eliminación de restricciones en las decisiones económicas y personales, y no debido al centralismo. En particular, la globalización y la revolución de la información han jugado papeles cruciales en el desarrollo de China. Sin los beneficios del comercio, China fuera pobre todavía.

El paso lento de la reforma política y la violación de los derechos humanos debería ser de gran preocupación, pero utilizar sanciones comerciales contra China para que esta promueva los derechos humanos tendría el efecto contrario. A diferencia del comercio, el proteccionismo niega a los individuos la libertad para expandir sus alternativas efectivas, limitando así sus decisiones. Las sanciones fortalecerían el nacionalismo económico, perjudicado a los consumidores estadounidenses, y le daría más fuerza a los conservadores en Pekín.

No tiene sentido usar un instrumento tan obtuso en un intento de “avanzar” en cuanto a derechos humanos en China cuando el comercio en sí es un derecho humano importante. En lugar de ello, EE.UU. puede ayudar a los chinos continuando su política de interacción y evitando un proteccionismo destructivo.

El comercio incrementa la riqueza de las naciones y reduce el riesgo de conflicto. Hong Kong, la economía más libre del mundo, aprendió hace mucho tiempo los beneficios del comercio internacional y del estado de derecho. Su estrategia de desarrollo –“estado pequeño, mercado grande”- ha influenciado claramente a la China continental y el “virus de la libertad” se está propagado.

El desafío de la nueva generación de líderes de China es el de continuar en el sendero del “desarrollo pacífico” y no dejar que la política obstaculice el mercado. Si China pretende prosperar y convertirse en la mayor economía mundial, Pekín necesita dejar que se marchite el socialismo de mercado y que florezca el liberalismo de mercado. Esa transformación requerirá un sistema transparente y legal que proteja por completo los derechos de las personas a la vida, la libertad y la propiedad.

Para ayudar a China a lo largo de ese proceso, EE.UU. debería continuar su Diálogo Económico Estratégico iniciado por los presidentes Bush y Hu Jintao. Otros dos pasos positivos serían terminar la discriminación contra China en los casos de antidumping reconociendo a la República Popular China como una economía de mercado y admitir a China al G-8 como un poder normal en crecimiento. Esos actos de amistad reasegurarían a Pekín que EE.UU. le da la bienvenida al crecimiento de China y no la ve como un enemigo inevitable. Al mismo tiempo no debemos ignorar las violaciones a los derechos humanos que ocurren y el uso de la presión diplomática para ayudar a llevar a China hacia un legítimo Estado de Derecho.

Mientras los turistas admiran la asombrosa arquitectura en Pekín y otras ciudades, no deben olvidarse que lo que cuenta a largo plazo no es la infraestructura física sino las instituciones formales e informales que limitan el poder del gobierno y realzan la libertad.

Finalmente, el pueblo chino debe determinar la forma de sus instituciones gubernamentales y de otro tipo, pero EE.UU. puede ayudar sosteniendo los mismos principios liberales de mercado que quiere que China adopte. Al final del día, adhiriéndose a una agenda de libre comercio, el gobierno estadounidense podría mostrarle al pueblo chino que los estadounidenses practican lo que predican.

China: Protección desastrosa

por James Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

La terrible devastación causada por el terremoto en Sichuan, China, nos recuerda el azar presente en la naturaleza, la incertidumbre de la vida y la compasión que la gente tiene por los que sufren. Pero hay una lección más importante y menos comprendida: los países con mercados bien desarrollados, con derechos de propiedad privada y con una fuerte sociedad civil son mucho más capaces de resistir y recuperarse de los desastres naturales.

Los controles de precios y de ingresos, combinados con la ausencia de derechos de propiedad privada, aumentan la duración y magnitud de los fenómenos naturales. El mercado, que conduce al desarrollo, provee la mejor seguridad contra los desastres incrementando la riqueza y permitiendo que el sistema económico se adapte rápidamente a los shocks. El economista George Horwich, ahora jubilado, de la Universidad de Purdue demostró cómo los países que se adhirieron a los principios del libre mercado resistieron desastres naturales más fácilmente que aquellos que suprimieron la libertad económica.

En 1988, 25.000 personas murieron cuando un terremoto se produjo en la Armenia Soviética. Al año siguiente, un terremoto de la misma magnitud golpeó San Francisco y solo 67 personas perdieron la vida.

En un extenso estudio del terremoto de Kobe en 1995, el economista Horwich descubrió que la economía de mercado de Japón, la cual había creado tremenda riqueza en la era de la post-guerra, junto con una fuerte sociedad civil, permitió que Japón se recuperara rápidamente sin ningún daño duradero en su economía. Las escuelas bien cimentadas en Kobe proporcionaron refugio para aproximadamente un tercio de las 300.000 personas que se quedaron sin hogar.

El estudio de desastres naturales de Horwich demuestra cómo se reducen las pérdidas al punto que hay un flujo libre de información, mercados privados resistentes y un gobierno que protege los derechos de propiedad y permite funcionar a la sociedad civil. El desarrollo generado por el mercado puede mitigar catástrofes al promover la libertad económica, creando la riqueza y cultivando la responsabilidad individual.

Para entender la importancia del libre mercado en la disminución del daño ocasionado por los desastres naturales, solo se necesita comparar la lenta reacción de Myanmar, un país con poder centralizado y muy rígidamente controlado, con la rápida reacción de China, la cual ha liberalizado su economía desde 1978 y se ha abierto comercialmente al mundo. Además, China aprendió de la crisis del síndrome respiratorio severo que la mejor política para enfrentar los desastres es permitir la circulación de la información, la cual ha venido mejorando a través del acceso de las personas a tecnologías más modernas de comunicación que originaron a partir de las reformas de mercado.

No obstante, la transición lenta hacia la liberalización en las áreas rurales—y especialmente la ausencia de derechos de propiedad privada—hace más difícil salir de la pobreza y obstaculiza los esfuerzos para responder y mitigar las pérdidas ocasionadas por las catástrofes naturales. Las regulaciones de construcción para las escuelas en Beichuan y otros condados en Sichuan no eran adecuadas o no se hicieron cumplir y, como resultado, niños inocentes murieron. Esta tragedia no es un fracaso del mercado, sino más bien un fracaso del gobierno de proteger vidas, libertad y propiedad privada.

Cuando los derechos de propiedad son seguros, los propietarios privados tienen un incentivo para mantener la calidad y son responsables por las deficiencias. Cuando la tierra puede comprarse y venderse libremente, los propietarios invertirán dinero en aquella propiedad y podrán usarla como colateral. Se creará más riqueza y las transacciones de mercado se expandirán enriqueciendo a la gente. Las familias usarán su riqueza recién adquirida para educar a sus hijos y esta inversión beneficiará a la sociedad.

La familia, los vecinos y los amigos son siempre los primeros en dar una mano cuando los desastres ocurren. Esos esfuerzos tendrán más éxito en una economía de libre mercado con propietarios privados y un sistema de precios operando sin distorsiones que en una economía planificada en donde la propiedad y la información están controladas por la élite que gobierna.

No podemos evitar la ira de la naturaleza, pero si podemos ayudar a minimizar los riesgos y la incertidumbre adoptando instituciones que proporcionen un sistema de libertad. La liberalización de China ha permitido superar los desastres naturales de una manera más efectiva, pero debe continuar aumentando la libertad económica e individual, y privatizando las propiedades colectivas para que los pobres de las zonas rurales puedan ser más autosuficientes y menos dependientes de funcionarios públicos.

Pobreza o prosperidad para los chinos en el campo

por Zhu Keliang y Roy Prosterman

Zhu Keliang es abogado del Rural Development Institute (RDI).

Roy Prosterman es fundador y consejero Emeritus del Rural Development Institute (RDI) y profesor Emeritus de leyes de la Escuela de Derecho de la Universidad de Washington.

La armonía de China depende en gran parte de los derechos de propiedad sobre la tierra para los agricultores.

Todo el mundo se ha dado cuenta que China está volviéndose una potencia económica industrial, pero los agricultores todavía constituyen dos tercios de su población. China tiene 700 millones de habitantes rurales, y ellos en gran parte no han gozado de la bonanza económica. Octubre de este año puede haber sido un mes decisivo para los esfuerzos que Pekín ha estado realizando para desarrollar las áreas rurales del país.

La nueva Ley de Propiedad, la primera de este tipo en la historia moderna de china, entró en efecto el 1 de octubre. Y el Congreso No. 17 del Partido Comunista comenzó a mediados de octubre. En el congreso, se espera que el Presidente Hu Jintao consolide más su poder y su enfoque en su principal objetivo—construir una “sociedad armoniosa”.

Mucho depende de qué tan seriamente el liderazgo central enfrente el reto de implementar las provisiones de la Ley de Propiedad para fortalecer los derechos de propiedad sobre la tierra de los agricultores.

La diferencia en ingresos entre los habitantes citadinos y los urbanos alcanzó un record de 3,34 a 1 en la primera mitad de este año, y una mayoría de los derechos de propiedad sobre la tierra de los agricultores todavía están siendo socavados y no son garantizados. Los funcionarios locales muchas veces detentan poderes no conferidos por la ley para confiscar y reasignar la tierra de los agricultores. Aquello los desalienta a ellos para realizar inversiones u operaciones de largo plazo en cualquier transacción considerable que tenga que ver con la tierra.

Los debilitados derechos de propiedad sobre la tierra convierte propiedades en botines para los gobiernos locales, los cuales cada vez más confiscan tierra para usos no-agrícolas y la reventa lucrativa mientras que la economía industrial se expande. La tierra es ahora la principal causa de descontento y conflicto en China. En los primeros 9 meses del año pasado, la nación documentó 17.900 casos de “incidentes rurales masivos”—alrededor de 80 por ciento de ellos eran relacionados a la toma ilegal de tierra.

Para este grande y atrasado sector rural, la Ley de Propiedad ofrece la mejor oportunidad para beneficiarse del desarrollo y la modernización: es un mensaje nuevo y más formal de los derechos, documentados y comerciales, de propiedad sobre la tierra a largo plazo (30 años) de los agricultores. Al fortalecer los derechos de propiedad en el campo, Pekín podría replicar las sorprendentes transformaciones que ocurrieron en las áreas rurales de Japón, Corea del Sur y Taiwán.

Aún la implementación detenida de leyes pasadas y la emisión de algunos documentos de derechos de propiedad sobre la tierra ha sido suficiente para desatar aproximadamente 26 millones inversiones adicionales de entre mediano y largo plazo en la tierra—creando hasta $200 mil millones en valor comercial de tierra. Si las leyes y la política del país se pueden combinar exitosamente para fortalecer los derechos de propiedad sobre la tierra de los agricultores bajo la Ley de Propiedad, tales inversiones se multiplicarían.

Aquello alentaría la producción agrícola y crearía hasta $500 mil millones en riqueza de la tierra para los agricultores. Estas reformas reducirían la diferencia de ingresos entre los habitantes urbanos y los rurales, y ayudaría a que las empresas domésticas y extranjeras se beneficien de un poder de consumo masivo de la población rural de China. En agosto, el Consejo del Estado aprobó un plan de acción propuesto por siete agencias de nivel ministerial del gobierno central, que busca rectificar las violaciones a los derechos de propiedad sobre la tierra en el campo. El plan fija el objetivo ambicioso de emitir documentación de derechos de propiedad sobre la tierra, como lo indica la ley, a 90 por ciento de los hogares agrícolas para fines de este año.

Si se quiere que la ley de propiedad sea efectiva, los agricultores deben conocerla—aún así muchos agricultores y funcionarios locales ni siquiera saben de ella. Debe ser publicitada ampliamente, y discutida en las reuniones de los pueblos.

Los agricultores requieren de acceso a un sistema de justicia independiente, y de acceso a ayuda legal. Hoy, los agricultores con quejas por derechos sobre la tierra muchas veces no pueden recibir un trato justo e imparcial de las cortes.

Necesitan una manera de registrar sus tierras. Toda economía desarrollada en el mundo tiene algún sistema para este propósito, el cual provee una confirmación oficial de los derechos sobre la tierra de los agricultores y lo cual les permitiría obtener todos los beneficios económicos de aquellos derechos en transacciones en el mercado. En la China rural virtualmente no hay registro de tierras. Los funcionarios locales deben saber que serán juzgados por su habilidad de garantizar los derechos sobre la tierra de los agricultores. Construir una sociedad armoniosa es la principal tarea del Partido Comunista y aquello requiere un estado de derecho.

Si los futuros políticos de los funcionarios locales dependieran de ello, la ley podría ser implementada efectivamente. Nada es más importante para los 700 millones de chinos que viven en las áreas rurales que tener seguridad en sus derechos sobre la tierra. Nada es más probable que determine el futuro económico y político del campo en los próximos años.

¿Aprovecharán los líderes chinos esta oportunidad?

Este artículo fue publicado originalmente por South China Morning Post el 12 de octubre de 2007.

Los juguetes chinos retirados del mercado no justifican una guerra comercial con China

por David Crane

David Crane es editor de economía del diario The Star (Canadá).

Entre los grupos proteccionistas hay mucha algarabía por las barbies y otros juguetes chinos retirados del mercado, encima de los problemas con otros productos chinos, que van desde las pastas de diente hasta la comida para mascotas.

La esperanza de ellos es que una etiqueta que diga “Hecho en China” pueda ser convertida en una mancha negra que conducirá a que un gran número de consumidores eviten por completo los productos chinos. Al mismo tiempo, se está llevando a cabo una campaña para requerir costosas inspecciones a los productos chinos para desalentar de esa manera la importación de tales productos.

Este bombardeo anti-China se siente más en EE.UU., en donde el proteccionismo xenofóbico está más enraizado. Solo observe la paranoia diaria en el show de Lou Dobbs en CNN, un programa en el que “extranjero” es una mala palabra.

De muchas maneras esto es similar a los ataques a Japón que se dieron en los 1980s. Eso fue cuando, por ejemplo, los carros japoneses fueron golpeados con hachas en el patio del congreso estadounidense, con algunos políticos estadounidenses aplaudiendo mientras observaban aquello.

Afortunadamente, cuando el Primer Ministro Stephen Harper, el presidente estadounidense George W. Bush y el presidente mexicano Felipe Calderón se reunieron en Montebello durante la reciente cumbre, ellos adoptaron una actitud más moderada.

Mientras que declararon su intención de hacer respetar los existentes estándares de seguridad para los alimentos y productos por todos los países de alrededor del mundo, lo cual uno esperaría que ellos lo hagan en cualquier situación, ellos “trabajarían con nuestros socios comerciales fuera de EE.UU. utilizando un método científico de evaluación de riesgo para identificar y evitar que alimentos y productos no seguros ingresen a nuestros países”.

Como los tres líderes lo indicaron, el objetivo es ayudar a China y a otros países a mejorar sus estándares e inspecciones “mientras que se facilita el considerable comercio de los productos que nuestros países ya tienen sin imponer barreras comerciales innecesarias”.

Por su parte, los chinos ya están haciendo cambios importantes. Ellos han cancelado las licencias de exportación para ciertas empresas, introdujeron una etiqueta de certificación para los alimentos exportados que garantiza que estos han pasado evaluaciones de calidad, y han establecido un equipo de alto rango, liderado por el Vice-Premier chino Wu Yi para lidiar con la seguridad de los alimentos y los productos.

Mientras tanto, el grupo comercial chino, la Asociación de Juguetes Chinos, han pedido que sus miembros firmen una promesa pública para mejorar la seguridad de sus productos.

Los problemas de seguridad en los alimentos y productos no están, por supuesto, limitados a China. Considere que a lo largo de las últimas décadas millones de carros fueron retirados del mercado en Norteamérica porque estos no eran seguros, o considere el número de productos farmacéuticos y eléctricos que han tenido que ser retirados de los mercados.

Más recientemente, Sony y Matsushita, dos importantes empresas japonesas, han sido forzadas a reemplazar millones de baterías en sus computadoras portátiles y en sus celulares porque no eran seguras.

Lo que podemos esperar es que los chinos aprenderán de sus experiencias, no solo por el bien de sus exportaciones sino también porque su propia población está sufriendo aún más por culpa de los productos y alimentos no seguros. Esto es lo que sucedió en Japón y Corea del Sur, mientras que estos países inicialmente producían productos de poca calidad (acuérdese de los primeros carros japoneses y coreanos vendidos aquí) pero rápidamente se adaptaron para mejorar la calidad y los estándares.

Ahora les toca a los chinos adoptar una estrategia similar si quieren triunfar en el mercado global.

Mientras que países como Canadá deben insistir por la seguridad en los alimentos y productos, y las empresas estadounidenses utilizando a China para producción deben imponer sus propios sistemas de inspección, también podemos ayudar a China y a otros países con economía de mercado emergentes para que mejoren sus propios sistemas para la seguridad de los alimentos y los productos.

Lo que deberíamos evitar es utilizar los problemas de China como una excusa para iniciar una guerra comercial anti-China.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso de Torstar Syndication Services.

Transparencia y rendición de cuentas

por James A. Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

Nunca podremos vivir en un mundo perfectamente seguro, pero podemos abordar la cuestión de seguridad en los productos de consumo de una manera inteligente al balancear los costos y los beneficios de mejorar los criterios de seguridad. Lo que los países no deben hacer es valerse de la seguridad para disfrazar al proteccionismo.

De acuerdo al embajador estadounidense Alan Homer, enviado especial a China para el Diálogo Económico Estratégico, “la seguridad requiere el mejoramiento continuo, pero es importante que cualquier política gubernamental no sea proteccionista en esta área”.

Lo que China necesita más que nada es un sistema legal más transparente que proteja los derechos de propiedad y evite el fraude. Las virtudes del libre mercado podrían entonces mejorar la seguridad sin recurrir a un gobierno demasiado intervencionista y a mercados corrompidos.

La ejecución de Zheng Xiaoyu, el anterior director de la Administración Estatal de Alimentos y Medicinas, por haber recibido sobornos mientras que aprobaba medicinas que causaban la muerte es un crudo recordatorio de que la supervisión gubernamental no es una garantía de la seguridad en los alimentos y las medicinas. Aún una economía avanzada como la de EE.UU. ha fracasado en prevenir que productos dañados entren al mercado—y, en algunos casos, ha sido lenta para removerlos.

En el mundo real, ni la intervención gubernamental ni el mercado conducirán a productos y medicinas perfectamente seguros. Lograr una seguridad de 100 por ciento no es una opción. Las soluciones utópicas a los problemas socio-económicos siempre han demostrado ser desastrosas. La pregunta es qué mecanismo—un sistema de mercado o uno de planificación central—es más probable que resulte en un ambiente más seguro en el cual los beneficios de lograr alimentos y medicinas más seguros superen a los costos.

En un sistema de libre mercado, en el cual los dueños de las empresas de alimentos y medicinas tienen derechos de propiedad muy bien definidos—y, por lo tanto, se les puede pedir que rindan cuentas por comportamiento irresponsable—los costos de poner productos peligrosos en el mercado (esto es, quedar en bancarrota, la vergüenza social y el encarcelamiento) recaerán en los dueños.

Las agencias calificadoras independientes aparecerán para monitorear a empresas, y las leyes de responsabilidad serán creadas para proteger a los consumidores. Una prensa libre y el Internet rápidamente informarán a los consumidores e inversionistas acerca de los productos que no son seguros. Los precios de las acciones de las empresas irresponsables colapsarán y los recursos se desplazarán desde esas empresas hacia aquellas que si estén satisfaciendo las preferencias de los consumidores.

Las marcas son valiosas, y las empresas invertirán en asegurarse de que su reputación de largo plazo no esté en juego. La cultura empresarial, un estado de derecho transparente y la competencia ayudarán a garantizar que la innovación y la seguridad de los productos se den simultáneamente.

En la China continental, el subdesarrollo de las instituciones de libre mercado significa que habrá menos preocupación por el bienestar del consumidor que en una economía totalmente de mercado. Ejecutar a un funcionario público, o siquiera a varios, no llegará a la raíz del problema—específicamente, la ausencia de una propiedad privada esparcida y de rendición de cuentas en un régimen de un solo partido político y de un poder judicial independiente.

No hay duda de que los países con la mayor cantidad de libertad económica tienen los productos más seguros y los nombres de marca con la mejor reputación. Las empresas que no tienen precios y calidad competitivos desaparecen en un sistema de libre mercado. Por supuesto, algunos consumidores están dispuestos a aceptar más riesgos que otros por un precio más bajo—y esos sacrificios deberían ser permitidos en una sociedad libre. Pero para tomar decisiones racionales, las personas deben conocer los costos y beneficios de las alternativas, y eso es exactamente la información que un mercado libre provee.

El rol del gobierno es el de proteger los derechos de propiedad privada, y por lo tanto proteger a las personas del fraude y de la violencia. Un gobierno draconiano que trata de lograr “la seguridad perfecta” es muy probable que se equivoque al mantener demasiados alimentos y medicinas buenas fuera del mercado. En la economía global de hoy, es cada vez más costoso para los gobiernos monitorear cada producto. La única alternativa viable es fomentar la cultura empresarial y permitir que las agencias privadas suplementen a la regulación gubernamental para asegurar la cantidad óptima de seguridad—esto es, la cantidad que vale lo que cuesta.

Como el anterior sub-comisionado de la Administración de Alimentos y Medicinas (FDA por sus siglas en inglés) de EE.UU. Scout Gottlieb indica: “La FDA no puede estar en todas partes, cada momento que surge un riesgo, especialmente cuando la cadena de oferta tanto para los alimentos como para las medicinas continúa volviéndose más diversa y más global. Al final de cuentas, la FDA necesita permitirle a las empresas ser inspeccionadas por terceros de buena reputación y privados que sean certificados por la agencia”.

El problema de China es más severo; y las reformas necesarias son más radicales. Para asegurar más seguridad en la manufacturación de alimentos y medicinas, tiene que haber más énfasis en el cambio institucional, particularmente en una mayor adherencia a los mercados libres que hacen que los individuos sean completamente responsables de sus actos. La competencia y la propiedad extranjera pueden avanzar ese objetivo.

Las consecuencias del comportamiento irresponsable deben ser totalmente reflejadas en los precios de mercado de aquellas empresas que perjudican a los consumidores. Debe ser más fácil enlistar empresas privadas en las bolsas, los intercambios necesitan tener acceso a los transparentes reportes anuales, y las acciones de las empresas estatales deben ser totalmente intercambiables para asegurar que no sean entregadas con tratamiento especial que podría perjudicar a los consumidores. Mientras que los funcionarios sigan teniendo el poder de aprobar productos nuevos, ellos estarán expuestos a ser sobornados, y la corrupción será inevitable. El reto es minimizar el rol del gobierno y aumentar la envergadura del mercado para maximizar la rendición de cuentas y lograr el nivel de seguridad que es racional en el mundo de hoy.

El peligro está en que los funcionarios, en su búsqueda de la seguridad perfecta, se olviden de las virtudes del mercado libre—y, al suceder eso, utilicen su poder para proteger intereses especiales en vez de públicos.

Este artículo fue publicado originalmente en el South China Morning Post el 8 de agosto de 2007.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.

EE.UU.: Arrastrándose hacia el mercantilismo

por James Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

Cuando el secretario de la Tesorería Henry M. Paulson se reunió hace poco más de una semana con el Vice Premier de China Wu Yi para sostener la segunda ronda del Diálogo Económico Estratégico, en la cual debería continuar enfatizando las ganancias mutuas de un comercio libre y no sucumbir a la actitud mercantilista que parece predominar en el Capitolio.

Demasiados políticos consideran al comercio con China como un juego de suma cero: China gana al obtener un superávit comercial; EE.UU. pierde al obtener un déficit comercial. Un coro de voces en el Capitolio está pidiendo una retaliación en contra de China por “hacer trampa” al violar sus compromisos comerciales y sub-valorar su moneda. El Senador Byron Dorgan, un demócrata de Dakota del Norte, hasta ha propuesto una ley para terminar las relaciones comerciales normales con China.

La presunción de que China está “haciendo trampa” —y haciéndolo a cuestas de trabajos estadounidenses— se está fortaleciendo mientras que el déficit comercial bilateral de EE.UU. con la República Popular de China continúa alcanzando niveles sin precedentes. Las presiones están aumentando para que el congreso “iguale el campo de juego” y corrija el desequilibrio comercial, el cual llegó a constatar $233 mil millones el año pasado.

El peligro es que la presión creciente derivará en una ley proteccionista que podría impedir el comercio entre EE.UU. y China y por ende, perjudicar a la economía global. China es el mercado que está creciendo con mayor velocidad para las exportaciones estadounidenses y un aspecto clave del Diálogo Económico Estratégico es el de asegurar que las relaciones comercial entre EE.UU. y China se mantengan estables dentro del marco de una interacción de largo plazo.

La lógica falsa del mercantilismo es atractiva pero peligrosa. Como David Hume indicó en 1758, la idea de que un déficit comercial es malo y un superávit es algo bueno es tan “obtusa como una opinión mala”. La atención indebida al déficit comercial bilateral con China constituye gran parte de la crítica a China que se escucha en Washington hoy.

Al concentrarse en productores que puede que hayan sido perjudicados por el comercio en lugar de en consumidores que se benefician, el congreso comete la misma falacia de composición que Hume expuso. Además, al no reconocer los beneficios del comercio para todas las naciones, los proteccionistas han dejado de considerar la idea liberal expresada de mejor manera por Hume: “cuando una comunicación abierta es preservada entre las naciones, es imposible pero la industria doméstica de cada una debe recibir un aumento como resultado de las mejoras de los otros”.

Si China no hubiese liberalizado unilateralmente su régimen controlado por el estado después de 1978, tanto China como la economía global seguramente estuvieran peor hoy. De igual manera, si EE.UU. está dispuesto firmemente a restringir las importaciones de China, el impacto a largo plazo será el de reducir el crecimiento de las exportaciones estadounidenses y de reducir la riqueza de ambas naciones.

Lo que el congreso necesita escuchar es que (1) el libre comercio es mutuamente beneficioso —los consumidores ganan sin importar la razón por la cual las importaciones son baratas; (2) el propósito del comercio no es el de crear trabajos sino el de crear riqueza; (3) el balance de pagos siempre debe balancear porque es un sistema de contabilidad de doble entrada.

Toda la hipérbole proteccionista distrae la atención de esos principios simples e ignora el progreso considerable que China ha experimentado en su transición desde la planificación hacia el mercado. El pueblo chino ahora tiene más libertad económica y personal y el comercio extranjero ha aumentado substancialmente la gama de opciones personales.

La simple verdad es que nadie está obligado a comerciar con China. Como Bo Xilai, el ministro de comercio, indicó contestando a las amenazas proteccionistas de EE.UU., “Si [las empresas estadounidenses] no ganarán dinero haciendo negocios con China, ellos no hubiesen estado comerciando con China en primer lugar”.

Daniel Griswold, director del Centro para Estudios de Política Comercial del Cato Institute estima que las pérdidas anuales de trabajos netos en EE.UU. debido a importaciones de China “constituye solo un por ciento del total de los trabajos perdidos”. Pero las industrias que pagan por esas perdidas encontrarán conveniente presionar para que se las proteja a cuestas de los consumidores estadounidenses.

La política estadounidense de interacción ha funcionado relativamente bien, como también ha funcionado la política china del “desarrollo pacífico”. Tomará tiempo para que China satisfaga todas sus obligaciones con la OMC. Se ha progresado mucho en cuanto a acceso al mercado y asuntos basados en reglas, pero todavía queda mucho por hacer con respecto al respeto de los derechos de propiedad intelectual.

La necesidad de preservar “una comunicación abierta” entre todas las naciones todavía es de vital importancia.

Este artículo fue publicado originalmente en el National Review el 22 de mayo de 2007.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.

Adulando al Tío Sam: Relaciones comerciales China-EE.UU.

por Aparicio Caicedo

Aparicio Caicedo es profesor visitante de política internacional en la Universidad de Montevideo (Uruguay) y blogger del diario El Mundo (España)

A partir del fallecimiento de Stalin, en 1953, Mao inició un lento pero decido acercamiento hacia el Tío Sam. Poco logró durante los primero años, en el despacho oval estaba aún fresco el recuerdo de la Guerra de Corea. Además, la paranoia anticomunista de la época hacía poco atractiva cualquier relación con la República Popular. Rechazado, el líder chino comenzó a inflamar sus discursos con antiamericanismo radical. Sin embargo, a partir de 1969, con un país cada vez menos significante en el panorama mundial, aunque sin reducir la hostilidad retórica, el gobernante asiático reinició el cortejo al gigante de occidente. Curiosamente, la ocasión dorada para concretar el acercamiento se dio en el escenario deportivo. En abril de 1971, durante una competencia mundial de tenis de mesa en Japón, un casual apretón de manos entre los campeones de Estados Unidos y China, cuya foto fue inmortalizada en todas las portadas de la prensa nipona, tuvo consecuencias. Mao hizo gala de un asombroso sentido de la oportunidad, utilizó a los deportistas de ambas naciones como diplomáticos improvisados. En una fina demostración de astucia, el gobierno chino invitó a la selección estadounidense de ping-pong a su país, fue un despliegue de hospitalidad sin precedentes. El presidente norteamericano, Richard Nixon, miró con singular beneplácito el gesto de la dirigencia socialista, hacía tiempo que buscaba la manera de estrechar lazos con el dragón.

Los intereses de Washington y Pekín tenían dos puntos fundamentales de afinidad: contrarrestar el poder de la Unión Soviética y acabar con el peligroso régimen vietnamita. Se inició un intercambio de favores muy benévolo para ambas potencias. El mandatario estadounidense, acompañado del legendario Henry Kissinger como director de la orquesta diplomática, hizo una significativa visita a la capital china en 1972. La Casa Blanca reconoció estatus diplomático a Pekín. El coloso comunista fue aceptado en las Naciones Unidas. China consiguió además un codiciado puesto en el Consejo de Seguridad, desplazando a Taiwán. Pero lo más importante para Mao, sus expertos militares accedieron a tecnología castrense de vanguardia. Al parecer, lo que comenzó como un pacto de mutua conveniencia terminó en una entrañable amistad. En febrero de 1976, el Gran Timonel, sabiéndose cercano a la muerte, envió un avión para recoger a Nixon —entonces lejos del poder y profundamente desprestigiado— para darle el último adiós en persona.

Han pasado más de tres décadas desde los días de la diplomacia ping-pong. Durante todo este tiempo, la hospitalidad de la cúpula pekinesa ha seguido mostrándose eficaz para calmar ánimos hostiles de Washington. Los mandarines han hecho de las relaciones internacionales un fino arte. Ello quedó confirmado recientemente, a comienzos de 2006. Tras una gira por China y varias entrevistas, los altos funcionarios del régimen comunista persuadieron a los senadores estadounidenses, Charles Schumer y Lindsey Graham, de suavizar el tono de sus enconadas reivindicaciones contra la política monetaria del dragón. Se evitó así un enfrentamiento comercial poco beneficioso para ambas economías, aunque no por mucho tiempo.

Schumer y Graham presentaron, en 2003, un proyecto de ley encaminado a imponer, como medida de retaliación comercial, una tarifa uniforme del 27,5% a todas las importaciones provenientes de China. La propuesta señalaba la baja valoración del yuan —derivada de la política monetaria del gobierno chino— como la principal causa del creciente déficit comercial que mantiene Estados Unidos con el Reino Medio. No obstante, el trámite de este proyecto legislativo ha sido aplazado en diversas ocasiones. La última prórroga se dio en junio de 2005, luego de que el gobierno chino accediera a revalorizar su moneda en un tímido 2,1%. Sin embargo, el debate cobró nuevamente vigencia con las últimas cifras oficiales de febrero de 2006, según las cuales, durante el 2005, el déficit aumentó en un 24 por ciento con respecto al año anterior.

Aquella propuesta legislativa recibió severas críticas e incluso fue calificada de proteccionismo caduco por parte de amplios sectores políticos estadounidenses. Muchos ven aún con preocupación las consecuencias negativas que este tipo de medidas pueden acarrear a los intereses empresariales americanos. James A. Baker, antiguo Secretario del Tesoro, comentó que la apreciación del yuan tendría efectos muy débiles en la balanza de intercambio. El antiguo funcionario de la Casa Blanca agregó, durante una conferencia en Hong Kong, que la mejor manera de resolver esta situación no debe radicar en un fuego cruzado de amenazas, sino en el dialogo apacible de la vía diplomática. Por su parte, Alan Greenspan, antiguo amo y señor de la Reserva Federal estadounidense, señaló contundentemente que no hay evidencia que demuestre de forma fehaciente que la política monetaria china sea el principal causante del déficit de intercambio. Otros críticos del proyecto han buscado analogías históricas entre la aquella propuesta y la tristemente célebre Ley Smoot Hawley de 1930. Dicho producto legislativo ha sido recurrentemente señalado como uno de los elementos que agudizó la Gran Depresión de Estados Unidos durante los años treinta. Por medio de aquella ley, el gobierno americano impuso tarifas sumamente elevadas a la importación de aproximadamente veinte mil productos extranjeros. Ello motivó una tormenta de medidas de represalia comercial aplicadas por países de todo el mundo en contra de EE.UU. Se calcula que como resultado de esta ley el volumen de comercio exterior de Estados Unidos disminuyó, entre 1929 y 1934, en un sesenta y seis por ciento.

Afortunadamente, luego de su regreso de la gira por territorio chino, los senadores rectificaron y ganaron optimismo acerca del futuro de las relaciones comercial sino-estadounidenses. Más aún, el republicano Graham quedó muy impresionado por los problemas sociales de China y concluyó que una revalorización súbita del yuan podría agravar esa situación. La cortesía oficial del mandarinato durante la visita de los estadounidenses llegó al extremo de ordenar, en las vísperas de su arribo, cambios en diversas portadas de diarios chinos que contenían críticas severas hacia Estados Unidos. Como resultado, lograron convencer a los senadores de tomar una posición más flexible. A cambio, el gobierno chino barajó la posibilidad de revaluar el yuan progresivamente, como parte de los preparativos para la visita de Hu Jintao a Estados Unidos, programada para abril. Por su parte, como señaló el afamado periodista Frederick Kempe, del Wall Street Journal, el gobierno yanqui aprendió una nueva táctica diplomática, una singular receta para prevenir disputas comerciales con el gobierno comunista: enviar a sus políticos agresivos al país que desean castigar para que reciban una dosis de adulación.

Pocas semanas después, la visita del presidente chino a territorio estadounidense, en abril de 2006, constituyó un despliegue de audacia digno de un manual. Con esta gira, Hu Jintao logró relajar aún más la tensión acumulada entre ambas naciones, especialmente con respecto a dos temas centrales: primero, la pobre valoración de la moneda china, el yuan, que, como señalamos, era vista como la principal causa del crítico déficit comercial que mantiene el gigante yanqui con China; y, en segundo lugar, el poco esfuerzo del gobierno comunista por detener la violación de los derechos de propiedad intelectual al interior del territorio chino. La Casa Blanca no extendió totalmente su alfombra roja a su célebre visitante, otorgando a la llegada del líder comunista el modesto rango protocolario de visita de trabajo, mientras la tecnocracia china se jactaba de una visita de Estado. La cúpula china no podía mostrarse muy susceptible frente al principal destino de sus exportaciones. Estados Unidos importa un promedio de 20.000 millones de dólares mensuales en productos chinos.

Lo cierto es que Pekín inició sus maniobras mucho antes de la gira de su Presidente. La invitación a Schuman y Graham fue sólo el primer paso. La segunda jugada fue aún más audaz. La tecnocracia pekinesa sabe que para ganarse la simpatía de Tío Sam no hay nada mejor que contribuir a la dieta del Leviatán empresarial. En Washington, detrás de todo gran político hay una gran corporación que está dispuesta a perdonar cualquier pecado siempre que sus accionistas vean más ceros a la derecha. Por ello, pocos días antes de la llegada de Hu, la viceprimera ministra china, Wu Yi, desembarcó acompañada de doscientos delegados y un talonario de cheques muy grueso, el cual utilizaron para celebrar ciento seis contratos de compra con distintas empresas, por un valor equivalente a 16.200 millones de dólares. Entre los souvenir que la funcionaria se llevó a casa se incluyen ochenta aviones comprados a la compañía Boeing. La visita del presidente chino fue el magistral cierre de la gran estrategia. Las imágenes del discurso del alto funcionario en las instalaciones de Boeing mostraban a sus ejecutivos alcanzando el nirvana mientras escuchaban planes para la compra de dos mil seiscientos aviones hasta el 2024. La prensa norteamericana describió el evento como un continuo ir y venir de adulaciones entre los líderes políticos chinos y los empresarios americanos. La foto del efusivo abrazo entre el presidente comunista y el mentor original del acercamiento sino-estadounidense, Henry Kissinger, durante la ceremonia, simboliza el corolario de una era.

La República Popular agasajó también al sector de la propiedad intelectual. Muchas empresas presionan para que China adopte medidas estrictas para cumplir con sus compromisos internacionales en materia de propiedad intelectual. Para Microsoft, por ejemplo, la potencia de Asia ha constituido uno de sus mercados más problemáticos, el 90% del software que se utiliza en ese país es pirata. Una conferencia en las instalaciones corporativas del coloso informático y una cálida cena en la residencia de Bill Gates sirvieron para anestesiar la impaciencia empresarial. Hu se comprometió a reforzar los derechos de Microsoft en su territorio y suscribió, in situ, interesantes contratos de asesoría y suministro informático para renovar la capacidad tecnológica de la administración china.

La administración Bush logró que el Departamento del Tesoro americano, a pesar de la intensa presión de algunos sectores políticos, no incluya a China en la lista de manipuladores monetarios, de esta forma las medidas tomadas por Hu para revaluar el yuan no serán vistas como una imposición de Washington. La mañana del 15 mayo de 2006, el Banco Central de China anunciaba ya un primer robustecimiento del yuan frente al dólar americano. Muchos políticos estadounidenses no se mostraron contentos con la deferencia mostrada desde la Casa Blanca hacia Pekín, acusaron la discordancia de anteponer la conveniencia geopolítica a las prioridades económicas. No obstante, como señalamos antes, los más reconocidos expertos estadounidenses han señalado que la baja apreciación del yuan tiene poco o nada que ver con el déficit comercial mencionado. Finalmente, el presidente Hu logró calmar temporalmente las aguas. Para muchos comentaristas, el mandarinato chino inauguró un nuevo título en el manual de relaciones internacionales que algunos denominaron: la diplomacia de la chequera.

A pesar del apaciguamiento temporal de las aguas, el cambio de atmósfera política en el Capitolio amenaza con desdibujar el estrechamiento de lazos sino-estadounidenses. La nueva mayoría demócrata liderada por Nancy Pelosi, actual presidenta del parlamento, ha traído nuevas tensiones a las relaciones sino-americanos. En el pasado, Pelosi se ha referido a los mandarines como “los carniceros de Beijing”. Hay mucho descontento en el Congreso estadounidense con los supuestos estragos económicos causados por la avalancha de productos chinos, los representantes del pueblo buscan culpables. La inauguración del Dialogo Económico Estratégico EE.UU.-China, ciclo de conferencias anuales iniciado en diciembre de 2006 con la reunión del Secretario del Tesoro norteamericano, Henry Paulson, y la viceprimera ministra Wu Yi, constituyó un sólido intento por mantener a flote las relaciones entre los dos gigantes. Sin embargo, con un Capitolio hostil a Pekín, cualquier iniciativa de acercamiento puede ser frustrada.

La opinión pública en Estados Unidos parece inclinar la balanza hacia la vuelta al proteccionismo o, por lo menos, hacia una mayor mesura a la hora de hacer concesiones comerciales. Se percibe un halo de neopopulismo económico muy denso, patrocinado principalmente por el Partido Demócrata, sumado a sectores de la tienda republicana que apoyan las posturas anti-liberalización. Como ha sido costumbre durante más de dos siglos, las necesidades electorales y financieras de los políticos estadounidenses marcan drásticos virajes en las relaciones comerciales de su país. La tienda progresista depende del apoyo de grupos sindicales y asociaciones de trabajadores, potenciales afectados por el cierre de factorías, su discurso deberá adecuarse a las necesidades de su base electoral. Por otra parte, no son pocos los legisladores republicanos adictos al soporte financiero de grupos de interés encarnados por industrias poco competitivas afectadas por la competencia proveniente de China. Ello sin mencionar el auge de corrientes aislacionistas, como el paleoconservadurismo de Pat Buchanan, o el nacionalismo chovinista encarnado por el afamado periodista de la CNN, Lou Dobbs. Todos ellos enemigos declarados del “cosmopolitismo económico”. Algunos académicos antiglobalización más serios, otrora parias del establishment intelectual, como Dani Rodrik, autor de “Has Globalization Gone Too Far?”, están cosechando ratings muy altos en la cartelera del pensamiento económico norteamericano.

Los congresistas Schumer y Graham parecen haber olvidado la hospitalidad recibida durante su estancia en Pekín y se preparan para volver al ataque. Ambos han manifestado estar en búsqueda de nuevas fórmulas para atacar la manipulación monetaria de China. Por su parte, Max Baucus, el principal del Comité de Finanzas del Senado, aboga por incrementar el papel del parlamento como guardián de las relaciones comerciales internacionales.

Un informe muy reciente del United States-China Business Council1 señala que la República Socialista se ha convertido en el cuarto destino de las exportaciones estadounidenses. Según el documento, durante el último año, el coloso de oriente compró productos Made in USA por un monto de 55,2 mil millones de dólares, lo cual significa un aumento del 240 por ciento desde el año 2000. Gran parte de las mercaderías enviadas al mercado chino desde Estados Unidos son productos “generadores de trabajo” como equipos de transportación y maquinaria pesada, así como artefactos electrónicos y ordenadores. Curiosamente, entre los Estados más beneficiados por el aumento de las ventas al gigante asiático se encuentran Nueva York y Carolina del Norte, respectivos feudos electorales de los beligerantes Schumer y Graham.

La administración Bush se ha mostrado receptiva a la presión ejercida desde el Congreso. La Casa Blanca está obligada a buscar apoyo en el parlamento para lograr la renovación del Fast Track. Además, Bush intenta lograr la ratificación de diversos tratados comerciales firmados con países como Corea de Sur, Colombia y Perú. Las recientes reclamaciones presentadas por Washington ante la Organización Mundial de Comercio (OMC), alegando la falta de cumplimiento de los compromisos del gobierno chino en materia de propiedad intelectual, forman parte del espectáculo político ineludible para apaciguar ánimos en el seno del parlamento. Wu Yi ha contestado en tono desafiante que las acciones planteadas por la administración estadounidense ante la OMC amenazan con debilitar las relaciones comerciales sino-americanas. No obstante, la cúpula socialista planea realizar un nuevo desembarco en territorio estadounidense el próximo 23 de mayo. Se espera el anuncio de nuevas órdenes de compra por miles de millones de dólares a Corporate America. Al parecer, el mandarinato volverá a intentar apaciguar las aguas exaltando los intereses económicos del Tío Sam.

Referencias:

1 Disponible en: http://www.uschina.org/.

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