31 de diciembre de 1969

ambientalismo

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Capitalismo y medio ambiente

por Álvaro Bardón

Álvaro Bardón es Profesor de economía de la Universidad Finis Terrae y fue presidente del Banco Central de Chile.

El interés por preservar y cuidar los recursos naturales, el paisaje y el ambiente limpio aparece, crece y se desarrolla con rapidez a la par del mejoramiento del ingreso y el nivel de vida de la gente. Cuando ésta es pobre y se encuentra a niveles de subsistencia, con hambrunas y variadas insatisfacciones, no aprecia la calidad del medio ambiente. Éste es una especie de bien superior, que se desea mucho más en la medida en que mejora el nivel de ingreso. Los pobres están más preocupados de sobrevivir, recolectar y aun depredar para alimentar a los hijos, antes que pasar frío contemplando el bosque nativo.

Por lo tanto, si usted está verdaderamente interesado en el cuidado del medio ambiente, lo primero es velar por un rápido desarrollo productivo, que aumente el ingreso de los pobres y los haga incorporar en su demanda este bien superior medioambiental. Así que no les crea más a los medioambientalistas fanáticos y "progresistas" que aparecen a cada rato saboteando procesos productivos, la inversión y la incorporación de nuevos recursos naturales, bosques, islas y demás que aumentan el empleo e ingreso de los pobres. Es, precisamente, ese mejor nivel de vida el que llevará a las personas a valorar el medio ambiente, la limpieza y la mejor calidad de vida, algo que no se puede exigir a quienes viven en niveles de subsistencia, con hijos hambrientos.

Ahora bien, ¿bajo qué modalidad de organización económica, social y política los pueblos han logrado aumentar su ingreso y nivel de vida, de manera indefinida y, como resultado de ello, la calidad del medio ambiente? Obviamente, con el capitalismo liberal, abierto y competitivo, basado en el respeto de los derechos personales, comenzando por el de propiedad.

¿No se han dado cuenta de que los ambientes más limpios y de mayor belleza compatibles con amplias poblaciones se dan en Norteamérica, Europa Occidental, Oceanía y algo en América Latina y el Asia que comenzó a crecer?

¿No ha leído respecto de la mugre masiva de las ciudades, ríos, lagos, casas, hoteles, campo y calles en los países y ciudades que fueron o son comunistas? En esto del cuidado y limpieza del medio ambiente —así como antes con las tasas de inversión y el nivel de desarrollo—, los socialistas siempre critican con desparpajo las fallas del capitalismo, pero nunca han reconocido nada de su reiterado fracaso, que insisten en vendernos.

Las fórmulas de planificación central no sirven, así como tampoco las clásicas recetas de legislarlo todo y colocar reglamentos e inspectores caros e inútiles, que sólo dificultan el desarrollo, en especial entre los grupos medios y populares.

¿Cuánto más creceríamos si se hiciera una ley ambiental más liberal, con sistemas de seguros y arbitrajes expeditos? ¿Y cuánto mejoraría el medio ambiente con el aumento del ingreso de los más pobres, lo que automáticamente los sacaría de la depredación? ¿Y cuánto más si extendiéramos la propiedad privada? ¿Cuánto ingreso, empleos e inversión hemos perdido con una legislación ambiental inadecuada?

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

La separación de la basura

por Xavier Sala-I-Martin

Xavier Sala-i-Martín es catedrático de Columbia University y Profesor Visitante de la Universidad Pompeu Fabra.

Hace unas semanas se produjo en China una curiosa epidemia de enfermedades de transmisión sexual. Curiosa, porque la causa no fue, como cabría esperar, el desenfreno carnal sino unas gomas de cabello. Si, si. Unas gomas de cabello que, al parecer, habían sido hechas con… (por favor no se rían): ¡condones reciclados!

Y es que el último grito en moda medioambientalista pide que compremos papel reciclado, que pongan cánones a la bolsas de plástico del supermercado, que usemos botellas de cristal y, ¿cómo no?, que separemos las basuras en contenedores de colores.

La idea del reciclaje no es nueva. Nuestros antepasados lo hacían porque al ser tanta la escasez en la que vivían, valía la pena reutilizarlo casi todo. Durante los dos últimos siglos los costes de producción se han reducido mucho. Para muchos productos, eso ha significado que sea más barato tirarlos una vez utilizados que lavarlos, reciclarlos y volverlos a usar. Paralelamente a este progreso tecnológico han aparecido unos grupos de presión a los que les disgusta que la gente tenga la libertad de desechar lo que le plazca y eso ha hecho que, desde el punto de vista del reciclaje, los productos del mundo se dividan hoy en cuatro grupos.

Primero están los bienes que reciclamos voluntariamente: las cuberterías de acero inoxidable, los platos de duralex (no los de papel), o la ropa son ejemplos de bienes que todos preferimos lavar y reutilizar. Fíjense que para que la gente recicle este tipo de productos no hacen falta ni regulaciones, ni cánones, ni propaganda institucional.

En el otro extremo están los productos que nadie quiere reciclar como el papel higiénico. En este grupo también hay bienes que nuestros abuelos reciclaban y nosotros, al tener alternativas mejores, no como los pañales de los bebés o las compresas femeninas (que antiguamente eran de tela y se reutilizaban tras un lavado).

El tercer grupo de bienes son los que no se reciclarían si no fuera por el marketing medioambiental. Perdón. No es marketing. Son “campañas de sensibilización”. En este grupo está el papel: durante el “día de la tierra” los maestros llevan a los niños de excursión a la montaña y, tras plantar un bonito árbol, les explican que cada vez que pintan un folio, están matando a una criatura tan preciosa como la que acaban de plantar. Independientemente de los daños psicológicos que sufren los pobres chavales cada vez que hacen los deberes, nadie les explica que el papel proviene de árboles plantados expresamente para ser transformados en papel. Reciclar papel para salvar a los árboles tiene tanto sentido como reciclar pan para salvar al trigo o reciclar boniatos para salvar… a otros boniatos.

En cualquier caso, para los árboles (que no para los pobres boniatos) la propaganda tiene tanto éxito que alguna gente está dispuesta a pagar por un papel de ínfima calidad lo que hace que algunas empresas tengan incentivos a reciclarlo.

El cuarto y más problemático grupo incluye aquellos bienes que no se reciclan voluntariamente ni siquiera después de “campañas de sensibilización” pero a los que los medioambientalistas no renuncian. Aunque últimamente está creciendo la popularidad del canon a las bolsas de plástico, el producto estrella aquí todavía es la basura: esa basura que debe separarse en preciosos contenedores de colores. Dado que los ciudadanos normales no separarían la basura por iniciativa propia porque el coste de hacerlo es demasiado alto y el beneficio nadie sabe dónde está, los activistas recurren al estado para que nos obligue bajo amenaza de multas y sanciones. Además, crean un cuerpo de vigilantes de bazofias para perseguir a quien utilice el contenedor equivocado, obligan a las empresas a llevar “contabilidades de residuos” y aparecen consultores (que, lógicamente, son los propios medioambientalistas) que cobran por asesorarnos sobre cómo cumplir con el reglamento.

A pesar de su popularidad, nadie ha demostrado que los costes de separación de basuras (que incluyen las molestias que sufrimos los ciudadanos, el espacio que ocupan tantos containers en casas de 50 m2 y los gastos de recogida selectiva de residuos) sean inferiores a los beneficios sociales asociados a algún tipo de misteriosa externalidad que nadie ha conseguido medir. De hecho, hay evidencia de que la separación en casa es ineficiente hasta el punto que cada vez son más los ayuntamientos y empresas de recogida que deciden separar los desechos ellos mismos, un fenómeno que en Estados Unidos se llama “single stream recycling”. La empresa texana Waste Management, encargada de recoger la basura de 20 millones de familias, hace tiempo que se ha pasado al “single stream”, a pesar de que este método les obligue a pagar unos costes de separación que en el sistema tradicional asumen los ciudadanos en casa.

Antes de que el establishment de la corrección política me condene a la pira purificadora, déjenme clarificar que no estoy sugiriendo que la gente no tenga derecho a reciclar. La gente tiene derecho a practicar los rituales que crean que mejor les acercan a sus dioses, sean éstos cristianos, musulmanes, paganos o medioambientales. Lo que es inaceptable es que alguna de estas religiones nos obligue a los infieles a participar en sus liturgias simplemente porque no creemos en ellas. Garantizar nuestra libertad manteniendo la separación entre estado e iglesia (y eso incluye a la iglesia medioambientalista) es mucho más importante para nuestro bienestar que la separación de la basura.

El planeta no está tan caliente

por Patrick Michaels

Patrick Michaels es Académico Titular de Estudios Ambientales para Cato Institute.

Si un estudio científico publicado en una importante revista académica dijese que el planeta se ha calentado el doble de lo que se estimaba, sería una noticia estelar en los principales periódicos del mundo. Pero, ¿qué sucedería si se publica una investigación que demuestra que el planeta probablemente se ha calentado solo la mitad de lo que originalmente se había estimado? Nada.

Hace un mes, Ross McKitrick de la Universidad de Guelph en Canadá y yo publicamos un manuscrito en el Journal of Geophysical Research-Atmospheres diciendo precisamente eso. Los científicos han sabido desde hace muchos años que los registros de temperaturas pueden estar contaminados por el denominado “calentamiento urbano”, el cual resulta del hecho de que los historiales de temperaturas a largo plazo suelen haberse originado en puntos de comercio. Los ladrillos, los edificios, y el pavimento de las ciudades retienen el calor del día e impiden el flujo de vientos refrescantes.

Por ejemplo, el centro de Washington, D.C. es más caliente que el cercano (y más rural) aeropuerto de Dulles. Conforme los edificios del gobierno y de las empresas se expanden a lo largo de la carretera de acceso a Dulles, esa zona también está comenzando a calentarse comparado con las áreas más rurales hacia el oeste.

Ajustando la información para este efecto, o utilizando solo las estaciones rurales, el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en ingles) señala con certeza que menos del 10% del calentamiento observado en los historiales del clima a largo plazo se debe a la urbanización.

Esta es una hipótesis maravillosa y Ross y yo decidimos ponerla a prueba. Sugerimos que otros tipos de sesgos todavía están afectando los registros históricos del clima. ¿Qué hay de la calidad de la red nacional climatológica y de la aptitud de los observadores? Otros factores incluyen el movimiento o cierre de estaciones climáticas y la modificación de las superficies locales, como lo es reemplazar un bosque con una plantación de maíz.

Muchos de estos son indicadores socio-económicos, así que construimos un modelo computarizado que incluía tanto los factores climáticos regionales, como la latitud, además de indicadores socio-económicos como el PIB, y lo aplicamos a la historia de temperaturas del IPCC.

El equipo para la medición del clima es bastante sensible. El típico receptor de temperatura es de color blanco. Si la pintura se consume o destiñe, el receptor absorbe más del calor del sol y el termómetro que tiene adentro leerá temperaturas artificialmente más altas. Pero mantener las estaciones de temperaturas bien pintadas probablemente no es la principal prioridad de un país pobre.

El IPCC divide al mundo en cajas a lo largo de las líneas de latitud, y para cada una de estas nosotros presentamos información acerca del PIB, la tasa de alfabetización, la cantidad de información faltante (una medida de la calidad), el cambio en la población, el crecimiento económico y el cambio en el consumo de carbón (mientras más consumo haya, más fría es el área).

¿Adivinen qué? Casi todas las variables socio-económicas eran importantes. Descubrimos que la información era de la más alta calidad en Norteamérica y que estaba contaminada en África y Sudamérica. En general, encontramos que los sesgos socio-económicos “probablemente añaden un calentamiento neto a nivel global que podría explicar hasta la mitad de la tendencia de calentamiento observada a nivel de la tierra”.

Luego modificamos la información sobre temperaturas del IPCC para que reflejara estos sesgos y comparamos la distribución estadística del calentamiento con la información original del IPCC y con las mediciones satelitales de las temperaturas atmosféricas más bajas que hay desde 1979. Como estas provienen de una sola fuente (el gobierno estadounidense) y no tienen contaminación urbana alguna, probablemente están muy poco afectadas por los factores económicos. Y así fue: la información ajustada del IPCC se parece mucho a la información satelital.

¿Dónde estuvo la prensa? Una búsqueda de Google revela que con la excepción de algunas citas en blogs, el único reportaje importante se publicó en el Financial Post de Canadá.

Hay varias razones por las cuales la prensa brinda muy poca cobertura a la ciencia que indica que el calentamiento global no es el fin del mundo. Una de ellas es el sesgo en la misma literatura científica. En teoría, asumiendo una investigación climática libre de sesgos, cada nuevo descubrimiento debería tener una probabilidad igual de indicar que las cosas seguirán siendo más o menos calientes, o peor de lo que pensábamos, o no tan mal. Pero, cuando alguien descubre que solo hay la mitad del calentamiento que pensábamos que había, y la historia es completamente ignorada, ¿qué dice esto acerca de la naturaleza de la cobertura en sí?

Este artículo fue publicado originalmente en el Diario de Hoy el 12 de enero de 2008.

Calentamiento Global: Relájense un poco

por Bjørn Lomborg

Bjorn Lømborg es profesor adjunto de la Copenhagen Business School y autor de Cool It: The Skeptical Environmentalist's Guide to Global Warming.

Dejen de pelearse por el calentamiento global—aquí está la manera inteligente de atacarlo.

Todas las miradas están puestas sobre los glaciares que se derriten en Groenlandia. Este año, delegaciones de políticos estadounidenses y europeos han peregrinado a una de estas masas de hielo en Ilulissat, donde declaran estar viendo ocurrir el cambio climático delante de sus ojos.

Curiosamente, algo que rara vez es mencionado es que las temperaturas en Groenlandia eran más altas en 1941 que lo que son hoy. O que las tasas de derretimiento alrededor de Ilulissat eran más altas durante la primera parte del último siglo, de acuerdo a un nuevo estudio. Y mientras las delegaciones aterrizan primero en Kangerlussuaq, alrededor de 100 millas al sur, todos cambian de avión para ir directamente a Ilulissat—tal vez porque el glaciar de Kangerlussuaq está creciendo inconvenientemente rápido.

Indico esto no para cuestionar la realidad del calentamiento global o el hecho de que en gran parte es causado por los seres humanos, sino debido a que la discusión acerca del cambio climático se ha vuelto una pelea desagradable, con un bando argumentando que estamos dirigiéndonos hacia una catástrofe y el otro sosteniendo que todo es una gran mentira. Yo sostengo que ninguno de los dos bandos está en lo correcto. Está mal negar lo obvio: La Tierra se está calentando y nosotros lo estamos causando. Pero esa no es toda la historia y las predicciones de un desastre que se aproxima simplemente no cuadran con la evidencia.

Tenemos que redescubrir el punto medio en el que podamos tener una conversación sensible. No deberíamos ignorar el cambio climático o las medidas que lo podrían combatir. Pero deberíamos ser honestos acerca de los defectos y costos de esas medidas, como también acerca de los beneficios.

Los grupos ambientalistas dicen que la única manera de lidiar con los efectos del calentamiento global es reducir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono—un proyecto que le costará al mundo billones (solamente el Protocolo de Kyoto costaría $180 mil millones al año). Las investigaciones que he realizado a lo largo de la última década, comenzando con mi primer libro El Ambientalista Escéptico, me han convencido de que esta actitud no tiene sentido; implica gastar una cantidad exorbitante de dinero para lograr muy poco. En cambio, deberíamos estar pensando creativamente y pragmáticamente sobre cómo podríamos combatir los numerosos y más importantes retos que enfrentan a nuestro planeta.

Nadie sabe con certeza cómo ocurrirá el calentamiento global. Pero deberíamos hablar acerca de los cálculos más ampliamente aceptados. De acuerdo al Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, pos sus siglas en inglés), los niveles de los océanos aumentarán en este siglo entre 15 y 60 centímetros, con la mejor expectativa siendo alrededor de 30 centímetros, principalmente debido a que el agua se expande mientras más se calienta. Esto es similar a lo que el mundo experimentó en los últimos 150 años.

Algunos individuos y organizaciones ambientalistas se quejan de que el IPCC ha subestimado severamente el derretimiento de los glaciares, especialmente en Groenlandia. En realidad, el IPCC ha calculado el derretimiento probable de Groenlandia (contribuyendo un poco más de dos centímetros y medio al nivel del mar en este siglo) y en Antártica (la cual, porque el calentamiento global generalmente produce más precipitación, de hecho acumulará hielo en lugar de perderlo, haciendo que el nivel del mar sea de cinco centímetros menos para el 2100). En estos momentos, las personas están preocupadas por un aumento dramático en la tasa de derretimiento de Groenlandia. Esa tasa parece ser transitoria, pero si es sostenida podría añadir ocho centímetros, en lugar de dos y medio, al aumento en el nivel del mar para fines de este siglo.

Un aumento de dos centímetros y medio en el nivel del mar no es una catástrofe, aunque si representaría un problema, particularmente para las naciones que son islas pequeñas. Pero acordémonos que muy poca tierra se perdió cuando los niveles del mar aumentaron durante el siglo anterior. Cuesta relativamente poco proteger a la tierra de la marea que sube: Podríamos dragar los pantanos, construir diques y redirigir los cuerpos de agua. Mientras que las naciones se enriquecen y la tierra se vuelve un bien cada vez más escaso, este proceso cada vez tiene más sentido: Como nuestros padres y abuelos, nuestra generación se asegurará de que el agua no se lleve tierra que vale mucho.

El IPCC nos dice dos cosas: Si nos concentramos en el desarrollo económico e ignoramos el calentamiento global, es probable que experimentemos un aumento de 33 centímetros en el nivel del mar para el 2100. En cambio, si nos enfocamos en las preocupaciones ambientales y, por ejemplo, adoptamos las severas reducciones en emisiones de carbono que muchos grupos ambientalistas promueven, esto podría reducir el aumento en aproximadamente de trece centímetros. Pero reducir las emisiones tiene un costo: Todo el mundo sería más pobre en el 2100. Con menos dinero circulando para proteger a la tierra del mar, reducir las emisiones de carbón significaría que más tierra seca se perdería, especialmente en regiones vulnerables como Micronesia, Tuvalu, Vietnam, Bangladesh y las Maldivas.

Mientras que el nivel del mar aumenta, también lo harán las temperaturas. Parecería lógico esperar más olas de calor y por lo tanto más muertes. Pero aunque este dato recibe mucha menos atención, las temperaturas en aumento también reducirán el número de olas de frío. Esto es importante porque las investigaciones demuestran que el frío es mucho más mortal que el calor. De acuerdo a la primera encuesta revisada por expertos sobre los efectos del cambio climático en la salud, el calentamiento global de hecho salvará vidas. Se estima que para el 2050, el calentamiento global causará alrededor de 400.000 muertes más relacionadas al calor. Pero al mismo tiempo, 1,8 millones de personas menos morirán del frío.

El Protocolo de Kyoto, con sus reducciones drásticas de emisiones, no es una manera sensible de evitar que las personas mueran de olas de calor. A un costo mucho más bajo, los diseñadores urbanos y los políticos podrían reducir las temperaturas más efectivamente plantando árboles, añadiendo facilidades de agua y reduciendo la cantidad de asfalto en las ciudades que están en riesgo. Los cálculos muestran que esto podría reducir las temperaturas pico en las ciudades en más de 7 grados Celsius.

El calentamiento global cobrará vidas de otra manera: aumentando el número de personas en riesgo de contraer malaria en un 3 por ciento a lo largo de este siglo. De acuerdo a los modelos científicos, implementar el Protocolo de Kyoto durante el resto de este siglo reduciría el riesgo de contraer malaria en solo un 0,2 por ciento.

Por otro lado, podríamos gastar $3.000 millones anualmente—2 por ciento del costo del Protocolo—en redes para proteger de mosquitos y medicamentos para reducir la incidencia de malaria en casi la mitad dentro de una década. La tasa de muertes causadas por malaria está aumentando en África Sub-Sahariana, pero esto nada tiene que ver con el cambio climático y mucho que ver con la pobreza: a los gobiernos pobres y corruptos se les hace difícil implementar y financiar el rociamiento y la provisión de redes para mosquitos que ayudarían a erradicar la enfermedad. Aún así, por cada dólar que gastamos salvando una persona a través de medidas como el Protocolo de Kyoto, podríamos haber salvado 36.000 mediante una intervención directa.

Por supuesto, no solo nos importan los seres humanos. Los ambientalistas indican que criaturas magníficas como los osos polares se extinguirán por el calentamiento global conforme su helado hábitat se derrite. Kyoto salvaría solo un oso al año. Aún así, cada año los cazadores matan entre 300 y 500 osos polares, de acuerdo a la Unión de Conservación Mundial. Prohibir esta carnicería sería barato y fácil—y mucho más efectivo que un pacto global acerca de la reducción de emisiones de carbono.

Por donde sea que se lo mire, la inevitable conclusión es la misma: Reducir las emisiones de carbono no es la mejor manera de ayudar al mundo. No digo esto solamente por llevar la contraria. Debemos hacer algo acerca del calentamiento global a largo plazo. Pero me frustra nuestra obsesión con medidas que no lo lograrán.

En 1992, las naciones ricas prometieron reducir las emisiones a los niveles de 1990 para el año 2000. Las emisiones crecieron en un 12 por ciento. En 1997 prometieron reducirlas en un 5 por ciento por debajo de los niveles de 1990 para el año 2010. Aún así es probable que los niveles sean 25 por ciento más altos de lo que se deseaba.

El Protocolo de Kyoto expirará en el 2012. Los miembros de la ONU estarán negociando su reemplazo en Copenhagen a finales del 2009. Los políticos insisten que el “próximo Kyoto” debería ser aún más duro. Pero luego de dos fracasos espectaculares, debemos preguntar si la actitud de “intentémoslo de nuevo, y esta vez apuntemos a unas reducciones aún mayores” es la correcta.

Aún si las promesas anteriores de los funcionarios se hubiesen cumplido, no habrían servido prácticamente de nada, y nos hubieran costado una fortuna. Los modelos climáticos muestran que Kyoto hubiera pospuesto los efectos del calentamiento global por siete días al final del siglo. Aún si EE.UU. y Australia hubiesen firmado el protocolo y todos los firmantes hubiesen obedecido los lineamientos de Kyoto por el resto del siglo, pospondríamos los efectos del calentamiento global por solamente cinco años.

Los que proponen pactos como Kyoto quieren que gastemos cantidades enormes de dinero que logran muy poco para el bien del planeta de aquí a cien años. Debemos encontrar una manera más inteligente de actuar. El primer paso es focalizar nuestros recursos en hacer que las reducciones de emisiones de carbono sean mucho más fáciles.

El costo típico de reducir una tonelada de dióxido de carbono es actualmente $20/tonelada. No obstante, de acuerdo a una abundante literatura científica, el daño de una tonelada de carbón en la atmósfera es de alrededor de $2. Gastar $20 para hacer $2 de bien no es un curso de acción inteligente. Podría hacer que usted se sienta bien, pero no detendrá al calentamiento global.

Necesitamos reducir el costo de reducir emisiones de $20/tonelada a, por ejemplo, $2. Esto implica que ayudar al medio ambiente no solamente sería algo que los ricos puedan hacer sino algo que todos podríamos hacer—incluyendo China e India, países que se espera que sean los principales emisores durante el siglo XXI pero que tienen problemas más importantes con las cuales lidiar antes que el cambio climático.

La manera de lograr esto es aumentando dramáticamente el gasto en investigaciones y desarrollo de energía de baja intensidad de carbono. Idealmente, cada nación podría comprometerse a gastar 0,5% de su producto interno bruto explorando tecnologías energéticas que no emitan carbono, ya sean el viento, las olas, o la energía solar, o capturando emisiones de dióxido de carbono de plantas de energía. Este gasto podría añadir alrededor de $25.000 millones al año pero todavía sería siete veces más barato que el Protocolo de Kyoto y aumentaría por un factor de 10 el gasto global en investigación y desarrollo. Todas las naciones estarían involucradas, aunque las más ricas pagarían las porción más grande.

Debemos aceptar que el cambio climático es real y que hemos ayudado a causarlo. Esto no es un chiste. Pero tampoco es un Apocalipsis cercano.

Para algunas personas, reducir las emisiones de carbono se ha vuelto la respuesta, sin importar la pregunta. Se dice que reducir las emisiones de carbono es nuestra “misión generacional”. Pero, ¿no queremos implementar medidas más eficientes antes de recurrir a eso?

Combatir los verdaderos retos climáticos que enfrentan el planeta—malaria, más muertes por el calor, poblaciones de osos polares en declive—muchas veces requiere de medidas más simples y menos glamorosas que reducciones en las emisiones de carbono. También necesitamos recordar que en el siglo XXI habrán muchos otros retos, para los cuales necesitamos soluciones de bajo costo y durables.

Yo conformé el Consenso de Copenhagen en el 2004 para que algunos de los principales economistas del mundo pudieran reunirse y preguntar no solo en dónde podemos hacer bien, sino a qué costo, y para priorizar las mejores cosas que el mundo debería hacer al respecto. Las principales prioridades que ellos han determinado son lidiar con las enfermedades contagiosas, la malnutrición, la investigación agrícola y el acceso del primer mundo a la agricultura del tercer mundo. Por menos de un quinto del precio de Kyoto, podríamos lograr todas esas cosas.

Obviamente también deberíamos trabajar en encontrar una solución a largo plazo para el calentamiento global. Resolverlo requerirá de casi un siglo y de voluntad política a través de distintos partidos políticos, continentes y generaciones. Si invertimos en investigaciones y desarrollo, estaremos haciendo un gran bien a largo plazo, en lugar de simplemente hacernos sentir mejor a nosotros mismos hoy.

Pero aceptar la mejor respuesta al calentamiento global es difícil entre tanta pelea amarga que deja afuera el diálogo sensible. Así que primero, en verdad necesitamos calmar el debate.

Este artículo fue originalmente publicado en el Washington Post (EE.UU.) el 7 de octubre de 2007.

Etanol, la nueva religión

por Porfirio Cristaldo Ayala

Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario.

Los devotos de los biocombustibles aseguran que éstos cambiarán el mapa político mundial, liberarán a los países pobres de su dependencia de los países ricos, reducirán el calentamiento global y la contaminación ambiental, atraerán inversiones a los países en desarrollo, crearán empleos para los pobres, restringirán el terrorismo, ahorrarán divisas, traerán una mayor democracia global, en fin, solucionarán todos los problemas imaginables. La fe en los biocombustibles es la nueva religión mundial, una mezcla de estatismo de izquierda y derecha (de Lula a Bush), ecologismo, nacionalismo y la vieja teoría de la dependencia. Solo se precisa de buenas políticas públicas, dicen. No es cierto; sin subsidio estatal, todo se derrumba.

Los vehículos que funcionan con etanol o biodiesel consumen no solo etanol y biodiesel sino también el aporte obligatorio de los contribuyentes, incluso de los muy pobres y de los ciudadanos de a pié, quienes con gran esfuerzo pagan sus impuestos. La industria de los biocombustibles, para despegar, necesita del subsidio estatal. Una vez que crezca y se consolide, y que el precio del petróleo haya aumentado lo suficiente, entonces el etanol supuestamente no necesitará más subsidios ni la protección del gobierno. Pero en EE.UU. hay industrias, como la del acero, que después de 100 años siguen siendo subsidiadas.

Se habla tanto de los biocombustibles que mucha gente está convencida que representan una verdadera solución al creciente costo del petróleo, un combustible que los creyentes aseguran se está acabando rápidamente. Pero, ¿qué ocurrirá si las reservas de petróleo no disminuyen y los precios no se disparan? En ese caso, el gobierno se verá forzado a eliminar los subsidios al etanol, agricultores e industriales abandonarán su producción y se habrá perdido toda la inversión realizada en el sector. Y, lo que es peor, el subsidio realizado con los impuestos de la gente se habrá derrochado inútilmente.

La apuesta a los biocombustibles es un juego de alto riesgo que los burócratas, viendo a corto plazo y alentados por grupos interesados, realizan no con patrimonio propio, sino con el esfuerzo y ahorros de la gente. El fracasado programa Pro-Alcohol en Brasil dilapidó 9.000 millones de dólares en subsidios. El petróleo, pese a los ecologistas de izquierda, está lejos de acabarse. Las proyecciones de precios del petróleo para el 2030 indican que estará en el orden de 59 dólares por barril (EIA 2007). Y en la medida que suben los precios del petróleo también subirán los precios del etanol y biodiesel, dado el alto consumo energético requerido en la producción de biocombustibles.

La realidad es que las reservas globales de carbón, petróleo bituminoso y petróleo común son abundantes. El proceso que transforma carbón en petróleo se tornará rentable si el precio del petróleo se mantiene por encima de 50 dólares por barril. Existen reservas de carbón para 500 años de uso de petróleo. El futuro parece brillante.

Los biocombustibles, además, originan graves problemas ecológicos, al igual que otras fuentes renovables como el sol, viento e hidroeléctricas. Para generar 1.000 MW de electricidad, típico de una central nuclear, se requieren unas 600.000 hectáreas de cultivos de caña o maíz. Para generar la energía eléctrica que produce la central Itaipú mediante biocombustibles habría que cultivar más del doble de todo el territorio de Paraguay. Estudios recientes demuestran que los países pobres que en buena medida aún cocinan con leña, carbón o bosta de vaca, pueden ocasionar más daño que el CO2 proveniente de los vehículos de países desarrollados.

Un informe de las Naciones Unidas indica que el uso de maíz y caña de azúcar para producir biocombustibles puede ocasionar grandes hambrunas y miles de muertos. En Brasil, grandes superficies utilizadas para cultivos de subsistencia han sido reasignadas a biocombustibles y en muchos países el precio de los alimentos se ha incrementado.

Sí, esta nueva religión del etanol es altamente peligrosa para el bienestar mundial.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

Medio ambiente: Entre el fanatismo y lo razonable

por Andrés Mejía-Vergnaud

Es apenas natural que todos tengamos una preocupación por la condición del lugar donde vivimos. Si mi casa se deteriora, por ejemplo, esto me generará ansiedad, pues es posible que ese deterioro amenace con impedir que siga utilizándola como lugar de habitación.

En tal situación, yo podría optar por sentarme a componer una letanía, en la cual empiezo por asignar a la casa un estatus sacramental. A continuación enuncio un mito según el cual, en el pasado, quienes habitaron la casa vivían en perfecta armonía con ella, y eran la casa y sus habitantes una sola cosa, un solo ser. La letanía toma entonces el tono del “Paraíso Perdido” de Milton, y en ella aparezco de pronto yo, pecador, como único culpable del deterioro que ha sufrido la vivienda; mi pecado original, el cual causa mi caída en desgracia, es el haber roto esa mítica relación ancestral de paz y unión con la casa.

¿Y cómo termina la letanía? Del único modo en que podría terminar: con la profecía del fin. Gracias a mis pecados, en especial a mi codicia, y a mi irrefrenable ambición de vivir siempre mejor, la casa un día caerá sobre mí. Esto, que suena relativamente ridículo, es una versión sumaria de lo que sostiene la mayor parte del movimiento ambientalista hoy por hoy.

Vale aclarar, en este punto, que una crítica de estas actitudes irracionales no significa ignorancia o desprecio del problema. Sin duda la humanidad enfrenta problemas ambientales serios, pero la solución para estos no está en los mitos sino en las decisiones inteligentes.

Nadie ha caracterizado mejor esta tendencia irracional que el economista John Kay, en una columna del Financial Times en la que explica por qué al movimiento ambientalista se le debe tratar como una religión (enero 9 de 2007). Kay muestra que en esta visión existen todos los elementos de una concepción religiosa e irracional del hombre, su pasado y su destino. En opinión de Kay, el ambientalismo ha reemplazado al cristianismo y al marxismo como mitos fundamentales sobre la condición humana en la mentalidad occidental. Lamentablemente, eso ha llevado a que, frente a un problema tan serio como es el de la degradación del ambiente, casi no seamos capaces de ofrecer respuestas prácticas y efectivas.

Nos aferramos, por ejemplo, al mito de que “nosotros”, sin que sea claro qué significa ese pronombre, somos destructores por naturaleza, mientras que las comunidades indígenas y primitivas vivían en perfecta paz con la tierra. Como bien dice Kay, esto es simplemente falso: el hombre siempre ha sido un actor de muy alto impacto en su relación con al ambiente, y la historia de las comunidades nativas y primitivas está llena de casos de feroz devastación ecológica.

Esta visión ofrece también ideas sobre cómo será el desenlace, y estas son puramente místicas. En la más extrema, la condena es ya irreversible, y es además merecida: no habrá salvación para el planeta, y con él pereceremos todos. Otra versión del misticismo ambiental nos dice que nuestra única posibilidad de redención es una transformación radical, un regreso a aquellas épocas míticas en que se vivía en armonía con el ambiente. Eso implica desmantelar la estructura de la sociedad moderna, especialmente de su economía, y “regresar”, como propone Edward Goldsmith, a una vida en pequeñas comunidades, y con una economía concentrada en lo local. Y hay otra visión que me parece especialmente molesta, y es la de que el mundo se salvará si los occidentales, encabezados por el Arzobispo de Canterbury, quien nunca economiza en insensatez, le aclaramos a los pobres del tercer mundo que no pueden esperar un desarrollo económico igual al que tuvo el primer mundo. Occidente impondrá sobre ellos unas expectativas diferentes.

Los problemas ambientales, como ocurre con cualquier tipo de problema, requieren una aproximación racional, que considere costos y beneficios, y evalúe cada alternativa posible. Los ambientalistas irracionales, por su odio místico contra las sociedades capitalistas avanzadas, se niegan incluso a ver que, en muchos casos, ha sido el propio desarrollo de estas economías el que ha solucionado problemas ecológicos graves, Y hay razones para pensar que esto seguirá ocurriendo, aunque en muchos casos no hay duda de que será necesaria una dosis de acción colectiva. La cual, de nuevo, debe ser fruto de un proceso racional, y con la efectividad como objetivo.

Ambientalistas mortíferos

por Walter E. Williams

Walter Williams es profesor de economía en la Universidad George Mason y académico asociado del Cato Institute.

Los ambientalistas, con la ayuda de políticos y funcionarios del gobierno, tienen planes que pueden costar la vida a miles de personas.

Luego del huracán Betsy, que azotó a Nueva Orleáns en 1965, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos (U. S. Army Corps of Engineers) propuso se construyeran compuertas en el lago Pontchartrain, similares a las que protegen ciudades de Holanda. Estas se iban a construir en 1977, pero las organizaciones Fondo de Defensa del Ambiente y Salvemos Nuestros Pantanos buscaron una orden judicial para impedirlo.

Según el reciente libro de John Berlau, “Eco-Freaks: Environmentalism Is Hazardous to Your Health” (Estrafalarios del medio ambiente: Ambientalismo es peligroso para su salud), el Fiscal Gerald Gallinghouse declaró en el tribunal que no construir esas compuertas podía causar la muerte de miles de personas en Nueva Orleáns. Pero el juez Charles Schwartz procedió a emitir el interdicto contra la obra, a pesar de las evidencias presentadas de que no se dañaría el ambiente.

Nos dicen que el DDT hace daño a la gente y a los animales. Berlau, investigador del Competitive Enterprise Institute, mantiene que ningún estudio ha comprobado que el DDT sea tóxico para la gente. En una larga investigación, voluntarios ingirieron 32 onzas de DDT durante año y medio y 16 años más tarde no han sufrido efectos adversos a la salud.

A pesar de que se ha comprobado que el DDT, apropiadamente utilizado, no hace daño a las personas ni a los animales, los ambientalistas extremistas siguen luchando para que se mantenga su prohibición. Eso ha costado la enfermedad y muerte por malaria a millones de personas, especialmente en Africa. Después de la Segunda Guerra, el DDT salvó millones y millones de vidas en la India, el sureste asiático y América del Sur. En algunos casos, las muertes por malaria llegaron casi a cero. Desde la prohibición de DDT, se han disparado las muertes por malaria y los enfermos.

Los ambientalistas extremistas ven al DDT de manera diferente. Alexander King, co-fundador del Club de Roma, dijo: “En Guyana, en casi dos años, se había casi eliminado la malaria, pero al mismo tiempo se doblaron los nacimientos. Por lo tanto, mi mayor preocupación con el DDT, en retrospectiva, es que ha aumentado mucho el problema poblacional”. Jeff Hoffman, abogado ambientalista, escribió en grist.org: “la malaria era un control natural de la población y el DDT causó una explosión de la población en algunas partes donde acabó con la malaria. Y una pregunta más fundamental, ¿por qué los seres humanos deben tener prioridad sobre otras formas de vida?... No veo ningún respeto por los mosquitos…”

El libro de Berlau cita muchos otros ejemplos de desprecio por la vida humana de parte de los ambientalistas y explica cómo ellos utilizan a políticos como idiotas manipulables.

En 2001, miles de personas perecieron en el ataque terrorista al World Trade Center. A comienzos de los años 70, cuando se construía el World Trade Center, comenzaba el miedo al asbesto. Los constructores planeaban rociar asbesto, que se adhiere al acero, para retardar el fuego. Pero las autoridades de Nueva York cedieron ante los ambientalistas y prohibieron su uso. Un sustituto menos efectivo contra los incendios fue entonces aplicado.

Después del ataque terrorista, el Instituto Nacional de Normas y Tecnología (NIST) confirmó las preocupaciones de otros expertos sobre los sustitutos del asbesto, concluyendo que “aún con el impacto de un avión y la gasolina prendiendo fuegos a varios pisos, lo cual no suele ocurrir en los incendios de edificios, el edificio probablemente no se hubiera derrumbado si no hubiera sido por el revestimiento contra incendios”.

Por las restricciones contra el asbesto, nuestros buques de guerra son más vulnerables, lo cual es una invitación al desastre y la desgracia de la nave espacial Columbia fue el resultado de la insistencia de la EPA en que la NASA no utilizara freón en el material aislante.

El Congreso impone normas de consumo de gasolina a los automóviles, lo cual resulta en vehículos más livianos y más peligrosos. En 2002, la Academia Nacional de Ciencias estimó que tales normas causan 2 mil muertes al año. En 1999, el diario USA Today determinó que desde que esas normas fueron establecidas en los años 70, 46 mil personas murieron en choques que hubieran sobrevivido en vehículos más pesados.

Nada de esto es noticia para los políticos. Es que los extremistas del medio ambiente gozan del oído de los políticos, pero no las víctimas.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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