31 de diciembre de 1969

ambientalismo

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Ambientalismo absurdo

por Jerry Taylor y Peter VanDoren

Jerry Taylor es Académico Titular del Cato Institute.

Peter Van Doren es Editor, Revista Regulation del Cato Institute.

¿Qué pasaría si mañana descubriéramos que un peligroso contaminante ambiental se encuentra al acecho y que es capaz de matar a millones con muy poca advertencia? ¿Qué sucedería si los mejores expertos se encontraran divididos sobre el riesgo—algunos dicen que existe un chance de 1 en 5 de que dicha calamidad tome lugar mientras que otros argumentan que las posibilidades son de aproximadamente 1 en 500? ¿Qué sería si algunos afirman que el riesgo es inmediato mientras otros sostienen que, por varios motivos, éste no estará presente hasta en unos pocos años? ¿Y qué hay si unos se preocupan de que los costos de hacer algo con respecto a este contaminante son quizás más altos que el no hacer nada, mientras que otros dicen que este enfoque es sumamente incierto y que el riesgo de actuar varía de grande a insignificante?

¿Dirían los ambientalistas que necesitamos saber más sobre el riesgo antes de actuar? Ciertamente no. Es seguro decir que los ambientalistas argumentarían que el "principio de precaución" demanda que, en la eventualidad de incertidumbre, debemos asumir lo peor sobre esta amenaza.

Después de todo, los ambientalistas han levantado una campaña enérgica contra riesgos ambientales y sanitarios con probabilidades de 1 en un millón, y han estado dispuestos a gastar miles de millones de dólares en salvar una vida estadística. Además, se han opuesto ferozmente a que los esfuerzos para reducir los riesgos ambientales sean sometidos a un análisis costo-beneficio o riesgo-riesgo. Así que es probablemente seguro decir que los Verdes lanzarían el equivalente a una Guerra Santa contra este contaminante ambiental.

De hacerlo, ¿estarían en lo correcto? Bueno, substituyamos "contaminante ambiental" por "Saddam Hussein" y uno tendrá una descripción razonablemente justa del debate sobre si Estados Unidos debiese lanzar un ataque preventivo contra Irak con el fin de evitar que armas químicas, biológicas, o incluso nucleares caigan en las manos de al-Qaeda.

Riesgo es riesgo; ya sea que hablemos del peligro del calentamiento global o de la amenaza de ser sujetos a un ataque nuclear, los fundamentos sobre cómo deberíamos pensar sobre el riesgo y cómo manejarlo no deberían variar basados en el caso particular que enfrentemos. Si vamos a tomar en serio a los Verdes sobre cómo deberíamos enfocar al riesgo en el campo ambiental, ¿por qué no usar su criterio cuando enfrentamos otro tipo de amenazas?

Sin embargo, vale la pena destacar que absolutamente nadie envuelto en el debate sobre la guerra con Irak—¡incluso los ambientalistas!—soñaría con aplicar el enfoque sobre valoración de riesgo de los Verdes. Los halcones y las palomas han aceptado que existen grandes incertidumbres; que los riesgos abundan tanto en la acción como en la inacción; y que no llevar a cabo pruebas de costo-beneficio o riesgo-riesgo sería demente. El "principio de precaución" podría ser usado en ambas formas y por lo tanto es inútil.

¿Por qué pensamos de una manera sobre los riesgos ambientales y de otra sobre riesgos públicos en contextos diferentes? O para ponerlo de manera distinta, ¿por qué algunos tienen mucho más tolerancia para algunas amenazas (como que bin Laden obtenga la bomba atómica a través de Saddam Hussein) pero no para otras (como desarrollar un cáncer por comer mucho pescado contaminado con PBC's del río Hudson,)?

Por ninguna razón que podamos observar. Después de todo, la ciencia detrás de muchos de los riesgos ambientales sobre los cuales nos preocupamos no es más cierta que los cálculos geopolíticos para justificar la guerra o la paz. Los cálculos costo-beneficio son simplemente difíciles.

Esto no quiere decir que debamos o no atacar a Irak. Sin embargo, sí significa que el marco de toma de decisiones empleado por los ambientalistas se vería absurdo en cualquier otro contexto político si fuera despojado de su carga emocional. Enfocarse únicamente en los beneficios de la acción en lugar de analizar los costos y beneficios de ésta, así como de la inacción, es lógicamente indefendible ya sea que hablemos de la guerra contra el terrorismo o de la guerra contra la contaminación.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

Glaciares del Kilimanjaro

por Patrick J. Michaels

Patrick Michaels es Académico Titular de Estudios Ambientales para Cato Institute.

¿Cuántas noticias hemos leído recientemente sobre la inminente desaparición de los glaciares del Kilimanjaro? El último espasmo de alarmismo ambiental vino del trabajo más reciente del glaciólogo Lonnie Thompson de la Universidad Estatal de Ohio publicado en Science, en el cual predice el fin de los glaciares para más o menos el año 2020, basado en las tendencias actuales. ¿El culpable? El calentamiento global, por supuesto, o por lo menos eso es lo que nos quieren hacer creer los fatalistas.

Aparentemente todo es el resultado del calentamiento global causado por la perniciosa actividad económica del ser humano. Al menos eso fue lo que la Estatal de Ohio dijo en su comunicado de prensa, citando "las predicciones (de Thompson) de que estos cuerpos de hielo únicos desaparecerán en las próximas dos décadas, víctimas del calentamiento global." Esto fue repetido en docenas de noticias aterradoras que aparecieron a partir del 17 de octubre en medios que van desde ABC hasta Yahoo Daily News.

Uno de los aspectos fascinantes del periodismo contemporáneo es la absoluta carencia de perspicacia crítica cuando se trata de miedos ambientales. Una inspección superficial de los datos brindados por el propio Thompson muestra que los glaciares del Kilimanjaro estarían muriendo incluso si el Homo sapiens todavía estuviera colgando de los árboles en el Valle de Rift, unos pocos kilómetros al oeste.

Thompson citó cinco mediciones hechas al Kilimanjaro en 1912, 1953, 1976, 1989 y el 2000. De 1912 a 1953 la temperatura global aumentó 0.41C°. La mayoría de los científicos consideran que este calentamiento tiene que ver más con el sol que con la actividad humana, ya que la mayor parte de las emisiones de gases de invernadero hechas por el hombre tomaron lugar en la segunda parte del siglo pasado, no en la primera.

Los glaciares del Kilimanjaro perdieron un 45% de su extensión real durante ese período de calentamiento natural. Si los glaciares hubieran continuado derritiéndose a ese ritmo ya no existirían.

Sin embargo todavía están ahí. De 1953 a 1976 otro 21% del área original fue descubierto. Esto se dio durante un período de enfriamiento global-sí enfriamiento-de 0.07C°. En ese momento la Estatal de Ohio pudo haber reportado correctamente la siguiente hipérbole: "Los glaciares del Kilimanjaro desaparecerán completamente para el año 2015 si la tendencia actual al enfriamiento continúa."

Es dolorosamente obvio que las temperaturas globales y el comportamiento de los glaciares del Kilimanjaro son muy independientes el uno del otro, al menos por décadas en la escala del tiempo. En su lugar, el clima de la zona debería jugar un papel más importante. Desdichadamente, los análisis de los historiales locales del Este africano muestran poca cohesión entre los termómetros cercanos, lo que quiere decir que la información está incorrecta, más que presentar el caso en contra de cualquier calentamiento o enfriamiento local.

Desde 1976 otro 12% de la masa original desapareció, el ritmo más lento de disminución desde 1912. Mientras que las mediciones de temperatura locales son claramente cuestionables, en 1979 el monitoreo satelital comenzó. Todos los científicos, incluso los apocalípticos más fervientes del calentamiento global, reconocen que los satélites son muy precisos en medir las temperaturas a la altura de los glaciares del Kilimanjaro, aproximadamente a 5700 metros. De hecho, probablemente mide las temperaturas a esa altitud de una mejor manera de lo que lo hace al nivel del mar.

En los alrededores del Kilimanjaro, la información de satélite muestra un enfriamiento de 0.22C° desde 1979, lo cual es exactamente el mismo ritmo de calentamiento mundial entre 1912 y 1953 (0.09C° por década). Aún así, los glaciares del Kilimanjaro continuaron encogiéndose.

Thompson señaló que el período desde 11.000 a 4.000 años atrás era más caliente en África de lo que es hoy en día, y a pesar de esto el Kilimanjaro tenía glaciares porque también era más húmedo que ahora. Algunos estimados calculan que la precipitación actual equivale a la mitad de lo que era durante ese período caliente. Obviamente es la precipitación-no la temperatura-la clave de la glaciación en el Kilimanjaro.

¿Fue la gente la responsable de que dejara de nevar? La precipitación en el Este africano está altamente correlacionada con la actividad de El Niño en el Océano Pacífico tropical. Durante el último fenómeno de gran magnitud, en 1997-1998, ¿cuántas historias escritas por los mismos periodistas y oficinas de prensa universitarias promulgaron la misma historia aterradora de que el fenómeno de El Niño se está haciendo más frecuente gracias al calentamiento global?

Si la gente está causando el calentamiento, y éste a su vez incrementa la frecuencia de El Niño, entonces debería estar nevando más y más en el Kilimanjaro, más de lo que nevaba cuando las temperaturas eran mayores miles de años atrás.

Mientras que es fácil pensar que el calentamiento global y el Kilimanjaro están relacionados, cualquiera con una computadora pequeña podría haber revisado a ver si esto es así, simplemente al examinar la historia. Google.com registra 369.000 visitas bajo "historias de calentamiento global." Para el historial de satélite más arcano, el cual es creado por un instrumento orbital conocido como unidad de sonda de microondas (USM), al escribir "historial de temperatura USM" uno obtiene únicamente 18.300 respuestas.

¿Recuerdan hace dos años cuando el New York Times se tuvo que retractar de una historia sobre el derretimiento del hielo de la capa polar? En ese caso los hechos estaban igualmente a unas cuantas teclas de distancia. El Kilimanjario resultó ser otro cuento precipitado por la comunidad periodística, la cual ha perdido su deseo por la investigación crítica basada en los hechos cuando se trata del ambiente global.

Los hechos de EE.UU. contra la "ciencia" de las Naciones Unidas

por Patrick J. Michaels

Patrick Michaels es Académico Titular de Estudios Ambientales para Cato Institute.

Esto se está volviendo repetitivo. Una vez más Estados Unidos se enfrenta por sí solo contra una ONU determinada a imponer su visión apocalíptica de cambio climático. Y una vez más las Naciones Unidas amenaza con la aniquilación económica si no se sigue su curso. Llaman a la actitud norteamericana "unilateralismo", pero mejor llamémosla por su verdadero nombre: "sentido común."

Esta vez se trata de la industria aseguradora. El 7 de octubre-no es casualidad que fue unos pocos días después de que la temporada de huracanes alcanzó su clímax-el Grupo de Trabajo sobre Cambio Climático de la ONU emitió un reporte llamado "El Cambio Climático y la Industria de los Servicios Financieros." El predecible meollo del asunto: el cambio climático tiene el potencial de destruir a la industria aseguradora, así que, Estados Unidos, siga la corriente sobre nuestra versión de cambio climático.

Este tipo de asuntos viene desde la cima. El Secretario General de la ONU Kofi Annan continúa criticando la renuencia norteamericana de adoptar el Protocolo de Kyoto, el cual ha sido desacreditado científicamente. En un reciente artículo de opinión en el Washington Post, esa fue su demanda número uno.

Sin embargo, el nuevo reporte de la ONU va más allá que Annan. Mientras admite que Kyoto no hará mucho por el clima del planeta, el reporte entonces demanda más y más Kyotos, coincidiendo con científicos de la administración Clinton que estimaron que se necesitaba cerca de 19 Kyotos para detener el calentamiento global. Un Kyoto cuesta, conservadoramente, un 2% del PIB estadounidense. ¿Diecinueve? Mejor no vallamos ahí, al menos que seamos la ONU.

Específicamente, el nuevo reporte de las Naciones Unidas proyecta que, ya que el cambio climático induce a una mayor frecuencia e intensidad de las tormentas, junto con los cambios demográficos (léase: más gente en capacidad de comprar casas de playa más caras), las pérdidas mundiales de las aseguradoras totalizarán un adicional de $150.000 millones en la próxima década. El informe tiene un gráfico impresionante que muestra los incrementos dramáticos en los costos por daños en años recientes.

Lo que no resulta aparente, excepto para aquellos que leen las letras pequeñitas, es que la cifra mencionada incluye los daños provocados por todo tipo de "causas naturales", y la mayor parte del reciente incremento se debe a dos grandes terremotos (1994 y 1995). Mientras que a nuestros amigos "verdes" les gusta echarle la culpa al calentamiento mundial por muchas cosas, nadie es tan insensato como para decir que éste es el responsable de terremotos.

Grandes reaseguradoras europeas (la gente que asegura a las compañías de seguros), como Swiss Re y Munich Re, han estado entonando el canto fúnebre del cambio global por años. Representa un argumento convincente para aumentar sus tarifas, y sus gobiernos pro Kyoto (léase: anti-estadounidenses) se apresuran a respaldarlas.

El huracán es por mucho el principal productor de daños relacionados con el clima, y la zona más expuesta en términos de valor de la propiedad asegurada es la costa este de Estados Unidos, en donde el valor asegurado es cercano al PIB anual de este país. Además, los costos por daños parecen estar subiendo; así que si la ONU está en lo correcto, el número o la intensidad de los huracanes debería estar incrementándose dramáticamente.

No es así. No hay ninguna tendencia en el número de tormentas golpeando a Estados Unidos. De hecho, los años noventa parecer haber sido particularmente pobres en huracanes. También es muy sabido para los científicos que estudian este tipo de tormentas que el promedio máximo registrado de los vientos ha venido disminuyendo en los últimos 50 años.

El nuevo documento de la ONU es tan descarado que incluso contraviene a otro órgano de las Naciones Unidas, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático. En su último compendio, llamado "Tercer Reporte de Valoración", al cual le gustan que se llame el "consenso de los científicos" (en realidad es el "consenso de los científicos escogidos por la ONU"), dice: Existe poca evidencia de cambios de largo plazo en la intensidad y frecuencia de las tormentas tropicales", y "análisis recientes de cambios en las condiciones climáticas locales severas (tornados, tormentas eléctricas, granizo) en un pequeño número de regiones selectas no proveen ninguna evidencia convincente de cambios sistemáticos en el largo plazo."

Sobre el futuro, el reporte climático de la ONU señala que sus modelos climáticos no muestran cambios sistemáticos en estas tormentas.

Mientras que Munich Re, Swiss Re y el Grupo de Trabajo sobre Cambio Climático son cómplices de una falsa visión apocalíptica de cambio climático que es de interés mutuo, ¿a quién no le sorprende que Estados Unidos tenga una idea diferente?

Pretendamos que en realidad hay un libre mercado de verdad en Estados Unidos, y que las aseguradoras norteamericanas pueden escoger entre Munich Re, con tarifas artificialmente altas producto de los temores sobre un empeoramiento del clima, y alguna reaseguradora estadounidense, cuyas pólizas son basadas en un clima constante y con los valores de las propiedades en crecimiento. Munich Re publicitaría su producto como más confiable, con la garantía de que puede sobrevivir un clima cada vez más hostil. Los estadounidenses serían mucho menos caros. Dada la situación, ¿cuál escogería Usted?

Predecimos que la histeria sobre el calentamiento global no va a sacar del negocio a las reaseguradoras estadounidenses, pero que sí podría ser muy dañino para el bienestar económico de sus competidores europeos.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

Cuando políticas "verdes" afectan a los humanos

por Thomas R. DeGregory

Thomas R. DeGregory es profesor de Economía en la University of Houston y es el autor del reciente libro Bountiful Harvest del Cato Institute.

"Somos 6.000 millones" es el eslogan de muchos grupos ambientalistas y anti-globalización, la mayoría de los cuales son dirigidos por acaudalados hombres blancos del Norte de Europa y América quienes afirman defender a los pobres y a la Madre Tierra de los males de la globalización, las compañías multinacionales y la tecnología moderna. ¿Pero están ellos en realidad haciendo el bien?

La prensa parece haber comprado la agenda y la terminología de los grupos anti-globalización. Por ejemplo, para los medios de comunicación un "activista contra el hambre" es alguien que promueve una ideología anti-tecnológica particular, y no alguien que de hecho haya ayudado a la gente necesitada a tener acceso a los alimentos de la manera más efectiva: mediante incrementos en las cosechas hechos por ellos mismos.

Organizaciones con "alimento" o "desarrollo rural" en sus nombres han recaudado y gastado cientos de millones de dólares en campañas. A pesar de esto, dichos grupos no han gastado virtualmente nada en ayudar directamente a aquellos que lo necesitan. También atacan salvajemente a gente como Norman Borlaug y a institutos agrícolas de investigación internacionales que son responsables de que el mundo pueda alimentar a 6.000 millones de personas-y alimentarlos mejor que nunca mediante el desarrollo de una revolución agrícola que estuvo cerca de triplicar la producción alimenticia mientras la población se duplicaba. Esto fue posible con tan solo un pequeño incremento de la tierra cultivable, que pasó de 3.500 millones a 3.700 millones de acres.

La "Revolución Verde", a la cual muchos de estos activistas se han opuesto, es considerada regularmente como un "fracaso" por aquellos que carecen de una estrategia viable para alimentar a los 6.000 millones de habitantes del planeta, número que se prevé que aumente a 9.000 millones antes de estabilizarse.

Desde mayo he realizado tres viajes a Asia y uno a África, con escalas en Londres, y he observado la otra cara de la "sociedad civil." He vivido, viajado y estado envuelto en el área de desarrollo en más ocasiones y en más áreas de África, Asia y otros lugares del Tercer Mundo de los que puedo contar. En diversos países africanos que he visitado recientemente, las ONG's (Organizaciones No Gubernamentales) anti-globalización han bloqueado el financiamiento para la construcción de represas hidroeléctricas y proyectos de irrigación. Aquellos en países acaudalados-para quienes la electricidad es prender un interruptor, pagar la cuenta eléctrica y una cerveza fría en el refrigerador-están haciéndole muy difícil a los países pobres el incrementar su oferta eléctrica para que en los hospitales se puedan preservar las vacunas y para evitar que sus alimentos se arruinen.

Alrededor de Asia he trabajado en villas rodeadas por sembradíos de arroz donde el grano provee las calorías (en algunas ocasiones hasta el 70% o más), con pocos árboles frutales y quizás un huerto a la par de la casa para suministrar nutrientes vitales y un mínimo de variedad en la dieta. En algunos de estos países la deficiencia vitamínica, particularmente de vitamina A, es la responsable de ceguera en los niños y/o de aumentar sus probabilidades de morir de enfermedades como la diarrea y el sarampión. Aún así, las ONG's se oponen vigorosamente al desarrollo de un arroz enriquecido genéticamente en vitamina A.

En un país asiático que visité este verano, un virus de papaya estaba matando los árboles de los locales. Todos los espléndidos científicos con los que me estaba reuniendo sabían acerca de árboles de papaya exitosamente modificados con un gen viral que emite una encima que estimula el crecimiento del sistema inmunológico natural del árbol y lo protege contra el virus. Sin embargo, la constante y masiva campaña de las ONG's contra la modificación genética ha intimidado efectivamente a estos científicos. Y esto ha sucedido inclusive cuando altas autoridades del gobierno con las que discutí el caso han dejado claro que no hay una política estatal contra la modificación genética. La campaña de miedo de las ONG's había causado la parálisis. Mientras tanto, las pobres familias campesinas sufrían de pérdida crítica de la nutrición básica que les permite mantener sus magras existencias.

Un distinguido científico afirmó que está preparando un artículo en donde apoya los alimentos modificados genéticamente. Pero agregó que no tiene sentido ya que él tendría que volver a la ciencia mientras que el contraataque de las ONG's-no importa lo irracional y desinformado-duraría indefinidamente. Pareciera que las ONG's no tienen nada más que hacer aparte de llevar a cabo campañas propagandísticas que todos admiten que es un arte que han perfeccionado. Irónicamente, uno de las ONG's "locales" más activas en el país donde los campesinos están perdiendo sus árboles de papaya recibe sus fondos del gobierno de Estados Unidos, a través de una fundación establecida para apoyar iniciativas locales.

Tal y como las multinacionales que tanto critican, las ONG's anti-globalización y ambientalistas son organizaciones maximizadoras de ingresos. Obtienen sus fondos mediante el mercadeo del miedo, sin importar el costo humano. Amedrentar y recaudar dinero son sus labores de tiempo completo. Es hora de que los juzguemos por sus acciones y no por lo que ellos falsamente dicen ser.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

Guerra comercial sobre alimentos modificados genéticamente

por Ronald Bailey

Ronald Bailey s académico asociado del Cato Institute y editor de Earth Report 2000: Revisiting the True State of the Planet (New York:McGraw Hill, 1999).

Millones de personas hambrientas en Zimbabwe pueden agradecerle a la Unión Europea por el hambre que sufren. A comienzos de Julio, Zimbabwe rechazó ayuda alimenticia de Canadá y Estados Unidos porque el maíz enviado había sido genéticamente mejorado para protegerlo de los insectos. La amenaza de una hambruna masiva es una consecuencia directa de la guerra comercial que se acerca entre Norteamérica y Europa sobre cosechas mejoradas genéticamente.

Zimbabwe ha rechazado el maíz modificado porque su gobierno teme que Europa prohíba sus exportaciones agrícolas una vez que sus agricultores empezaran a cosechar el grano mejorado genéticamente. Después de todo, desde mediados de la década de los noventa Europa ha prohibido las importaciones de cosechas realzadas genéticamente de Estados Unidos y Canadá bajo el sospechoso argumento de que éstas no son seguras, lo cual es ridículo.

Diversos paneles científicos han concluido que los alimentos modificados genéticamente son seguros para el consumo. Inclusive un análisis de la Unión Europea publicada el otoño pasado de 81 diferentes estudios europeos sobre organismos modificados genéticamente no encontró evidencia alguna de que éstos representaran algún riesgo nuevo a la salud humana o al ambiente.

Es claro que la prohibición de la Unión Europea no es una medida de seguridad sino una barrera al comercio. La Unión Europea está recurriendo a preocupaciones de seguridad falsas con el fin de proteger a sus productores de la competencia y de preservar su abotagado sistema de subsidios agrícolas. Por más de una década, la Unión Europea ha prohibido la importación de carne tratada con hormonas para el crecimiento. La Organización Mundial del Comercio (OMC) dictaminó que la prohibición europea no estaba basada en la evidencia científica, y que constituía una barrera comercial.

Temiendo que la OMC se pronunciara contra su prohibición a las cosechas modificadas genéticamente, los europeos están ahora tratando de pasar por encima de la OMC. Actualmente, bajo el amparo de dicha organización comercial, el Acuerdo sobre Medidas Sanitarias y Fitosanitarias (SFS) requiere que las regulaciones estén "basadas en principios científicos." La estrategia de la Unión Europea de sortear el lenguaje del acuerdo es la de tratar de que "el principio de precaución" sea aceptado como una norma internacional de seguridad alimenticia y sanitaria. El principio de precaución es un concepto regulatorio anti-ciencia que permite a los reguladores el prohibir nuevos productos bajo la más mínima sospecha de que estos podrían representar alguna amenaza desconocida. Más aún, los europeos están tratando de etiquetar todos los productos alimenticios que contengan ingredientes hechos de cultivos mejorados genéticamente.

La Unión Europea quiere contrabandear el principio de precaución en otros dos foros internacionales, el Comité del Codex Alimentarius y el nuevo Protocolo sobre Seguridad de la Biotecnología. En 1995, el acuerdo de SFS confirió en el Codex la responsabilidad de establecer los estándares internacionales de seguridad alimenticia que serían reconocidos por la OMC. La Unión Europea ha tenido éxito en lograr que el Comité del Codex incorpore el principio de precaución y los requerimientos de origen en los diversos borradores sobre riesgo y biotecnología.

Si el Codex adopta dichas normas, el SFS se vería obligado a reconocerlas. En consecuencia, la OMC debe aceptarlas, lo cual conllevaría a que si Canadá y Estados Unidos llevan a la OMC su disputa con la Unión Europea sobre la prohibición a la importación de cosechas modificadas genéticamente, los norteamericanos perderían.

Mientras tanto, el Protocolo sobre Seguridad de la Biotecnología apoyado por la Unión Europea, el cual ha incorporado el principio de precaución, requiere que todos los embarques internacionales de cultivos realzados genéticamente posean la etiqueta "podría contener organismos vivientes modificados." Para cumplir con este requerimiento, los alimentos modificados deben ser segregados de las cosechas convencionales. Esto demandaría el duplicar toda la infraestructura de embarques, silos de granos, ferrocarriles, barcos y demás, con un costo estimado de al menos 6.000 millones de dólares, lo cual aumentaría el precio del grano en un 12%. El Protocolo sobre Seguridad de la Biotecnología, el cual empieza a regir una vez que 50 naciones lo ratifiquen, ya ha sido aprobado por 33 países.

¿Qué pueden hacer Canadá y Estados Unidos para ganar esta guerra comercial y promover la difusión de los alimentos modificados genéticamente? Afortunadamente, los negociadores norteamericanos pueden detener el proceso del Codex. Las normas del Codex deben ser acordadas por el consenso de todas las partes. Lo único que Canadá y Estados Unidos tienen que hacer es ponerle un alto al principio de precaución, al etiquetado de los alimentos modificados y a los requerimientos de origen para que éstos sean eliminados del Codex.

El contrarrestar las absurdas regulaciones del Protocolo sobre Seguridad de la Biotecnología constituye un problema más espinoso. Los oficiales comerciales norteamericanos necesitan dejar claro que los países importadores que también cultivan cosechas modificadas genéticamente, tales como China e India, no pueden imponer un doble estándar requiriendo orígenes y etiquetado para las importaciones norteamericanas mientras que eximen a sus propios cultivos. Además, Canadá y Estados Unidos deben persuadir a todos los principales países exportadores de alimentos, como Argentina, Australia y Brasil, a crear un frente unido contra la Unión Europea, dejando a los europeos sin fuentes para importaciones de granos no-modificados.

Con el fin de proteger a sus productores de la competencia, los burócratas europeos parecen dispuestos a desbaratar a la OMC e incidentemente matar de hambre a millones en los países en desarrollo. Canadá y Estados Unidos deben evitar esto.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

Poses ambientalistas amenzan a la economía costarricense

por Juan Carlos Hidalgo

Juan Carlos Hidalgo es Analista de Políticas Públicas para América Latina del Cato Institute.

El nuevo presidente de Costa Rica, Abel Pacheco, empezó su período de 4 años declarando una nueva "era de paz con el ambiente." Sin embargo, su primer acto de paz más parece una declaración de guerra contra la creación de empleos y la recuperación económica de un país que necesita desesperadamente ambas. Su fallo prohíbe los proyectos mineros y petroleros en el país, los cuales prometían nuevas posibilidades para cientos de desempleados costarricenses en áreas deprimidas del territorio.

El decreto de Pacheco fue emitido sin contar con el respaldo de estudios técnicos o de análisis científicos que lo apoyaran, y más se basó en política e ideología. Mantener alejadas a "las grandes compañías multinacionales" pareciera ser el principal deseo de los grupos que se opusieron a la exploración petrolera en Costa Rica, a juzgar por su desinterés en problemas ambientales mucho más serios como el altamente contaminado Golfo de Nicoya, el cual ha sido catalogado por la prensa del país como "un desastre ambiental", o el derrame de combustible en los ríos realizado por RECOPE, el monopolio estatal para la refinación de petróleo.

El Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales de Estados Unidos ha aplaudido la decisión del presidente Pacheco, señalando que Costa Rica es el país con mayor éxito económico en América Central. No obstante, un ingreso per cápita anual de menos de $4.000 difícilmente puede ser considerado exitoso para un país que, a diferencia de sus vecinos, ha estado libre de guerras civiles y desastres naturales de importancia. Y nuevas políticas promovidas por grupos ambientalistas radicales podrían entorpecer aún más el desarrollo de una ya de por sí estancada economía.

El sometimiento de Pacheco hacia los grupos ambientalistas puso fin a los planes de explorar petróleo a lo largo de las costas de Limón, la provincia más pobre del país, en donde se esperaba que el proyecto produjera miles de millones de barriles por año. Los grupos ambientalistas argumentaban que cualquier derrame del crudo habría causado daños irreparables a los sistemas coralinos y áreas marinas protegidas. Parecieran ignorar que tan solo a varios kilómetros de ahí, en el puerto de Moín, barcos cargando toneladas de combustible atracan todos los días, representando una amenaza aún mayor para el ambiente. De acuerdo con la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, las plataformas petroleras son responsables de tan sólo el 5% del crudo que es derramado en los océanos del planeta, mientras que los barcos y otras formas de transporte contabilizan por un 20%. A manera de contraste, escapes naturales de petróleo constituyen el 15% del crudo que llega a los mares, y como bien lo señala el geólogo costarricense Gregorio Escalante, hay fugas naturales de petróleo por toda Centroamérica, incluyendo una en la provincia de Limón.

Los opositores a la exploración petrolera también afirmaban que el permitir la instalación de plataformas hubiera arruinado el escenario natural de la región, espantando a los turistas y privando a la zona de su principal fuente de ingreso. Sin embargo, las plataformas petroleras hubieran estado localizadas a más de 11 kilómetros de la costa, siendo casi imposible de ver desde las playas.

Al final de cuentas, el rechazo a la exploración de petróleo por parte del presidente Pacheco constituye una más de las batallas políticas por el dominio de tierras estatales que se presentan alrededor del globo. Los Estados Unidos ha atestiguado su propia versión de la historia con el debate que se ha dado sobre los planes para extraer crudo en el Refugio de Vida Silvestre del Ártico, en Alaska.

Quizá esta industria no estaba llamada a jugar un papel importante en mejorar la economía costarricense, dado que todos los anteriores intentos por desarrollar los recursos petroleros del país habían fallado de manera similar. Aún así, el decreto presidencial sienta un precedente nefasto para las futuras iniciativas en la industria de los recursos naturales y envía señales negativas a todos aquellos individuos o compañías interesados en invertir su dinero en cualquier actividad que podría ser considerada en el futuro como sensible para el ambiente. Estas son quizás las consecuencias más peligrosas de la decisión de Pacheco.

En su discurso inaugural, Pacheco también propuso añadir un nuevo capítulo de "Garantías Ambientales" a la Constitución del país, sin especificar ninguno de sus alcances. Esto es algo que los costarricenses deberían temer. Una administración ansiosa de ser percibida como "ambientalmente correcta" muy probablemente escoja el callejón sin salida de imponer restricciones al desarrollo y a la propiedad privada, en lugar de perseguir una alternativa de mercado que mejore tanto a la economía como al medio ambiente. Más restricciones y regulaciones sólo conducirán a mayor pobreza y estancamiento económico, algo que los costarricenses no necesitan ni merecen.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

Johannesburgo o el poder de la mitología

por Lorenzo Bernaldo de Quirós

Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.

La Cumbre de las Naciones Unidad sobre el Desarrollo Sostenible se celebró a lo largo de la pasada semana en Johannesburgo. Por fortuna, la reunión se ha saldado con un relativo fracaso ya que no se han adoptado medidas concretas. Sin embargo, el ambiente existente en la capital sudafricana y el enfoque de las discusiones reflejan el importante grado de desorientación existente en este ámbito.

El presidente sudafricano, Thabo Mbeki dio la bienvenida a los 12.600 asistentes con una declaración que sintetiza la ortodoxia dominante en este campo: "Los patrones insostenibles de producción y consumo están creando un desastre ambiental que amenaza la vida en general, especialmente la humana". Según el líder del CNC, la raíz del problema radica en un orden internacional "basado en el principio salvaje de la supervivencia del más fuerte". Una vez más, el capitalismo imperante en los países desarrollados y convertido en un sistema global es la causa de la pobreza del mundo en vías de desarrollo y de la destrucción del hábitat humano. En definitiva, esta es la "vulgata ecologista" aceptada de manera acrítica por amplios sectores de la opinión y también por buena parte de los gobiernos occidentales en nombre de la corrección política, aunque constituyen una letanía de tópicos seudo científicos desvelados por la teoría y por los hechos.

Según el Informe sobre el Desarrollo Humano de la ONU (IDH), manejado con profusión en Johannesburgo, la brecha entre ricos y pobres se ha ampliado. En 1960, la renta del 20% de la población mundial que vive en los países desarrollados era treinta veces superior a la del 20% más pobre. Hoy en día es 74 veces más grande. Al mismo tiempo, la desigualdad se habría disparado en las antiguas economías de la Cortina de Hierro en transición hacia sistemas de mercado, en China, Indonesia, Tailandia y en otros países del sudeste asiático. Los datos de la ONU sobre este tema son una mezcla explosiva de ocultación de la realidad y de errores técnicos. Así las estimaciones de las desigualdades entre los países incluidas en el IDH se realizan sobre la base de los tipos de cambio corrientes sin ajustar su poder de compra, es decir, la cantidad de bienes y servicios que la renta de cada persona puede adquirir, que es el factor relevante para medir el bienestar de la población en términos comparados.

En una reciente trabajo, Xavier Sala i Martí realiza un admirable ejercicio de demolición de la vulgata sobre la pobreza. La considerada absoluta, es decir, la que afecta a las personas con ingresos situados en 1 dólar diario descendió del 20% de la población mundial en 1970 hasta el 5% en 1998. Si se utiliza el criterio de 2 dólares/día, la caída es del 44% hasta el 8%. Si alguien prefiere hablar en términos absolutos, a finales de los años noventa del siglo pasado había en el planeta Tierra 400 millones menos de pobres que a comienzos de los setenta. La causa de este vuelco está en el rápido crecimiento experimentado por China y con posterioridad por la India, los dos países más populosos del mundo. El problema está en el continente africano, cuyas economías están estancadas con independencia de que existan honrosas excepciones. África concentra en la actualidad el 95% de la pobreza mundial. Curiosamente, ésta es un área geográfica que ha permanecido al margen de la globalización, en la que no existe nada parecido al imperio de la ley. En este contexto, el desarrollo es imposible.

El fantasma maltusiano de la sobrepoblación mundial y su amenaza para la vida en el planeta ha sido otro de los grandes cocos de la Cumbre de Johannesburgo. Nuevamente los temores son infundados. Desde 1900, la población mundial se ha triplicado pero no porque los seres humanos se hayan multiplicado como conejos, sino porque han dejado de morir como moscas. A pesar de los pesares, la inmensa mayoría de la Humanidad está hoy mejor alimentada y es más sana de lo que lo era hace medio siglo como lo muestra el aumento de la esperanza de vida en todos los países, incluidos los africanos. Por otra parte, la tasa de fertilidad en los países desarrollados cayó entre 1950 y 2000 de 2,8 niños por mujer a 1,8 y en los menos desarrollados de 6,2% a 3,5%, un 40%. Al mismo tiempo, la oferta per cápita de alimentos se incrementó un tercio en las economías avanzadas y un 40% en África, Asia y América Latina. La mayoría de las hambrunas en los países de baja renta han tenido mucho más que ver con catástrofes naturales y con malas políticas locales que con la presión demográfica.

Las economías industrializadas de Occidente tampoco son culpables del deterioro de los bosques. Por ejemplo, la deforestación del bosque lluvioso no tiene nada que ver con el "hiperconsumo" occidental. Menos del 10% de la madera talada en las economías en vías de desarrollo se importa, siendo la mayoría usada como combustible y para extender las zonas de cultivo. Por el contrario, en el mundo desarrollado, la superficie forestal ha crecido en lugar de descender desde comienzos de los años ochenta. En Europa, su tasa media de incremento ha sido de 2 millones de hectáreas/año entre 1980 y 2000. Para decirlo con claridad, el origen de la pérdida de masa boscosa en las sociedades pobres es una consecuencia de su pobreza y de la ausencia de derechos de propiedad sobre ella pero no de la depredación o de la presión realizada por el desarrollo económico que más bien es un determinante básico de la conservación de los bosques como avala la evidencia empírica.

Otro tanto sucede con la polución ambiental. Los tradicionales agentes contaminantes como el dióxido de sulfuro o las bacterias fecales empiezan a declinar cuando la renta per cápita se sitúa entre los 3.280 y los 1.375 dólares al año. En las sociedades industrializadas, los niveles de contaminación comenzaron a caer de manera absoluta y relativa a partir de los años setenta del siglo pasado, manteniendo la tendencia iniciada después de la Segunda Guerra Mundial. El mayor deterioro de la calidad del aire se registra en los países en vías de desarrollo debido a la utilización masiva de carbón, de madera y de estiércol para calentar las casas y para cocinar. Una vez más, el progreso económico y el tecnológico son precondiciones necesarias para la solución de este tipo de problemas y no la causa de ellos.

¿Está la biodiversidad en peligro? Las extinciones documentadas de especies animales alcanzaron su cenit en los años treinta e iniciaron su declive desde entonces. Como ha mostrado el profesor Stephen R. Edwards en Conserving Biodiversity (Free Press, 1995), el 39% de las especies desaparecidas lo hicieron por ser insertadas en un hábitat impropio, el 23% por la caza, el 36% a causa de la destrucción de su hábitat natural y el 2% restante ha desaparecido por causas diversas como, por ejemplo, la polución. Aproximadamente el 75% de la superficie terrestre es apta para la vida salvaje, con la excepción de Europa y, de nuevo, el principal peligro para su preservación está en los países en vías de desarrollo, básicamente por la ausencia de incentivos para que la población rural actúe como un factor de conservación.

¿El recalentamiento de la Tierra pone en peligro nuestra supervivencia? La mayoría de los estudios científicos sobre el cambio climático aceptan con humildad la dificultad de llegar a resultados precisos sobre la cuestión. Ello se debe a la ausencia de sistemas adecuados de medición. Sin embargo, cuanto más se perfeccionan los modelos y más información se posee, más bajas son las previsiones sobre el aumento de las temperaturas. Tampoco hay evidencia de que la actividad humana produzca una concentración de "greenhouse gases" o GHS (CO2, metano, CH4 etc) en la atmósfera con un impacto relevante sobre el recalentamiento de la tierra. Al contrario, los trabajos más recientes muestran que los factores determinantes del cambio climático son en gran medida naturales, tienen su principal fuente en la duración de los ciclos solares, y por tanto son incontrolables. De hecho puede suceder todo lo contrario (Antonelli A., Road to Hague: A Desperate Effort to Salvage a Flawed Climate Change Traety, The Heritage Foundation, 2000).

A pesar de los pesares, en los inicios del siglo XXI, la Humanidad está mucho mejor que en cualquier otro período de su historia. Sin duda millones de personas viven todavía en circunstancias trágicas pero, esa lamentable situación, no es responsabilidad del mundo desarrollado ni del capitalismo y un sin fin más de las patrañas esgrimidas por la vulgata ecologista y globalófoba. Las causas de la pobreza son bien conocidas, la ausencia de un marco institucional (garantía de los derechos de propiedad, imperio de la ley, economías abiertas y competitivas, etc.) que estimule la creación de riqueza. Por desgracia, los países pobres carecen de ese marco porque sus gobiernos, muchas veces con la ayuda de los dirigentes de los países ricos, de las bienintencionadas ONGs y de los organismos internacionales, apoyan políticas que perpetúan la miseria o están dispuestos a sostener medidas que impiden salir de ella.

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