por Lorenzo Bernaldo de Quirós
Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.
La Cumbre de las Naciones Unidad sobre el
Desarrollo Sostenible se celebró a lo largo de la pasada semana
en Johannesburgo. Por fortuna, la reunión se ha saldado con un
relativo fracaso ya que no se han adoptado medidas concretas. Sin embargo,
el ambiente existente en la capital sudafricana y el enfoque de las
discusiones reflejan el importante grado de desorientación existente
en este ámbito.
El presidente sudafricano, Thabo Mbeki dio la bienvenida a los 12.600
asistentes con una declaración que sintetiza la ortodoxia dominante
en este campo: "Los patrones insostenibles de producción
y consumo están creando un desastre ambiental que amenaza la
vida en general, especialmente la humana". Según el líder
del CNC, la raíz del problema radica en un orden internacional
"basado en el principio salvaje de la supervivencia del más
fuerte". Una vez más, el capitalismo imperante en los países
desarrollados y convertido en un sistema global es la causa de la pobreza
del mundo en vías de desarrollo y de la destrucción del
hábitat humano. En definitiva, esta es la "vulgata ecologista"
aceptada de manera acrítica por amplios sectores de la opinión
y también por buena parte de los gobiernos occidentales en nombre
de la corrección política, aunque constituyen una letanía
de tópicos seudo científicos desvelados por la teoría
y por los hechos.
Según el Informe sobre el Desarrollo Humano de la ONU (IDH),
manejado con profusión en Johannesburgo, la brecha entre ricos
y pobres se ha ampliado. En 1960, la renta del 20% de la población
mundial que vive en los países desarrollados era treinta veces
superior a la del 20% más pobre. Hoy en día es 74 veces
más grande. Al mismo tiempo, la desigualdad se habría
disparado en las antiguas economías de la Cortina de Hierro en
transición hacia sistemas de mercado, en China, Indonesia, Tailandia
y en otros países del sudeste asiático. Los datos de la
ONU sobre este tema son una mezcla explosiva de ocultación de
la realidad y de errores técnicos. Así las estimaciones
de las desigualdades entre los países incluidas en el IDH se
realizan sobre la base de los tipos de cambio corrientes sin ajustar
su poder de compra, es decir, la cantidad de bienes y servicios que
la renta de cada persona puede adquirir, que es el factor relevante
para medir el bienestar de la población en términos comparados.
En una reciente trabajo, Xavier Sala i Martí realiza un admirable
ejercicio de demolición de la vulgata sobre la pobreza. La considerada
absoluta, es decir, la que afecta a las personas con ingresos situados
en 1 dólar diario descendió del 20% de la población
mundial en 1970 hasta el 5% en 1998. Si se utiliza el criterio de 2
dólares/día, la caída es del 44% hasta el 8%. Si
alguien prefiere hablar en términos absolutos, a finales de los
años noventa del siglo pasado había en el planeta Tierra
400 millones menos de pobres que a comienzos de los setenta. La causa
de este vuelco está en el rápido crecimiento experimentado
por China y con posterioridad por la India, los dos países más
populosos del mundo. El problema está en el continente africano,
cuyas economías están estancadas con independencia de
que existan honrosas excepciones. África concentra en la actualidad
el 95% de la pobreza mundial. Curiosamente, ésta es un área
geográfica que ha permanecido al margen de la globalización,
en la que no existe nada parecido al imperio de la ley. En este contexto,
el desarrollo es imposible.
El fantasma maltusiano de la sobrepoblación mundial y su amenaza
para la vida en el planeta ha sido otro de los grandes cocos de la Cumbre
de Johannesburgo. Nuevamente los temores son infundados. Desde 1900,
la población mundial se ha triplicado pero no porque los seres
humanos se hayan multiplicado como conejos, sino porque han dejado de
morir como moscas. A pesar de los pesares, la inmensa mayoría
de la Humanidad está hoy mejor alimentada y es más sana
de lo que lo era hace medio siglo como lo muestra el aumento de la esperanza
de vida en todos los países, incluidos los africanos. Por otra
parte, la tasa de fertilidad en los países desarrollados cayó
entre 1950 y 2000 de 2,8 niños por mujer a 1,8 y en los menos
desarrollados de 6,2% a 3,5%, un 40%. Al mismo tiempo, la oferta per
cápita de alimentos se incrementó un tercio en las economías
avanzadas y un 40% en África, Asia y América Latina. La
mayoría de las hambrunas en los países de baja renta han
tenido mucho más que ver con catástrofes naturales y con
malas políticas locales que con la presión demográfica.
Las economías industrializadas de Occidente tampoco son culpables
del deterioro de los bosques. Por ejemplo, la deforestación del
bosque lluvioso no tiene nada que ver con el "hiperconsumo"
occidental. Menos del 10% de la madera talada en las economías
en vías de desarrollo se importa, siendo la mayoría usada
como combustible y para extender las zonas de cultivo. Por el contrario,
en el mundo desarrollado, la superficie forestal ha crecido en lugar
de descender desde comienzos de los años ochenta. En Europa,
su tasa media de incremento ha sido de 2 millones de hectáreas/año
entre 1980 y 2000. Para decirlo con claridad, el origen de la pérdida
de masa boscosa en las sociedades pobres es una consecuencia de su pobreza
y de la ausencia de derechos de propiedad sobre ella pero no de la depredación
o de la presión realizada por el desarrollo económico
que más bien es un determinante básico de la conservación
de los bosques como avala la evidencia empírica.
Otro tanto sucede con la polución ambiental. Los tradicionales
agentes contaminantes como el dióxido de sulfuro o las bacterias
fecales empiezan a declinar cuando la renta per cápita se sitúa
entre los 3.280 y los 1.375 dólares al año. En las sociedades
industrializadas, los niveles de contaminación comenzaron a caer
de manera absoluta y relativa a partir de los años setenta del
siglo pasado, manteniendo la tendencia iniciada después de la
Segunda Guerra Mundial. El mayor deterioro de la calidad del aire se
registra en los países en vías de desarrollo debido a
la utilización masiva de carbón, de madera y de estiércol
para calentar las casas y para cocinar. Una vez más, el progreso
económico y el tecnológico son precondiciones necesarias
para la solución de este tipo de problemas y no la causa de ellos.
¿Está la biodiversidad en peligro? Las extinciones documentadas
de especies animales alcanzaron su cenit en los años treinta
e iniciaron su declive desde entonces. Como ha mostrado el profesor
Stephen R. Edwards en Conserving Biodiversity (Free Press, 1995), el
39% de las especies desaparecidas lo hicieron por ser insertadas en
un hábitat impropio, el 23% por la caza, el 36% a causa de la
destrucción de su hábitat natural y el 2% restante ha
desaparecido por causas diversas como, por ejemplo, la polución.
Aproximadamente el 75% de la superficie terrestre es apta para la vida
salvaje, con la excepción de Europa y, de nuevo, el principal
peligro para su preservación está en los países
en vías de desarrollo, básicamente por la ausencia de
incentivos para que la población rural actúe como un factor
de conservación.
¿El recalentamiento de la Tierra pone en peligro nuestra supervivencia?
La mayoría de los estudios científicos sobre el cambio
climático aceptan con humildad la dificultad de llegar a resultados
precisos sobre la cuestión. Ello se debe a la ausencia de sistemas
adecuados de medición. Sin embargo, cuanto más se perfeccionan
los modelos y más información se posee, más bajas
son las previsiones sobre el aumento de las temperaturas. Tampoco hay
evidencia de que la actividad humana produzca una concentración
de "greenhouse gases" o GHS (CO2, metano, CH4 etc) en la atmósfera
con un impacto relevante sobre el recalentamiento de la tierra. Al contrario,
los trabajos más recientes muestran que los factores determinantes
del cambio climático son en gran medida naturales, tienen su
principal fuente en la duración de los ciclos solares, y por
tanto son incontrolables. De hecho puede suceder todo lo contrario (Antonelli
A., Road to Hague: A Desperate Effort to Salvage a Flawed Climate Change
Traety, The Heritage Foundation, 2000).
A pesar de los pesares, en los inicios del siglo XXI, la Humanidad
está
mucho mejor que en cualquier otro período de su historia. Sin
duda millones de personas viven todavía en circunstancias trágicas
pero, esa lamentable situación, no es responsabilidad del mundo
desarrollado ni del capitalismo y un sin fin más de las patrañas
esgrimidas por la vulgata ecologista y globalófoba. Las causas
de la pobreza son bien conocidas, la ausencia de un marco institucional
(garantía de los derechos de propiedad, imperio de la ley, economías
abiertas y competitivas, etc.) que estimule la creación de riqueza.
Por desgracia, los países pobres carecen de ese marco porque
sus gobiernos, muchas veces con la ayuda de los dirigentes de los países
ricos, de las bienintencionadas ONGs y de los organismos internacionales,
apoyan políticas que perpetúan la miseria o están
dispuestos a sostener medidas que impiden salir de ella.