31 de diciembre de 1969

ambientalismo

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El Salvador: Engañados, pero felices

Cristina López G. dice que el Índice del Planeta Feliz publicado por la New Economics Foundation pretende disfrazar una agenda política con estadísticas que poco o nada dicen acerca de la felicidad de los individuos.

Mismas causas, mismos efectos

Alberto Benegas Lynch (h) dice que "Daría la impresión que lo que actualmente se vive en el mundo es una especie de fantasía absurda y ridícula que consiste en pretender la obtención de resultados distintos aplicando las mismas medidas".

Mito: El liberalismo clásico es anti-ecológico

Carlos Federico Smith describe los mecanismos de mercado que podrían mejorar la calidad del medio ambiente y resolver problemas de administración de recursos no renovables.

Verdades inconvenientes del "Climategate"

Patrick Michaels dice que "Mientras más averiguamos acerca de los—ahora públicos—correos electrónicos de la Unidad de Investigaciones Climáticas de la Universidad de East Anglia, más se asemeja todo a Watergate".

Ecuador: Ambientalistas obtusos

por Gabriela Calderón

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).

Guayaquil, Ecuador— “Ecuador será un país libre de transgénicos”, dijo el presidente de la Asamblea Constituyente, Alberto Acosta.1. Sería saludable tener líderes que cuando tratan de intervenir en cuestiones de suma importancia para la salud de los individuos, hagan un balance de los beneficios y perjuicios.

En el 2001 la Unión Europea publicó un resumen de 81 estudios científicos—comisionados por ella—en el cual se establecía que todos los estudios concluían que los procesos tecnológicos detrás de los transgénicos “probablemente los hacen más seguros que los cultivos tradicionales de plantas”.2 En el 2005 la Organización Mundial de Salud concluyó que “es improbable que [los organismos genéticamente modificados] presenten más riesgos para la salud humana que sus contrapartes convencionales”.3.

Indur Goklany en su libro The Improving State of The World (2007)4 argumenta que los beneficios de los transgénicos exceden sus potenciales perjuicios. La prensa se ha enfocado mucho en el sensacionalismo de las posibles consecuencias negativas por lo que yo utilizaré este espacio para destacar lo que Goklany dice acerca de los beneficios.

Él señala que hoy en día la agricultura constituye el 38% del uso de la tierra y 85% del consumo de agua fresca. No es una exageración, por lo tanto, decir que la principal amenaza al medio ambiente es conversión de hábitats naturales hacia el uso agrícola.

Lo ideal, si uno está genuinamente preocupado por el medio ambiente y el hambre, sería producir más alimentos en menos tierra. ¿Cómo se hace eso sin la ayuda de los transgénicos? Expandiendo la cantidad de tierras bajo cultivo. Si no se utilizan transgénicos el área bajo cultivo a nivel mundial aumentará por lo menos en 182 millones de hectáreas (Mha). No obstante, si se permite la biotecnología la cantidad de tierras bajo cultivo podría más bien ser reducida en 193 Mha para 2050.

Si el hambre es un problema de urgencia y seguramente lo es para los 854 millones de individuos que actualmente tienen deficiencias calóricas, los transgénicos podrían ser la respuesta.

Un ejemplo de esto es el algodón Bt en la India. Este país es el tercer productor más importante de algodón en el mundo y el algodón es uno de los cultivos que más pesticidas requiere. En 1998, algunos agricultores se enteraron de que el rendimiento podría aumentar entre 14 y 38 por ciento sin necesidad de rociar los cultivos y desesperados por una tecnología más confiable y por su supervivencia, plantaron algodón Bt ilegalmente en alrededor de 10.000 hectáreas. El gobierno amenazó con confiscar y quemar la cosecha pero finalmente no lo hizo y para marzo de 2002 legalizó el cultivo de ese transgénico. Una encuesta realizada en 2003 había demostrado que el rendimiento por hectárea había aumentado en un 29%, reducido el uso de pesticidas en un 60% y aumentado las ganancias netas de los agricultores en un 78% en comparación a los agricultores que no utilizaron el algodón transgénico. El algodón Bt resultó ser bueno para el agricultor, el medio ambiente y el consumidor.

Si los ambientalistas obtusos—que en base a miedos no científicamente comprobados quieren cerrarse a los avances tecnológicos—tienen una mejor solución para el hambre y el retraso del agro en el mundo en vías de desarrollo, seguimos esperando que la propongan. Simplemente oponerse a algo sin presentar alternativas no es constructivo y seguramente no llenará los estómagos de los pobres del mundo ni los bolsillos de nuestros agricultores.

Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 17 de junio de 2008.

Referencias:

1. “Ciudad Alfaro. Un país sin transgénicos”. El Comercio. 16 de junio de 2008. Disponible en: http://www.elcomercio.com/noticiaEC.asp?id_noticia=198694&id_seccion=3.

2. Charles Kessler y Ioannis Economidis, EC-sponsored Research on Safety of Genetically Modified Organisms: A Review of Results (Luxemburg: Office for Official Publications of the European Communities, 2001).

3. "Biotecnología moderna de los alimentos, salud y desarrollo humano:estudio basado en evidencias". Organización Mundial de Salud. 1 de junio de 2005. Disponible en: http://www.who.int/foodsafety/publications/biotech/biotech_sp.pdf

4. “The Promise and Peril of Bioengineered Crops” en Goklany, Indur M. The Improving State of The World: Why We’re Living Longer, Healthier, More Comfortable Lives on a Cleaner Planet. Cato Institute. Washington, DC: 2007.

Combustibles versus comestibles

por Indur Goklany

Indur M. Goklany es un académico independiente, autor del nuevo estudio del Cato Institute Globalization and Human Well-Being”.

El llamado del presidente Bush a reducir dramáticamente las emisiones de gases de efecto invernadero refleja un aumento en su preocupación por las consecuencias del cambio climático. Pero, ¿qué hay de las consecuencias que traerá la respuesta del resto del mundo?

En los últimos años hemos escuchado que el cambio climático puede ser catastrófico para la naturaleza y la humanidad enteras. Pero cada día es más evidente que en las próximas décadas las políticas para prevenir el cambio climático podrían terminar siendo un remedio peor que la enfermedad. Han surgido protestas por la escasez y altos precios de los alimentos en Haití, México, Egipto, Costa de Marfil, Guinea, Mauritania, Camerún, Senegal, Uzbekistán y Yemen. Vietnam, Cambodia, India y Egipto han impuesto restricciones a sus exportaciones de arroz para disminuir los precios internos. Pakistán ha reinstaurado el racionamiento alimenticio, que también esta siendo tema de discusión en Bangladesh y rumorado en Sri Lanka.

Políticas supuestamente ambientales en EEUU y la Unión Europea (que subsidian la producción y el consumo de energías renovables como el etanol y el biodiesel), han hecho que cultivos como el maíz, la soya y el aceite de palma dejen de ser alimentos y pasen a ser utilizados como combustibles.

En conjunto, China e India constituyen el 40% de la población mundial. No hace mucho, estos países se encontraban al borde de la hambruna, pero ahora están experimentando un incremento en la demanda alimenticia gracias a años de crecimiento económico de casi dos dígitos. La energía—que es indispensable para producir fertilizantes, transportar alimentos y echar a andar maquinarias—ha alcanzado precios récord.

Según datos del Banco Mundial, para marzo de este año los precios de los granos se habían triplicado, los precios de los fertilizantes se habían quintuplicado y los precios de la energía se habían casi triplicado desde el año 2000. Tomando en cuenta solamente desde enero de este año, los precios de los alimentos se han incrementado en un 65%.

Estos picos en los precios alimenticios amenazan con destruir uno de los principales logros que ha tenido el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En los años cincuenta y sesenta, muchos temían que la hambruna era inevitable. En cambio, hemos presenciado una vasta reducción en la hambruna crónica, de un 37% de la población en los países subdesarrollados en 1970 a un 17% en el 2001. Esto a pesar de que la población mundial ha aumentado en un 83%.

El incremento en la productividad de la industria agrícola, el intercambio de productos alimenticios básicos y la ayuda de los países desarrollados, resultaron en una caída del 75% en los precios alimenticios mundiales después de 1950, volviendo accesibles varios alimentos para los miles de millones de personas que vivían en condiciones paupérrimas alrededor del mundo. El actual incremento acelerado en los precios de la comida amenaza con eliminar estos avances.

La conversión de terrenos de hábitat natural para la producción de cultivos ha sido por sí sola la mayor amenaza a la biodiversidad alrededor del planeta. Pero durante el último medio siglo, este legado de la agricultura mundial se ha casi estabilizado. Ahora incluso este avance se encuentra en riesgo.

Lo mismo que los subsidios estadounidenses causan en el etanol, lo causan los subsidios al biodiesel en la UE. Las políticas europeas han creado una demanda artificial para el biodiesel, que está provocando la eliminación de bosques con abundante biodiversidad en Malasia e Indonesia. Tanto en la UE como en los EEUU, terrenos que antes se reservaban para la conservación natural están siendo nuevamente utilizados con la excusa de satisfacer la demanda de la industria subsidiada de los biocombustibles.

Como resultado, la expansión agrícola incrementa la amenaza a ciertas especies de animales y lleva a mayores emisiones de carbón. Los fertilizantes utilizados para aumentar los rendimientos agrícolas también incrementan los desechos de nitrógeno en el agua y las emisiones de oxido nitroso—un gas de efecto invernadero que calienta la atmosfera 300 veces más que el dióxido de carbono.

Por lo tanto, aunque los biocombustibles producen un superávit energético, no constituyen necesariamente un beneficio ambiental. Peor aún, los altos precios en energía y comida reducen el ingreso extra disponible del consumidor, afectando desproporcionadamente a los más pobres.

Los remedios para el cambio climático pueden llegar a crear más pobreza, hambrunas y enfermedades, así como también un aumento en la destrucción ecológica—algunos de los infortunios que se supone que estas medidas evitarían. En nuestra lucha por combatir el calentamiento global, todavía tenemos que ponernos a pensar seriamente en los efectos secundarios que producen nuestras políticas. Los resultados han sido desastrosos, y siguen empeorando.

Biocombustibles: Un asalto a los más pobres del mundo

por Deepak Lal

Deepak Lal es profesor de desarrollo internacional en la Universidad de California en Los Angeles y es un académico asociado del Cato Institute.

Disturbios por la crisis alimenticia en Indonesia, México, Egipto, las Filipinas y Vietnam. Controles de precios y racionamientos en Pakistán y China. ¿Estaremos regresando a la trampa maltusiana, donde los precios de los bienes agrícolas y comestibles como la harina y el maíz, e incluso de los productos lácteos y las carnes han incrementado en los últimos años hasta un nivel sin precedente histórico? ¿O será este otro mal producto de la reciente obsesión de Occidente con las emisiones de CO2 que supuestamente están destruyendo nuestro planeta con el calentamiento global?

Digamos que existe un caso maltusiano. La demanda por cereales ha incrementado en un 8% entre el 2000 y el 2006 debido a un incremento poblacional y de ingresos en el Tercer Mundo, con la normal inelasticidad en la oferta agrícola (la oferta se incrementa en un 1-2% mientras los precios suben en un 10%), empeorándose por la larga sequía en Australia que ya casi cumple una década. Ésta es achacada al calentamiento global producto de las emisiones de dióxido de carbono, que por su parte justifica la cruzada de los “guerreros del CO2”. Estos factores de oferta y demanda han llevado a que los precios de los cereales se dupliquen entre el año 2000 y 2008. Como los alimentos de primera necesidad forman una parte importante del consumo de los más pobres del planeta, los compradores netos en el Tercer Mundo han recibido un fuerte golpe. La tesis maltusiana que fue declarada difunta con la Revolución Verde ha resucitado.

¿Pero lo ha hecho realmente? Examinando los componentes del crecimiento en el consumo de los cereales en años recientes, el Insitito Internacional de Investigación de Políticas Alimentarias (IFPRI por sus siglas en ingles) encuentra que: “mientras el cereal utilizado como comida y para alimento de animales ha incrementado en un 4 y 7%, respectivamente, desde el año 2000, el uso de cereales con propósitos industriales (como la producción de biocombustibles), ha aumentado mas del 25%. Solamente tomando en cuenta a Estados Unidos, el uso de maíz para producir etanol ha incrementado 2.5 veces entre el año 2000 y 2006”. Así que el incremento poblacional y del salario promedio en el Tercer Mundo nada tiene que ver con este aumento en los precios alimenticios, sino que más bien es producto de la obsesión de los países ricos con reducir los gases CO2 utilizando menos combustibles fósiles.

La UE ha ordenado que los biocombustibles representen el 10% del combustible de transporte para el año 2020 y los EEUU están buscando duplicar la producción de etanol a base de maíz para el 2008 y quintuplicarla para el 2022. Esta situación ha producido ahora una pugna mundial por el uso apropiado de la tierra entre los alimentos y los biocombustibles. Occidente superó la pobreza a base del crecimiento intensivo que generó la Revolución Industrial, al permitir que una fuente enorme de productos energéticos en la forma de combustibles fósiles reemplazara las fuentes anteriores de energía basadas en la tierra—siendo ésta indudablemente un recurso limitado. Así que habiendo aumentado las emisiones de dióxido de carbono en el mundo durante su propia industrialización, Occidente está ahora pidiéndole al Tercer Mundo “tiempo fuera” cuando pretende hacer lo mismo, todo en nombre de salvar el planeta.

Mientras tanto, los habitantes en los países ricos conservan sus carros SUV en las carreteras, y además quieren una mayor proporción de la limitada cantidad de tierra en el planeta para producir etanol en vez de producir comida para las masas hambrientas en el mundo.

Durante los años ochenta, un estudiante brasileño en minería realizó un detallado estudio de costo-beneficio del programa pionero de etanol en Brasil, y encontró que no era rentable socialmente, incluso tomando en cuenta los altos precios del petróleo de esa época. No es de sorprender que los intentos actuales de EEUU y la UE por introducir el etanol como combustible de transporte requieran de inmensos subsidios públicos. Se estima que los subsidios estadounidenses para los biocombustibles serán de entre 42 y 55% del costo total de producir etanol.

Estos subsidios masivos son justificados con argumentos ambientales y geopolíticos. Como la producción de etanol en sí misma requiere de más combustibles fósiles, existe un interminable debate sobre el efecto neto del uso de biocombustibles en las emisiones del efecto invernadero. Pero éstos constituyen un mecanismo muy oneroso de reducir las emisiones de carbono. La Agencia Internacional de Energía estima que costaría al menos $250 eliminar una tonelada de carbón en la atmosfera. Más aún, si la teoría alternativa del cambio climático basada en el sol llega a desmentir a la actual teoría del carbono, el compromiso de las economías occidentales a estos costos desaparecerá por completo. Ciertamente, India y China no tendrán nada que ver en este tren del etanol.

El argumento geopolítico—que dice que el etanol es necesario para que EEUU y la UE obtengan independencia energética regímenes políticos detestables, que son en la actualidad los mayores oferentes de energía), también es cuestionable. Primero, la única manera en que estos regímenes podrían afectar la seguridad energética de Occidente es aumentando el precio del petróleo restringiendo la oferta. Ya que el petróleo es ahora un bien globalmente comercializado como la harina, una amenaza de Hugo Chávez de parar la oferta del petróleo venezolano a los EEUU, no tiene sentido alguno. Así como en el caso de la harina, son los consumidores, no los vendedores del petróleo en el NYMEX, los que determinan su destino final. Segundo, como lo ha estimado el Departamento de Energía de EEUU, la cantidad máxima de etanol que los EEUU podría producir para el año 2030 solo alcanzaría para cubrir el 6% de la demanda para combustible de transportes, a lo mucho un efecto tan solo marginal en la demanda mundial y en el precio del petróleo. Tercero, el miedo de que el petróleo esté proveyendo dinero para los terroristas islámicos es cuestionable. Como correctamente lo enfatizan Jerry Taylor y Peter van Doren del Cato Institute, “El terrorismo es una inversión de bajo costo relativo, mientras que las ganancias por petróleo parecen innecesarias para pagar por el mismo”. Si mucho, es la mal concebida “guerra contra las drogas”, no contra el petróleo, la que ha proveído los medios para fundar la secta Talibán y los narcoterroristas en los Andes.

La IFPRI ha estimado que, ceteris paribus (manteniendo el status quo), la expansión planificada de biocombustibles en los países ricos va a conllevar a un largo incremento en los precios mundiales de los granos comestibles y a un consumo decreciente de calorías en el Tercer Mundo. África sub-Sahariana será golpeada con mayor fuerza, con una caída pronosticada en un 8% de consumo calórico para el 2020. Dado este asalto a los más pobres del mundo, India ha escogido el camino correcto: primero, al reducir los aranceles a las importaciones de los granos alimenticios y por lo tanto el precio neto para los consumidores en comida; segundo, expandiendo el área destinada a sembrar granos modificados genéticamente, lo cual incrementará la producción doméstica. Pero para las mentes iluminadas de Occidente, sus acólitos académicos, y las estrellas de pop tratando de salvar África y acabar con la pobreza, este último asalto de Occidente a los más pobres del mundo solo puede merecer desprecio.

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