31 de diciembre de 1969

ambientalismo

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Los ecologistas reestructuran su estrategia

por Steven Milloy

Steven Milloy es investigador asociado del Cato Institute y es autor de Junk Science Judo: Self-defense Against Health Scares and Scams (Cato Institute 2001).

El tratado sobre recalentamiento global, conocido como el Protocolo de Kyoto, está políticamente muerto en Estados Unidos, pero los activistas ambientales no abandonan su fantasía de crear una economía socialista global por medio del control de la utilización de la energía.

Más bien están cambiando sus tácticas para alcanzar su meta y no me refiero a producir películas tontas como “El día después de mañana”. La nueva táctica es presionar a las grandes empresas para que reduzcan las emisiones de dióxido de carbono, lo que significaría hacer cumplir el Protocolo de Kyoto empresa por empresa.

El tipo de presión utilizada no es la común de forzar el brazo de los empresarios ante la posibilidad de mala prensa. Los activistas, más bien, compran acciones de una empresa y hacen la presión como accionistas y en las asambleas.

Durante el año 2003, estos accionistas/activistas entregaron más de 25 peticiones exigiendo a las empresas a reducir las emisiones de los llamados gases invernadero. Ninguna de las peticiones fue aprobada, pero en varias ocasiones recibieron bastante apoyo de otros accionistas: 32% en ChevronTexaco; 27% en American Electric Power (el mayor productor de electricidad utilizando carbón); 23% en General Electric y 21% en ExxonMobil.

En febrero de este año, American Electric Power anunció que evaluaría e informaría a sus accionistas sobre el riesgo causado por sus emisiones de gases invernadero y también el resultado de sus esfuerzos por reducirlos. Otra empresa de electricidad que utiliza carbón, Cinergy Corp., también accedió a las peticiones de fondos de pensiones para reportar sus emisiones de gases y demás asuntos ambientales.

Y no olvidemos a las 40 y tantas grandes compañías que ya cedieron frente a los activistas respaldando al Centro Pew sobre Cambios Climáticos Globales. British Petroleum (BP) ha procedido a etiquetar su producto principal, el petróleo, como un “mal necesario” en su propaganda de televisión.

La presión también proviene del grupo llamado Carbon Disclosure Project, donde 87 inversionistas institucionales que administran activos por 9.000.000.000.000 de dólares. Este grupo le ha pedido a 500 grandes empresas que revelen los riesgos que causan al ambiente y sus planes para reducirlos.

Utilizando la mala publicidad relacionada con Enron y WorldCom, algunos cabilderos están presionando para que minorías de accionistas puedan nombrar directores, abriéndoles así las puertas a los activistas verdes.

Pero lo más preocupante es que la gente no conoce los proyectos de los activistas verdes y muchos todavía creen en sus buenas intenciones.

Temiendo las desastrosas ramificaciones del Tratado de Kyoto, el Presidente Bush se retiró en 2001 y ninguna legislación sobre recalentamiento global ha sido considerada por el Congreso de EEUU. Nuestros políticos de ambos partidos saben que la ciencia-basura en que se basa Kyoto sería un suicidio económico para la nación.

Aunque los verdes han fracasado en sus intentos de hacer avanzar su agenda por medios políticos, no se han rendido, sino que están cambiando sus blancos.

Los ambientalistas y los incendios forestales de California

por Steven Milloy

Steven Milloy es investigador asociado del Cato Institute y es autor de Junk Science Judo: Self-defense Against Health Scares and Scams (Cato Institute 2001).

"Nuestros bosques están detonándose como bombas de napalm. Necesitamos remover los árboles muertos y aquellos que están siendo atacados por los insectos", dijo el congresista estatal de California Wally Herger.

¿Habrá dicho tal cosa influido por los incendios forestales que arden actualmente en California? Difícilmente.

El congresista del norte de California pronunció esas palabras en agosto de 1994 como parte de su demanda al Congreso para que declarara un estado de emergencia en los bosques federales para permitir la rápida remoción de árboles muertos, ramas caídas y otros restos que sirven de carburante para los incendios forestales—como aquellos que arrasaron 3 millones de acres y mataron a 14 bomberos en el Oeste estadounidense ese año.

Un portavoz del Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales respondió entonces llamando a la petición del congresista Herger "un pretexto para acelerar la deforestación en la Sierra Nevada".

Sin embargo, nueve años después, el congresista Herger parece haberlo presagiado.

Hasta el momento, este año se han quemado más de 700.000 acres únicamente en California; 20 personas han muerto y más de 2.600 casas han sido destruidas. El año pasado los incendios forestales quemaron aproximadamente 7 millones de acres, mataron 23 bomberos, destruyeron más de 800 casas y le costaron a los contribuyentes poco más de $1.500 millones.

¿Qué tienen que decir ahora los ambientalistas?

Un vocero del Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales llamó a la propuesta del presidente George Bush para prevenir incendios forestales mediante la corta del crecimiento excesivo de los bosques "un caballo de Troya" por llevar a cabo de manera furtiva proyectos de deforestación.

Mientras los bosques del Oeste estadounidense arden—y la gente muere y las casas son destruidas—los ambientalistas y sus aliados en el Congreso parecen estar preocupados únicamente en que los árboles "viejos" podrían ser cortados en el proceso de poda de las trampas incendiarias. Su oposición sin sentido a la poda de los bosques sólo facilita que los incendios forestales se salgan de control.

"Necesitamos hacer una administración activa con el fin de evitar incendios innaturales" que ocurren como resultado de la maleza densa y la acumulación de árboles a lo largo de las décadas, dijo el jefe del Servicio Forestal estadounidense, Dale Bosworth. "Si eso significa cortar una secoya de 4 metros (de diámetro), eso es razonable".

Podar los bosques funciona—y es de hecho más efectivo en el largo plazo que simplemente combatir incendios forestales todos los años.

En 1910, un incendio forestal en Idaho, Montana, y Washington quemó 3 millones de acres y llevó al gobierno federal a gastar dinero agresivamente en la lucha contra los incendios forestales. Esta política ha tenido una consecuencia no deseada: Los bosques han crecido de sobremanera con árboles y vegetación que puede servir como combustible para incendios más catastróficos.

En bosques que tienen únicamente unas cuantas docenas de árboles por acre, las llamas tienden a permanecer cerca de la superficie. Pero en los bosques sobrecrecidos con cientos y miles de árboles por acre, como los que hay hoy en día, las llamas pueden moverse fácilmente a través de las copas de los árboles. “Las llamas tienen 30 metros de altura en lugar de uno”, de acuerdo con el experto forestal de la Universidad de Idaho, Leon Neuenschwander.

Un proyecto de ley que se encuentra actualmente en consideración del Congreso norteamericano propone una poda agresiva de hasta 20 millones de acres de tierras federales con alto riesgo de incendios. El proyecto reduciría las revisiones burocráticas y limitaría las apelaciones—las herramientas que los ambientalistas utilizan para bloquear la administración de los bosques—de tal forma que los esfuerzos de poda puedan ser completados en meses.

El presidente Bush ha exhortado al Senado a que apruebe la legislación desde mayo pasado. “Durante muchos años, las marañas burocráticas y una mala política forestal han evitado que los ingenieros forestales mantengan nuestras áreas boscosas sanas y seguras”, dijo Bush.

“Las perspectivas de incendios este año se ven menos severas, y eso son buenas noticias”, añadió Bush. “Aún así el peligro persiste, y muchos de nuestros bosques están enfrentando un riego más alto de lo normal de incendios costosos y catastróficos”.

California es aparentemente una de las áreas de riesgo elevado a las que se refirió el presidente norteamericano.

Poniendo a un lado la agenda política anti-industria—y especialmente anti-maderera—de los ambientalistas y aceptando sus supuestas preocupaciones sobre la necesidad de preservar “bosques de viejo crecimiento” para las “generaciones futuras”, el proyecto de ley ante el Congreso no permite la corta indiscriminada de los bosques viejos.

En su lugar, es una medida limitada cuya intención es la de prevenir la propagación de incendios forestales—y tiene el beneficio colateral de ayudar a la industria maderera, la cual ha perdido 47.000 empleos desde 1989. Tampoco olvidemos que los árboles—incluso los de viejo crecimiento—no son irremplazables. Nuevos árboles crecerán en su lugar. El gigante en productos forestales Weyerhaeuser planta 130 millones de semillas cada año.

Bajo la propuesta del presidente Bush de podar los árboles sobrecrecidos, aún tendríamos árboles viejos, pero también reduciríamos la vulnerabilidad a los destructivos incendios forestales que ocurren cada año.

La retórica ambientalista que se opone a la poda del crecimiento excesivo me recuerda a los vientos de Santa Ana—aire caliente que solo sirve para avivar las llamas forestales.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

Biotecnología: La batalla de Valle Verde

por Ronald Bailey

Ronald Bailey s académico asociado del Cato Institute y editor de Earth Report 2000: Revisiting the True State of the Planet (New York:McGraw Hill, 1999).

Este polvoriento pueblito, en las afueras de Cancún, se convirtió en el más reciente campo de batalla de la guerra global sobre los productos agrícolas genéticamente modificados. La causa fue la distribución de dos toneladas de alimentos a los 300 habitantes de Valle Verde por parte de varias ONG que apoyan el libre comercio y las más modernas técnicas agrícolas.

La distribución de alimentos fue organizada por el Comité para un Mañana Constructivo, el Congreso de Igualdad Racial y el Competitive Enterprise Institute. Estas ONG distribuyeron paquetes de harina de maíz, aceite, frijoles y grandes cajas de cereales Kellogg’s. Algunos de esos alimentos contienen ingredientes genéticamente mejorados, como maíz transgénico.

Además de ser una obra de caridad, los organizadores del evento querían demostrarle a la prensa internacional que cubría la conferencia de la OMC en Cancún que la gente pobre no le teme a los alimentos genéticamente modificados. Y el contingente de activistas que trató de asustar a los habitantes del pueblo para que no aceptaran esos alimentos más bien logró una mayor cobertura de los medios. Además, fracasaron.

Los activistas de Amigos de la Tierra circularon folletos en el pueblo antes de la llegada de los alimentos. Un activista brasileño, con el mayor descaro, les repetía una y otra vez a las mujeres del pueblo que esos alimentos están “contaminados”, son “tóxicos” y “los niños se enfermarán”.

Claro que esos activistas saben bien que están mintiendo porque cientos de millones de personas en Estados Unidos, Canadá, Argentina y otros países llevan casi una década consumiendo esos mismos alimentos sin ningún efecto negativo. Una cosa es defender apasionadamente una causa y otra diferente es mentir descaradamente. Es despreciable promover una agenda política asustando a mujeres y a niños pobres con poca educación.

El líder aparente de los activistas era el mexicano Raúl Brenes, quien trató de impedir la distribución de alimentos gritando que se trataba de productos de Monsanto, una gran empresa transnacional que “quiere controlar los alimentos en el mundo”. Cuando le pregunté a los organizadores, me informaron que jamás han recibido financiamiento de Monsanto ni de ninguna otra empresa de biotecnología.

Una de las grandes banderolas desplegadas por los activistas decía: “Comida transgénica mata la gente”. Una mujer circulaba entre la gente gritando: “Comida para cochinos”, mientras otra repartía carteles a colores sobre los daños a la salud, las alergias y la resistencia a los antibióticos que causan los alimentos transgénicos.

Cuando le pregunté a una humilde señora a mi lado qué pensaba, me dijo: “esos son unos extranjeros locos”. Luego se alejó para formar parte de una ordenada cola de la gente del pueblo que sonriendo procedía a recibir los paquetes de alimentos. Los activistas perdieron su tiempo; no lograron asustar a nadie.

Ambos lados dicen estar preocupados por los pobres, pero en Valle Verde, los de un lado trajeron alimentos, mientras que los del otro sólo gritaban consignas y posaban para los fotógrafos, quienes parecían más interesados en la alegría de los pobladores por los alimentos recibidos.

La guerra de la biotecnología se decidirá en las mentes y corazones de la gente común y corriente, como los pobladores de Valle Verde. Y en ese pueblito, los defensores del libre comercio y de la modernización de la agricultura ganaron la batalla.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

El miedo a los tornados

por Patrick J. Michaels

Patrick Michaels es Académico Titular de Estudios Ambientales para Cato Institute.

No hay duda alguna que éste ha sido un buen mes para los tornados en Estados Unidos, incluso para los estándares de Mayo, cuando la mayoría de estos fenómenos ocurre. Sin embargo, aún más predecible que el desarrollo de tormentas severas en la primavera es el fenómeno de la gente tratando de ligar al mal clima con el calentamiento global. Solo falta ver la caricatura de Tom Toles en la edición del 7 de Mayo del Washington Post, la cual entona "Estos tornados súper poderosos son el tipo de tormentas que muy probablemente veremos más frecuentemente con el cambio del clima mundial."

Se ha vuelto un procedimiento operacional rutinario en el alarmismo sobre el cambio climático el no molestarse nunca con los inconvenientes hechos. Toneladas de datos sobre tornados están a tan solo unas cuantas teclas de distancia. Y los mismos muestran que Toles está sumamente equivocado en su implicación de que las recientes tormentas muestran un ligamen con el pequeño calentamiento que la atmósfera ha experimentado en las últimas décadas. De hecho, exactamente lo contrario podría estar sucediendo a pesar de la percepción de un incremento en las tormentas.

Dos hechos interesantes: El número de tornados reportados ha aumentado durante décadas mientras que el número de muertes ha caído.

Lo que ha estado sucediendo se llama "radar." Gracias a un horrible tornado en Worcester, Massachussets (muy lejos del llamado "callejón de los tornados" de Oklahoma y Texas), la Agencia del Clima de Estados Unidos (el actual Servicio Nacional del Clima) se lanzó en un programa con el fin de desarrollar una red nacional de radares climáticos. Encabezados por David Atlas y Ted Fujita (cuya "escala de F" califica la severidad de los tornados en una base de 1 a 5, como se hace con los huracanes), los meteorólogos pronto aprendieron que cuando el radar muestra una tormenta eléctrica que se parece más a una coma que a un manchón, con frecuencia hay un tornado en ésta.

Le tomó varios años a los radares originales, conocidos como WSR-57, para cubrir todo Estados Unidos, pero para 1970 el trabajo estaba casi completo. Conforme más radares eran instalados, el número de tornados reportados aumentó dramáticamente. Es interesante ver que una vez que la red se estabilizó, de 1970 a 1990, también lo hizo el número de tornados.

Empezando en 1988, una nueva red empezó a tomar forma que era aún mejor en cuanto a detectar tornados potenciales. En lugar de mostrar un dibujo de una tormenta eléctrica, las nuevas máquinas, llamados radares Doppler, de hecho miden el cambio en la velocidad de la tormenta al seguir el movimiento de las gotas de lluvia. Cuando dichas gotas empiezan a rotar, no es mucho el tiempo que pasa antes de que haya una alerta de tornado. Los campos de rotación muy frecuentemente se desarrollan antes de la forma de coma, lo cual significa que hay más alertas de tornados. Esto llama la atención de la gente, y salva más y más vidas. No es de sorprender entonces que el número de tornados aumentara de nuevo en los noventa, esta vez proporcionalmente a la cantidad de Dopplers, los cuales cubren hoy en día a todo el país. Al comienzo del presente siglo, con la nueva red ya instalada, el número se ha estabilizado nuevamente.

Cualquier reportero (o caricaturista) haciendo su tarea podría haberse preguntado si de hecho la cantidad de tormentas grandes (categorías 3-5 en la escala Fujita) está aumentando. La verdad es que la amplia mayoría de los tornados están en las categorías más bajas. Únicamente un 5% alcanza la categoría 3 o más alta.

¿De dónde viene la noción que los tornados deben aumentar debido al calentamiento global? Otro panel en la caricatura del Post dice: "Con más energía en la atmósfera, es probable que el número y la intensidad de las tormentas aumente."

Quizás sea necesario un repaso de la ciencia que nos enseñaron en el colegio. Los tornados ocurren porque una porción de una tormenta normalmente inactiva empieza a rotar. Dicho movimiento se debe en gran parte a un descenso de los fuertes vientos del Oeste (conocidos como la "corriente en chorro") que usualmente penetra en Estados Unidos cuando las tormentas son comunes. La corriente es el resultado del contraste de temperaturas entre los polos y los trópicos. El calentamiento global reduce dicho contraste (calentando a los polos más que a los trópicos) y reduce la rotación. Eso implica menos tornados, no más.

Obviamente, el hemisferio Norte es mucho más caliente en Junio, Julio y Agosto que en el punto álgido de la temporada de tornados en Mayo. Así que el calentamiento como causa de los tornados es una explicación débil. ¿Por qué hay tantos tornados en Mississippi en Febrero?

En vez, el ingrediente clave que convierte a tormentas tranquilas en tornados mortales, la corriente en chorro, no está presente durante la parte más caliente del año, habiendo migrado a Canadá durante el verano. Si hay calentamiento, la migración empezara más temprano y éste se iría aún más al Norte. Eso explicaría por qué el número de tornados está cayendo.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

Feliz Día de la Tierra, gracias al capitalismo

Jerry Taylor señala que "no tendríamos ambientalistas en nuestro medio si no fuera por el capitalismo".

Los peligros del principio de precaución

por Juan Carlos Hidalgo

Juan Carlos Hidalgo es Analista de Políticas Públicas para América Latina del Cato Institute.

El Principio de Precaución (PP) se ha constituido en el estandarte de los grupos ambientalistas radicales que ven en la tecnología y los avances científicos una amenaza que debe ser erradicada. La declaración de Río en 1992 define al PP de la siguiente manera: "cuando existen amenazas de daños serios o irreversibles, la falta de certeza científica total no podrá ser usada como una razón para posponer medidas de costo-beneficio con el fin de evitar la degradación ambiental." La versión danesa resume en pocas palabras el significado del PP: "darle a la naturaleza y al ambiente el beneficio de la duda." No obstante, el Principio también ha sido adoptado por organizaciones cuyo objetivo primario no está relacionado con la defensa del ambiente, sino con la imposición de barreras proteccionistas al comercio, restricciones al uso de la propiedad privada y el incremento del poder estatal en la vida de los individuos.

El enfoque del PP en el ámbito de las políticas públicas no debería de generar mucha controversia. Desde pequeños se nos ha inculcado la importancia de tomar precauciones cada vez que llevamos a cabo una actividad que representa ciertos riesgos. Sin embargo, la diferencia radica en quién debe realizar el análisis costo-beneficio, ¿las personas que enfrentan las posibles consecuencias negativas o los burócratas estatales?

El principal problema con el PP es que omite tomar en cuenta los costos de dejar de hacer algo. Cuando se previene la introducción de una nueva vacuna al mercado bajo el supuesto de que ésta podría tener ciertas consecuencias indeseadas sobre los seres humanos, se está viendo solo un lado de la moneda. Nunca se piensa en la cantidad de vidas que podrían ser salvadas por la nueva medicina.

Un ejemplo claro lo constituye el DDT, químico que ha sido popularizado en la lucha mundial contra la malaria. El DDT había contribuido a que la tasa anual de muertes causadas por malaria cayera en un 70% de 1930 a 1950. Para 1970 se redujo en dos tercios más, salvando millones de vidas humanas. Sin embargo, una vez que la batalla contra la enfermedad estaba casi ganada, varios estudios sugirieron que el DDT podría ser el responsable en el desarrollo de ciertos tipos de cánceres en humanos, así como culpable de la reducción en las poblaciones del águila calva y el halcón peregrino. Ante dichos temores, y siguiendo la lógica del PP, el DDT fue prohibido por un gran número de naciones poco desarrolladas. Fue así como en los años noventa la malaria reapareció en diversos países en donde había sido casi erradicada, como Ecuador, Belice, Bolivia, Paraguay, Venezuela, Brasil, etc. En Perú y Colombia, la población en riesgo mediano y alto de contraer la enfermedad se duplicó entre 1996 y 1997. Pronto el número de muertes relacionadas con la malaria en el mundo volvió a contarse en las centenas de miles.

Otro ejemplo se presentó a finales de los ochenta cuando grupos ambientalistas lograron que las autoridades peruanas descontinuaran la cloración del agua, ya que agentes cancerígenos presentes en el cloro representaban un riesgo de que el número de personas con cáncer aumentara. Pocos años después, Perú y en gran parte de Latinoamérica experimentaron una epidemia del cólera que afectó a 1.3 millones de personas y que mató al menos a 11.000. El agua contaminada con la bacteria fue el principal medio de contagio.

Mientras que los riegos del DDT y de la cloración del agua no habían sido comprobados en su totalidad—y aún siguen sin serlo—los beneficios fueron ignorados. Y ésta no es la excepción. Las autoridades llamadas a decidir si un producto o tecnología debe o no entrar al mercado enfrentan diversos incentivos que los llevan a decidir casi siempre en favor de la precaución, del no hacer nada.

Las declaraciones de Alexander Schmidt, antiguo comisionado de la Agencia Federal de Drogas y Alimentos de Estados Unidos (FDA por sus siglas en inglés), reflejan dicha realidad: "En toda la historia de la FDA, no podemos encontrar un solo ejemplo en donde el Congreso haya investigado por qué la FDA no aprobó una nueva droga. Pero las ocasiones en que las que el Congreso ha llevado a cabo investigaciones para criticar nuestra aprobación de un nuevo medicamento son tantas que no las puedo contar." Existe entonces una fuerte presión sobre las agencias reguladoras para no tomar riesgos.

El PP ha sido adoptado en un sinnúmero de tratados internacionales relacionados con el ambiente, los cuales son ratificados alegremente por los distintos países sin analizar seriamente sus consecuencias. Aún peor, el PP es el responsable de una nueva ola proteccionista que amenaza con terminar en una guerra comercial abierta entre los principales bloques comerciales.

La Unión Europea ha invocado al PP para prohibir la importación de alimentos modificados genéticamente (AMG), los cuales prometen revolucionar la agricultura moderna, aliviando el estrés que actualmente existe sobre el uso de más tierra y agua para esta actividad. A pesar de que ningún estudio ha demostrado algún efecto negativo de los AMG, los europeos continúan argumentando que este tipo de alimentos no son 100% seguros. Esto ha llevado a que Estados Unidos y Canadá amenacen a la UE con denunciarla ante la Organización Mundial del Comercio. El conflicto ha llegado al extremo que las autoridades de Zimbabwe, país que sufre de una hambruna que amenaza la vida de millones, han rechazado la ayuda alimenticia norteamericana—la cual contiene AMG's—ante el temor de que la UE cerrara los mercados a las exportaciones de éste país una vez que los agricultores locales empezaran a cultivar con semillas biogenéticas.

El Principio de Precaución se ha convertido en un concepto oscuro y simplista. Éste le da al Estado poder discrecional para decidir qué es bueno y que es malo para los individuos, estanca a la ciencia y tecnología, y deprime a la economía al eliminar su principal motor: la innovación. Es un ejemplo en donde la precaución causa más daño que bien.

Europa regresa al oscurantismo

por Patrick J. Michaels

Patrick Michaels es Académico Titular de Estudios Ambientales para Cato Institute.

¿Qué está sucediendo en Europa? ¿Estamos atestiguando otro retroceso histórico hacia el barbarismo científico?

De qué otra manera podríamos explicar tres preocupantes irracionalidades de tiempos recientes: la distorsión de la ciencia genética que provocó una hambruna masiva en África; la perseverancia del tratado sobre calentamiento global, el Protocolo de Kyoto, el cual Europa sabe que no tendría ningún efecto sobre el clima; y el juicio mediático del estadístico danés Bjorn Lomborg por escribir un libro que revela lo que ellos ya saben sobre Kyoto.

Un vistazo sobre el mapamundi muestra que Europa es un lugar bastante pequeño comparado con el resto del mundo que está rechazando temerariamente al maíz y al frijol de soya genéticamente modificados y a sus derivados. En cuanto a Kyoto, Europa perdió un referéndum crítico el año pasado cuando el ambientalista radical Robert Watson perdió la votación para continuar presidiendo el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas. Sobre Lomborg, bueno, Dinamarca es todavía más pequeño que Europa.

Cada una de estas historias merece elaboración, ya que cada una representa el triunfo de la irracionalidad al ser enfrentada por una ciencia bastante obvia—todas ellas con sus consecuencias desastrosas.

En respuesta a la presión ejercida por la Comisión Europea, y ante la eventualidad de una hambruna de significativas proporciones, el presidente de Zambia, Levy Mwanawasa, rechazó la distribución de 27.000 toneladas de maíz genéticamente modificado. Mwanawasa prefirió matar de hambre a su pueblo porque Europa tenía miedo de que parte del maíz fuera plantado, y que los genes "escaparan", contaminando al demás maíz que entonces no podría ser exportado al continente. No importó el hecho de que la "propagación" es extremadamente rara y de que no importa de todas formas. Europa evita al maíz modificado genéticamente para proteger a sus propias variedades ineficientes, aumentando el precio local.

El representante comercial de Estados Unidos, Robert Zoellick, se refirió a la acción de Zambia como "inmoral" y "Ludita." Al no ser un diplomático, yo le añadiría otro calificativo: "asesina." La principal modificación genética es la inserción de material genético del Bacilus thuringensis, el cual es letal para el Maíz Barrenillo Europeo, ya que requiere mucho menos uso de pesticidas caros. Los jardineros orgánicos en Estados Unidos espolvorean esta bacteria por todas partes como una forma de control de pestes.

Mientras que abundan las historias de terror genéticas, exaltadas por los verdes europeos, el experimento ya ha sido probado. La agricultura y los consumidores estadounidenses prosperan gracias a la ingeniería genética, sin ningún efecto negativo demostrable (excepto el de menores precios para el maíz y frijol de soya dada la producción abundante).

Las historias de Kyoto y Lomborg están relacionadas. En su libro, The Skeptical Environmentalist, Lomborg demostró que el calentamiento planetario muy probablemente será menor de lo pronosticado, y que Kyoto no tendría ningún efecto mesurable en detenerlo. Todo científico serio conoce las bases de su argumento: Kyoto no reduce en mucho el dióxido de carbono, los incrementos observados hasta ahora se ubican muy por debajo de las predicciones fatalistas de hace diez años, y el calentamiento ha sido modesto. Ya que la tendencia de la mayoría de los modelos climáticos más sofisticados es la de producir una tasa constante (no creciente) de calentamiento, tenemos una buena noción de cuánto se calentará el planeta: tan solo tres cuartos de grado centígrado en los próximos 50 años. Diferentes variantes de este cálculo han sido repetidas al menos en tres casos distintos en la literatura científica arbitrada.

En respuesta, el "Comité de Deshonestidad Científica" de Dinamarca acusó a Lomborg de "deshonestidad científica." ¿Citó el Comité algún dato en el que Lomborg haya estado equivocado? No. ¿Su crimen? No apoyó la locura pro-Kyoto. Se rehusó a actuar irracionalmente.

Un Kyoto reduciría el PIB estadounidense cerca de un 2% al año, dependiendo de las suposiciones. ¿Qué pasaría con los 20 o más Kyotos que los verdes europeos dicen que son necesarios? Nada más hagamos los números. El capital estadounidense es precisamente lo que se necesita para la inversión en el África miserable y hambrienta. Como ejemplo, entre menos invirtamos en cosas como plantas de energía limpia e instalaciones para el tratamiento de aguas, más africanos morirán a partir de complicaciones por la inhalación de humo casero producto de la quema de hogueras para cocinar y enfermedades transmitidas a través del agua. Juntos, éstos dos matan a millones—mientras que Kyoto no hace nada y se lleva ese capital.

El "Comité" danés no citó ningún descubrimiento específico contra Lomborg. En su lugar, se refirieron a 4 ensayos anti-Lomborg publicados en Scientific American por conocidos ideólogos ambientalistas, los cuales han sido duramente criticados. A Lomborg no se le permitió defensa alguna.

Ahora él está en problemas; ha sido aislado. No habrá más dinero del gobierno para sus investigaciones. El "Comité" danés citando a una revista como evidencia ha dañado irrevocablemente su reputación.

¿Debería Lomborg demandar a Scientific American como el causante principal de este daño? El resultado sería un juicio altamente publicitado que revelaría en todo su esplendor el retroceso de Europa a otra época de Oscurantismo científico, así como las tácticas intimidantes que están siendo usadas ahora en Estados Unidos para aplastar a los disidentes científicos racionales. Él podría tener un caso.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

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