31 de diciembre de 1969

China

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En el aniversario de la Masacre de Tiananmen, China necesita de derechos humanos

WASHINGTON--Mañana viernes se cumplen 50 años de la matanza de cientos, quizas miles de manifestantes desarmados pro-democracia en la plaza de Tinanmen en Pekín.

El proteccionismo no salvará la moneda china

por Roberto Salinas León

Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.

El corto-plazo, sin duda, es mucho más divertido que el largo-plazo. Preferimos hablar de la balanza comercial, de la "Fed" y sus recortes, del sobrecalentamiento, que si es allá o acá, de la globalifobia y la brecha digital, o de si el tipo de cambio cerrará el año en la favorita estimación de los vanidosos. El largo plazo, sin embargo, nos dicta el camino, el nivel de prosperidad, la visión que se debe adoptar.

Un tema capital es el futuro del dinero concebido más allá de si naciones deben o flotar o fijar sus tipos de cambio, o especulaciones alrededor de una unión monetaria en las tres principales regiones geomonetarias del mundo. El futuro del dinero, en el largo-plazo, está íntimamente ligado con el progreso digital y la sofisticación de sistemas tecnológicos de información y comunicación. Así lo conciben especialistas tan diversos como Walter Wriston, Judy Shelton, James Dorn o Reuven Brenner. El propio Milton Friedman, padre del monetarismo, vaticina que el desarrollo de las tecnologías de Internet implica la gradual pero total desaparición de la manipulación política del dinero.

La función del dinero conlleva tres características: almacenar ahorro, servir como un medio de intercambio, y fungir como unidad de cuenta. Estas tres características se han perdido ante el tratamiento del dinero como símbolo patrio, como ícono nacionalista, como una muestra de orgullo soberano en nuestras fronteras. La clase política ha aprovechado la oportunidad para perpetuar aberraciones como la inflación y la devaluación o la vanidad de suponer que el sistema monetario puede funcionar como un instrumento de crecimiento.

La revolución digital implica recobrar las principales características del dinero, por medio de su total despolitización. En concreto, el fenómeno del dinero electrónico, o sea, el "e-money," ofrece la oportunidad de "privatizar" la moneda, de hacer desaparecer el dinero emitido por las autoridades gubernamentales. En ese escenario digital, futurista pero de largo-plazo, la competencia y la disminución de los costos de transacción llevarían a que un emisor privado, en forma completamente anónima, pueda captar mercado pagando premios a los usuarios del medio de intercambio, por ejemplo, una tasa de interés que comparta la ganancia del señoraje con los usuarios del dinero.

Como consecuencia, ello bajaría la demanda de dinero emitido por la banca central, lo cual obligaría a los bancos a reducir base monetaria, o pagar el costo inflacionario de un mayor número de billetes en circulación, con lo cual se daría una fuga gradual hacia el dinero privado. A su vez, las emisiones de dinero digital tendrían, para permanecer en el mercado, que disfrutar convertibilidad a una canasta de bienes, o a fondos con títulos calificados, o de plano una reserva en oro. En ese entorno, el reto sería desarrollar un marco institucional que brinde normas transparentes para el sistema de pagos. Esta oportunidad, de darse, no sería por medio de una revolución, sino por medio (en las palabras de Jim Dorn) de una "lenta evolución," un orden espontáneo de competencia monetaria, donde el buen dinero (aquel que preserva valor adquisitivo) desplaza al mal dinero (pesos devaluados, bahts inflados, euros depreciados, yenes manipulados, etc.).

Este desarrollo es, en las palabras de Richard Rahn, el fin del dinero, por lo menos en la dimensión nacionalista, distorsionada, del siglo anterior. En un marco de competencia, los agentes de la economía real, no los burócratas, serían los principales decidores de la oferta y demanda de dinero.

Eso, por lo menos, es una de las cosas más valiosas que yo aprendí de mi querida abuela materna: más sabe la ama de casa, el taxista, el ambulante, el trabajador, la dueña de la tiendita, sobre asuntos monetarios de todos los días, que el más iluminado sabelotodo de la burocracia monetaria. Que su alma descanse en paz eterna...

Esos comunistas chinos entrometidos

por Doug Bandow

Doug Bandow es Académico Titular del Cato Institute.

China tiene un exacerbado sentido de nacionalidad. Sus líderes vilipendian cualquier comentario sobre sus prácticas políticas como una injustificada “interferencia” exterior, aunque Pekín esté siempre deseosa de sermonear a Estados Unidos por sus políticas. La semana pasada, por ejemplo, oficiales estadounidenses se reunieron con Martín Lee, fundador del partido con la mayoría de representantes elegidos en la legislatura de Hong Kong.

La República Popular de China se ofendió mucho públicamente por esto. El designado jefe ejecutivo para Hong Kong, Tung Chee-hwa se quejó “No aceptaremos interferencia de extranjeros. Nuestra gente tampoco debería invitar a extranjeros a interferir.”

La controversia de Lee fue parte de una conmoción en curso sobre el manejo nacional de la “Región Administrativa Especial” de Hong Kong. Cientos de miles de los 6,8 millones de residentes se congregaron exitosamente el año pasado para protestar la legislación “anti-subversiva,” que fue propuesta por el gobierno chino. Muchos de los que fueron a las calles están ahora pidiendo por elecciones libres y sufragio universal.

Esa no debería ser una demanda controversial. En la Declaración Conjunta Chino-británica de 1984, China prometió garantizar la autonomía de Hong Kong y varias libertades, incluyendo una “legislatura constituida en elecciones” después que la ciudad fuera devuelta a China. En la ley básica de 1990, firmada por Gran Bretaña y China, Pekín se comprometía a proveer una legislatura electiva y ejecutiva para el 2008.

Sin embargo, Pekín ha respondido a la discusión sobre la democracia, denunciando a los activistas como “payasos,” “perros,” “soñadores,” y “traidores,” que son “antipatrióticos” y “entrometidos” por buscar “interferencia externa” en los asuntos de Hong Kong.

No es sorpresa que los no elegidos líderes comunistas en Pekín teman el ejercicio de la democracia en tierras pobladas por chinos étnicos. Considere la reacción del Gobierno Comunista Chino (GCC) a las carreras presidenciales pasadas y actuales en Taiwán, así como al uso de un referéndum popular por parte del presidente Chen Shui-bian en las relaciones con China.

Igualmente amenazante es el hecho que los residentes de Hong Kong puedan votar y hayan favorecido a las voces independientes y no a los seguidores de Pekín. Bai Gang, director del Centro de Investigación de Políticas Públicas en la Academia China de Ciencias Sociales, se queja que “Los políticos pro-democracia tienen serias deficiencias en su identificación con el país. Sin embargo, tienen la ventaja sobre el campo patriótico en Hong Kong.”

Traducción: En visión del GCC la gente equivocada está ganando las elecciones. Como resultado, Martín Lee tiene más legitimidad popular que el Presidente chino, Hu Jintao. El Wall Street Journal observa: “El señor Lee es entonces un líder del único partido mayoritario elegido en China. En los países libres eso lo convertiría en primer ministro, no en un paria.”

Los oficiales chinos ahora están haciendo bulla sobre permitirle únicamente a los “patriotas” participar en el gobierno de Hong Kong. Y “patriotas” no incluyen a nadie que favorezca la independencia de Taiwán, se oponga al gobierno comunista chino, haya peleado la legislación anti-subversión, o simplemente que no apoye al Partido Comunista.

Pekín ha incluso amenazado con disolver la legislatura de Hong Kong si los candidatos pro-Pekín pierden control en las elecciones programadas para septiembre. “Ninguno de los demócratas es confiable,” explicó Wen Wei Po, el portavoz chino designado para Hong Kong.

No hay nada que Washington pueda hacer para prevenir que la dirigencia del GCC se engrane en ese impropio abuso verbal cuando los residentes de Hong Kong le pidan a China guardar su palabra. Tampoco puede Estados Unidos obligar a China a guardar su palabra sobre la democracia en Hong Kong, pero al menos, oficiales norteamericanos pueden hablar a los demócratas en Hong Kong.

El Senador Sam Brownback invitó al señor Lee a Washington a testificar hace unas semanas sobre la situación en Hong Kong. Durante su estadía, Lee se encontró con varios legisladores, así como con el Secretario de Estado, Colin Powell y la asesora en materia de seguridad nacional, Condoleezza Rice. No hubo nada de sedicioso en esto. De hecho, el señor Lee afirmó su fe en que los líderes más altos de China “lo harán bien.” También señaló que hubiera preferido hacer su caso en Pekín, pero que el GCC se rehusó a dejarlo ir.

Sin embargo, los comunistas chinos reaccionaron airadamente. El Ministro Exterior del GCC, Li Zhaoxing, reiteró que China ve a Hong Kong como de su propiedad. “El pueblo chino tiene la resolución, la habilidad y la sabiduría para mantener la estabilidad y la prosperidad de Hong Kong. No le damos la bienvenida, ni necesitamos, cualquier intervención externa en los asuntos de Hong Kong,” dijo. El ministro Exterior emitió una declaración denunciando todos los “comentarios irresponsables por parte de fuerzas externas.”

La manifestación trajo a la mente intentos anteriores de intimidar a Washington al no permitir a los presidentes taiwaneses Lee Teng-hui y Chen Shui-bian visitar Estados Unidos, incluso hacer conexiones para viajar a otras naciones. La administración Clinton se mostró más que dispuesta para ejecutar los deseos chinos. Hace una década, el presidente Lee se detuvo en una base militar en Hawai en su camino a América Latina. No se le permitió abandonar las instalaciones. Un año más tarde, Lee buscó una visa para atender una reunión de exalumnos en la Universidad Cornell, su alma mater. Sólo bajo presión del Congreso, la administración accedió.

Cuatro años atrás, el presidente Chen quiso volar a Los Angeles en su camino hacia América Latina, donde un número de pequeños países oficialmente reconocen a Taiwán como una nación independiente. La administración Clinton permitió la visita de mala gana, con la condición que pasara las 16 horas en su hotel. Fue presionado para que cancelara una reunión que tenía con cuatro congresistas.

Pekín no estaba satisfecha. El GCC advirtió que la visita de Chen podría dañar “severamente” las relaciones Chino-estadounidense. China ha presionado similarmente a otras naciones. Pekín buscó convencer a Gran Bretaña para prevenir que el presidente Lee visitara la isla y a Japón para impedir que el ex-presidente Lee recibiera tratamiento médico.

Cierto, las relaciones con el GCC son importantes. No hay una sola estrategia superior para diluir una confrontación potencial en el estrecho de Taiwán; y venderle armas a Taiwán, así como ofrecerle vagas promesas de defensa son acciones que demandan un serio debate. Pero no debería comprometerse el hecho que Estados Unidos haga extensiva su hospitalidad a aquellos que comparten sus ideales alrededor del globo. Deberían ser alentados, no sólo permitírsele, a venir para visitas de ex-alumnos, escalas de viajes y discusiones políticas. Este es un asunto interno de Estados Unidos en el que China no tiene el derecho de intervenir.

Es obvio que Pekín tiene todavía que entender el mensaje de que no puede dictar la política estadounidense hacia los visitantes. La administración Bush debería llamar al embajador chino para arreglar el asunto de una vez por todas. Como Pekín, se le debería decir, Estados Unidos no aprecia interferencia externa en sus asuntos internos. Washington permitirá visitarnos a quien sea, cuando sea que nosotros queramos.

Traducido por Javier L. Garay Vargas para Cato Institute.

¿Qué puede hacer India para alcanzar a China?

por Gary S. Becker

Gary S. Becker es Premio Nobel de Economía (1992), profesor de economía de la Universidad de Chicago, académico de Hoover Institution y miembro del consejo asesor del Proyecto de Privatización del Seguro Social del Cato Institute.

Muchos predicen que China se convertirá en la fuerza económica dominante del siglo XXI, al menos en Asia; pero yo no olvidaría a la India. Esa gran nación comenzó a enderezar su economía hace poco más de una década y profundizando las reformas de libre mercado podrá competir con China por el primer puesto del mundo en desarrollo.

La India se convirtió en una democracia al independizarse de Gran Bretaña en 1947, a pesar de sus 15 idiomas, duros conflictos entre las castas y entre los grupos étnicos y religiosos. Pero su economía creció muy lentamente a lo largo de cuatro décadas.

Las políticas económicas de la India fueron influenciadas por Nehru, el primer jefe de gobierno, admirador de la socialdemocracia y la planificación central. Eso condujo a una economía altamente regulada y estrictos controles sobre las inversiones de las empresas indias, muchos requisitos de licencias para cualquier iniciativa empresarial, altos aranceles y otras barreras a las importaciones, además de muy poco interés por las exportaciones. No había casi inversión extranjera, mientras proliferaban las empresas del gobierno. Como resultado, el crecimiento del ingreso per cápita en la India aumentó en menos de 1% anual hasta mediados de los años 80.

Dos acontecimientos crearon un clima mucho más favorable a reformas económicas radicales. En 1991 ocurrió una crisis fiscal y de balanza de pagos. También comenzó la preocupación por el creciente éxito económico de su vecino y rival, China.

El ingreso per cápita chino superó al de la India y se aceleró rápidamente al abandonar el colectivismo agrícola en 1978, con la privatización de la tierra y la apertura de la economía a la inversión extranjera.

En 1991, el gobierno de la India, todavía controlado por el partido socialista de Nehru, el Partido del Congreso, cambió de dirección bajo el liderazgo del ministro de finanzas Manmohan Singh y comenzó a desmantelar el viejo sistema socialista. India avanzó hacia una economía de mercado al permitir que grupos privados se dedicaran a la industria que quisieran sin permisos previos, redujeron los aranceles y comenzaron a permitir la inversión extranjera. El resultado fue un aumento del PIB de 6% a partir de 1991, más alto que la mayoría de las naciones, pero todavía por debajo de China, donde fluctúa entre 8% y 10%.

El gobierno actual del Partido Bharativa Janata amplió las reformas al privatizar varias empresas estatales importantes y reduciendo aún más los aranceles. India aprovechó su excelente sistema de escuelas científicas y de ingeniería, como también la tradicional utilización del inglés en el comercio y en las universidades. Empresas de Estados Unidos comenzaron a subcontratar trabajos de oficina, de desarrollo de programas de computación, pruebas farmacológicas y otras labores no industriales. Esto está convirtiendo a la India en una potencia de alta tecnología.

Sin embargo, la India no podrá eliminar su horrible pobreza desarrollando el sector de alta tecnología porque la mayoría de la población no tiene más de 6 u 8 años de educación. India debe copiarse de China el aprovechamiento de su mano de obra barata y trabajadora para competir mejor en productos intensivos en mano de obra, como textiles y electrónicos. Eso requiere una simplificación de la tramitación de permisos para fundar empresas. La inversión extranjera directa es mucho más baja en la India que en China, por lo que se debe facilitar el acceso de empresas extranjeras.

Para competir en los mercados mundiales, la India debe ampliar su educación secundaria y los servicios de salud.

Durante un reciente viaje a la India noté que la juventud no tiene ningún interés en regresar al viejo sistema socialista y, por el contrario, desea la profundización de las reformas para avanzar más rápidamente. Hay creciente confianza en que con el capital económico y humano apropiado, este país puede superar sus graves problemas de miseria y enfermedades. Los empresarios y profesionales indios están logrando grandes éxitos alrededor del mundo. El nuevo camino iniciado en 1991 puede significar que los indios talentosos, en lugar de emigrar, alcanzarán el éxito personal en su propio país.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

El futuro del liberalismo en China

por James A. Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

Hace 35 años, el "Gran Timonel" Mao Zedong se deshizo de la Guardia Roja que estaba creando caos en China. Aunque Mao reconoció su error de darle a estudiantes adolescentes la libertad de prácticamente aterrorizar a la población, no abandonó su visión utópica de un estado socialista, ni tampoco puso fin a su opresión despiadada de los "perros capitalistas" y otros supuestos malos elementos durante la Gran Revolución Cultural Proletaria (1966-1976).

Den Xiaoping, él mismo víctima de la Revolución Cultural, surgió para liderar al Partido Comunista Chino a finales de 1978. Al abrir el país al mundo externo e introducir las fuerzas del mercado, empezó un nuevo capítulo en la larga historia china. El lema de Deng era "Buscar la verdad a partir de los hechos".

A diferencia de Mao, Deng no era rígido ideológicamente. Su expresión favorita era "No importa si un gato es negro o blanco, siempre y cuando cace ratones". El sistema económico debía ser juzgado por su desempeño hacia la gente: "La pobreza no es socialismo. Ser rico es magnífico". Entonces, el socialismo de mercado desplazó al socialismo puro.

No hay duda que la liberalización económica de China ha sido sumamente exitosa. Pero las incompatibilidades institucionales entre la planificación estatal y el mercado todavía existen, especialmente en el sector financiero. Los verdaderos mercados de capitales dependen de los derechos de propiedad privada, y los líderes chinos no están interesados en sancionar dichos derechos por temor a perder poder. Pero la clase gobernante china enfrenta un problema más serio—a saber, la necesidad de una reforma política fundamental para crear un gobierno limitado bajo un Estado de Derecho y poner fin al régimen autoritario del Partido Comunista. El futuro del liberalismo en China dependerá de cómo se enfrente ese reto.

De acuerdo con Cao Siyuan, uno de los principales proponentes de la reforma política y la privatización en China, "Si el sistema político actual no es reformado y convertido en un sistema político civilizado [es decir, uno en el cual los ciudadanos son soberanos], es enteramente posible que tragedias como la Revolución Cultural tomen lugar nuevamente". Cao brinda un mapa para la reforma en su nuevo libro, El ABC de la Civilización Política.

El monopolio de poder del Partido Comunista deja poco espacio para el pensamiento independiente o la libertad de expresión, especialmente en el campo político. El criticismo y la discusión abierta son una amenaza para la supremacía del Partido Comunista. El poderoso departamento de propaganda del PCC, comandado por un miembro del politburó, oculta la verdad al distorsionar tanto los hechos como el lenguaje. El "discurso" orwelliano es penetrante, desde la "Revolución Cultural" y el "socialismo de mercado" hasta el mismo nombre del país—la "República Popular de China".

El PCC no quiere que el pueblo, especialmente la gente joven, examine abiertamente el pasado. Aunque el Partido ha llamado a la Revolución Cultural un serio error y un desastre nacional, no ha permitido una revelación total de los hechos o la publicación de recuentos críticos de ese período. La razón es obvia: La legitimidad del PCC sería puesta a prueba y sería considerada fraudulenta. El "mandato celestial" dictaría un nuevo orden político basado en el consentimiento de la gente—un orden constitucional de libertad. Nien Cheng, en su best-seller Life and Death in Shanghai (Vida y Muerte en Shanghai), describe cómo las autoridades del PCC evadieron la responsabilidad por las tácticas violentas utilizadas por la Guardia Roja: "Cuando había una crueldad excesiva que resultaba en muertes, las autoridades negaban la responsabilidad por un 'accidente' que ocurría debido al 'entusiasmo masivo'". La verdad sobre la Revolución Cultural, como lo escribió el historiador John King Fairbank, es que era" alimentada por... la dependencia pública y la obediencia ciega hacia la autoridad. No existía una noción de que la moralidad estuviera bajo la ley". Esa verdad no debe ser olvidada.

El intento deliberado del PCC de esconder la verdad sobre el papel del partido en la Revolución Cultural, al prohibir los libros de Cheng y otros autores, y al romantizar a Mao, podría proteger el poder del partido en el corto plazo, pero no durante mucho tiempo. Eventualmente, la liberalización económica, una clase media creciente, y el flujo global de información a través del Internet, generarán cada vez más presión en favor de la reforma política. El nuevo lema de China debería ser "Buscar la verdad a través de la libertad". La competencia global ha generado el desarrollo económico de China desde 1978; ahora es el momento para aplicar esa misma fuerza en el campo político y en el cambio constitucional. La verdad no viene de los hechos si éstos permanecen ocultos por un PCC supremo. Lo que China necesita es libertad y transparencia: un gobierno cuyo poder esté estrictamente limitado y cuyo propósito fundamental es el de proteger la vida, la libertad, y la propiedad.

La principal lección de la Revolución Cultural no es que fuera "divertida", como la describiera recientemente un antiguo Guardia Rojo a su hijo de edad universitaria. En cambio, en palabras de Cheng, "Al menos y hasta el tanto el sistema político arraigado en la ley, en lugar del poder personal, esté firmemente establecido en China, el camino hacia el futuro estará siempre lleno de giros y vueltas".

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

El orden espontáneo chino

por James A. Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

El secreto del "milagro económico" chino ha sido revelado. Hablando en el Gran Salón del Pueblo, el mes pasado, el presidente Jiang Zemin declaró que el éxito de las reformas económicas de los últimos 20 años se debe a "la total adherencia a la línea básica del Partido".

Siguiendo esa lógica, el continuado éxito económico chino depende de la supervivencia del Partido Comunista y del predominio de la propiedad estatal. Totalmente falso.

China ha crecido a un ritmo de 10% anual desde 1978 porque el gobierno ha permitido el funcionamiento del mercado, dando mayor libertad económica a los individuos, y no por la estricta adhesión a la línea básica, la cual sostiene que el individuo es una pieza más en el engranaje del partido.

La realidad es que el éxito de las reformas chinas se debe a individuos valientes que buscaron librarse de la estricta planificación gubernamental y de una vida sin futuro.

Los primeros pasos fueron dados por campesinos que se sublevaron contra la coerción comunitaria, iniciando lo que Kate Xiao Zhou, autora de "Cómo los campesinos cambiaron a China", llama "el movimiento apolítico, espontáneo, no organizado, sin líderes ni ideología."

El objetivo era crear un sistema orientado por el mercado bajo el cual los campesinos lograran mayor control sobre las tierras que cultivan y poder obtener ganancias en sus intercambios voluntarios.

Fue sólo después que ese experimento espontáneo y limitado probó su éxito cuando el Partido lo sancionó. Y a medida que se fueron enriqueciendo los campesinos, ampliaron sus horizontes hacia la producción no agrícola, experimentando con un nuevo tipo de propiedad colectiva, llamada empresas de las aldeas y poblaciones.

En lugar de apoyar esta nueva forma de propiedad, los líderes del partido observaban cautelosamente su operación.

Una vez que el éxito era evidente, el partido permitió su expansión, sin prever que resultarían más eficientes que las empresas estatales.

Según Deng Xiaoping, "nuestro mayor éxito -y se trata de uno que no anticipamos- ha sido la aparición de un gran número de empresas manejadas por las aldeas y pueblos. Fue una nueva fuerza que surgió espontáneamente".

Hoy en día, el sector no gubernamental, que incluye esas empresas de las aldeas y pueblos, las inversiones extranjeras, empresas privadas y demás compañías que no dependen de subsidios estatales integran la fuerza predominante en la "economía socialista de mercado".

Ya 70% de la producción industrial proviene del sector no gubernamental. Por el contrario, la mayoría de las empresas estatales chinas pierden dinero y se están comiendo el capital. Más del 50% de los fondos de inversión del Estado van a esas empresas.

Otro ejemplo del orden espontáneo chino son las zonas económicas especiales. Estas zonas comenzaron en la costa, pero se esparcieron hacia el interior. En respuesta a la competencia, funcionarios locales permitieron que operaran antes de recibir el visto bueno del gobierno central. A medida que comprobaban su éxito, recibían la aprobación oficial.

El éxito económico chino es el resultado del trabajo duro de millones de chinos liberados para que alcanzaran sus ambiciones personales de una vida mejor. La liberación de los controles de precios hizo que surgiera el mercado, no un plan del Partido para guiar la producción y el consumo.

Ahora se le permite a la gente trabajar fuera del sector estatal y escoger su oficio, comprar de fuentes alternas, invertir y disfrutar de la aparición de nuevos productos y nuevas ideas surgidos de la liberación comercial.

La verdadera lección del "milagro económico" chino no es que el desarrollo depende de la política del Partido, sino que la libertad económica es esencial para el incremento del bienestar.

Debemos aplaudir la buena voluntad de los líderes chinos en abrir su país al resto del mundo, permitir nuevas formas de propiedad y descartar gran parte de la planificación estatal en favor de precios libres. Pero la ausencia de un compromiso claro con respecto a los derechos de propiedad, a un gobierno limitado y a seguridad jurídica enturbia el futuro de China.

Mientras el mercado siga siendo contaminado por la política del Partido y la planificación central, la corrupción seguirá ensuciando el ambiente económico chino. Los líderes chinos deben reconocer la futilidad de tratar de planificar el mercado y controlar las vidas de 1.200 millones de habitantes. Deben comprender y apreciar la naturaleza del orden espontáneo del mercado. Pero, por encima de todo, deben adoptar lo que Friedrich Hayek llamó "los fundamentos de la libertad".

Como lo ha dicho mi colega Roger Pilon, "si China va a construir sobre lo ya logrado, necesitará una constitución que no sólo tolere, sino que institucionalice las fuerzas que han logrado ese progreso".

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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