por Patrick J. Michaels
Patrick Michaels es Académico Titular de Estudios Ambientales para Cato Institute.
La revista National Geographic de ahora no es
la que su padre alguna vez leía. Una publicación que alguna vez supo ser una
muy buena revista para la mesa de sala, con increíbles fotos de personas,
lugares y cosas, hoy se parece más a toda esa gama de revistas “políticas”,
interesadas en publicar el tema popular del momento.
La historia de portada del número de agosto fue la gordura. ¿Qué tiene
eso que ver con la geografía, aparte que algunas personas son flacas,
otras grandes y que todas no viven en el mismo lugar? La obesidad es un tema
bastante resbaladizo, sobretodo teniendo en cuenta que lo que hoy es visto
como gordo era visto como saludable medio siglo atrás.
El tema de septiembre fue el calentamiento global, un tema que requiere
de chequeos cuantitativos de los hechos, algo que aparentemente la National
Geographic hizo muy poco.
La virtud y la objetividad desapasionada son pretensiones de todo grupo
de presión. En su artículo introductorio, el editor Bill Allen
nos informa que lo que está dentro de la revista no es “ciencia
ficción” y que “no vamos a mostrar grandes olas derrumbando
la Estatua de la Libertad” (refiriéndose a la película
ridícula del verano sobre el calentamiento global titulada “El
Día Después de Mañana”). Él reconoce que
lo que está dentro puede herir la sensibilidad de muchos de nosotros
infortunados que vivimos fuera de Georgetown, pero dice que “puede
vivir con algunas subscripciones canceladas” con tal de poder contar “la
mayor historia del momento en geografía”.
Su ensayo introductorio seguramante fue terminado antes que saliera la
copia final de la revista, ya que el cuarto parrafo del primer artículo,
de Daniel Glick, dice que los efectos del calentamiento global son de hecho “como
ver la Estatua de la Libertad derretirse”.
Desgraciadamente, este tipo de metida de pata retórica es bastante
común. Comenzaré por el primer ejemplo de mala representación
de los hechos. Cuando llegue al límite de palabras impuesto para este
artículo, todavía me quedará un 75% de ellos fuera.
Comienza con una foto de un campo de arroz inundado en Bangladesh, seguido
por este comentario: “a medida que las temperaturas globales y el nivel
del mar aumentan, [el cultivo del arroz] se convierte en un medio de subsistencia
cada vez más precario”. En 2001, Cecile Cabanes calculó la
subida en el nivel del mar alrededor del mundo durante el último medio
siglo. En Bangladesh, hubo una caída neta en los 90. En los últimos
50 años ha subido allí por tan solo siete décimos de
pulgada, demasiado poco para ser notado, sea en Bangladesh como en cualquier
otro lado.
Los habitantes de Carolina del Norte se adaptan y prosperan, conviviendo
con subidas en el nivel del mar de hasta 12 pies en 10 minutos, o con recurrentes
tormentas huracanadas. Si siete décimos de pulgada en 50 años
es un problema, es un problema social, no uno climático.
Dos páginas más tarde leemos que la “actividad humana
fue la causante de la mayor parte del calentamiento global del último
siglo”. Pero esto tampoco es verdad. Hubo dos periodos de calentamiento
global durante el siglo XX, uno temprano y otro tardío, y los dos
fueron de la misma magnitud. Pocos dudan que el primero fue “natural",
principalmente debido al calentamiento del sol. Ocurrió antes de que
los humanos pudieran influir el clima con sus emisiones industriales.
Haciendo mención a la influencia humana, el siguiente párrafo
dice que "el calentamiento puede no ser gradual". Ahora bien, miles
de millones de dólares en investigación científica llegan
a la siguiente tendencia central: una vez que el calentamiento humano comienza
en la atmósfera, se mantiene a una tasa constante. Al menos eso es
lo que el promedio de todos nuestros modelos climáticos para el futuro
dicen.
Por lo tanto, si la tendencia al alza de las temperaturas globales de fines
del siglo XX está causada por humanos, lo cual es razonable, esa tasa
ya está establecida. Lo más notable es su constancia y el hecho
que está en el nivel mínimo absoluto de las projecciones por
computadora.
El primer artículo comienza con el derretimiento del Glaciar Sperry,
en el Parque Nacional Glacier de Montana, diciendo " Un cartel al borde
del camino señala que, desde 1901, el Glaciar Sperry se ha reducido
en más de 500 acres, pasando de más de 800 acres a 300".
De hecho, eso ha ocurrido. Pero según los datos del Centro de Datos
Climáticos Nacional, al que se puede acceder a traves de la página
www.wrcc.dri.edu, las temperaturas veraniegas medias sobre el oeste de Montana
no muestran variación alguna a lo largo del siglo XX. Los glaciares
simplemente se derriten en verano.
Columna siquiente: "Las afamadas nieves del Kilimanjaro se han derretido
en más del 80% desde 1912". Nuevamente, esto es verdad. Durante
el calentamiento natural de la primera parte del siglo XX, el Kilimanjaro
perdió el 45% de su capa. De 1953 a 1976, perdió otro 21%.
Eso ocurrió mientras el planeta se enfriaba. Desde 1976, durante la
era del calentamiento "humano", otro 12%, lo que fue la tasa más
baja en los últimos 100 años. La National Geographic olvidó decirnos
esto. Como también olvidó decir que entre 4000 y 11000 años
atrás África era mucho más cálida de lo que es
ahora, y la capa del Kilimanjaro era mucha más grande que ahora.
Siete afirmaciones engañosas en tres páginas. Hay otras 28
más. Cuando la verdad se estira de esta manera, necesariamente es
un trabajo que requiere el aporte de más de una persona. Es un proceso
a través del cual los científicos le dicen a los editores lo
que quieren escuchar, los editores no chequean los hechos y, ultimadamente,
todos pagamos con la implementación de malas políticas. Desafortunadamente,
es predecible.
Distintas comunidades científicas compiten entre ellas por un monto
finito (pero grande) de dólares de los contribuyentes y ninguno ganó por
decir que su tema no era el tema candente del momento. Lo mismo ocurre con
otros grupos de presión de Washington, como la National Geographic,
ahora en cruzada contra la obesidad y el calentamiento global.
Traducido por Luis Zemborain para Cato Institute.