31 de diciembre de 1969

proceso de mercado

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Perú: El mundo al revés, el control de las fusiones

Guillermo Cabieses indica que "Quienes defienden el control de fusiones o la sanción de las mal llamadas prácticas predatorias confunden la naturaleza del proceso de mercado, creyendo que es estático, que una foto momentánea puede guiarlos a predecir el futuro".

Mercados para los pobres en México

por Mary Anastasia O'Grady

Mary Anastasia O’Grady es editora de la columna de las Américas del Wall Street Journal.

Ayudar a los pobres puede ser virtuoso, pero hay que tener cuidado cuando la industria de la pobreza empieza a perder "clientes" porque el mercado está haciendo buenas obras.

Compartamos Banco sabe lo que es tener una aureola que no brilla. Este banco mexicano se especializa en la micro-financiación para empresarios de bajos ingresos en un país que nunca había tenido una industria financiera que sirviera a los pobres. Compartamos no solo descubrió cómo satisfacer las necesidades de la población excluida, sino cómo ganar dinero con ello.

Como resultado, el banco ha estado creciendo rápido. Con un préstamo promedio de US$450 ahora tiene más de 950.000 clientes, 15 veces más que en 2000.

Este fuerte crecimiento sugiere que el modelo con fines de lucro del banco les conviene tanto a los deudores como a los acreedores. Sin embargo, el triunfo no es una buena noticia para todo el mundo. En el sector económico que sirve Compartamos —las personas que ganan US$10 al día— la brigada internacional de caridad corre el riesgo de quedar obsoleta. Tal vez esto explica por qué la gente que se gana la vida regalando el dinero de otros esté hablando mal de Compartamos por la práctica vulgar de obtener "demasiadas" ganancias.

El crédito a la microempresa despegó hace algunos años cuando los economistas reconocieron que los pobres, al igual que la clase media, pueden hacer uso productivo de los fondos. El micro financista más famoso es Muhammad Yunus, fundador de Grameen Bank y ganador del Premio Nobel de la Paz en 2006.

Compartamos se inició en el sur de México en 1990 como una entidad sin fines de lucro que proveía capital de trabajo a pequeños empresarios como preparadores de alimentos, vendedores y artesanos. Sus fondos inicialmente provenían de fundaciones del sector privado y del gobierno y sus clientes eran, y siguen siendo, en su mayoría mujeres. Este grupo es a menudo analfabeto, pero tiene espíritu emprendedor y representa un riesgo crediticio muy bajo. Como aval, el banco normalmente acepta el crédito de un grupo de empresarios que respaldan a un colega y son los cosignatarios del préstamo.

Después de 10 años, Compartamos estaba financiando a 60.000 microdeudores. Pero la empresa reconoció que la necesidad para su servicio era mucho mayor. Con el objetivo de recaudar capital formó en 2000 una empresa con fines de lucro para utilizar tanto capital del sector privado como préstamos y donaciones del gobierno y fundaciones de caridad. En 2002, emitió US$70 millones en deuda y cuatro años después su base de clientes había crecido a más de 600.000.

Para el año 2006, los banqueros del mundo en desarrollo que habían ignorado tradicionalmente las clases económicas C y D —donde A representa a los más pudientes y E a los más pobres— empezaron a darse cuenta que prestarle a los empresarios de bajos ingresos es un buen negocio. Una razón para el cambio es que los adelantos en los programas de software permitieron a los bancos administrar pequeñas cuentas de manera más eficiente.

Lo que otrora había sido descartado como un mercado inviable se convirtió en una atractiva oportunidad y Compartamos estaba bien posicionado para capitalizarla en México. El año pasado la empresa lanzó una oferta pública inicial que fue sobre suscrita 13 veces. Ahí fue cuando los profesionales de "hacer el bien" empezaron a cuestionar la ética de la empresa.

En un comentario publicado en junio pasado sobre el estreno en la bolsa de Compartamos, Richard Rosenberg, un consultor de Consultive Group to Assist the Poor —que no es parte del Banco Mundial pero funciona desde sus instalaciones— observa que la demanda por acciones de la compañía fue impulsada, en parte por "crecimiento y rentabilidad excepcionales". El consultor dedica las siguientes 16 páginas a cuestionar si el modelo con fines de lucro de Compartamos entra en conflicto con el propósito de ayudar a los pobres. Un cuestionamiento a Compartamos similar, aunque mucho menos riguroso, titulado "Microloan Sharks"("Tiburones del microcrédito") aparece en la edición de verano de la Stanford Social Innovation Review.

En sus "reflexiones" sobre "las tasas de interés y las ganancias de la microfinanciación", Rosenberg escribe que cobrarles en exceso a los clientes bajo un modelo sin fines de lucro es aceptable porque se hace para el beneficio de solicitantes futuros de crédito. Pero cuando las ganancias van a los que proveen el capital a través de dividendos entonces "hay un conflicto entre el bienestar de los clientes y el de los inversionistas". Lo que se debe examinar no es la comercialización de la actividad de prestar sino el "tamaño" de las utilidades.

Lo que parece eludir a Rosenberg es el hecho de que él no tiene forma de saber si se está cobrando en exceso ni por cuánto. Esa información sólo la provee el mercado, cuando ingresan nuevos e innovadores operadores que ven que pueden ofrecer servicios a un mejor precio. Esto ha estado pasando desde que empezaron los microcréditos como actividades con fines lucrativos y el resultado ha sido una mayor competencia. Las tasas de interés han bajado incluso cuando la demanda y la disponibilidad de los servicios ha aumentado.

Mejor hubiera sido, sugiere Rosenberg, que Compartamos hubiese recaudado capital a través de "inversionistas motivados socialmente" como las "instituciones financieras internacionales", es decir el Banco Mundial y entidades similares. Hubiese sido mejor para él y sus colegas del lobby de la pobreza, pero no, aparentemente, para los empresarios más pobres de México.

Este artículo fue publicado originalmente en el Wall Street Journal el 30 de junio de 2008.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
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Chile: Haciendo agua...

por Fernando Díaz

Fernando Díaz es Profesor de economía y finanzas del Centro de Economía de la Empresa de la Universidad de los Andes (Chile).

Recientemente el Ministerio de Obras Públicas de Chile ha apoyado la propuesta legislativa del senador socialista Gino Girardi que abre la posibilidad de caducar los derechos de agua cuando éstos no hayan sido utilizados por sus titulares durante un determinado período de tiempo. De prosperar, esta iniciativa constituiría un lamentable retroceso en las políticas de libre mercado que tanto han contribuido al desarrollo económico y social de este país en el pasado.

Chile, junto con Estados Unidos, Australia, Sud África, Nueva Zelanda y México, ha sido uno de los países pioneros en el establecimiento de mercados formales de agua. En efecto, en el norte del país, en la cuenca del Río Limarí, existe uno de los mercados más eficientes y activos de la región, que ha atraído la atención de investigadores y responsables de política de todo el mundo. En este mercado, se transan tanto “volúmenes” de agua, lo que comúnmente se denomina transferencias en el mercado spot —intercambio de agua entre agricultores en una determinada temporada sin que se transfiera la propiedad del derecho— como también derechos de agua, lo que constituye una transferencia en el mercado permanente. El investigador Oscar Cristi, de la Universidad del Desarrollo en Santiago, ha analizado detalladamente la experiencia del Río Limarí, encontrando que más del 27% de los derechos de agua existentes fueron transados independientemente de transferencias de tierra entre los años 1981 y 2000. Encuentra, además, que en años de sequía, las transferencias de volúmenes de agua pueden alcanzar más del 20% del volumen total disponible para ese año.

La existencia y eficiente funcionamiento de este mercado se basa en dos pilares fundamentales: primero, una infraestructura adecuada para el almacenamiento y transferencia de agua entre agricultores, lo que permite la compra y venta de volúmenes de agua entre los mismos y segundo, el marco institucional provisto por el Código de Aguas de 1981 y sus modificaciones posteriores, el cual establece que los derechos de agua son privados, transables y separados de los derechos de propiedad sobre la tierra.

Las transacciones de volúmenes de agua en el mercado spot permiten una mejor asignación del recurso entre agricultores, ya que las decisiones de producción se realizan sobre la base de precios relativos. Por ejemplo, en un año de escasez de agua, a un agricultor puede convenirle no producir y vender el volumen asociado a sus derechos si el precio del agua es lo suficientemente alto. De esta forma, el agua es asignada por el mercado a aquel uso en cuya productividad es mayor.

Las transacciones de derechos, por otro lado, permiten a los agricultores, entre otras cosas, suavizar su patrón de ingresos y asegurarse contra años de escasez de agua. Un agricultor que no esté dispuesto a correr el riesgo de no poder regar sus plantaciones en el futuro puede comprar el derecho de agua de otro agricultor que sí estaría dispuesto a correr ese riesgo o que, dadas las características de sus cultivos, puede suspender su producción temporalmente. De esta forma, los derechos de agua son un vehículo de inversión para los agricultores, permitiendo la transferencia de riesgo entre agricultores con diferentes preferencias o procesos productivos. Este rol del mercado permanente del agua es fundamental para agricultores pequeños y medianos que, en general, no tienen acceso al mercado financiero formal y cuya actividad está tremendamente expuesta a shock reales, como es el caso de una sequía.

Suponga ahora que los años posteriores a la compra de un derecho por parte de un agricultor son años de abundancia de agua. Este podría entonces no usar este derecho, ni para su producción ni para vender sus volúmenes de agua a otro. Esta situación es óptima desde el punto de vista del agricultor. Sin embargo, podría ocurrir que, dada la propuesta caducidad de los derechos de agua, el gobierno lo expropie, con el consiguiente perjuicio económico para su titular, dejándolo, además, expuesto al riesgo que la compra de dicho derecho buscaba mitigar. De esta forma se destruye el mercado, puesto que frente al riesgo de expropiación, nadie estará dispuesto a adquirir derechos de agua.

Difícil es comprender que se quiera retroceder en esta materia, cuando cobra creciente importancia en el mundo el enfoque de mercado para la asignación del agua, promovido tanto por Naciones Unidas como por el Banco Mundial. En vez de profundizar en las instituciones de mercado que solucionan eficientemente el problema de escasez, se busca intervenir discrecionalmente, desconociendo el derecho de propiedad y violentando el libre intercambio de un bien económico. Para hacer de Chile un país desarrollado, se deben eliminar estos sesgos estatistas y desinformados, que solo logran confundir a la opinión pública.

El síndrome de la suma cero

por Alberto Benegas Lynch

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

Tal vez el argumento central que alimenta el resentimiento y la envidia es la noción de lo que se conoce con el nombre del “dogma Montaigne”, es decir, que la pobreza de los pobres se debe a la riqueza de los ricos. En el siglo dieciséis, Michel Montaigne concluyó en su ensayo número veintidós que “no se saca provecho para uno sin perjuicio para otro” en el contexto de todas las transacciones.

Este es el punto de partida de un error garrafal. Al contrario, en toda transacción libre y voluntaria en el mercado, ambas partes ganan siempre. Para recurrir a la terminología de la teoría de los juegos, en esta situación hay suma positiva. En cambio, cuando tiene lugar la violencia, sea gubernamental directa o indirecta a través de que acepta la intimidación sindical o al otorgarle mercados cautivos a empresarios prebendarios, hay suma cero, es decir, lo que gana uno lo pierde otro del mismo modo que ocurre cuando se asalta un banco.

Es muy frecuente que se piense que la pobreza relativa de unos se debe a la riqueza de otros, que si unos tienen “demasiado” no queda para otros. Esto es un completo error. La riqueza no es algo estático. Los recursos naturales de hace siglos eran iguales o mayores aun que los actuales y, sin embargo, en la actualidad la gente en general vive mejor respecto de la época de Montaigne en la que la condición natural era las hambrunas, las pestes y la miseria (incluso los reyes morían por una infección de muelas). Esta mejora se debe a marcos institucionales que respetan derechos de propiedad, lo que al destapar la olla de la energía creadora hace que se multiplique y extienda la riqueza y que el obrero de un país civilizado pueda vivir mejor con posibilidades tales como calefacción, automóvil, agua potable y medios de comunicación y, por cierto, mas tiempo que un príncipe de la antigüedad.

En física se ha visto desde la formulación precaria de Lucrecio pasando por Newton, Lavoisier y Einstein que nada se pierde y todo se transforma. La cuantía de la masa de materia, incluyendo la energía es la misma en el universo pero lo relevante para el aumento de la riqueza no es el incremento de lo material sino su valor. Puede ser que artefactos tales como un teléfono antiguo contengan mas materia que un celular pero el servicio de este último y su precio son sustancialmente distintos.

La creación de riqueza es creación de valor en el contexto de un proceso dinámico. En la medida en que el empresario ofrece en el mercado bienes y servicios que la gente acepta, incrementará su patrimonio y en la medida en que no acierte lo disminuirá. Dejando de lado la lotería, solo hay dos maneras de enriquecerse: sirviendo a los demás o robando a los demás. El primer método es el de la sociedad abierta y los mercados libres, el segundo es el de los regímenes socialistas e intervensionistas en los que el favor oficial establece los patrimonios de los allegados y amigos y condena a la miseria al resto.

No es reclamando que se lesione el derecho de quienes crearon riqueza lícitamente la forma de prosperar, sino contribuyendo a crear el propio patrimonio sirviendo a otros. Hoy resulta en verdad triste el espectáculo que ofrece el debate en Houston, en la Universidad de Texas, entre los dos candidatos presidenciales del partido demócrata de los Estados Unidos: compiten en una carrera desenfrenada de promesas para ver quien saquearía mas los bolsillos de los que tienen recursos para entregárselos graciosamente a los que tienen menos patrimonios. Resulta triste a la luz de los postulados de los Padres Fundadores quienes consideraban fundamental el derecho de propiedad, de responsabilidad individual y de desconfianza al poder gubernamental. James Madison, el padre de la Constitución, escribió en 1792 que “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo [...] Este es el fin del gobierno, solo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo”. ¡Que lejos estamos de los principios de libertad cuando observamos que de un tiempo a esta parte gobernantes y futuros gobernantes del baluarte del mundo libre se han dejado seducir por el bochornoso síndrome de la suma cero! Pensemos lo que queda para países con tradiciones menos civilizadas. Es imperioso retronar a las bases sólidas de la sociedad libre a través de una educación mas esmerada y cuidadosa respecto de valores fundamentales.

La importancia de acumular riqueza

por Isaac Katz

Isaac Katz es investigador y catedrático del Instituto Autónomo de México.

Uno puede suponer que normalmente los individuos son racionales, es decir que prefieren tener y consumir más que menos de todo aquello que les deriva satisfacción. No pueden tener todo lo que quisieran ni pueden satisfacer todas sus necesidades porque los recursos que tienen para asignarlos a la adquisición de esos satisfactores, de esos bienes, están limitados. En consecuencia, dada esta escasez de recursos, los individuos tienen que elegir cómo los van a asignar y cuáles de todas sus necesidades van a satisfacer y en qué grado. En este proceso de decisión de cómo asignar recursos escasos, los individuos tienen un horizonte de planeación dentro del cual tiene que decidir cuánto de su ingreso lo destinan al consumo en el presente y cuánto ahorran para consumir en el futuro y es claro que entre mayor sea el sacrificio en el presente, mayor podrá ser el consumo en el futuro.

Ligado a lo anterior, los individuos tienen que tomar otras dos decisiones: primera, cuánto de su tiempo disponible lo asignan al ocio y cuánto a trabajar y segunda, en dónde van a trabajar es decir, en qué sector de actividad económica van a emplear los recursos productivos de su propiedad. Ambas decisiones tienen un solo objetivo, que es tratar de obtener el máximo rendimiento posible ya que ello es lo que les permite generar el ingreso para adquirir los bienes con los cuales van a satisfacer sus necesidades y es obvio que entre mayor sea el ingreso, más necesidades se van a poder satisfacer.

En todo este proceso de decisión, una consideración particular es que los padres desean que sus hijos, cuando tengan la misma edad que ellos, tengan un nivel de vida superior que el que ellos mismos tienen, por lo que en la asignación de recursos, estarán dispuestos a sacrificar consumo propio y destinar esos recursos para que los hijos acumulen capital humano que les permita, en el futuro, generar un flujo de ingreso.

De esta manera, la posposición de consumo presente por parte de los padres, aunado al sacrificio de consumo propio para darle esos recursos a los hijos, se traduce en que en cada generación el valor del capital va aumentando y es este proceso de acumulación de riqueza lo que deriva en una mejora intergeneracional del bienestar, es decir, genera desarrollo económico.

Dado que la acumulación de riqueza es la condición indispensable para el desarrollo económico, sorprende que el Vaticano haya declarado como pecado mortal la “acumulación excesiva de riqueza”. Por lo que se dijo anteriormente, el Vaticano está castigando, implícitamente, el desarrollo económico; está incentivando la perpetuación de la pobreza, acción también calificada ahora como pecado mortal. Y además, ¿qué se debe considerar como “acumulación excesiva de riqueza”? ¿Todos los que aparecen en la lista de Forbes?; ¿todos aquellos cuya riqueza sea mayor a la riqueza media de la población de un país más una cierta desviación estándar? ¿Es excesivo tener una riqueza global entre propiedades, valor del capital humano y ahorro financiero de 100 mil pesos o sólo si asciende a más de un millón de dólares? Extraño; muy extraño.

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