por Ian Vásquez
Ian Vásquez es Director del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.
En el pasado año y medio, Estados Unidos y
el Banco Mundial (BM) han propuesto aumentos sustanciales a la ayuda
externa. El presidente del BM, James Wolfensohn, ha hecho un llamado
a duplicar los flujos de ayuda externa, cuyo actual nivel mundial es
de aproximadamente $50.000 millones. Y el presidente estadounidense,
George W. Bush, ha propuesto aumentar la ayuda bilateral norteamericana,
cuyo nivel actualmente es de aproximadamente $10.000 millones, en un
50%.
De primera intención, el nuevo entusiasmo por la ayuda externa
es curioso dado el bien documentado fracaso de los anteriores programas
de ese tipo. Las transferencias masivas de riqueza no han conducido
a aumentos correspondientes en la prosperidad. Los estudios no han encontrado
relación alguna entre ayuda externa y crecimiento, o entre ayuda
y mejoras en los indicadores de desarrollo humano. Hasta las propias
agencias de desarrollo han reconocido que la ayuda ha generado dependencia
entre muchos de sus clientes y con frecuencia ha causado más
daño que bien. El Banco Mundial, por ejemplo, admite que la ayuda
ha sido, "a veces, un fracaso absoluto".
El Banco también ha llegado a la poco sorprendente conclusión
de que la ayuda dirigida a países con políticas equivocadas
no contribuye al crecimiento y puede ser más bien perjudicial
para éste, conllevando al endeudamiento en lugar de al desarrollo.
La "condicionalidad", o la ayuda condicionada a reformas políticas
en los países que la reciben, tampoco ha sido efectiva. De hecho,
el Banco Mundial no encontró "ningún efecto sistemático
de la ayuda externa en las políticas públicas". Las
reformas tienen lugar independientemente de la ayuda externa. Esta ha
sido, por lo tanto, un desperdicio en el mejor de los casos, y dañina
en el peor de ellos, debido a que ha dado sustento a gobiernos cuyas
políticas son responsables de la miseria de la gente pobre.
Sin embargo, las agencias internacionales afirman haber aprendido de
sus errores y estar ahora en capacidad de hacer que la ayuda externa
sea altamente efectiva. De acuerdo con el nuevo consenso, la ayuda externa
funciona si es canalizada hacia un grupo selecto de países pobres
que cuentan con políticas sanas. El Banco afirma estar practicando
ya la "selectividad"el nuevo enfoque de la ayuda externay
el incremento en ayuda propuesto por Bush será distribuido selectivamente
por la "Cuenta de Desafío del Milenio" (Millennium
Challenge Account). En Estados Unidos, tanto los conservadores como
los socialdemócratas han apoyado la CDM.
Estudios Cuestionables
No obstante, el nuevo entusiasmo con respecto a la ayuda externa es
infundado. El nuevo enfoque es conceptualmente débil y está
basado sobre investigaciones del Banco Mundial de cuestionable fuerza
empírica. De hecho, las audaces afirmaciones empíricas
sobre el efecto positivo de la ayuda selectiva están basadas
completamente en estudios del Banco Mundial de años recientes,
algunos de los cuales han tenido una influencia enorme en el debate.
De tales estudios, solamente uno es susceptible de ser reproducido
por investigadores externos, ya que se basa en información ampliamente
disponible. El resto está basado en mediciones internas del Banco,
que son subjetivas y no accesibles para académicos independientes.
¿Qué es lo que concluyen estos estudios? Encuentran que,
en países con políticas sanas, la ayuda externa aumenta
significativamente las tasas de crecimiento y de inversión, y
reduce la pobreza. Esto es en comparación con lo que sucede en
los países que tienen malas políticas o tienen buenas
políticas pero no reciben ayuda externa significativa. El Banco
encuentra que se ha vuelto especialmente selectivo y, por lo tanto,
altamente efectivo en reducir la pobreza. Afirma que $1.000 millones
adicionales en ayuda sacarían hoy en día a 284.000 personas
de la pobreza.
Existen, sin embargo, serios problemas con estas afirmaciones. Un estudio
reciente del economista William Easterly y sus colegas contradice el
estudio del Banco que utiliza información ampliamente disponible.
Usando la metodología del Banco, pero actualizando los datos
al expandir el período original de 1970-1993 a 1970-1997, los
autores encontraron que las conclusiones del Banco se caen a pedazos.
Ellos reportan "no haber vuelto a encontrar que la ayuda externa
promueve el crecimiento en países con buenas políticas",
y previenen a los tomadores de decisiones contra el excesivo optimismo
a propósito de la nueva sabiduría convencional sobre la
selectividad.
Easterly, quien hasta hace poco fue un economista de alto nivel en
el Banco Mundial, tuvo acceso a las mediciones internas de esa institución
sobre países con buenas y malas políticas. Utilizando
dicho índice, no pudo reproducir los resultados de la agencia
en el sentido de que ha habido un aumento en la selectividad. Según
él, "no hay evidencia de una asociación positiva
significativa entre buenas políticas... y flujos de ayuda en
los noventa o en cualquier otra época". Además, si
las afirmaciones del Banco sobre la reducción de la pobreza fueran
ciertas, cada persona levantada sobre el nivel de pobreza de $365 costaría
$3.521 en gasto de ayuda.
Ayuda versus Reforma
Por supuesto, es probable que brindar ayuda a países con políticas
sanas mejore el desempeño aparente de esa ayuda. Pero eso no
quiere decir que la selectividad vaya a promover reformas o crecimiento
en los países receptores de ayuda. Por ejemplo, el Banco calificó
a Argentina y Brasil como países con políticas "muy
buenas" en 1998, pero ambos experimentaron luego crisis económicas
domésticas (en el caso de Brasil, incluso, durante ese mismo
año). Los dos países sufrieron de una excesiva acumulación
de deuda a finales de los noventa. Si la selectividad concentra inversión
en un país que maneja mal su deuda o no está inclinado
a seguir implementando reformas, dicha ayuda podría resultar
perjudicial.
En la práctica, la selectividad puede crear dependencia y retrasar
mayores reformas, problemas que han plagado por mucho tiempo la ayuda
convencional. (Es importante reconocer que el desempeño reformista
de un país es casi siempre motivado por limitaciones económicas
como las crisis fiscales.) En la medida en que dicha selectividad aumente
el crecimiento económico en el corto plazo, también podría
afectar las perspectivas de mayores reformas debido a que reduce la
presión para hacerlas. El crecimiento y la reforma terminan siendo
perjudicados. El resultado es peor que aquel en donde la ausencia de
ayuda obliga al país pobre a introducir reformas de mayor alcance
con el objetivo de llegar al mismo nivel de crecimiento que promete
la ayuda selectiva con menos reforma.
Al final de cuentas, la selectividad es impracticable debido a que
es conceptualmente débil. Tiene poco sentido brindar ayuda a
países con políticas razonablemente buenas; esos países
experimentarán crecimiento sin necesidad de ayuda. "Premiar
en exceso" a esos países tendrá el mismo efecto que
los programas tradicionales de ayuda.
Pero aun si los programas selectivos de ayuda externa pudieran de alguna
forma ser impulsados a ganar efectividad, tal y como lo intenta hacer
la iniciativa CDM de Bush, los impedimentos prácticos son enormes.
La CDM sufrirá inevitablemente a causa de la politización,
los intereses de la burocracia con respecto a sí misma y la micro-administración
legislativa. Los fondos de ayuda selectiva se verán también
afectados por el predominio de la ayuda tradicional a lo largo del mundo
en desarrollo. Por ejemplo, más del 80% de los 115 países
que podrían recibir los fondos de la CDM ya reciben apoyo de
U.S. AID.
En resumen, el nuevo entusiasmo, a pesar de ser ampliamente compartido,
no está justificado. La selectividad está basada en afirmaciones
problemáticas acerca de su efectividad y sobre enfoques dudosos
de desarrollo económico. Cualquier incremento en la ayuda a nombre
de la selectividad añadirá únicamente otro capítulo
a la decepcionante historia de la ayuda externa.
Publicado originalmente en la revista Quid
(Lima, Perú) en su edición de octubre, 2003.
Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.