31 de diciembre de 1969

ambientalismo

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Otra mirada sobre la ecología

por Alberto Benegas Lynch

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

De un tiempo a esta parte, la vertiente más popular que pretende encarar los problemas del medio ambiente aparece también como la forma más contundente de estrangular las bases de la sociedad abierta. Paradójicamente, en este caso, para preservar la propiedad del planeta se destruye la propiedad a través de las figuras de la “subjetividad plural” y los “derechos difusos” que permiten demandar frente a cualquier uso considerado indebido de lo que pertenece a otro, alegando la “defensa de la humanidad”. Garret Hardin acuñó la expresión “la tragedia de los comunes” para ilustrar el despilfarro y el uso desaprensivo de lo que es de todos, que, en la práctica, no es de nadie, en contraste con los incentivos de cuidar y mantener lo que es propio cuando se asignan derechos de propiedad.

Con razón se considera al agua indispensable para la vida del ser humano. Somos agua en un setenta por ciento y el planeta está compuesto en sus dos terceras partes por agua, aunque la mayor proporción sea salada y otra se encuentre atrapada por los hielos. F. Segerfeld nos informa de que la precipitación anual sobre tierra firma es de 113.500 kilómetros cúbicos, de los que se evaporan 72.000, lo cual deja un neto de 41.500. Eso significa nada menos que 19.000 litros por día y por persona en el planeta. A pesar de esto, se mueren, literalmente, millones de personas por año debido a la falta de agua o al agua contaminada.

El autor explica que esto se debe a la politización de ese bien tan preciado, situación que no ocurre cuando la recolección, purificación y distribución se encuentra en manos privadas, que si quieren prosperar deben atender los requerimientos del público sin favores ni componendas con el poder gubernamental del momento.

Ejemplifica con los casos de Ruanda, Haití y Camboya, donde las precipitaciones son varias veces mayores que en Australia. En los tres primeros casos hay crisis de agua, mientras que esto no ocurre respecto de Australia, por las razones apuntadas. Por esto es que el premio Nobel de Economía Vernon L. Smith escribe: “El agua se ha convertido en un bien de cantidad y calidad demasiado importante como para dejarlo en manos de las autoridades políticas”. En el mismo sentido, Martin Wolf, editor asociado de Financial Times, apunta: “El agua es demasiado importante para que no esté sujeta al mercado”.

La conservación de especies animales es un caso paradigmático. Las ballenas se extinguen, lo que no sucede con las vacas. Esto no siempre fue así. En la época de la colonia, se aniquilaban las vacas simplemente para usar un trozo de cuero o para comer algo de carne, situación que hizo que muchos mostraran su preocupación por la posible extinción de estos animales, hasta que apareció la revolución tecnológica del momento: la marca y el alambrado permitieron asignar derechos de propiedad y, así, conservar el ganado vacuno.

En Africa, se asignaron derechos de propiedad sobre los elefantes de Zimbabwe, mientras que en Kenya los elefantes son de propiedad común. En el último caso, en sólo once años la población de elefantes se redujo de 167.000 a 16.000, mientras que en el mismo período en Zimbabwe se elevó de 40.000 a 50.000, a pesar de contar con un territorio mucho más desventajoso que el de Kenya. En este país se favorece la posibilidad de que los elefantes sean eliminados en busca de marfil, ya que nadie está interesado en conservar y multiplicar la manada, como sucede en Zimbabwe.

Claro que la institución de la propiedad privada no asegura que serán conservadas todas las especies animales. Por ejemplo, es poco probable que el hombre deje de consumir antibióticos para conservar bacterias, ya que esto pondría en riesgo la supervivencia de la especie humana. Tampoco es probable que se desee conservar cucarachas. En la misma línea argumental, si bien es cierto que las emanaciones de monóxido de carbono deben ser castigadas, puesto que significan la lesión de derechos de terceros, la polución cero es imposible, puesto que requeriría que nos abstuviéramos de respirar, ya que al exhalar estamos contaminando.

En estos momentos se debate acerca del “efecto invernadero” o calentamiento global debido al debilitamiento o perforación de la capa de ozono que envuelve el globo en la estratosfera. Sin embargo, los científicos D. L. Hartmann y D. Doeling sostienen, en un trabajo publicado en el Journal of Geophysical Research, que en muchas extensiones ha habido un engrosamiento de la capa de ozono. Añade que las perforaciones han hecho que al penetrar los rayos ultravioletas y tocar la superficie marina se generara mayor evaporación y, consecuentemente, nubes de altura, lo cual dificulta la entrada de rayos solares y provoca un enfriamiento del planeta.

Por su parte, R. C. Balling señala: “La atmósfera de la Tierra se ha enfriado en 0,13 grados centígrados desde 1979, según las mediciones satelitales. (...) A pesar de que modelos computarizados del efecto invernadero predicen que el calentamiento mayor ocurrirá en la región ártica, del hemisferio norte, los registros de temperatura indican que el Artico se ha enfriado en 0,88 grados centígrados durante los últimos cincuenta años”. El mismo autor enfatiza que, debido a su efecto de enfriamiento, el dióxido de sulfuro provocado por aerosoles más que compensa la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera.

En este último sentido, y debido a las alarmas del tipo de las expuestas recientemente en nuestro país por Al Gore, es de interés citar una declaración del comité ejecutivo de la Organización Meteorológica Mundial, en Ginebra, que dice: “El estado presente del conocimiento no permite ninguna predicción confiable respecto del futuro de la concentración de dióxido de carbono o su impacto sobre el clima”. También es importante subrayar que el fitoplancton consume dióxido de carbono en una proporción mayor que todo lo liberado por los combustibles fósiles y que los desajustes cíclicos en la capa de ozono se deben en buena medida a fenómenos meteorológicos, como las erupciones volcánicas.

Por otro lado, en estas situaciones siempre hay equilibrios entre las contrapartes (trade offs) que hay que tener en cuenta. Por ejemplo, se afirma que los clorofluocarbonos son responsables de la destrucción de las moléculas de la capa de ozono debido a las emisiones que provocan los refrigeradores, equipos de aire acondicionado, combustibles de automotores y ciertos solventes para limpiar circuitos de computadores. El trade off aparece cuando se documentan las intoxicaciones que se producen debido a la deficiente refrigeración y acondicionamiento de la alimentación y cuando se exhiben estadísticas de los aumentos de accidentes viales debido a la fabricación de automotores más livianos.

En cualquier caso, donde se detecta una lesión al derecho debe procederse a la rectificación, pero para cuidar los recursos naturales debe despolitizarse el proceso. Es preciso abstenerse de la actitud arrogante de pretender la manipulación del ecosistema por parte de la burocracia estatal. Hay que permitir que la compleja información dispersa pueda ponerse de relieve a través de los precios. Cuando se conjetura que cierto recurso será más escaso o se atribuye mayor valor para usos alternativos, los precios se elevan, lo cual fuerza a reducir el consumo, al tiempo que se incentiva el desarrollo de variantes sustitutivas y, en su caso, el reciclaje.

La sociedad abierta permite establecer los ritmos óptimos del crecimiento y asignar los recursos de la manera más adecuada a las necesidades presentes y futuras. La intromisión del aparato estatal en la producción a través de ideas como la del llamado “desarrollo sustentable” no hace más que distorsionar el uso y la asignación de recursos. Por ejemplo, la “tragedia de los comunes” irrumpe cuando se mantienen campos de forestación en manos fiscales, lo que incentiva la tala irracional. En ese caso, nadie se ocupa de forestar para que otros saquen buen partido de ello. La presunción de conocimiento ha hecho que ya en la época de la Revolución Industrial se sugiriera el establecimiento político de cuotas para el carbón al efecto de “aprovechar ese recurso no renovable”, que, a poco andar, fue reemplazado por el petróleo. Hoy es frecuente que se señale que existen determinadas reservas para tal cantidad de años, sin percibir que no es posible extrapolar precios a situaciones distintas. El movimiento de precios modifica la duración de las reservas.

T. L. Anderson y D. R. Leal, en su obra Free Market Enviromentalism, escriben: “El mercado libre enfatiza que el crecimiento económico y la calidad del medio ambiente no resultan incompatibles. Los ingresos altos permiten afrontar una mayor calidad del medio ambiente y, además, de los bienes materiales. No es ningún accidente que los países menos progresistas tengan más polución y más riesgos ambientales”.

Este artículo fue publicado originalmente en La Nación (Argentina) el 23 de agosto de 2007.

El riesgo de los biocombustibles

por Porfirio Cristaldo Ayala

Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario.

Los países ricos invierten cada día más recursos en el desarrollo de biocombustibles, en especial biodiesel y etanol. Los países pobres hacen lo mismo. Los gobiernos están subsidiando fuertemente estas aventuras. Si los planificadores se equivocan en sus predicciones, las pérdidas para las economías serán enormes. Pero, las consecuencias no serán las mismas para países ricos y pobres, dado que si bien los ricos pueden absorber tales pérdidas con poco esfuerzo, a los países pobres estos errores pueden arrastrarlos al estancamiento durante años.

Los criterios que se utilizan en el análisis de los biocombustibles no son económicos sino políticos. Tanto Bush como Lula consideran que el etanol es la poción mágica que solucionará todos los problemas, desde la independencia energética hasta el deterioro ambiental, el desempleo y la seguridad nacional. Pero ninguno considera el alto costo de los subsidios ni el inmenso derroche que significará el programa de etanol y biodiesel si el precio de los combustibles fósiles se mantiene estable durante los próximos años, como podría ser el caso según algunos estudios.

Un nuevo informe del Consejo Nacional de Petróleo (NPC) concluye que existe suficiente petróleo en el mundo. El futuro de los combustibles fósiles es brillante. El verdadero problema son las políticas anti-energías, anti-industriales y anti-capitalistas de ecologistas y grupos de intereses que impiden la explotación en numerosos “sitios protegidos”, como las grandes reservas en Canadá. Los ecologistas que restringen la emisión de CO2—gases invernadero—promueven el uso de biocombustibles de alto costo, en perjuicio de combustibles fósiles de menor costo.

El subsidio a los biocombustibles es una ruleta que apuesta que en el corto plazo los combustibles fósiles tendrán un alto costo. Pero, si estudios como el NPC son acertados, las pérdidas que deberán enfrentar los países—los contribuyentes—serán enormes, como el fracasado programa Pro-Alcohol en Brasil en los años setenta. ¿Por qué tantas empresas invierten en este campo si los riesgos son elevados? Porque el rendimiento del capital es alto gracias a los subsidios que pagan los contribuyentes. Este rendimiento, sin embargo, tenderá a normalizarse cuando aumente el número de empresas que invierten en el sector.

Los otros “beneficios” como la independencia energética son enteramente falsos. En EE.UU. para que el etanol reemplace a la gasolina toda la tierra agrícola del país tendría que dedicarse al cultivo de maíz para producción de etanol, más un 20%, como explican Jerry Taylor y Peter Van Doren del Cato Institute. Pese a que la caña de azúcar produce ocho veces más azúcar que el maíz en países como Brasil, donde su cultivo es eficiente, tampoco asegura la independencia energética. Pero todo el concepto está errado. Un país tiene mayor seguridad alimenticia, por ejemplo, cuanto más sean los mercados proveedores de alimentos que tenga en el mundo.

La idea de la seguridad nacional es más insensata aún. En EE.UU. algunos piensan que si el etanol reemplaza al petróleo, los países árabes tendrán menos fondos para financiar a los terroristas. Pero no se ha demostrado relación alguna entre el precio del petróleo y las actividades de grupos terroristas. El terrorismo se nutre más de fanáticos que de fondos. En cuanto a los “beneficios ecológicos”, el mayor consumo de etanol aumentará la emisión de gases de invernadero y la contaminación del aire, así como aumentará el precio de los alimentos.

Pero si en lugar de los gobiernos, los biocombustibles fuesen impulsados por empresas privadas el resultado sería muy diferente. Los empresarios evaluarían los riesgos en la evolución del precio del petróleo, los costos de la producción de etanol, el rendimiento del capital y realizarían la inversión únicamente si la tasa de retorno fuera muy favorable en comparación a otras alternativas. Si el cálculo económico es correcto obtendrían ganancias y si no, tendrían pérdidas. Pero en ningún caso el estado asumiría los riesgos ni los contribuyentes pagarían los subsidios y derroches de una mala inversión.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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Borlaug, el verdadero verde

por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Miami (AIPE)— Norman Borlaug recibió el 17 de julio la Medalla de Oro del Congreso de Estados Unidos, la más alta condecoración conferida a un civil en este país. Conocido como el padre de la revolución verde, ganó en 1970 el Premio Nobel de la Paz y es doctor honoris causa de más de 30 universidades por impedir la malnutrición y muerte de alrededor de mil millones de personas, un récord sin precedente histórico.

En 1944, Borlaug viajó a México donde la epidemia del hongo roya estaba destruyendo las cosechas de trigo, comenzando a causar hambre y miseria en la población. Durante los siguientes 19 años, al frente de un programa patrocinado por la Fundación Rockefeller, el Dr. Borlaug se dedicó a desarrollar nuevas variedades de cereales resistentes a insectos y enfermedades que con los fertilizantes y el riego apropiado, junto a mejor control de la maleza, lograrían doblar las cosechas.

En la Ciudad de Obregón, Sonora, una de las principales calles lleva el nombre de Norman Borlaug, quien también aparece en un mural histórico del municipio.

Ese fue el primero de los logros de Borlaug; durante las tres décadas siguientes, él aplicó sus conocimientos y experiencia científica para multiplicar la productividad agrícola de cereales en la India y Pakistán, como también de arroz en Indonesia, China y Filipinas.

Comprobando que la genética desempeña un papel crucial en la agricultura, los programas instrumentados por Borlaug lograron aumentar las cosechas de trigo en Pakistán de 4,6 millones de toneladas en 1965 a 8,4 millones en 1970 y de 12,3 millones de toneladas en la India a 20 millones, durante el mismo período. Posteriormente, esta verdadera revolución verde se extendió a China.

El mismo Dr. Borlaug, de 93 años, nos explica el alcance de sus logros: “La biotecnología ayuda a los agricultores a producir más en menos extensión de tierra. Este es un beneficio ambiental muy favorable. Por ejemplo, la producción mundial de granos en 1950 fue de 692 millones de toneladas.

Cuarenta años más tarde, los agricultores del mundo utilizaban más o menos la misma superficie, pero cosecharon 1.900 millones de toneladas, un aumento de 170%. En 1999 hubiéramos requerido 1.800 millones de hectáreas adicionales con los procedimientos que se utilizaban en 1950... La tecnología nos permite reducir nuestro impacto en la erosión del suelo, en la biodiversidad, en la vida silvestre, en los bosques y en los pastizales naturales”.

A partir de 1985, Borlaug se dedicó a desarrollar cultivos en 12 países africanos, trabajando con campesinos que siembran pequeños lotes de una o dos hectáreas. Rechaza la idea de utilizar estiércol en lugar de fertilizantes químicos porque para obtener todo el estiércol se necesitarían 8 mil millones de cabezas de ganado adicionales y entonces, “¿producimos para que coman las personas o las vacas?”

Los activistas verdes rechazan toda modificación genética en la agricultura, llamándolos alimentos Frankenstein, y rehúsan ver sus grandes ventajas ambientales, logrando que la Fundación Rockefeller y la Fundación Ford dejaran de financiar las investigaciones del Dr. Borlaug. Quizás ese fue el castigo por desenmascarar a aquellos dedicados a propagar un miedo apocalíptico: hoy es Al Gore, pero en 1968 Paul Ehrlich predijo que el hambre reduciría la población de Estados Unidos a 22 millones para 1999 y que alrededor del mundo cientos de millones de personas morirían de hambre en las décadas de los 70 y 80.

Borlaug nos explica que “tardamos casi 10.000 años para ampliar la producción de alimentos al nivel actual de cerca de 5.000 millones de toneladas anuales. Para el 2025 tendremos que casi duplicar esa producción, y no se logrará a menos que los agricultores en todo el mundo tengan acceso a los continuos adelantos de la biotecnología”.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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Prohibición del DDT, crimen contra la humanidad

por Thompson Ayodele

Thompson Ayodele es Director de la Initiative for Public Health Analysis (Nigeria).

Lagos,Nigeria (AIPE)— El año pasado, la esposa y los dos hijos de uno de mis colegas fueron diagnosticados con malaria. De repente, sus vidas se voltearon patas arriba y todas sus prioridades y planes cambiaron. La absoluta prioridad es curarse.

Este horrible drama lo vive, año tras año, un inmenso número de familias africanas. Más de 300 millones de africanos sufren de malaria y más de un millón de nuestros niños mueren cada año de esa enfermedad.

Recientemente, en otros países que no sufren de tan horrible enfermedad, los ambientalistas estaban celebrando los 100 años del nacimiento de Rachel Carson, cuyo libro “Primavera silenciosa” promovió el activismo en prohibir el repelente e insecticida DDT, en todo el mundo.

En una época, la malaria mataba a cientos de estadounidenses anualmente, desde Nueva Jersey hasta California, de la Florida y Luisiana a Michigan y hasta Alaska. Hasta los años 30 del siglo pasado, la malaria frenaba una tercera parte de la producción industrial del sur de Estados Unidos.

Los zancudos transmisores de la malaria plagaron a Europa durante siglos, aniquilando ejércitos desde Alejandro el Grande hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando se comenzó a fumigar a los soldados con DDT. Después de la guerra, el DDT acabó con una epidemia de tifus en Europa y terminó con la malaria en Estados Unidos en 1952 y en Europa en 1961. También fue utilizado, a menudo sin cuidado y en exceso, para proteger las cosechas de insectos.

Pero en medio de tales grandes logros, Rachel Carson y el naciente movimiento ambientalista denunciaron que el DDT se estaba acumulando, con devastadoras consecuencias, en los cuerpos de la gente y de los animales. En lugar de proceder con investigaciones científicas para determinar si el DDT es dañino, lanzaron una campaña mundial que logró acabar con el uso del DDT en todo el mundo.

Esta prohibición no tuvo ningún costo para los estadounidenses ni para los europeos porque la malaria ya había desaparecido de sus países y cuando viajan a Africa se hospedan en lujosos y modernos hoteles y no suelen visitar los hospitales ni los hogares de las víctimas, por lo que no ven el sufrimiento de millones de gente pobre, cuyo bienestar alegan defender.

De esta manera, Africa se ha convertido en zona de sacrificios, donde las ideologías ambientales exigen la utilización exclusiva de medios políticamente correctos, como mosquiteros, para prevenir una enfermedad que es el principal asesino de nuestros hijos. La prohibición del DDT es un crimen contra la humanidad, al dejar que 300 millones de madres, padres y niños africanos sufran año tras año de malaria.

Hoy en día, 65 años después de que el DDT fue por primera vez utilizado para controlar esta horrible enfermedad, ninguna otra sustancia es tan efectiva ni tan barata contra enfermedades transmitidas por mosquitos. No hay tampoco ninguna prueba que su utilización responsable sea dañina. Por ello, cientos de médicos, sacerdotes y defensores de los derechos humanos exigen la aprobación de su utilización. Por fin la Organización Mundial de la Salud y USAID están oyendo ese clamor y permitiendo fumigaciones en el interior de las viviendas.

El programa de DDT de Sudáfrica ha reducido en 80 por ciento los casos de malaria en 18 meses, sin ninguna consecuencia negativa para el medioambiente. Experiencias similares se han logrado en otros países africanos. Pero a pesar de ello, en Europa amenazan con la suspensión de importaciones agrícolas y demás sanciones contra los países que utilizan DDT para salvar vidas. Los organismos de ayuda internacional rehúsan apoyo a países que utilizan DDT, mientras prometen mosquiteros que nunca llegan y vacunas que tomarán años en aparecer.

Mientras tanto, los activistas del ambiente siguen mintiendo descaradamente respecto al DDT y asustando con futuros desastres.

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Politización de la ciencia

por Patrick Basham y John Luik

Patrick Basham es académico asociado del Cato Institute y director del Democracy Institute.

John Luik es académico titular del Democracy Institute.

Los conciertos Live Earth fueron reclamos contra los cambios climáticos descritos en el reciente informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (PICC) que inspiraron la participación de gente como Al Gore y Shakira.

Lamentablemente, PICC ha fomentado que se le dé la espalda a las investigaciones científicas, logrando así politizar la ciencia. El nivel de certitud científica se alcanza cuando existe 95 por ciento de probabilidad de que suceda lo que se prevé. Pero con el calentamiento global, ni lejanamente se alcanza ese nivel que comprobaría que se debe a la acción humana.

PICC alega 26 indicaciones “probables”, queriendo decir que sus chances de ser verdad están por encima de 66 por ciento. Pero aplicando esa misma regla, ¿cuán seguro se sentiría usted si le dijeran que los frenos de su automóvil funcionarán 14 de cada 20 veces?

Es importante, entonces, diferenciar entre lo que es realmente un conocimiento científico y lo que son posturas políticas en el informe del PICC. Por ejemplo, el alegato clave es que “probablemente” ha ocurrido calentamiento causado por los humanos en los últimos 50 años.

Las reglas aplicadas al PICC no exigen una revisión de sus conclusiones por científicos, sino por parte de los gobiernos, pero sí exigen que se hagan los mayores esfuerzos por lograr un consenso. Tales reglas comprueban que no se trata de un proceso científico, sino de procedimientos politizados y poco confiables, sujetos a posibles falsificaciones.

Imponer una revisión política a un proceso científico corrompe el proceso al estar la ciencia sujeta a decisiones políticas. Es decir, se utiliza la ciencia para servir fines políticos, en lugar de estar la política sujeta a las reglas de la verdad científica.

Algunos analistas han llegado al extremo de declarar que expresar dudas sobre la ciencia del cambio climático equivale a mantener que no se produjo el holocausto contra los judíos entre 1939 y 1945. Es decir, antes de comenzar cualquier debate todos deben estar claros sobre quiénes son los buenos y quiénes son los malos.

Por la otra parte, aquellos científicos que siguen teniendo dudas respecto al calentamiento y sus causas insisten en la aplicación de normas de evidencia científica en el debate, además de asegurarse de que no se llegue, antes de tiempo, a conclusiones politizadas en la actual controversia científica.

La inconveniente realidad es que Al Gore y sus amigos están totalmente equivocados sobre la evidencia científica. Utilizando normas científicamente comprobadas no hay prueba de que nosotros somos la causa de los aumentos en la temperatura terrestre y, mucho menos, que tales aumentos de temperatura causarán una catástrofe ambiental.

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Engaños del etanol

por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

No me hace ninguna gracia que ponerle gasolina a mi automóvil cuesta más que cenar en un restaurante con mi esposa. Pero aún más me molestan los engaños, mentiras y calumnias de políticos y burócratas que politizan y empeoran el problema, al mismo tiempo que encubren los errores de sus programas, leyes y dañinas regulaciones.

En 2006, cuando la gasolina se vendía a 3 dólares el galón, la industria petrolera de Estados Unidos incluyendo al sector refinación obtuvo una ganancia promedio de alrededor de 10 centavos de dólar por galón vendido, mientras que el gobierno federal recibía 18 centavos por galón en impuestos directos sobre la venta y los estados bastante más: 60 centavos por galón en Nueva York y 46 centavos en Florida.

Entonces, ¿quiénes son los especuladores?, ¿los ejecutivos y accionistas de las petroleras que arriesgan miles de millones de dólares en exploración, extracción, transporte, refinación y distribución o los políticos que nos arrancan una mayor tajada, han impedido la construcción de nuevas refinerías, prohíben la extracción petrolera en las costas de Estados Unidos y en Alaska, al mismo tiempo que permiten la operación del cartel de la OPEP y subsidian proyectos antieconómicos como el etanol? Es posible que en Brasil produzcan etanol derivado de la caña de azúcar a costos razonables. Pero la azúcar en Estados Unidos es un oligopolio ineficiente, protegido por ambos partidos, y los nuevos subsidios están dirigidos a la producción de etanol derivado del maíz. El problema es que se gasta más energía en su producción de la que se obtiene como combustible y se ha disparado el precio del maíz, afectando el costo de los alimentos porque 70 por ciento del maíz se utiliza para alimentar al ganado y pollos.

Según la investigación realizada por la Universidad de Cornell, la producción de etanol es un “insostenible subsidio para quemar alimentos” porque se requieren 530 litros (140 galones) de combustibles para sembrar, cultivar y recoger la cosecha de un acre de maíz. Esto significa que antes de comenzar a procesar el maíz para convertirlo en etanol ya se ha incurrido un costo de más de un dólar por galón.

Según el profesor David Pimentel de Cornell, se requiere la utilización de 70 por ciento más energía en la producción de etanol que la energía contenida en el etanol mismo. Añade: “la producción de maíz en Estados Unidos erosiona las tierras 12 veces más rápido de lo que se logran restablecer y su irrigación requiere 25 por ciento más del agua recuperada en los pozos… El maíz no debe ser considerado como un recurso renovable en la producción de energía, especialmente cuando el alimento humano se está convirtiendo en etanol”.

Pimentel aclara que “el automóvil promedio que recorre 10 mil millas al año utilizando solamente etanol como combustible gasta 852 galones, lo cual requiere 11 acres de siembras de maíz, tierras que podrían alimentar a siete personas”.

Todo el ruido de Washington con el etanol no es otra cosa que propaganda política para esconder dádivas y subsidios a la poderosa industria agrícola del medio oeste, con fines puramente electorales. Se trata de miles de millones de dólares en subsidios, cuyo costo no aparece en el precio de la mezcla de gasolina con etanol. Y la industria petrolera de Estados Unidos, satanizada por Al Gore y congresistas populistas, no se atreve a denunciar los engaños de los políticos, pero ya hay indicaciones de que están reduciendo sus inversiones y la cantidad de petróleo refinado.

Como decía Ronald Reagan: “el gobierno no soluciona problemas, los subsidia”.

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El ambientalismo y otros retos de la época actual

por Václav Klaus

Václav Klaus es Presidente de la República Checa. Este ensayo está basado en el discurso que él dio en el Cato Institu

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