por Roberto Salinas-León
Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.
El gasto público es del público, no del burócrata. Esta premisa de
sentido común la entiende todo el mundo, menos el burócrata privilegiado,
que vive de huesos presupuestales, que pide más y más, sin importar en qué
se gasta, o como se gasta. Las disputas fiscales sobre los recortes presupuestales,
y los proyectos de egresos, se centran en sólo un tema del sistema fiscal,
el apartado de ingresos.
Otro principio de sentido común: cuando alguien gasta dinero que no es suyo
en un proyecto que no es suyo, le importará muy poco cuánto se gasta
y cómo se lo gasta. Más aún, cuando alguien (digamos, un gobernador,
o un presidente municipal, o algún diputado) gasta dinero que no es suyo
en un proyecto que ve como suyo, le importará poco de donde vienen los dineros,
mas le importará muchísimo cuanto hay, y por cuanto tiempo. Estas dos premisas
operan en forma perversa dentro del actual círculo político, donde los reclamos
se centran alrededor de los recortes, y las baterías se gastan en pedir más-eso
sí, sin rendir cuentas, sin decir cómo y a dónde, sin el desgaste
de justificar más recaudación a niveles locales.
Una reforma fiscal integral que logre el objetivo de un cambio estructural
no puede iniciar ni con mayor presión recaudatoria (más y más altos
impuestos, por ejemplo), ni sin una atención detallada sobre los egresos.
Sólo a partir de estas dos estrategias, se respeta el principio de que
el gasto público es del público. Pedir más se justifica sólo en la medida
que el mayor ingreso logre un bienestar comprobable y transparente.
En la actualidad, las tasas de retorno tributario son muy bajas. Los
mayores gastos en "gasto social," en gasto corriente, en gasto estatal,
no reditúan en beneficios observables-vaya, ni siquiera en las obligaciones
básicas del gobierno, como son la protección de los derechos de propiedad,
la seguridad pública, o la paz.
Bajo esta óptica, las tasas impositivas que pagamos los causantes mexicanos
son de las más altas del mundo, ya que lo que recibimos a cambio representan
beneficios bastante inferiores a los que otros ciudadanos, en otros
países, toman como un hecho.
El derroche presupuestal, desgraciadamente, figura poco en la agenda
del debate fiscal. La gran mayoría de las propuestas, desde gobernadores berrinchudos
hasta llamados para una hacienda de Estado, se concentran en como aumentar
los ingresos, y no en como racionalizar el gasto actual. Los costos de oportunidad
son enormes, sobre todo cuando el gasto denominado "gasto social" se encuentra
secuestrado por la intermediación de la gran burocracia. Hay mucha, pero
muchísima tela de donde cortar-y cada pedazo de la tela burocrática representa
oportunidades de ingreso directo para las familias más pobres del país, o
recursos liberados para actividades con mayor productividad, o nuevos ahorros
que permitan encontrar un destino más eficiente.
Otro principio de sentido común: a mayor gasto público, menor gasto
privado. Es muy cómodo reclamar mayores botines de gasto, sin considerar
las fuentes de ese gasto. Si un gobernador persiste con el berrinche
tributario, debería entonces justificar su posición ante los causantes,
el público que financia el gasto gubernamental. Cada peso adicional
que pide un gobernador, un diputado, un burócrata iluminado, un exquisito
de la academia que vive del subsidio estatal, es un peso menos para
el público general, ya sea el ciudadano del presente (que paga con impuestos,
y antes con inflación) o del futuro (los causantes que no han nacido
pero que ya están comprometidos para hacer frente al peso de la deuda
pública, o sea, imposiciones diferidas a otra generación).
Un último principio de sentido común: no me ayudes, compadre. No me
pidas más sin darme más. El dinero es mío, no tuyo, pon nuestra casa
en orden, y luego hablamos.